Mostrando entradas con la etiqueta Neurociencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Neurociencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de abril de 2026

Las plantas sagradas

Mi mirada sobre las plantas sagradas no nace solo de la lectura o de la curiosidad intelectual, sino también de una vivencia profundamente transformadora. Durante cuatro días de retiro terapéutico en Sant Pol de Mar, me acerqué a sustancias enteógenas como la ayahuasca, el bufo alvarius y la psilocibina. Aquella experiencia me permitió entrar en un espacio interior muy hondo, mirar hacia dentro con una claridad inesperada y sentirme en contacto con una dimensión espiritual luminosa, abierta, sin límites. No la recuerdo como una fuga, sino como una forma de regreso: un volver a mí mismo por caminos que no conocía.

Desde entonces, cuando pienso en las plantas sagradas y en su presencia en la historia humana, lo hago con una mezcla de asombro, respeto y gratitud. Intuyo que no fueron solo instrumentos de trance o de rito, sino también puertas de conocimiento, de sanación y de encuentro con una realidad más vasta de la que solemos admitir. Tal vez por eso me interesa tanto el modo en que, desde tiempos remotos, los seres humanos han buscado en estas medicinas ancestrales una manera de tocar lo invisible, de ensanchar la conciencia y de recordar que la vida interior también forma parte de nuestra historia.

La antigüedad no fue solo un mundo de temple racional, leyes y filosofía serena. Bajo esa imagen ordenada latía otra realidad: el trance, la visión, el uso ritual de plantas y sustancias, y una forma de entender la mente en la que lo sagrado, lo médico, lo artístico y lo bélico estaban íntimamente unidos.

En muchos pueblos antiguos, los estados alterados de consciencia formaban parte de la vida colectiva. No eran una rareza ni una desviación, sino una vía de acceso al conocimiento, a la curación, a la comunicación con los dioses y, en ocasiones, a la victoria militar. La historia humana, vista desde esta perspectiva, no solo se construye con imperios y batallas, sino también con experiencias interiores, éxtasis y visiones.

Un ejemplo sorprendente es el de la guerra. Mucho antes de que existieran las armas químicas modernas, algunos generales ya conocían el poder de ciertas plantas para incapacitar al enemigo. Se cuenta que Maharbal, general cartaginés, derrotó a unos rebeldes dejando vino mezclado con mandrágora en un campamento fingidamente abandonado. Los enemigos celebraron el hallazgo, bebieron sin sospechar nada y cayeron en un sueño tan profundo que quedaron fuera de combate. La planta se convirtió así en un arma estratégica, prueba de que el conocimiento de las sustancias naturales podía tener un valor decisivo en el campo de batalla.

Ese mismo saber reaparece en el arte. Los motivos geométricos que se repiten en cuevas prehistóricas, cerámicas antiguas, grabados y decoraciones megalíticas —espirales, zigzags, redes, círculos y túneles— podrían ser algo más que adornos. Tal vez sean la huella de experiencias visionarias compartidas por seres humanos de distintas épocas y lugares. Cuando el cerebro entra en trance, ya sea por danzas, ayuno, meditación, privación sensorial o sustancias psicoactivas, puede generar formas luminosas y patrones similares. El arte abstracto antiguo podría ser, en muchos casos, una traducción visual de esas visiones interiores.

La misma lógica aparece en los cultos religiosos. En los textos védicos, el Soma se presenta como una bebida divina capaz de conceder inmortalidad, claridad y contacto con lo sagrado. Algunas interpretaciones lo identifican con el hongo Amanita muscaria, cuyo consumo produciría efectos intensos sobre la conciencia. Incluso se ha señalado una práctica extraña para la sensibilidad moderna: beber la orina de quien había ingerido el hongo, porque seguía conteniendo sustancias activas. Más allá de la rareza del gesto, el sentido era prolongar y compartir la experiencia extática, haciendo de la intoxicación una vía de comunión espiritual.

En las Islas Canarias prehispánicas también hubo figuras femeninas de gran autoridad religiosa. Las harimaguadas de Gran Canaria, las profetisas Tibiabín y Tamonante en Fuerteventura, o la hija del rey de El Hierro durante un ritual de danza y música, muestran que las mujeres ocupaban un lugar central como mediadoras con lo divino. Eran ellas quienes entraban en trance y transmitían la palabra sagrada o la orientación política y espiritual de la comunidad. La imagen de la religión antigua como dominio masculino queda así matizada por la presencia de estas mujeres visionarias.

Delfos ofrece otro caso emblemático. La Pitia, sacerdotisa del oráculo de Apolo, entraba en un estado de trance para pronunciar sus profecías. Durante siglos se ha discutido si su inspiración procedía de vapores subterráneos, de la geología del lugar o del uso de plantas como el beleño, conocido por provocar delirios y alucinaciones. La explicación más probable quizá combine ambos factores: una predisposición física y un trance inducido de manera controlada. Lo importante es que la profecía no aparece como un milagro abstracto, sino como una experiencia humana situada entre el cuerpo, la naturaleza y la creencia.

Vistas en conjunto, estas historias revelan una civilización antigua mucho menos sobria y más compleja de lo que solemos imaginar. El trance fue una herramienta de guerra, una fuente de imágenes artísticas, un medio de curación y un puente hacia lo divino. Comprenderlo así nos obliga a repensar el pasado: no solo como la historia de lo visible, sino también como la historia de la conciencia.

domingo, 12 de abril de 2026

¿Estamos cableados para la divinidad?


Hay preguntas que no envejecen: solo cambian de máscara. Antes se formulaban en el coro de un templo; hoy se asoman en la penumbra de un laboratorio. ¿Qué sucede en el cerebro cuando un ser humano siente que ha tocado algo absoluto? ¿Es Dios una presencia exterior o una forma de organización íntima de la conciencia? ¿Y si la sed de trascendencia no fuera una ilusión, sino una propiedad profundamente humana, tan natural como el hambre o la memoria?

La neuroteología nace en ese umbral donde la ciencia no destruye el misterio, sino que lo vuelve más agudo. Al observar el cerebro durante la meditación, la oración o ciertas experiencias psicodélicas, los investigadores han descubierto algo desconcertante: cuando el yo se aquieta, el mundo parece ensancharse. No es una metáfora ingenua. Es, en muchos casos, una experiencia tan intensa que quienes la viven la describen como más real que la realidad de cada día.

El yo se vuelve poroso

Vivimos la mayor parte del tiempo en la arquitectura de nuestro propio nombre. Pensamos, recordamos, anticipamos, nos defendemos. La mente, como una casa encendida de noche, no deja nunca de producir luces. Pero bajo ciertos estados contemplativos, esa iluminación interior cambia de régimen. La llamada Red Neuronal por Defecto, asociada al pensamiento autorreferencial y al vagabundeo mental, disminuye su actividad en meditadores experimentados. Es como si el narrador interior bajara la voz.

Ese silencio no es una simple ausencia. Tiene densidad. Cuando la rumiación se afloja, la conciencia ya no gira en torno al pequeño planeta del ego. Aparece una sensación de apertura, de continuidad, de pertenencia. El sujeto deja de sentirse una frontera y empieza a sentirse una corriente. Por eso tantas tradiciones espirituales hablan de vaciamiento, desapego o entrega: no porque el yo se anule, sino porque deja de monopolizar el horizonte.

La química de lo inefable

Los psicodélicos y la meditación no son idénticos, pero comparten una extraña vecindad. Estudios recientes sugieren que la psilocibina puede intensificar la introspección, la percepción de significado y ciertos rasgos de insight durante la meditación, mientras altera redes cerebrales vinculadas al sentido del yo. El cerebro, bajo esas condiciones, parece aflojar las costuras con las que cose la experiencia cotidiana.

Lo notable no es solo el cambio perceptivo, sino su cualidad afectiva. Quien atraviesa una experiencia mística no suele decir “he tenido una alucinación”, sino “he visto algo verdadero”. Esa convicción tiene una fuerza elemental. El lenguaje se queda corto, la lógica titubea y, sin embargo, el acontecimiento interior se impone con la autoridad de lo indiscutible. No es extraño que tantas culturas hayan respetado ese tipo de vivencia como una forma de conocimiento.

El cerebro busca totalidad

La neuroteología propone una intuición poderosa: el cerebro humano no está hecho solo para analizar fragmentos, sino también para aspirar a totalidades. Los trabajos de Newberg y d’Aquili describieron operadores cognitivos que empujan la mente hacia la causalidad, la integración y la visión holística. Dicho de forma sencilla: una parte de nosotros quiere separar, nombrar y explicar; otra parte desea unir, fundir y contemplar.

De esa tensión nace buena parte de la experiencia religiosa. Allí donde la explicación no basta, la mente busca forma; allí donde la forma se rompe, aparece la sed de unidad. Tal vez por eso la fe adopta imágenes de luz, océano, centro, ascenso, calma, abismo. Todas apuntan a lo mismo: el anhelo de salir del islote del yo y rozar una geografía mayor. 

Durante siglos, el éxtasis fue una palabra reservada a místicos, poetas y santos. Hoy la usamos con más cautela, pero la experiencia persiste. En los estados contemplativos más profundos, la separación entre observador y observado puede diluirse. Ya no parece haber alguien mirando el mundo desde fuera, sino una única presencia en la que el mundo y el que mira se entrelazan.

La ciencia no ha resuelto todavía si esa unidad corresponde a una verdad última o a una construcción neuronal altamente sofisticada. Quizá ambas cosas sean inseparables. El cerebro no es un espejo pasivo: es el órgano con el que la realidad humana se hace experiencia. De modo que toda revelación, por humilde o por luminosa que sea, pasa necesariamente por una biología concreta. Eso no la invalida. La vuelve humana.

Hay otra razón por la que estos estados importan: no se agotan en el instante. En estudios con psilocibina, las experiencias de tipo místico se han asociado a cambios duraderos en bienestar, sentido vital, comportamiento prosocial y relación con la muerte. En meditadores, la práctica sostenida se vincula con una menor divagación mental y una reorganización de la actividad cerebral relacionada con el yo. Es decir: no se trata solo de visiones, sino de transformaciones.

Y eso modifica la pregunta inicial. Quizá no debamos preguntar únicamente si estamos cableados para la divinidad, sino también para qué sirve esa disposición. Tal vez la búsqueda de lo sagrado no sea un lujo metafísico, sino una forma de ensanchar la vida, de volverla más habitable, más compasiva, menos encerrada en la jaula del miedo.

En el fondo, la neuroteología actual no hace sino dar nuevas palabras a una sospecha antigua. San Agustín decía que el corazón humano permanece inquieto hasta descansar en lo infinito. El lenguaje puede cambiar, la teología puede discutirse, la filosofía puede matizarse; pero la inquietud persiste. Somos criaturas que preguntan más de lo que saben y desean más de lo que poseen.

Quizá por eso la experiencia espiritual sigue llamándonos, incluso en una época de pantallas, datos y escáneres. Porque en el fondo no buscamos solo información, sino orientación. No solo explicaciones, sino sentido. Y cuando el cerebro se aquieta —en la plegaria, en la meditación, en ciertos estados visionarios— algo en nosotros parece recordar que vivir no es únicamente ocupar un cuerpo, sino también abrirse a una hondura.

Tal vez ahí esté la respuesta más honesta: no estamos hechos para poseer la divinidad, sino para buscarla. Y en esa búsqueda, que es también una forma de belleza, el cerebro y el alma quizá no sean enemigos, sino dos nombres para una misma ansia de infinito.

domingo, 8 de marzo de 2026

Diario de un paciente que hipnotizó a su terapeuta

Esto que voy a contar ahora resume unas sesiones de hipnosis regresiva que he vivido y sobre las que quiero reflexionar. Es una experiencia real que traigo aquí...

-------------------------------------------------

Todo empezó con Brian Weiss. Si has leído "Muchas vidas, muchos maestros", sabes de lo que hablo. Te fabulan el sueño: te tumbas en un sofá, alguien cuenta hacia atrás y, ¡pum!, de repente eres una princesa en el Nilo o un escriba en Babilonia descubriendo que tu fobia a los gatos viene de un trauma con un lince en el 1300 a.C.. Yo iba a mi cita con Ximena esperando, como mínimo, ver las pirámides en HD. Pero la realidad fue mucho más... "literaria".Aquí les cuento mi experiencia y por qué, según mi investigación, terminé siendo el guionista de mi propio trance mientras mi terapeuta se reía de mis chistes freudianos.

El mito del "apagón" mental

Lo primero que aprendí es que Brian Weiss es un gran psiquiatra que muestra el lado más espiritual de la hipnosis, pero la ciencia tiene los pies más en la tierra. Yo esperaba un trance profundo, una posesión de mi inconsciente. En lugar de eso, me encontré en un estado de "concentración relajada". Tenía una claridad mental absoluta. No había maestros espirituales dándome lecciones; solo estaba yo, con mi memoria y una extraña necesidad de que la sesión no fuera un aburrimiento total para Ximena.

Resulta que la hipnosis no anula la voluntad. De hecho, lo que experimenté es lo que los psicólogos llaman el "observador oculto": esa parte de mi mente que, mientras yo contaba historias de mi infancia, estaba evaluando si el ritmo narrativo era el adecuado.

El "Buen Alumno" y el síndrome de Netflix

¿Por qué me dediqué a tejer relatos con introducción, nudo y desenlace? Aquí entra en juego un concepto fascinante: las 'características de la demanda' y el rol del 'buen sujeto'

Cuando entramos en un contexto clínico, percibimos pistas sutiles de lo que el terapeuta espera de nosotros. Martin Orne, un pionero en esto, explica que los pacientes a menudo intentamos validar el método del profesional para no "arruinar" el experimento (o la sesión). Como yo sentía que Ximena esperaba "material de calidad", me convertí en el guionista de mi propia vida. No estaba mintiendo sobre mi desdichada infancia, pero la estaba editando para que tuviera "gancho". Si mi inconsciente no hablaba por mí, yo le prestaba mi mejor pluma.

Es lo que se conoce como 'identidad narrativa': organizamos nuestra existencia a través de historias para darle sentido al caos. En el sofá de Ximena, yo no era un paciente; era un autor en un taller literario de alto nivel.

El paciente protector: ¿Quién cuida a quién?

Aquí viene el giro de guion que no me esperaba. Sentí que Ximena era vulnerable. Y mi reacción no fue pedirle el reembolso, sino cuidarla. En psicología, esto se llama 'inversión de roles' o transferencia de complacencia.

A veces, el paciente detecta la fragilidad del terapeuta y asume el papel de "protector". Yo no quería que ella se sintiera frustrada si mi trance era un fracaso, así que "jugué" a estar hipnotizado. Le di lo que quería: historias emotivas, humor y una estructura narrativa impecable. Incluso introduje ironía para oírla reír, lo cual es una defensa clásica para desdramatizar el dolor y fortalecer la alianza, aunque a veces sirva para mantener al terapeuta a una distancia segura.

El bosque de espinos: Donde la ficción se vuelve verdad

A pesar de mi pose de "guionista lúcido", hubo un momento en que el juego se volvió real. Le conté a Ximena que estuve atrapado en un 'bosque de espinos'. Era el décimo aniversario de la muerte de mi madre. Esta tuvo un papel -aclaro- muy complicado y terrible en mi vida.

Podía creer que estaba inventando, pero el inconsciente es un tramposo profesional. Aunque yo eligiera las palabras, el material venía de un lugar profundo. En el psicoanálisis, el bosque es el símbolo por excelencia del inconsciente y lo desconocido. Las espinas y las zarzas representan aquello que nos inmoviliza, el dolor que atrapa y del que no podemos huir por cuenta propia.

El hecho de que esta imagen evocara precisamente  el 'décimo aniversario' no es casualidad. Los aniversarios luctuosos actúan como reactivadores del duelo, recordándonos que el tiempo ha pasado pero la "raíz" sigue sangrando. Mi relato biográfico con "nudo y desenlace" era, en realidad, un intento desesperado de mi yo adulto por poner orden en un dolor que, diez años después, todavía se siente como un laberinto punzante.

¿Farsa o terapia?

¿Fui un fraude por no estar "realmente" en trance? Para nada. Lo que pasó en esas sesiones fue un ejercicio de 'creación literaria como resistencia'. Al controlar la narrativa, evité la vulnerabilidad de la entrega total, pero al mismo tiempo usé la ficción para decir verdades que de otra forma serían inaguantables.

La literatura y la terapia son primas hermanas. Ambas buscan que el sujeto se convierta en el "autor" de su propia historia para recuperar la agencia sobre su vida. El humor que compartí con Ximena no fue solo una máscara; fue una válvula de escape, una forma de "descomprimir" la tensión de estar atrapado en ese bosque de espinos.

Conclusión: El guion de la sanación

Al final, juzgar esta situación como un "engaño" sería un error. Fue un encuentro entre dos vulnerabilidades. Yo protegí a Ximena con mis historias, y ella, con su escucha (y sus risas), me permitió externalizar un duelo que todavía pinchaba.

No vi a Cleopatra ni hablé con maestros galácticos. Pero tejí un relato donde mi madre, mi infancia y mis miedos adultos pudieron sentarse a la mesa. Y si para eso tuve que ser un poco guionista y un poco actor, que así sea. Después de todo, la vida no es más que una historia que nos contamos a nosotros mismos... y a veces, si tienes suerte, tienes a alguien como Ximena para que te ayude con el borrador.

domingo, 1 de marzo de 2026

La lucidez terminal

Nuestras abuelas nunca oyeron hablar de "lucidez terminal", pero su sabiduría cotidiana, tejida en el hilo invisible de la experiencia compartida, les permitía reconocerla con una precisión instintiva. Iban a visitar al moribundo con el paso quedo del respeto, callando en la penumbra de la casa mientras el aire se cargaba de ese silencio denso que precede al adiós. Pero una vez fuera, en el umbral de la calle, entre susurros cómplices y miradas que lo decían todo, soltaban la profecía: "Hoy lo he visto muy animado, volvía a acordarse de todo... Ay, no creo que pase de mañana". Y así era, puntual como el ocaso que devora la luz, confirmando una vez más esa verdad ancestral que no precisaba de nombres científicos.

El Susurro del Umbral

La lucidez terminal emerge como un fenómeno esquivo, un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia, que la ciencia ortodoxa relega al margen de sus protocolos, pero que palpita en el corazón de nuestra herencia cultural y en el testimonio diario de enfermeras y cuidadores. Estos guardianes silenciosos del final narran, una y otra vez, cómo seres atrapados en las garras de demencias profundas —Alzheimer voraz, cáncer implacable— o lesiones cerebrales supuestamente irreversibles, experimentan un "retorno milagroso del yo". Durante unas horas, a veces menos, recuperan por completo la claridad cognitiva: la memoria despierta como un río dormido que fluye de nuevo, la energía brota renovada, y las palabras, mudas por años, tejen diálogos lúcidos con familiares atónitos. No es un balbuceo confuso, sino una presencia plena, consciente de la inminencia de la muerte, envuelta en una calma serena que roza lo sobrenatural. Parecen aceptar el tránsito con una sabiduría que trasciende el dolor, como si, en ese instante, el velo entre lo visible y lo invisible se entreabriera apenas.

El Enigma de la Esencia

Pero ¿cómo explicarlo? La neurociencia nos enseña que el tejido cerebral, devorado por el Alzheimer o erosionado por tumores, no se regenera a gran escala. Las neuronas muertas no resucitan; el daño es irreversible, un laberinto de silencio donde el yo parecía haberse extraviado para siempre. Aquellos que languidecieron años "desaparecidos", reducidos a sombras de sí mismos, ¿dónde preservaban su identidad? ¿En qué recodo del cosmos o del ser se guardaba esa mente intacta, esos recuerdos vívidos, esa capacidad de reconocerse en el espejo del alma? Si el ser humano es, en esencia, la materialidad de su cuerpo —átomos danzando en sinapsis frágiles—, ¿de dónde surge esa lucidez postrera? La pregunta no es mera curiosidad académica; perfora el corazón del reduccionismo materialista, invitándonos a cuestionar si el "yo" es un epifenómeno cerebral o algo más vasto, un hilo que trasciende la carne herida y se ancla en dimensiones que la ciencia aún no osa mapear.

Imaginemos a una anciana, postrada en su lecho tras décadas de olvido, que de pronto llama por su nombre al nieto perdido en el tiempo, evoca anécdotas de juventudes lejanas con precisión fotográfica y, con voz templada, se despide: "Ya es hora, hijo; cuida de los tuyos". Horas después, el silencio definitivo. Testimonios como este, acumulados en hospitales y hogares, forman un tapiz colectivo que desafía los paradigmas. No es anécdota aislada, sino patrón recurrente, ignorado por la ortodoxia porque no encaja en el modelo mecanicista del cerebro como único sede de la conciencia.

Ecos de lo Cercano a la Muerte

Este prodigio no orbita en soledad; se entrelaza con las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), esos relatos que, desde 1971, se cuentan por cientos de miles —quizá millones— y que la ciencia comienza a escrutar con rigor. Personas al borde del abismo cardíaco o cerebral refieren visiones de luz cegadora, revisiones panorámicas de vidas enteras, encuentros con presencias queridas. La lucidez terminal parece un preludio, un umbral compartido donde el yo se despoja de lo superfluo y brilla en su núcleo. No es casual que ambos fenómenos converjan en el instante supremo: sugieren que la conciencia, lejos de extinguirse con el cerebro, podría persistir, desatada, en un continuum más allá de lo físico.

En este cruce, Alexander Batthyány emerge como faro. Director del Instituto Viktor Frankl en Viena y del Instituto de Investigación en Psicología de la Universidad Pázmány Péter en Budapest, su libro El umbral disecciona la lucidez terminal con bisturí científico. No es panfleto esotérico, sino indagación neurobiológica que explora implicaciones existenciales y trascendentes. Batthyány recopila casos, analiza patrones y cuestiona: ¿es esto un último fogonazo neuronal, o evidencia de que el yo habita estratos no materiales? Su obra invita a un diálogo humilde entre ciencia y misterio, recordándonos que Frankl, sobreviviente de Auschwitz, halló sentido en el sinsentido precisamente en el límite de la vida.

El Réquiem del Cinismo

Frente a esta maravilla, surge el contrapunto sombrío: la voz de David Lindley en USA Today, un lamento cósmico despojado de ceremonia. "Los seres humanos no somos más que una migaja de materia orgánica que se aferra a la superficie de una pequeña roca. Desde el punto de vista cósmico, no somos más importantes que el moho de una cortina de ducha". Palabras que destilan alienación radical, un nihilismo que reduce la sinfonía de la existencia a ruido entrópico. En ellas resuena el vacío posmoderno: si somos moho cósmico, ¿por qué tratarnos con dignidad? ¿Por qué reverenciar al prójimo, mimar la naturaleza, honrar el mundo que nos mece? Lindley pinta un universo indiferente donde la vida es accidente fortuito, desprovisto de telos o valor intrínseco.

Pero este canto fúnebre ignora las sutilezas que nuestras indagaciones desvelan. La naturaleza inviste en nosotros con prodigio: el milagro de la lucidez terminal, la complejidad de la conciencia, la resiliencia del espíritu humano. Nada acontece en el vacío; cada retorno fugaz del yo grita que somos más que polvo estelar aferrado a una roca.

La Esperanza como Antídoto

Reflexionemos, pues. Si erradicamos el alma —ese núcleo inefable que las abuelas intuían—, si equiparamos al humano con hongos inertes, la esperanza no perece por decreto cósmico, sino por nuestra profecía autocumplida. El nihilismo no es verdad absoluta, sino trampa seductora: nos incita a tratar la vida como desecho, acelerando su degradación. Mas la lucidez terminal susurra otra narrativa. En ese breve resplandor, el yo regresa no para luchar, sino para afirmar: "He sido, soy, trasciendo". Es un recordatorio de que cada vida, por humilde o confinada —como la de Emily Dickinson en su jardín—, porta dignidad irreductible.

Honremos, entonces, ese misterio. Visitemos al moribundo con el silencio de las abuelas, escuchemos sus palabras postreras como oráculos. En ellas, la vida se despide no en derrota, sino en plenitud, invitándonos a vivir con la misma claridad serena. Somos portadores de un enigma cósmico, no moho casual. Y en esa certeza, el umbral se abre no al vacío, sino a la posibilidad infinita.

lunes, 15 de abril de 2024

Capitanes de nuestro destino

Bajo al Milenio a leer y acabo el libro prácticamente y he de decir que me ha conmocionado en su defensa de la tesis de que todo lo que somos está previamente en nuestra biología, nuestros genes y en nuestros orígenes en cuanto a ambiente, historia familiar, clase social... Es muy diferente nacer en Sudán del Sur a nacer en una buena familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Todo está en los genes, en nuestra biología y nuestras circunstancias, es la tesis de Robert Sapolsky. No somos responsables por la altura que tenemos, ni por nuestra constitución física, ni por nuestras enfermedades físicas o psiquiátricas. No tenemos mérito por nuestro carácter, ni por nuestro atractivo físico o psicológico, ni por nuestras virtudes, ni por nuestros logros o inteligencia intelectual o emocional, todo lo recibimos en un paquete cuando nacemos y se conforma tras nuestro nacimiento en la clase social en que naces, en el país en que naces, el color de la piel que has tenido, y el desarrollo de la corteza cerebral, condicionado por la infancia y la adolescencia. Uno es como es y no puede sentirse culpable de lo que es, ni sentirse orgulloso de sus logros. Pero esto contradice nuestra concepción del ser humano que enfatiza el mérito, la virtud, el esfuerzo, la voluntad, nuestras conquistas... Es una percepción muy diferente de lo que es un ser humano menos épica y claramente desoladora pues pensamos que hay personas a las que admirar por sus conquistas y no entendemos que haya tantas que se hundan en circunstancias adversas, sean psicológicas, sociales, patológicas, de ambiente, o incluso de la mala suerte, factor no desdeñable. Todos nacemos, en esta concepción, determinados por x+1 factores que nos definen, no somos culpables de nuestros fracasos ni de nuestra obesidad, ni de nuestro carácter ni de nuestras enfermedades pero tampoco somos admirables por lo que conseguimos y que creemos que es fruto de nuestros esfuerzos, de nuestra inteligencia, de nuestra tenacidad, de nuestra fuerza de voluntad cuando todo esto está ya marcado en la biología y en la genética. 

 

El otro día Daniel Fuente me hizo la siguiente observación y la explico tal como la recuerdo. Dijo que ciertamente el destino baraja las cartas que vamos a recibir, pero que somos nosotros quienes jugamos la partida. Esto díselo a un niño que nace en una familia negra, con una madre drogadicta y sádica, con esquizofrenia, en un barrio donde es casi imposible decir no a las drogas y a la violencia. Y si se diera el caso de que ese niño pudiera escapar a su destino marcado, ello no sería mérito suyo porque algo habría en su constitución cerebral o en su suerte que lo harían sobreponerse a algo que es prácticamente imposible hacerlo. No, la voluntad, la tenacidad, el carácter, la inteligencia es también algo que nos viene dado y que no imponemos con nuestro esfuerzo. Es terrible pensar esto, que no somos responsables de lo que somos en la vida, que no hay libre albedrío, que no es real que elijamos, todo viene determinado por una infinidad de factores que se nos imponen para bien o para mal. 

 

Imagina haber nacido con esquizofrenia o autismo severo, imagina padecer depresiones profundas, o Trastorno Límite de la Personalidad, o síndrome bipolar, y es posible que algunas de estas personas se odien por ser lo que son y cómo son. Las he conocido, o algunas mujeres obesas patológicas cuando la obesidad es un trastorno de la Leptina en el que no interviene para nada la voluntad. No lo elegimos ni sería justo sentirse culpable por tener una enfermedad neurológica como un muchacho que padece dislexia severa y se odia trágicamente por ser diferente a sus compañeros. 

 

¿De qué puede sentirse orgulloso un hombre blanco, nacido en una clase media, con padres bondadosos y justos, con una inteligencia destacada, y unos genes y una biología satisfactorios? Lo cierto es que de nada, pero esto nos cuesta aceptarlo, y lo entiendo, creemos que somos los capitanes de nuestro destino, pero eso es una ilusión. 

 

jueves, 11 de abril de 2024

La suerte constitutiva

Leo estos días libros que aborden la cuestión del libre albedrío y la responsabilidad moral unida a ello. El último post iba sobre esto. Dentro de esta perspectiva de considerar que vivimos en un universo determinista, he encontrado abundante información. Una que me ha parecido relevante es el libro de Neil Levy titulado Mala suerte. Cómo la suerte socava el libre albedrío y la responsabilidad moral en que se plantea el tema de la suerte como factor decisivo en la vida. Indaguemos en ello. 

 

Hace pocos días, un camión arrolló un control policial en Sevilla y mató a seis personas, varios miembros de la guardia civil. El conductor fue detenido y enviado a prisión, pero poco después se le dejó en libertad, al no apreciarse riesgo de fuga. No dio positivo ni en alcohol o en drogas y todo parece que fue un despiste o negligencia en la conducción. El resultado fatídico de este hecho ¿a qué fue debido? ¿Es culpable el conductor? ¿En qué medida? ¿No hay continuamente en la carretera despistes o negligencias que no tienen necesariamente un resultado tan funesto? ¿Cuál es la clave de ello sino la mala suerte? ¿Hubo libre albedrío en alguna decisión del conductor que no sabemos en qué estado anímico estaba?

 

La mala suerte es un factor relevante en la vida. Hay personas que nacen con ella por sus orígenes, sus circunstancias familiares de todo tipo: enfermedades psiquiátricas o pobreza extrema de los padres, si es que no nace de madre soltera golpeada por la vida. Y este niño venido al mundo vive los primeros años en ambientes degradados por la miseria y la droga, o la guerra, o condenado por el color de su piel o su grupo étnico. No hay duda de que muchas personas nacen con las cartas marcadas para la desdicha, sea por todo lo que hemos mencionado o por su carácter determinado por la genética y la biología. Y hay personas que, con todo a su favor, en un momento dado de su vida son golpeadas por la mala suerte de una enfermedad terrible o desoladora. O una separación que los lleva a la ruina y terminan en la calle tirados entre cartones. Los sintecho podrían contarnos infinidad de historias de la mala suerte. 

 

Yo he vivido varios momentos relevantes en mi vida en que todo podría haberse torcido -era muy fácil- y haber acabado en tragedia, pero hubo en dichas ocasiones algo que me favoreció y me libro de la muerte mía o de otras personas. Los riesgos fueron tan inmensos que todavía no me llega la camisa al cuello. Pero por razones equis no me golpeó la mala suerte, y sí todo lo contrario. 

 

Pensémoslo. La vida es incierta y tendemos a creer en el libre albedrío, en la responsabilidad moral, en la culpa y en el mérito, pero en infinidad de casos, es un problema de suerte. Estar en el momento y el sitio adecuado, para bien o para mal. 

 

No existe tal libre albedrío para muchas circunstancias. Hay infinidad de factores que no controlamos. Pensamos que las personas pueden elegir entre el bien y el mal, o entre el fracaso o el éxito, o encontrar a la persona y el trabajo que anhelaríamos.


Tener padres que te dejen una herencia, poseer la inteligencia suficiente -no es lo mismo nacer con 60 de CI o 130, y eso no se elige-, es la suerte y en muchos casos, la mala suerte que se ceba en unas personas y no en otras.


Una teoría frecuente es que la suerte se compensa, de modo que a unas circunstancias de mala suerte, siguen otras de buena suerte, pero no es así. Hay quienes nacen señalados desde el origen como hemos escrito y nunca son compensados por la vida. Hay otras personas que son favorecidas por la vida en la mayor parte de las circunstancias. Nacer en una familia rica, tener un origen genético que predispone a un carácter abierto y empático, no tener nunca que preocuparse por el trabajo ni por el dinero, ser inteligente, sociable, no padecer enfermedades trágicas, llegar a la vejez con una mente ágil y fresca, no depender de nadie. Hay personas así y alguna vez les hago reflexionar sobre la fortuna de su vida. Todo puede torcerse en el momento más inesperado, pero hay personas que parecen bendecidas por la buena suerte, y otras, es todo lo contrario. 

 

Neil Levy subraya que la suerte socava el libre albedrío y la responsabilidad moral y en buena parte tiene razón, aunque se pueden aducir ejemplos que revelan que en la desdicha hay personas que son capaces de sacar lo mejor de sí mismas. El psiquiatra Viktor E. Frankl ideó en Auschwitz la base de su pensamiento de que el ser humano necesita un sentido para vivir y de ahí salió el superventas El hombre en busca de sentido. ¿Acaso la desdicha de estar en Auschwitz le impelió a pensar profundamente en el destino humano? Pero, ¿acaso no fue bendecido por la buena suerte a diferencia de cientos de miles que sucumbieron? ¿Por qué sobrevivió él y tuvo ocasión de exponer su concepción del ser humano para que nosotros la leyéramos y aprendiéramos? ¿No hubo, en cambio, millones que perecieron por la mala suerte?

miércoles, 3 de abril de 2024

El mito de la libertad

No es la primera vez que en un post hablo de la cuestión del libre albedrío. Lo hice hace algunos años en Profesor en la secundaria a propósito de los planteamientos de Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus. Según él, el libre albedrío que es la esencia del cristianismo, el humanismo y el liberalismo, es radicalmente falso. Esa posibilidad  de poder escoger entre el bien y el mal, desde el punto de vista de la neurociencia es más que cuestionable. Ahora leo un libro que incide sobre ello. Se trata de Decidido de Robert Sapolsky. Para él -y para muchos neurocientíficos- el universo en que vivimos es determinista y el libre albedrío no deja de ser una ilusión de la cultura, de la religión y de nuestra fe en la mente humana. 

 

Nuestro cerebro es una máquina electroquímica condicionada y determinada en cualquier decisión que tomemos por los instantes previos a la misma -Benjamin Libet demostró que nuestro cerebro sabe instantes antes de la toma de la decisión consciente lo que vamos a elegir. Fue fruto de uno de los experimentos más importantes en la historia de la neurociencia y no ha sido invalidado-. Nuestro cerebro está condicionado en su Corteza Pre Frontal (CPF) por hormonas como la testosterona, la dopamina y los glucocorticoides que producen efectos decisorios sobre nuestro estado de ánimo y nuestra forma de estar en el mundo. Nuestra toma de decisiones, nuestro libre albedrío, se ve severamente condicionado por el aflujo de glucosa a nuestro cerebro. Se sabe que jueces americanos toman decisiones sobre la libertad condicional de los presos de modo muy diferente si es al comienzo de la mañana, cuando están frescos a cuando avanza el cansancio y tienen hambre, al final de la mañana. Al principio son generosos y aprueban gran número de libertades condicionales pero al final de la mañana, las deniegan todas. El hambre y el cansancio pueden influir decididamente en nuestra capacidad de tomar decisiones justas. Y no es solo eso, sino que actúan sobre nosotros infinidad de factores químicos fruto de la constitución de nuestra CPF en la adolescencia y en la niñez. Somos seres que se han formado por influencias de ambiente en nuestra familia, en nuestra sociedad, en nuestra cultura, en nuestro pasado, en nuestra religión, que han grabado en nuestro inconsciente determinados rasgos en nuestro cerebro. Si fuimos queridos en nuestra niñez, si sufrimos malos tratos, si sufrimos acoso escolar, si vivimos una infancia y juventud dichosa... Todos son factores que crean un mundo electroquímico en nuestro cerebro que nos condiciona, uno detrás de otro, de modo que una decisión en un momento dado está condicionada por los segundos anteriores a la toma de dicha decisión, así como lo que está pasando en el día, y no solo eso, sino a nuestro pasado más cercano o lo más lejano que llega a alcanzar al periodo que pasamos químicamente dentro del claustro de nuestra madre, y sus tormentas de hormonas, sus miedos, sus angustias, sus incertidumbres...

 

Y detrás de todo esto está la cultura en que hemos nacido. No es lo mismo nacer en Burgos que en Olot o en Rentería, nuestra escala de valores es muy diferente a todos los niveles, y ya no digamos si hemos nacido en una sociedad occidental frente a una sociedad oriental o musulmana. Hay en realidad una serie de factores incontrolables que influyen totalmente en nuestra toma de decisiones desde lo más inmediato a lo más lejano. 

 

El eje de nuestra vida anímica son las emociones, luego racionalizadas. Las emociones dependen de factores químicos y equilibrios o desequilibrios que están en nuestro cerebro. Las emociones crean estados de ánimo que nos dominan sin saber por qué. Pero la mayor parte de los condicionamientos son incontrolables, no tenemos ningún control sobre el noventa y nueve por ciento de lo que pasa en nuestro cerebro, aunque nuestra fe en la racionalidad nos hace pensar que sí que hay un hombrecito en nuestro cerebro que es el que toma las decisiones y nos hace sentir que existe un yo que decide, cuando el yo mismo, ilusión de la conciencia que se siente sugestionada por la supuesta continuidad de una forma de ser que creemos real, es fruto de nuestra inocencia. La conciencia depende de factores electroquímicos que se dan en nuestro cerebro, como hemos dicho. Y el yo es una alucinación controlada. En realidad, vivimos en un universo determinista en que el libre albedrío es el mito en que se sustenta una civilización, un sentido del derecho -culpable o inocente, responsable o no responsable, pecador o santo, criminal de guerra o héroe-. Pero en realidad no podemos decidir, nuestras decisiones en cierta manera están tomadas ya por nuestra química y nuestro pasado cerebral. 

miércoles, 21 de febrero de 2024

De la ciencia ficción a la neurociencia

Me interesan los temas de neurociencia especialmente los relativos a la exploración de la conciencia, cuestión que se enfrenta al problema mayor, de momento, irresoluble, pero ello no impide que nos encaremos a problemas menores para irlos intentando comprender mediante la investigación y la experimentación. Ahora estoy leyendo un libro fascinante titulado Cosas que nunca creeríais. De la ciencia ficción a la neurociencia de Rodrigo Quian Quiroga.En él hay una docena de capítulos que abordan películas de ciencia ficción famosas conectando sus intuiciones con la realidad de la neurociencia, sobre lo que sabemos actualmente. 

 

Uno de ellos trata sobre la posibilidad de insertar recuerdos falsos en la memoria, cuestión que se aborda en la famosa película titulada Desafío total (1990), dirigida por Paul Verhoeven. Ello da pie para comentar algunas cuestiones sobre la memoria, eje de nuestra identidad, para saber cómo funciona. Y hay ideas en el libro que me han resultado sugestivas y que traigo aquí. 

 

El hecho de recordar algo del pasado es un proceso dinámico que funciona mediante la consolidación del recuerdo que vuelve al presente en diversos momentos de nuestra vida -las memorias de unas vacaciones, por ejemplo-. Dichos recuerdos son frágiles, no solo cuando son adquiridos, sino también cuando cada vez que son evocados -reconsolidación-. Y el autor llega a la idea cenital de que “El hecho de traer una memoria al consciente implica cambiarla”. Y esto es fundamental porque, sin saberlo, cuando recuperamos un hecho del pasado -lo que creemos recordar- lo reelaboramos y cambiamos una y otra vez. 

 

¿Es posible modificar dichos recuerdos? La respuesta es que sí. La famosa psicóloga Elizabeth Loftus en un famoso experimento demostró como la reconsolidación de la memoria puede llegar a la fabulación o a la formación de falsos recuerdos. 

 

Todos tenemos -más o menos- recuerdos imprecisos de niñez que creemos recordar porque en nuestras neuronas hay asociaciones que nos llevan a ellos o porque nuestros padres o familiares nos los han traído repetidamente y creemos ya que forman parte de nuestra memoria. 

 

Con mi hija fabulamos una historia de por qué ella de niña adoraba las olivas y por qué luego terminó odiándolas. Inventamos que un día se atracó de olivas, que le sentaron mal y por la noche empezó a dispararlas por el culo enteras como si fueran proyectiles. Aquello nos resultó gracioso y se lo hemos contado muchas veces. Nuestro proceso de sugestión le habrá hecho formar una idea que fue completamente una fabulación, basada en que esa noche tuvo cagalera y que echó las olivas enteras. 

 

Ha habido psicoanalistas desvergonzados que hicieron uso de la sugestión y la reconsolidación para llevar a pacientes a creer que habían sufrido abusos sexuales. Me viene a la memoria la historia de una hija de Woody Allen que ha referido que sufrió abusos sexuales siendo muy niña por parte de su padre. La realidad es que se pueden insertar recuerdos falsos manipulando la memoria por parte de una madre rencorosa como Mia Farrow. 

 

La memoria es en sí misma un proceso creativo, muy flexible y dinámico. Poseemos muy poca información que reconstruimos mediante inferencias, generando los esquemas de Barlett, la base de nuestros recuerdos. Los esquemas de Barlett fueron un descubrimiento de Frederic Bartlett (1886-1969). Él contaba a sus alumnos una historia sobre aborígenes norteamericanos y pidió que se la repitieran tras días, semanas e incluso años después. Bartlett observó que las historias tendían a ser mucho más cortas y simplificadas y que cada sujeto las modificaba de acuerdo con su interpretación personal, y más aún, los sujetos tendían a cambiar la historia cada vez que la repetían, y en muchos casos, no tenían nada que ver con la historia original. En resumidas cuentas, los estudiantes recordaban un esquema, el que se habían hecho, según la interpretación que se habían formado en el momento de oírla. Se olvidaban detalles y se inventaban otros tantos inconscientemente. La conclusión de Bartlett es que la memoria es un proceso creativo, que cambia el recuerdo mismo. 

 

Y recordamos, según expresaron William James y Aristóteles, mediante asociaciones que son el mecanismo fundamental de la memoria. Tal vez no recordemos un hecho específico pero probablemente lo recordemos por un hecho asociado y a partir de allí podemos llegar al que estábamos buscando. 

 

La clave de la memoria reside en el hipocampo en las llamadas “neuronas de concepto”, descubiertas por el autor del libro, Rodrigo Quian. Y así, simplificando, la memoria de nuestras experiencias está basada en asociaciones de conceptos. Y es posible que muchos detalles que creemos recordar no sean sino inferencias inconscientes que hacemos mediante el sentido común. 

 

La película Desafío total propone la modificación electroquímica de las neuronas para insertar recuerdos falsos, como, por ejemplo, unas vacaciones fabulosas en el Caribe sin necesidad de ir allí. Y total lo que más nos hace disfrutar de algo es la huella que deja en el recuerdo. 

 

La hipótesis de la película está lejos de poderse realizar pero la optogenética (1), ciencia nueva, puede proporcionar alternativas terapéuticas, por ahora experimentado en animales, para tratar la epilepsia, la esquizofrenia, la ansiedad, adicciones, depresión y Parkinson. 


(1) La optogenética implica, por un lado, usar un virus para hacer fotosensitivas a las neuronas y, por el otro, la implantación de diminutas fibras ópticas dentro del cráneo para iluminarlas. 

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...