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lunes, 8 de junio de 2026

Sobre MAGNIFICA HUMANITAS, la encíclica del Papa sobre la Inteligencia Artificial.


Pregunta: Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa Leon XIV acerca de la Inteligencia Artificial. 

Respuesta: Hay muchos puntos de la encíclica con que estoy de acuerdo y otros que no comparto. Uno de sus mayores aciertos es advertir sobre algunos de sus riesgos reales que plantea la Inteligencia Artificial: la concentración de poder en manos de unos pocos actores, la erosión de la autonomía individual, la manipulación del comportamiento, la pérdida de privacidad y el riesgo de delegar en sistemas tecnológicos que afectan a la dignidad y a la libertad de las personas. Dicho esto, también hay partes de la encíclica que envejecerán mal y probablemente lo harán muy deprisa, planteamientos que tienen más que ver con preservar un supuesto excepcionalismo humano que con la realidad. Por ejemplo, el Papa insiste en que los sistemas de Inteligencia Artificial imitan ciertas funciones humanas y que nunca podrán desarrollar capacidades como la creatividad, la comprensión o determinadas formas de inteligencia que consideramos exclusivamente humanas. Este tipo de afirmaciones recuerdan mucho a muchas otras que han acompañado históricamente a cada avance tecnológico. Primero se dijo que las máquinas nunca jugarían al ajedrez mejor que nosotros; después que nunca mantendrían conversaciones complejas; más tarde que jamás podrían crear arte, música, ni resolverían problemas con creatividad. Una tras otra, esas fronteras han ido cayendo al margen de nuestras preferencias. Cada vez que dijimos que las máquinas no podrían hacer algo, nos equivocamos. 

XABI URIBE-ETXEVARRÍA, fundador y CEO de SHERPA.AI, y autor del ensayo VITA.

domingo, 12 de abril de 2026

¿Estamos cableados para la divinidad?


Hay preguntas que no envejecen: solo cambian de máscara. Antes se formulaban en el coro de un templo; hoy se asoman en la penumbra de un laboratorio. ¿Qué sucede en el cerebro cuando un ser humano siente que ha tocado algo absoluto? ¿Es Dios una presencia exterior o una forma de organización íntima de la conciencia? ¿Y si la sed de trascendencia no fuera una ilusión, sino una propiedad profundamente humana, tan natural como el hambre o la memoria?

La neuroteología nace en ese umbral donde la ciencia no destruye el misterio, sino que lo vuelve más agudo. Al observar el cerebro durante la meditación, la oración o ciertas experiencias psicodélicas, los investigadores han descubierto algo desconcertante: cuando el yo se aquieta, el mundo parece ensancharse. No es una metáfora ingenua. Es, en muchos casos, una experiencia tan intensa que quienes la viven la describen como más real que la realidad de cada día.

El yo se vuelve poroso

Vivimos la mayor parte del tiempo en la arquitectura de nuestro propio nombre. Pensamos, recordamos, anticipamos, nos defendemos. La mente, como una casa encendida de noche, no deja nunca de producir luces. Pero bajo ciertos estados contemplativos, esa iluminación interior cambia de régimen. La llamada Red Neuronal por Defecto, asociada al pensamiento autorreferencial y al vagabundeo mental, disminuye su actividad en meditadores experimentados. Es como si el narrador interior bajara la voz.

Ese silencio no es una simple ausencia. Tiene densidad. Cuando la rumiación se afloja, la conciencia ya no gira en torno al pequeño planeta del ego. Aparece una sensación de apertura, de continuidad, de pertenencia. El sujeto deja de sentirse una frontera y empieza a sentirse una corriente. Por eso tantas tradiciones espirituales hablan de vaciamiento, desapego o entrega: no porque el yo se anule, sino porque deja de monopolizar el horizonte.

La química de lo inefable

Los psicodélicos y la meditación no son idénticos, pero comparten una extraña vecindad. Estudios recientes sugieren que la psilocibina puede intensificar la introspección, la percepción de significado y ciertos rasgos de insight durante la meditación, mientras altera redes cerebrales vinculadas al sentido del yo. El cerebro, bajo esas condiciones, parece aflojar las costuras con las que cose la experiencia cotidiana.

Lo notable no es solo el cambio perceptivo, sino su cualidad afectiva. Quien atraviesa una experiencia mística no suele decir “he tenido una alucinación”, sino “he visto algo verdadero”. Esa convicción tiene una fuerza elemental. El lenguaje se queda corto, la lógica titubea y, sin embargo, el acontecimiento interior se impone con la autoridad de lo indiscutible. No es extraño que tantas culturas hayan respetado ese tipo de vivencia como una forma de conocimiento.

El cerebro busca totalidad

La neuroteología propone una intuición poderosa: el cerebro humano no está hecho solo para analizar fragmentos, sino también para aspirar a totalidades. Los trabajos de Newberg y d’Aquili describieron operadores cognitivos que empujan la mente hacia la causalidad, la integración y la visión holística. Dicho de forma sencilla: una parte de nosotros quiere separar, nombrar y explicar; otra parte desea unir, fundir y contemplar.

De esa tensión nace buena parte de la experiencia religiosa. Allí donde la explicación no basta, la mente busca forma; allí donde la forma se rompe, aparece la sed de unidad. Tal vez por eso la fe adopta imágenes de luz, océano, centro, ascenso, calma, abismo. Todas apuntan a lo mismo: el anhelo de salir del islote del yo y rozar una geografía mayor. 

Durante siglos, el éxtasis fue una palabra reservada a místicos, poetas y santos. Hoy la usamos con más cautela, pero la experiencia persiste. En los estados contemplativos más profundos, la separación entre observador y observado puede diluirse. Ya no parece haber alguien mirando el mundo desde fuera, sino una única presencia en la que el mundo y el que mira se entrelazan.

La ciencia no ha resuelto todavía si esa unidad corresponde a una verdad última o a una construcción neuronal altamente sofisticada. Quizá ambas cosas sean inseparables. El cerebro no es un espejo pasivo: es el órgano con el que la realidad humana se hace experiencia. De modo que toda revelación, por humilde o por luminosa que sea, pasa necesariamente por una biología concreta. Eso no la invalida. La vuelve humana.

Hay otra razón por la que estos estados importan: no se agotan en el instante. En estudios con psilocibina, las experiencias de tipo místico se han asociado a cambios duraderos en bienestar, sentido vital, comportamiento prosocial y relación con la muerte. En meditadores, la práctica sostenida se vincula con una menor divagación mental y una reorganización de la actividad cerebral relacionada con el yo. Es decir: no se trata solo de visiones, sino de transformaciones.

Y eso modifica la pregunta inicial. Quizá no debamos preguntar únicamente si estamos cableados para la divinidad, sino también para qué sirve esa disposición. Tal vez la búsqueda de lo sagrado no sea un lujo metafísico, sino una forma de ensanchar la vida, de volverla más habitable, más compasiva, menos encerrada en la jaula del miedo.

En el fondo, la neuroteología actual no hace sino dar nuevas palabras a una sospecha antigua. San Agustín decía que el corazón humano permanece inquieto hasta descansar en lo infinito. El lenguaje puede cambiar, la teología puede discutirse, la filosofía puede matizarse; pero la inquietud persiste. Somos criaturas que preguntan más de lo que saben y desean más de lo que poseen.

Quizá por eso la experiencia espiritual sigue llamándonos, incluso en una época de pantallas, datos y escáneres. Porque en el fondo no buscamos solo información, sino orientación. No solo explicaciones, sino sentido. Y cuando el cerebro se aquieta —en la plegaria, en la meditación, en ciertos estados visionarios— algo en nosotros parece recordar que vivir no es únicamente ocupar un cuerpo, sino también abrirse a una hondura.

Tal vez ahí esté la respuesta más honesta: no estamos hechos para poseer la divinidad, sino para buscarla. Y en esa búsqueda, que es también una forma de belleza, el cerebro y el alma quizá no sean enemigos, sino dos nombres para una misma ansia de infinito.

martes, 31 de marzo de 2026

El mito de Jesús de Nazaret

Son días lentos de Semana Santa, en que vuelve a representarse la historia de Jesús de Nazaret: el mito de un hombre concreto, histórico y casi desconocido, cuya figura fue reinventada por textos que asumieron rango sagrado. Aquellos escritos convirtieron su vida en una narración mítica y lo elevaron a la condición de hombre–Dios, transfigurando al líder antirromano y mensajero de un renacer judío que quería traer el Reino de Dios a su pueblo de Israel.

Sus primeros seguidores, los ebionitas —la congregación de los pobres—, no lo consideraron Dios, sino un hombre justo que observaba la ley mosaica. Negaban su preexistencia divina, aunque lo veían como el Mesías prometido. En la pobreza —decían— habitaba la bendición.

El mito, sin embargo, fue desviado y transformado por Pablo de Tarso. De su mano, y de la de los primeros evangelistas, Jesús dejó de ser un líder judío antirromano para convertirse en emblema de una doctrina que, poco a poco, se hizo antijudía. De esa interpretación sesgada nació la Iglesia institucional, que perpetuó un fondo de antisemitismo. La paradoja es luminosa: Jesús fue judío hasta la raíz, y jamás quiso romper con su fe. No fueron los fariseos ni los escribas sus verdaderos enemigos, sino los romanos, que lo veían como un peligro para la paz del imperio y, por eso, lo crucificaron entre compañeros de causa, no entre ladrones.

La divinización de Jesús se construyó más tarde y fue proclamada dogma por el Concilio de Nicea, en el año 325. Allí ardieron las disputas entre la corriente dominante y los arrianos, que negaban su divinidad. La Iglesia triunfante persiguió a estos últimos con fuego y espada.

Convertido ya en Jesucristo, Dios resucitado y hombre eterno, el Nazareno se transformó en el mito más fecundo de la historia humana. Sobre él se ha edificado gran parte de la civilización occidental: su arte, su pensamiento, su imaginación.

Hoy, en una sociedad cada vez más descreída, aún celebramos esos días del relato: la entrada triunfal en Jerusalén, la cena, la traición, la flagelación, la crucifixión y, finalmente, la resurrección. Un ciclo que se repite cada año como eco remoto de un misterio que ya casi nadie comprende, pero que sigue conmoviendo el aire.

Su historia, recreada hasta la extenuación por teólogos y poetas, ha perdido casi toda sustancia histórica, pero ha ganado el espesor de la literatura. La suya es una invención fecunda: un mito que vertebra el espíritu de Occidente y fija el tiempo mismo en un antes y un después de su nacimiento.

Los que fuimos educados en aquella fe recordamos una religión fundamentada en el pecado y el castigo —una pedagogía del miedo—, aunque de ella extrajimos también un don más hondo: la idea de trascendencia. Aprendimos que hay un mundo invisible que da forma y sentido al visible. Y sin ese trasfondo, toda civilización corre el riesgo de volverse plana, hedonista y vacía.

                                         

Nos guste o no, el mito de Jesús de Nazaret, a pesar de su literaturización y de los abusos de su Iglesia, ha inspirado algunas de las páginas y obras más sublimes de nuestra cultura: el Cristo de Carrizo,  o el que pintó Holbein que sobrecogía a Dostoievski; y en música, el inigualable Bach. Pese a su historia de represión y sangre, el cristianismo ha guiado a muchas almas hacia la luz. Fuera de esa herencia —nos guste o no— quedamos huérfanos, suspendidos en una intemperie moral donde solo reina la banalidad.

domingo, 1 de marzo de 2026

La lucidez terminal

Nuestras abuelas nunca oyeron hablar de "lucidez terminal", pero su sabiduría cotidiana, tejida en el hilo invisible de la experiencia compartida, les permitía reconocerla con una precisión instintiva. Iban a visitar al moribundo con el paso quedo del respeto, callando en la penumbra de la casa mientras el aire se cargaba de ese silencio denso que precede al adiós. Pero una vez fuera, en el umbral de la calle, entre susurros cómplices y miradas que lo decían todo, soltaban la profecía: "Hoy lo he visto muy animado, volvía a acordarse de todo... Ay, no creo que pase de mañana". Y así era, puntual como el ocaso que devora la luz, confirmando una vez más esa verdad ancestral que no precisaba de nombres científicos.

El Susurro del Umbral

La lucidez terminal emerge como un fenómeno esquivo, un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia, que la ciencia ortodoxa relega al margen de sus protocolos, pero que palpita en el corazón de nuestra herencia cultural y en el testimonio diario de enfermeras y cuidadores. Estos guardianes silenciosos del final narran, una y otra vez, cómo seres atrapados en las garras de demencias profundas —Alzheimer voraz, cáncer implacable— o lesiones cerebrales supuestamente irreversibles, experimentan un "retorno milagroso del yo". Durante unas horas, a veces menos, recuperan por completo la claridad cognitiva: la memoria despierta como un río dormido que fluye de nuevo, la energía brota renovada, y las palabras, mudas por años, tejen diálogos lúcidos con familiares atónitos. No es un balbuceo confuso, sino una presencia plena, consciente de la inminencia de la muerte, envuelta en una calma serena que roza lo sobrenatural. Parecen aceptar el tránsito con una sabiduría que trasciende el dolor, como si, en ese instante, el velo entre lo visible y lo invisible se entreabriera apenas.

El Enigma de la Esencia

Pero ¿cómo explicarlo? La neurociencia nos enseña que el tejido cerebral, devorado por el Alzheimer o erosionado por tumores, no se regenera a gran escala. Las neuronas muertas no resucitan; el daño es irreversible, un laberinto de silencio donde el yo parecía haberse extraviado para siempre. Aquellos que languidecieron años "desaparecidos", reducidos a sombras de sí mismos, ¿dónde preservaban su identidad? ¿En qué recodo del cosmos o del ser se guardaba esa mente intacta, esos recuerdos vívidos, esa capacidad de reconocerse en el espejo del alma? Si el ser humano es, en esencia, la materialidad de su cuerpo —átomos danzando en sinapsis frágiles—, ¿de dónde surge esa lucidez postrera? La pregunta no es mera curiosidad académica; perfora el corazón del reduccionismo materialista, invitándonos a cuestionar si el "yo" es un epifenómeno cerebral o algo más vasto, un hilo que trasciende la carne herida y se ancla en dimensiones que la ciencia aún no osa mapear.

Imaginemos a una anciana, postrada en su lecho tras décadas de olvido, que de pronto llama por su nombre al nieto perdido en el tiempo, evoca anécdotas de juventudes lejanas con precisión fotográfica y, con voz templada, se despide: "Ya es hora, hijo; cuida de los tuyos". Horas después, el silencio definitivo. Testimonios como este, acumulados en hospitales y hogares, forman un tapiz colectivo que desafía los paradigmas. No es anécdota aislada, sino patrón recurrente, ignorado por la ortodoxia porque no encaja en el modelo mecanicista del cerebro como único sede de la conciencia.

Ecos de lo Cercano a la Muerte

Este prodigio no orbita en soledad; se entrelaza con las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), esos relatos que, desde 1971, se cuentan por cientos de miles —quizá millones— y que la ciencia comienza a escrutar con rigor. Personas al borde del abismo cardíaco o cerebral refieren visiones de luz cegadora, revisiones panorámicas de vidas enteras, encuentros con presencias queridas. La lucidez terminal parece un preludio, un umbral compartido donde el yo se despoja de lo superfluo y brilla en su núcleo. No es casual que ambos fenómenos converjan en el instante supremo: sugieren que la conciencia, lejos de extinguirse con el cerebro, podría persistir, desatada, en un continuum más allá de lo físico.

En este cruce, Alexander Batthyány emerge como faro. Director del Instituto Viktor Frankl en Viena y del Instituto de Investigación en Psicología de la Universidad Pázmány Péter en Budapest, su libro El umbral disecciona la lucidez terminal con bisturí científico. No es panfleto esotérico, sino indagación neurobiológica que explora implicaciones existenciales y trascendentes. Batthyány recopila casos, analiza patrones y cuestiona: ¿es esto un último fogonazo neuronal, o evidencia de que el yo habita estratos no materiales? Su obra invita a un diálogo humilde entre ciencia y misterio, recordándonos que Frankl, sobreviviente de Auschwitz, halló sentido en el sinsentido precisamente en el límite de la vida.

El Réquiem del Cinismo

Frente a esta maravilla, surge el contrapunto sombrío: la voz de David Lindley en USA Today, un lamento cósmico despojado de ceremonia. "Los seres humanos no somos más que una migaja de materia orgánica que se aferra a la superficie de una pequeña roca. Desde el punto de vista cósmico, no somos más importantes que el moho de una cortina de ducha". Palabras que destilan alienación radical, un nihilismo que reduce la sinfonía de la existencia a ruido entrópico. En ellas resuena el vacío posmoderno: si somos moho cósmico, ¿por qué tratarnos con dignidad? ¿Por qué reverenciar al prójimo, mimar la naturaleza, honrar el mundo que nos mece? Lindley pinta un universo indiferente donde la vida es accidente fortuito, desprovisto de telos o valor intrínseco.

Pero este canto fúnebre ignora las sutilezas que nuestras indagaciones desvelan. La naturaleza inviste en nosotros con prodigio: el milagro de la lucidez terminal, la complejidad de la conciencia, la resiliencia del espíritu humano. Nada acontece en el vacío; cada retorno fugaz del yo grita que somos más que polvo estelar aferrado a una roca.

La Esperanza como Antídoto

Reflexionemos, pues. Si erradicamos el alma —ese núcleo inefable que las abuelas intuían—, si equiparamos al humano con hongos inertes, la esperanza no perece por decreto cósmico, sino por nuestra profecía autocumplida. El nihilismo no es verdad absoluta, sino trampa seductora: nos incita a tratar la vida como desecho, acelerando su degradación. Mas la lucidez terminal susurra otra narrativa. En ese breve resplandor, el yo regresa no para luchar, sino para afirmar: "He sido, soy, trasciendo". Es un recordatorio de que cada vida, por humilde o confinada —como la de Emily Dickinson en su jardín—, porta dignidad irreductible.

Honremos, entonces, ese misterio. Visitemos al moribundo con el silencio de las abuelas, escuchemos sus palabras postreras como oráculos. En ellas, la vida se despide no en derrota, sino en plenitud, invitándonos a vivir con la misma claridad serena. Somos portadores de un enigma cósmico, no moho casual. Y en esa certeza, el umbral se abre no al vacío, sino a la posibilidad infinita.

sábado, 11 de mayo de 2024

El sentido de la historia

sábado, 30 de marzo de 2024

Jesús de Nazaret y el vacío

Son días pausados de semana santa en que se recrea la historia de Jesús de Nazaret, el mito de un hombre concreto e histórico -del que se sabe muy poco- y que fue reinventado posteriormente por escritos que asumieron el carácter de sagrados que ficcionaron su vida y lo convirtieron en un hombre-Dios transformando su realidad histórica de líder antirromano y representante de un renacer judío para traer el reino de Dios a su pueblo de Israel. Sus primeros seguidores, los ebionitas, no lo consideraron Dios, sino un hombre singular que seguía la ley mosaica. Negaban su divinidad y que preexistiera, aunque lo consideraban mesías. Era la congregación de los pobres y veían en la pobreza una bendición. 

 

La derivación del mito de Jesús, totalmente reconvertida por Pablo de Tarso y sus evangelistas lo llevaron a ser antijudío y ocultaron su característica de líder de un movimiento político y religioso antirromano. En ese carácter antijudío se ha fundamentado la iglesia que derivó de su interpretación sesgada convirtiéndose en una institución antisemita. Pero la gran paradoja es que Jesús de Nazaret era judío hasta la médula y nunca pretendió romper con el judaísmo. Ni sus enemigos fueron los escribas y fariseos, sino los romanos que veían en él a un potencial enemigo que amenazaba la paz del imperio, y, por eso, lo crucificaron, no entre dos ladrones sino entre otros partidarios suyos. 

 

La invención de Jesús de Nazaret como Dios fue construida posteriormente y declarada dogma de fe por el concilio de Nicea en el año 325 aunque en dicho concilio hubo una profunda división entre la corriente dominante y los arrianos que no consideraban Dios a Jesús. Los arrianistas fueron perseguidos sangrientamente por la iglesia vencedora en el concilio. 

 

Jesús convertido en Jesucristo -que ha resucitado entre los muertos y Dios-Hombre, se convirtió en el mito más exitoso de la historia y ha dado forma a una civilización occidental, a sus creencias, a su arte y a su literatura. 

 

En estas fechas, en una sociedad crecientemente arreligiosa, se celebran esos días entre la entrada triunfal en Jerusalem, la última cena, la detención y flagelación de Jesús, así como su muerte mitificada, y lo más sorprendente, su resurrección posterior que se celebra mañana. 

 

Las interpretaciones de este mito han sido innumerables y su realidad histórica se ha olvidado totalmente recreada por sus exegetas y algunos de sus seguidores. 

 

Su realidad es pura literatura y supone el triunfo absoluto de un mito que vertebra la historia de occidente y divide el tiempo histórico antes de su nacimiento y posterior a él. Las personas de cierta edad hemos sido educadas en torno a una religión que tenían como eje el pecado y la pulsión de castigo, algo que las nuevas generaciones han dejado atrás igual que es generalizado el desconocimiento de las bases de nuestra cultura, desde la Biblia, a los poemas místicos de Juan de la Cruz o los iconos medievales rusos o los pórticos de las catedrales e iglesias de los pueblos. Yo me crie con imágenes religiosas que me aportaron algo interesante además de la idea de pecado y castigo -que me afligieron gravemente- y es la idea de trascendencia, la concepción de que hay un mundo que está más allá del material y que da fondo y forma a una tradición artística, mística y espiritual que sin esa base, se queda en una civilización plana, hedonista y superficial. 


                                                                       Cristo de Carrizo 

Mal que nos pese, el mito de Jesús de Nazaret y su cristología, aun a pesar de su literaturización, ha creado algunas de las mejores páginas y obras artísticas de nuestra civilización. Por ejemplo, el cristo de Carrizo, por ejemplo, el cristo que subyugaba a Dostoievski, el de Holbein. Por no mencionar a Bach. El cristianismo, pese a su poder represor y sanguinario, ha alumbrado a seres hacia la luz, y fuera de esta, nos quedamos huérfanos de una tradición que conforme nuestra existencia, vaciados en la nada y en la banalidad. 

viernes, 15 de marzo de 2024

De lo sagrado y lo profano

Desde hace unas semanas, estoy inmerso en la lectura del primer tomo de la Historia de las creencias y las ideas religiosas I: De la Edad de Piedra a los misterios de Eleusis, escrito por Mircea Eliade. Voy leyendo lentamente y pensando lo que percibo en esta obra, considerada como una de las más grandes epopeyas intelectuales del siglo XX. 

 

En las consideraciones previas retengo algunas ideas que me van a servir de base para una entrada en el blog. 

 

Una de ellas es que, según Mircea Eliade, “la experiencia de lo sagrado constituye un elemento más de la estructura de la conciencia”. 

 

La segunda idea que retengo se dirige "a la única, aunque importante, creación religiosa del mundo occidental moderno: la última etapa de la desacralización que viene a ilustrar el perfecto camuflaje de lo sagrado, o más exactamente, su identificación con lo profano.”

 

Estas ideas me sedujeron porque revelan algo muy presente en mí, la idea de lo sagrado en pugna con una civilización desacralizadora que condiciona toda experiencia a una trivialidad y banalidad sobrecogedoras. 

 

En nuestro tiempo, desde el comienzo de la modernidad, hemos perdido el sentimiento de lo sagrado que forma parte, según Eliade, de la estructura profunda de la conciencia, algo que acompañó a la humanidad desde la Edad de Piedra en su sentimiento religioso y cósmico de la realidad hasta la era moderna en que se camufla lo sagrado con lo profano. Lo camufla pero sigue vivo en multitud de ritos o manifestaciones sociales. 

 

Recuerdo que cuando era actor -una experiencia inolvidable- tenía el escenario como un espacio sagrado. Lo barría cuidadosamente antes de la función y lo tenía como un espacio espiritual en que se desarrollaba un hondo drama por la fusión de mi realidad como ser humano con la de personajes ajenos a mí con los cuales me iba a mimetizar. 


viernes, 19 de enero de 2024

La invención de Jesús de Nazareth

Estoy leyendo La invención de Jesús de Nazareth de Fernando Bermejo Rubio, un estudioso y pensador de la Biblia, incluido el Nuevo Testamento, que analiza críticamente el contenido de los Evangelios en los que se impone la figura de Jesús de Nazareth como líder político antirromano, motivo por el que fue crucificado, una muerte deshonrosa y humillante. Los crucificados con él en el Gólgota eran compañeros de rebelión insurgente y no bandidos -el buen ladrón y el mal ladrón-. Fernando Bermejo basándose en los conocimientos que tenemos del siglo I en el Israel ocupado por Roma, además de las rebeliones judías contra el poder romano, recrea y reconstruye la imagen del Galileo que se enfrentó a Roma basándose en la idea del Reino de Dios, opuesto al poder existente. 

 

Sus contemporáneos vieron el él un representante de un valor religioso que los llevó a crear la idea del Mesías. Es prodigioso rehacer el camino por que un hombre destacado políticamente es elevado a emblema y símbolo de la divinidad y que, posteriormente, los Evangelios escritos por hombres que quisieron disimular u ocultar el carácter antirromano de Jesús, lo convirtieron en un hombre -divinizado posteriormente- que resucitó al tercer día tras su ejecución. 

 

Hoy día, veintiún siglos después, ya no creemos en Occidente en poderes divinos o sagrados. Hemos dejado de creer y somos totalmente escépticos respecto a todo lo que signifique religiosidad o reconocimiento de una realidad trascendente. Me asombra que en el siglo I de nuestra era común, un hombre fuera elevado a la categoría de símbolo que transformara la historia del mundo. Es fascinante, y su figura fue reeleborada por sus discípulos, empezando por Pablo de Tarso, los evangelistas, los concilios, los padres de la Iglesia, filósofos que siguieron la senda evangélica intentando desentrañar el misterio del galileo. 

 

¿Hoy en qué creemos cuando la realidad es que no creemos en nada? Un bloguero amigo publicaba en su blog que la única realidad que sabemos es que moriremos puesto que hemos nacido. Es nuestra única constatación real de nuestra vida, y todo lo demás son creencias, ligeras convicciones, hábitos, tristezas o alegrías, desesperanzas, y nos basamos esencialmente en el poder del dinero, en el consumo, en los centros comerciales, en los estadios deportivos, en la política, en que nos suban las pensiones y alcanzar los noventa sin especial deterioro para tener posteriormente un funeral de doce minutos en que en un tanatorio posmoderno se hable de nosotros en la gran ciudad sin mayor historia o significado tras una vida más o menos afortunada y llena o vacía de avatares diversos. 

 

Hemos perdido totalmente la noción de trascendencia. Las historias del pasado nos parecen ridículas y proyectamos nuestra cosmovisión escéptica acerca de lo sagrado en toda la historia de la humanidad sin tener claros nuestros valores, más allá de que nos suban la pensión el gobierno de turno y del poder de la tecnología o de la ciencia que es el eje de nuestra penetración en el mundo. 

 

Antes eran ingenuos -pensamos- pero ahora tenemos el colmillo retorcido y nos es imposible creer en nada. Es nuestro mal endémico y congénito. Ahora todo son estadísticas y estudios de opinión, todo es tecnología, burocracia, Inteligencia artificial, y es esencialmente deshumanización lo que vivimos. 

 

En el siglo I se erigió un mito -algunos dudan de si existió realmente el Galileo- en el que estoy metido desentrañando la mitificación de un hombre singular que se convirtió en un líder religioso que transformó la historia del mundo, el arte, la filosofía, la música... hasta que siglos después la mayoría se puso de acuerdo en que todo aquello era inventado, absurdo, carecía de sentido y los evangelios eran fruto humano en que se proyectó un material bíblico para crear la realidad divina de un hombre al que se le impuso el mito frente a su realidad concreta. 

viernes, 27 de octubre de 2023

La muerte de Dios

Hace unos meses hablando con un amigo, antiguo seminarista, comentamos nuestras respectivas fes en el ámbito religioso. Antonio me dijo que la creencia en Dios es fruto de mentes primitivas, que una persona con cultura e inteligencia no podía ser sino atea. 

 

Ahora leo un ensayo muy interesante titulado ¿Ha enterrado la ciencia a Dios?del filósofo John C. Lennox que evalúa el abierto conflicto entre el cientifismo y el naturalismo con las fes teístas. Para algunos científicos radicales, el mundo y el universo es todo lo que existe, no hay más, no hay un ser fuera de él que le dé sentido. Todo puede ser explicado por la ciencia, y si la ciencia no puede darle explicación tarde o temprano podrá. No hay trascendencia, no hay dimensión espiritual igual que si consideramos un jardín no hay gnomos ni hadas. Y Dios sería el equivalente a dichos personajes. El universo es fruto del azar, y toda su evolución y transformación pueden o podrán ser explicadas por la ciencia. No hay lugar para un ser creador porque no es racional y fruto de creencias inocentes. No hay confluencia de la dimensión material con la espiritual. 

 

John C. Lennox pone a prueba estas supuestas verdades metacientíficas elevadas a la categoría de creencias y habla de las limitaciones de la ciencia que no puede contestar a preguntas como ¿por qué existe algo en lugar de nada? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿cómo y por qué surgió todo? ¿Existe algo después de la muerte?

 

La tía Matilde prepara un pastel. Dicho pastel es analizado y descompuesto por la ciencia. Sabemos sus componentes a nivel orgánico, sus propiedades, sus cualidades físicas y químicas, y todo lo que la ciencia puede aportar, pero desconocemos quién lo ha creado -la ciencia no puede dar la explicación- ni qué finalidad tiene que solo Matilde puede dar -un pastel de cumpleaños, por ejemplo-. 

 

La afirmación de que solo la ciencia puede conducir a la verdad es metacientífica y no se sostiene y es incoherente. Ciertamente, la ciencia puede dar respuesta válida a muchos de los interrogantes que existen acerca de la naturaleza de la materia y de la vida pero no a todos, que se escapan de su área de influencia. La ciencia es incapaz de dirimir la calidad de una obra literaria o de la validez de unos postulados filosóficos o del valor de una pintura o una sinfonía. No se trata solamente de medir magnitudes, hay algo que se escapa a la dimensión científica y hace falta el espíritu humano para comprender ciertas cosas, si es que ello es posible. 

 

El universo es un lugar misterioso. La ciencia hace prospecciones valiosísimas para ayudar a comprenderlo pero carece de competencias para intentar evaluarlo o explicar su sentido o su finalidad, del mismo modo que no puede explicar la finalidad de Hamlet de Shakespeare. Son ámbitos diferentes. 

 

Que el universo es fruto exclusivamente del azar y que carece de cualquier finalidad moral son afirmaciones problemáticas y que escapan de lo estrictamente científico. Lo más que puede intentar afirmar es que, dado lo conocido, la hipótesis de Dios es inadmisible porque no hace falta para nada porque “todo” puede ser explicado por las leyes de la naturaleza. Pero hemos visto que ni siquiera puede explicar por qué el pastel de chocolate existe ni de dirimir su finalidad ni el autor de este. Todo ello está fuera de su capacidad. 

 

Las religiones -re-ligare- son intentos de dar coherencia a la dimensión misteriosa de la existencia explicando sus valores morales, su origen o su finalidad. Desde el inicio de los tiempos los seres humanos han intentado explicarse por qué están aquí, cuál es su sentido. Las religiones son interesantes porque se afanan en explicar desde otro punto de vista -que no tiene que entrar en contradicción con la ciencia a pesar de que a lo largo de la historia ha habido serios y graves conflictos entre las iglesias y las investigaciones científicas-. Son ámbitos diferentes. Todo lo que se avance en ciencia probablemente es para el bien de la humanidad, pero aunque tengamos un reloj nos seguiremos interrogando sobre quién y cómo fue el relojero. Y el universo es ese reloj enigmático. 

 

Mi amigo Antonio se asombró de mis especulaciones filosóficas próximas al taoísmo, no necesariamente cristianas aunque tampoco hay que ver que haya contradicción. Cualquier intento de explicación desde postulados religiosos me es vital, desde las creencias animistas, la mística occidental u oriental, las filosofías védicas, búdicas o taoístas, sin eludir la importancia del cristianismo o el Islam. Y ya no digamos del judaísmo en el que se basa el ochenta por ciento de nuestra cultura europea y occidental. Y en realidad contamos los años por el nacimiento de un judío muy especial que cambió la historia de la humanidad. 

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...