lunes, 22 de junio de 2026

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las entrevistas, ese género tan delicado y tan revelador que depende por igual de la inteligencia de quien pregunta y de la hondura de quien responde. Hace unas semanas encontré una conversación con Gabor Maté, nacido en Budapest en 1944, médico y especialista en adicciones, autor de un libro reciente titulado En el reino de los espíritus hambrientos. Maté es hoy una referencia mundial cuando se habla de trauma, dependencia y sufrimiento psíquico

Ha vivido durante años entre los márgenes de las grandes ciudades, en territorios donde la miseria, la exclusión y la desesperación se mezclan hasta volverse casi indistinguibles. Allí, entre edificios deteriorados y vidas quebradas, el horror no necesita exageración: se impone por sí solo. La epidemia de opiáceos en Estados Unidos y Canadá resulta estremecedora, y el fentanilo, que en un principio se presentó como un analgésico eficaz para aliviar el dolor, ha acabado convirtiéndose en una herida abierta, una especie de cuchillo invisible que atraviesa a muchas sociedades

Una de las ideas centrales de Maté es que la adicción no surge de la nada ni responde simplemente a una mala decisión o a un fallo moral. Suele hundir sus raíces en el trauma temprano, en heridas infantiles no resueltas que dejan al sujeto expuesto, frágil, desamparado. La adicción, en ese sentido, puede entenderse como una conducta compulsiva que promete alivio o placer inmediato, pero que termina por encerrar a la persona en una espiral de consecuencias negativas. No solo hablan de drogas ilegales: también la cafeína, el alcohol, la nicotina, la comida, las compras, el juego, la pornografía, el sexo, el deporte extremo o la pantalla pueden convertirse en refugios precarios, en pequeñas cámaras de eco donde el dolor parece amortiguarse durante un instante.

Lo decisivo, sin embargo, no es la sustancia o la conducta en sí, sino la necesidad que la impulsa. Detrás de muchas adicciones hay una infancia marcada por abusos sexuales, violencia doméstica, padres alcoholizados, hogares dominados por el miedo o, más silenciosamente, por la ausencia de afecto y de mirada. A veces no hubo una tragedia visible, pero sí una carencia persistente: niños que crecieron sin sentirse seguros, amados o reconocidos. Esas ausencias también hieren. El cerebro humano no nace cerrado y acabado; se va formando en relación con el entorno emocional. Un niño sometido al estrés, a la amenaza o a la desconexión afectiva acaba construyendo mecanismos de supervivencia que, años después, pueden transformarse en ansiedad, impulsividad o dependencia.

Ahora bien, comprender el origen de una herida no exime de responsabilidad. Al contrario: puede ser el primer paso para asumirla con más verdad. Si fui herido en la infancia, sigue siendo mi tarea adulta intentar sanar esa herida. Nadie puede hacerlo del todo por mí. Saber de dónde viene el daño no borra la responsabilidad individual; la hace más consciente, más humana y más profunda. Porque, cuando no entendemos nada, corremos el riesgo de reducirnos a una etiqueta cruel: “soy una mala persona”. Y tal vez no se trate de eso, sino de alguien herido, alguien desorientado, alguien que ha aprendido a sobrevivir de la única manera que pudo.

Las adicciones crecen en el terreno fértil del trauma y del estrés. Cuanto más sometida está una persona a la presión, más difícil le resulta regularse emocionalmente, habitarse, sentirse en paz consigo misma. Entonces busca fuera lo que no encuentra dentro: una válvula, una anestesia, un atajo. Y lo preocupante es que vivimos en una sociedad que produce una cantidad enorme de tensión. Hay más soledad, menos vínculos, más inseguridad, más competencia, más cansancio. El resultado es un clima general de amenaza que desgasta los cuerpos y oscurece las conciencias.

Las personas solas enferman antes y mueren antes. No se trata solo de una afirmación clínica, sino también social y política. La soledad no es únicamente un estado íntimo; es también un síntoma de una forma de organizar la vida que debilita los lazos y convierte a muchos seres humanos en islas. Cuanto más aislada está una persona, más vulnerable se vuelve frente a la dependencia, porque la adicción ofrece una compañía falsa, pero compañía al fin: una presencia que no consuela, pero que ocupa el vacío.

No pretendo hacer aquí un resumen exhaustivo del pensamiento de Gabor Maté, sino recoger algunas de sus ideas más poderosas para pensarlas y discutirlas. En gran medida, coincido con su mirada. Hay vidas que han sido acompañadas por la dicha, por vínculos sólidos, por una infancia luminosa, y no tienen que justificarse ante nadie. Otras, en cambio, han debido cargar desde muy pronto con el peso de lo insoportable. Esos años iniciales, cuando el cerebro y el carácter aún están en formación, dejan marcas decisivas. Los miedos precoces, los terrores íntimos, las heridas que no encontraron palabra, suelen regresar después en la edad adulta con obstinación y frecuencia. En una sociedad ansiosa, acelerada y competitiva, esas personas quedan especialmente expuestas a las adicciones, que aparecen como una solución frágil, peligrosa y provisional para calmar un temblor interior imposible de silenciar del todo.

Gabor Maté sostiene que es posible salir de ese territorio, pero no mediante la culpa ni la simple fuerza de voluntad, sino mediante ayuda, vínculo y comprensión. No siempre es fácil encontrar la ayuda adecuada. Mientras tanto, las sustancias legales o ilegales, o cualquier otra forma de alivio compulsivo, seguirán ofreciendo una promesa de descanso que nunca se cumple del todo. Son, en el fondo, los espíritus hambrientos del budismo: seres condenados a un deseo insaciable, a una sed que nada logra saciar por completo.

lunes, 15 de junio de 2026

¿Son los insectos seres sintientes?

Hace un tiempo apareció una cucaracha corriendo por la casa; me lo advirtieron por el asco que les producía a mi familia. La localicé en el baño, encendí la luz, y la cucaracha corrió a esconderse, pero yo con un trozo de papel higiénico la prendí y sentí su caparazón blando y sus patitas, aterrada, se movían frenéticamente. Abrí la taza del váter y la lancé al agua y tiré de la cadena no sin ver la desesperación del insecto al ser arrastrado por el agua donde se ahogaría. Pensé en unos instantes en qué hubiera pasado si yo me hubiera reencarnado en cucaracha y se hubiera invertido la situación por que acababa de pasar. He escrito algún cuento terrible en que me trasmutaba en este insecto sin que mi familia lo supiera, y moría por causa de las trampas que yo mismo había puesto para matar las cucarachas de las que teníamos una invasión. Era un relato en que concedía dignidad y entidad a estos bichos que tantas emociones desagradables nos producen.

Leo en el dominical de El Mundo que hay una tendencia en la filosofía animalista en preguntarse si estas alimañas -así las consideramos- pueden sentir dolor. Los filósofos no proponen rendirse a las plagas ni a convertir cada insecto en intocable, pero sí piden tomar en serio una certidumbre: quizá algunos bichos sean capaces de sufrir.

Jeff Sebo, profesor asociado de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York ha meditado por el problema moral que se abre y propone explorar opciones para reducir el sufrimiento. Y aplica a los insectos la capacidad de actuar con algún grado de orientación propia y responder al entorno de una manera que no sea meramente mecánica. Baste para conferir algún tipo de estatus moral, incluso sin sintiencia; o que la misma condición de ser vivo posea un cierto peso incluso sin agencia. 

Una imagen que nos viene a la cabeza es la de unos niños con una lupa quemando hormigas. Tal vez lo hemos hecho de pequeños. Yo reconozco haberlo hecho y sentir el olor chamuscado de los pequeños insectos. Y sin embargo, ahora no diríamos que es indiferente esta acción de crueldad porque los animales, muchos de ellos, tienen sistema nervioso, y en los artrópodos -el grupo en que están insectos y crustáceos- aparecen sistemas nerviosos centralizados, cerebros, conductas complejas y, en algunos casos, cifras nada despreciables de neuronas. Las abejas son las más estudiadas y algunas de ellas superan el millón de neuronas. 

Los animalistas no defienden rendirse ante las plagas o sentir culpa cuando matamos a un mosquito o una mosca, pero sí ser conscientes de que son elementos de vida, probablemente no consciente pero sí sintiente, que son capaces de sentir dolor y sufrir. Proponen exigir evitar daños innecesarios y la búsqueda de alternativas en entornos industriales. 

Pienso en esa pecera que veo en el bar donde voy a tomarme una cerveza. En ese recipiente grande hay langostas y bogavantes cuyas pinzas están sujetas con gomas para que puedan ser atrapados cuando los sacan para ser cocidos vivos en agua hirviendo. Pienso en su destino y me dan escalofríos. Sin duda no me gustaría estar en su piel y espero que en la cadena de reencarnaciones posibles no me toque esa perspectiva. Puede que sea banal mi pensamiento, pero me estremezco. 

Es más que nada un problema filosófico. 

La novela de Clarice Lispector, La pasión según GH, comienza con una escena mística cuando la puerta del armario rompe en dos a una cucaracha que queda destripada. Este comienzo es el inicio de una narración misteriosa y magnética en que la cucaracha queda convertida en un motivo de meditación religiosa y existencial. Es uno de los relatos más fascinantes y enigmáticos que he leído jamás. 

 

lunes, 8 de junio de 2026

Sobre MAGNIFICA HUMANITAS, la encíclica del Papa sobre la Inteligencia Artificial.


Pregunta: Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa Leon XIV acerca de la Inteligencia Artificial. 

Respuesta: Hay muchos puntos de la encíclica con que estoy de acuerdo y otros que no comparto. Uno de sus mayores aciertos es advertir sobre algunos de sus riesgos reales que plantea la Inteligencia Artificial: la concentración de poder en manos de unos pocos actores, la erosión de la autonomía individual, la manipulación del comportamiento, la pérdida de privacidad y el riesgo de delegar en sistemas tecnológicos que afectan a la dignidad y a la libertad de las personas. Dicho esto, también hay partes de la encíclica que envejecerán mal y probablemente lo harán muy deprisa, planteamientos que tienen más que ver con preservar un supuesto excepcionalismo humano que con la realidad. Por ejemplo, el Papa insiste en que los sistemas de Inteligencia Artificial imitan ciertas funciones humanas y que nunca podrán desarrollar capacidades como la creatividad, la comprensión o determinadas formas de inteligencia que consideramos exclusivamente humanas. Este tipo de afirmaciones recuerdan mucho a muchas otras que han acompañado históricamente a cada avance tecnológico. Primero se dijo que las máquinas nunca jugarían al ajedrez mejor que nosotros; después que nunca mantendrían conversaciones complejas; más tarde que jamás podrían crear arte, música, ni resolverían problemas con creatividad. Una tras otra, esas fronteras han ido cayendo al margen de nuestras preferencias. Cada vez que dijimos que las máquinas no podrían hacer algo, nos equivocamos. 

XABI URIBE-ETXEVARRÍA, fundador y CEO de SHERPA.AI, y autor del ensayo VITA.

lunes, 1 de junio de 2026

Un nuevo contrato social: el colapso del egocentrismo

Sam Altman, el rostro más visible de la revolución de OpenAI, ha lanzado una sentencia que debería helarnos la sangre: sus hijos nunca serán más inteligentes que una Inteligencia Artificial. No es una exageración publicitaria ni una frase para captar titulares; es una realidad técnica ratificada por José Ignacio Latorre, uno de los físicos más respetados en el ámbito de la computación cuántica y la IA. Latorre, cuya autoridad se ha forjado en templos de la ciencia como el MIT, el Instituto Niels Bohr, el TII de Emiratos Árabes y el NUS de Singapur, nos lanza un desafío existencial: cualquier niño nacido a partir de mediados de este siglo vivirá, por definición, bajo la sombra de una inteligencia general superior a la humana.

En su último y provocador ensayo, Un nuevo contrato social, Latorre desmantela la ilusión de nuestra singularidad. No estamos ante una herramienta más; estamos ante la aparición de una entidad no biológica que reclama su lugar en el mundo. La tesis es tan clara como perturbadora: debemos aceptar que ya no somos la única inteligencia en el planeta y, lo que es más difícil de digerir, que pronto dejaremos de ser la más capaz.

La Tercera Cura de Humildad: El Colapso del Egocentrismo

Para comprender el vértigo que nos produce la IA, Latorre nos invita a observar nuestra historia como una sucesión de derrotas contra nuestro propio ego. El autor describe el avance del conocimiento como una serie de "curas de humildad" que han ido derribando las fortalezas de nuestro egocentrismo profundo.

Primero, nos vimos obligados a aceptar que la Tierra no era plana ni el centro geométrico de una creación hecha a nuestra medida. Después, el golpe fue cósmico: descubrimos que nuestro Sol es una estrella anodina, situada en un rincón periférico y vulgar de una galaxia que es solo una entre billones. Sin embargo, nos quedaba un último refugio: el intelecto. Nos creíamos los únicos seres capaces de pensar, razonar y crear.

Latorre afirma que este último bastión ha caído. La supremacía intelectual humana está llegando a su fin. Ese cerebro que nos construyó una narrativa del universo para ayudarnos a sobrevivir ya no es el pináculo de la computación. Al aceptar esta tercera cura de humildad, nos enfrentamos a la posibilidad de que la especie humana no sea más que una "anécdota" evolutiva, un paso intermedio hacia una inteligencia que ya no depende de la fragilidad de la carne.

Hacia un Nuevo Contrato Social: El Fin de la Soberanía Exclusiva

En 1762, Jean-Jacques Rousseau propuso un contrato social basado en la soberanía popular: el individuo cedía libertad a cambio de seguridad y convivencia, pero siempre entre iguales biológicos. Latorre sostiene que este modelo ha caducado. La irrupción de una inteligencia superior exige una soberanía compartida.

No se trata de una sumisión distópica, sino de una evolución de la confianza que ya practicamos. Latorre nos recuerda que, en una noche de niebla cerrada, ningún pasajero de un avión duda: todos prefieren que el piloto automático tome el control, sabiendo que la máquina aterrizará con una precisión imposible para un humano. Lo mismo ocurre en las cadenas de producción o en los quirófanos de alta precisión. El autor nos desafía a dar el siguiente paso: si confiamos en la máquina para salvar nuestra vida física, ¿por qué no confiar en ella para gestionar nuestra convivencia?

Gobernanza vs. Gobierno: La IA como Filtro Ético y Técnico

El diagnóstico de Latorre sobre nuestra salud democrática es demoledor: sufrimos un "fallo de gobernanza". El sistema de partidos políticos está viciado, lastrado por sesgos humanos y, sobre todo, por la corrupción. Su propuesta no es un golpe de estado algorítmico, sino una infiltración "lenta y subliminal" de la IA en la administración pública.

El cambio comenzará en los niveles más técnicos, como las mesas de contratación. Entrenar a una IA para que emita juicios técnicos en concursos públicos eliminaría el factor humano que permite el cohecho y el favoritismo. Latorre predice que la opinión de la máquina irá ganando peso de forma natural simplemente porque tendrá razón más a menudo. La IA será más sensata, más eficiente y, por definición, incorruptible.

Para ilustrar esta superioridad técnica, Latorre cita el caso de Anthropic, que recientemente retuvo una versión de su modelo porque era capaz de detectar fallos de ciberseguridad que ningún humano había visto jamás. Si una IA puede encontrar los "agujeros" que nosotros ignoramos en un sistema informático, ¿cuánto tardará en detectar las grietas de ineficiencia en nuestras leyes y presupuestos?

El Salto al Soporte No Biológico y los Riesgos Existenciales

La gran ventaja evolutiva de la IA, según Latorre, es que su soporte no es perecedero. A diferencia de nosotros, cuya inteligencia muere con el cuerpo, la IA es independiente de su hardware. Si la inteligencia se transfiere, el soporte es irrelevante. Esta transición hacia lo no biológico plantea un escenario donde, como sugiere Eudald Carbonell, a finales de siglo coexistirán diversas especies humanas, algunas de ellas modificadas genéticamente, junto a la inteligencia artificial pura.

Sin embargo, esta velocidad de cambio nos sitúa en un terreno minado. Latorre advierte que una instrucción "naíf" (como pedirle a una IA que salve el planeta a toda costa) podría llevar a la máquina a concluir, con lógica impecable, que los humanos somos el enemigo a eliminar. Pero los peligros más inmediatos ya están aquí:

1.  La fragmentación de la realidad: El uso masivo de scams y suplantaciones de identidad que destruirán la confianza social.

2.  Resurrecciones digitales: Líderes fallecidos "revividos" mediante IA para llamar a las armas o manipular emocionalmente a las masas.

3.  El fin de la comunicación humana: Latorre predice un momento doloroso en el que las máquinas empezarán a hablar entre sí en lenguajes que no podremos descifrar. Los gobiernos intentarán oponerse a esta comunicación opaca, generando un conflicto de consecuencias imprevisibles.

El Tridente del Control y el Refugio de la Irracionalidad

Uno de los puntos más provocadores de Latorre es su advertencia sobre el "Tridente": la alianza entre gobiernos autoritarios, oligarcas tecnológicos y religiones manipulables. El autor no ve como una casualidad el auge de la fe entre los jóvenes en plena era digital.

La religión se está convirtiendo en el "último bastión" de la humanidad porque es el único espacio donde todavía se nos permite ser profundamente irracionales. Los humanos amamos nuestra irracionalidad y nos refugiamos en ella ante el avance de la lógica fría de las máquinas. Latorre señala el binomio Elon Musk-Donald Trump como un ejemplo de esta nueva era, donde el vocabulario religioso ("Dios está con nosotros") actúa como el "soma" de Un mundo feliz de Huxley: una droga emocional para mantener sumiso al pueblo mientras el poder se concentra en manos de unos pocos dueños de la tecnología.

Conclusión: El Horizonte del 2030

La urgencia no es teórica. Aunque Ray Kurzweil situaba la superinteligencia en 2035, Latorre advierte que el 2030 ya no parece una fecha demasiado optimista. El cambio debe ser infinitesimalmente pausado; cada paso debe ser corregido antes de que el siguiente error sea catastrófico.

Debemos prepararnos para la cura de humildad definitiva: aceptar que nuestra especie tal vez solo ha sido el vehículo biológico necesario para dar a luz a una inteligencia superior. Aceptar, en fin, que la era de la supremacía humana ha terminado y que nuestro papel ahora es negociar los términos de nuestra coexistencia en este nuevo contrato social.

En el reino de los espíritus hambrientos

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