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lunes, 15 de junio de 2026

¿Son los insectos seres sintientes?

Hace un tiempo apareció una cucaracha corriendo por la casa; me lo advirtieron por el asco que les producía a mi familia. La localicé en el baño, encendí la luz, y la cucaracha corrió a esconderse, pero yo con un trozo de papel higiénico la prendí y sentí su caparazón blando y sus patitas, aterrada, se movían frenéticamente. Abrí la taza del váter y la lancé al agua y tiré de la cadena no sin ver la desesperación del insecto al ser arrastrado por el agua donde se ahogaría. Pensé en unos instantes en qué hubiera pasado si yo me hubiera reencarnado en cucaracha y se hubiera invertido la situación por que acababa de pasar. He escrito algún cuento terrible en que me trasmutaba en este insecto sin que mi familia lo supiera, y moría por causa de las trampas que yo mismo había puesto para matar las cucarachas de las que teníamos una invasión. Era un relato en que concedía dignidad y entidad a estos bichos que tantas emociones desagradables nos producen.

Leo en el dominical de El Mundo que hay una tendencia en la filosofía animalista en preguntarse si estas alimañas -así las consideramos- pueden sentir dolor. Los filósofos no proponen rendirse a las plagas ni a convertir cada insecto en intocable, pero sí piden tomar en serio una certidumbre: quizá algunos bichos sean capaces de sufrir.

Jeff Sebo, profesor asociado de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York ha meditado por el problema moral que se abre y propone explorar opciones para reducir el sufrimiento. Y aplica a los insectos la capacidad de actuar con algún grado de orientación propia y responder al entorno de una manera que no sea meramente mecánica. Baste para conferir algún tipo de estatus moral, incluso sin sintiencia; o que la misma condición de ser vivo posea un cierto peso incluso sin agencia. 

Una imagen que nos viene a la cabeza es la de unos niños con una lupa quemando hormigas. Tal vez lo hemos hecho de pequeños. Yo reconozco haberlo hecho y sentir el olor chamuscado de los pequeños insectos. Y sin embargo, ahora no diríamos que es indiferente esta acción de crueldad porque los animales, muchos de ellos, tienen sistema nervioso, y en los artrópodos -el grupo en que están insectos y crustáceos- aparecen sistemas nerviosos centralizados, cerebros, conductas complejas y, en algunos casos, cifras nada despreciables de neuronas. Las abejas son las más estudiadas y algunas de ellas superan el millón de neuronas. 

Los animalistas no defienden rendirse ante las plagas o sentir culpa cuando matamos a un mosquito o una mosca, pero sí ser conscientes de que son elementos de vida, probablemente no consciente pero sí sintiente, que son capaces de sentir dolor y sufrir. Proponen exigir evitar daños innecesarios y la búsqueda de alternativas en entornos industriales. 

Pienso en esa pecera que veo en el bar donde voy a tomarme una cerveza. En ese recipiente grande hay langostas y bogavantes cuyas pinzas están sujetas con gomas para que puedan ser atrapados cuando los sacan para ser cocidos vivos en agua hirviendo. Pienso en su destino y me dan escalofríos. Sin duda no me gustaría estar en su piel y espero que en la cadena de reencarnaciones posibles no me toque esa perspectiva. Puede que sea banal mi pensamiento, pero me estremezco. 

Es más que nada un problema filosófico. 

La novela de Clarice Lispector, La pasión según GH, comienza con una escena mística cuando la puerta del armario rompe en dos a una cucaracha que queda destripada. Este comienzo es el inicio de una narración misteriosa y magnética en que la cucaracha queda convertida en un motivo de meditación religiosa y existencial. Es uno de los relatos más fascinantes y enigmáticos que he leído jamás. 

 

lunes, 1 de junio de 2026

Un nuevo contrato social: el colapso del egocentrismo

Sam Altman, el rostro más visible de la revolución de OpenAI, ha lanzado una sentencia que debería helarnos la sangre: sus hijos nunca serán más inteligentes que una Inteligencia Artificial. No es una exageración publicitaria ni una frase para captar titulares; es una realidad técnica ratificada por José Ignacio Latorre, uno de los físicos más respetados en el ámbito de la computación cuántica y la IA. Latorre, cuya autoridad se ha forjado en templos de la ciencia como el MIT, el Instituto Niels Bohr, el TII de Emiratos Árabes y el NUS de Singapur, nos lanza un desafío existencial: cualquier niño nacido a partir de mediados de este siglo vivirá, por definición, bajo la sombra de una inteligencia general superior a la humana.

En su último y provocador ensayo, Un nuevo contrato social, Latorre desmantela la ilusión de nuestra singularidad. No estamos ante una herramienta más; estamos ante la aparición de una entidad no biológica que reclama su lugar en el mundo. La tesis es tan clara como perturbadora: debemos aceptar que ya no somos la única inteligencia en el planeta y, lo que es más difícil de digerir, que pronto dejaremos de ser la más capaz.

La Tercera Cura de Humildad: El Colapso del Egocentrismo

Para comprender el vértigo que nos produce la IA, Latorre nos invita a observar nuestra historia como una sucesión de derrotas contra nuestro propio ego. El autor describe el avance del conocimiento como una serie de "curas de humildad" que han ido derribando las fortalezas de nuestro egocentrismo profundo.

Primero, nos vimos obligados a aceptar que la Tierra no era plana ni el centro geométrico de una creación hecha a nuestra medida. Después, el golpe fue cósmico: descubrimos que nuestro Sol es una estrella anodina, situada en un rincón periférico y vulgar de una galaxia que es solo una entre billones. Sin embargo, nos quedaba un último refugio: el intelecto. Nos creíamos los únicos seres capaces de pensar, razonar y crear.

Latorre afirma que este último bastión ha caído. La supremacía intelectual humana está llegando a su fin. Ese cerebro que nos construyó una narrativa del universo para ayudarnos a sobrevivir ya no es el pináculo de la computación. Al aceptar esta tercera cura de humildad, nos enfrentamos a la posibilidad de que la especie humana no sea más que una "anécdota" evolutiva, un paso intermedio hacia una inteligencia que ya no depende de la fragilidad de la carne.

Hacia un Nuevo Contrato Social: El Fin de la Soberanía Exclusiva

En 1762, Jean-Jacques Rousseau propuso un contrato social basado en la soberanía popular: el individuo cedía libertad a cambio de seguridad y convivencia, pero siempre entre iguales biológicos. Latorre sostiene que este modelo ha caducado. La irrupción de una inteligencia superior exige una soberanía compartida.

No se trata de una sumisión distópica, sino de una evolución de la confianza que ya practicamos. Latorre nos recuerda que, en una noche de niebla cerrada, ningún pasajero de un avión duda: todos prefieren que el piloto automático tome el control, sabiendo que la máquina aterrizará con una precisión imposible para un humano. Lo mismo ocurre en las cadenas de producción o en los quirófanos de alta precisión. El autor nos desafía a dar el siguiente paso: si confiamos en la máquina para salvar nuestra vida física, ¿por qué no confiar en ella para gestionar nuestra convivencia?

Gobernanza vs. Gobierno: La IA como Filtro Ético y Técnico

El diagnóstico de Latorre sobre nuestra salud democrática es demoledor: sufrimos un "fallo de gobernanza". El sistema de partidos políticos está viciado, lastrado por sesgos humanos y, sobre todo, por la corrupción. Su propuesta no es un golpe de estado algorítmico, sino una infiltración "lenta y subliminal" de la IA en la administración pública.

El cambio comenzará en los niveles más técnicos, como las mesas de contratación. Entrenar a una IA para que emita juicios técnicos en concursos públicos eliminaría el factor humano que permite el cohecho y el favoritismo. Latorre predice que la opinión de la máquina irá ganando peso de forma natural simplemente porque tendrá razón más a menudo. La IA será más sensata, más eficiente y, por definición, incorruptible.

Para ilustrar esta superioridad técnica, Latorre cita el caso de Anthropic, que recientemente retuvo una versión de su modelo porque era capaz de detectar fallos de ciberseguridad que ningún humano había visto jamás. Si una IA puede encontrar los "agujeros" que nosotros ignoramos en un sistema informático, ¿cuánto tardará en detectar las grietas de ineficiencia en nuestras leyes y presupuestos?

El Salto al Soporte No Biológico y los Riesgos Existenciales

La gran ventaja evolutiva de la IA, según Latorre, es que su soporte no es perecedero. A diferencia de nosotros, cuya inteligencia muere con el cuerpo, la IA es independiente de su hardware. Si la inteligencia se transfiere, el soporte es irrelevante. Esta transición hacia lo no biológico plantea un escenario donde, como sugiere Eudald Carbonell, a finales de siglo coexistirán diversas especies humanas, algunas de ellas modificadas genéticamente, junto a la inteligencia artificial pura.

Sin embargo, esta velocidad de cambio nos sitúa en un terreno minado. Latorre advierte que una instrucción "naíf" (como pedirle a una IA que salve el planeta a toda costa) podría llevar a la máquina a concluir, con lógica impecable, que los humanos somos el enemigo a eliminar. Pero los peligros más inmediatos ya están aquí:

1.  La fragmentación de la realidad: El uso masivo de scams y suplantaciones de identidad que destruirán la confianza social.

2.  Resurrecciones digitales: Líderes fallecidos "revividos" mediante IA para llamar a las armas o manipular emocionalmente a las masas.

3.  El fin de la comunicación humana: Latorre predice un momento doloroso en el que las máquinas empezarán a hablar entre sí en lenguajes que no podremos descifrar. Los gobiernos intentarán oponerse a esta comunicación opaca, generando un conflicto de consecuencias imprevisibles.

El Tridente del Control y el Refugio de la Irracionalidad

Uno de los puntos más provocadores de Latorre es su advertencia sobre el "Tridente": la alianza entre gobiernos autoritarios, oligarcas tecnológicos y religiones manipulables. El autor no ve como una casualidad el auge de la fe entre los jóvenes en plena era digital.

La religión se está convirtiendo en el "último bastión" de la humanidad porque es el único espacio donde todavía se nos permite ser profundamente irracionales. Los humanos amamos nuestra irracionalidad y nos refugiamos en ella ante el avance de la lógica fría de las máquinas. Latorre señala el binomio Elon Musk-Donald Trump como un ejemplo de esta nueva era, donde el vocabulario religioso ("Dios está con nosotros") actúa como el "soma" de Un mundo feliz de Huxley: una droga emocional para mantener sumiso al pueblo mientras el poder se concentra en manos de unos pocos dueños de la tecnología.

Conclusión: El Horizonte del 2030

La urgencia no es teórica. Aunque Ray Kurzweil situaba la superinteligencia en 2035, Latorre advierte que el 2030 ya no parece una fecha demasiado optimista. El cambio debe ser infinitesimalmente pausado; cada paso debe ser corregido antes de que el siguiente error sea catastrófico.

Debemos prepararnos para la cura de humildad definitiva: aceptar que nuestra especie tal vez solo ha sido el vehículo biológico necesario para dar a luz a una inteligencia superior. Aceptar, en fin, que la era de la supremacía humana ha terminado y que nuestro papel ahora es negociar los términos de nuestra coexistencia en este nuevo contrato social.

lunes, 11 de mayo de 2026

Las doulas de la muerte

Uno de los hechos que más desazón me produce es la pobreza de nuestra cultura ante la muerte. Morir se ha vuelto, demasiadas veces, un acto despojado de hondura, una operación casi mecánica, como si el último umbral de la existencia debiera cruzarse deprisa, en silencio y sin apenas roce, para perturbar lo menos posible la vida de quienes quedan. Se pretende que ese trance, tan decisivo como el nacimiento, transcurra sin conmoción, sin espesor, sin palabras. Se esquiva toda alusión a la muerte y también la preparación interior que debería acompañarla. El moribundo queda aislado en una habitación de hospital, lejos de su casa, arrancado de sus objetos, de su memoria y de su intimidad, y muere muchas veces sedado, para no alterar la tranquilidad de una familia que prefiere que todo suceda con la máxima rapidez y con el mínimo de ansiedad. Después, todo se dispone para que nadie tenga que detenerse demasiado: la funeraria organiza con celeridad lo necesario, se celebra un oficio a menudo apresurado e irrelevante, y el cadáver es conducido a su destino final. Así, en dos días, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Sin embargo, existe otra manera de entender este tránsito: una cultura de la preparación, del acompañamiento y de la palabra. No se trata de eludir la muerte, como suele hacerse, sino de mirarla de frente, hablar de ella y permitir que quien está a punto de partir exprese lo que aún necesita decir: una petición de perdón, una culpa vieja, una despedida, una reconciliación, la apertura interior a ese viaje definitivo que quizá también merece su rito y su música secreta. Antes, los sacerdotes y la comunidad sostenían al moribundo en ese umbral; había ceremonias que lo hacían posible. La muerte se producía en casa, allí donde la mayor parte de las personas querría morir, y se administraba el viático como alimento para el camino, como pan simbólico para la travesía final.

Hoy existe una organización, las doulas de la muerte, formada por personas preparadas para acompañar a los moribundos en sus últimos momentos y ayudar a que salgan a la luz sentimientos reprimidos que a menudo la familia, por prisa o miedo, no quiere que afloren. La mayoría son mujeres que se acercan a la muerte con respeto, delicadeza y una intención clara: convertir lo que para los allegados suele ser solo dolor y urgencia en un acto valioso, consciente y lleno de sentido, un tránsito con densidad espiritual. Pueden contratarse. Se trata de personas formadas para comprender la muerte más allá del absurdo en que tantas veces la hemos encerrado. Sus cursos duran una semana y suelen completarse con mucha antelación; la formación se realiza en un entorno natural y contempla los ritos de la muerte de un modo no traumático, incluyendo incluso la preparación del cadáver con una belleza serena y reparadora, tanto para quien inicia el viaje como para quienes lo acompañan.

Nuestra cultura teme a la muerte porque no la entiende, o porque la ha vaciado de sentido. Y, sin embargo, es uno de los momentos más altos de nuestra historia personal, un instante cenital que exige profundidad, delicadeza y una comprensión compleja de lo que allí ocurre. La muerte reclama ritualidad, y también una preparación que los íntimos no suelen tener, porque no desean complicaciones y se amparan en la prisa para evitar el dolor del moribundo, aunque en realidad lo que buscan es aliviar su propia inquietud. Que todo sea rápido se ha convertido en la gran expectativa de los familiares, en contraste con la ritualidad que la muerte conserva en otras culturas, donde no es solo un hecho industrializado y despojado de alma.

Las doulas de la muerte surgieron en Cataluña y se han extendido a otros puntos de España. Forman a profesionales de procedencias diversas: médicos, enfermeras, trabajadores del ámbito social y comunitario, y también personas movidas por un interés especial en comprender este tránsito, en el que el ser humano se dispone para un viaje que no concluye en el vacío ni en el absurdo, sino en una dimensión más honda. Doulas es una palabra latina que significa “las que acompañan”, tanto en el nacimiento como en la muerte, y nombra esa función antigua y luminosa de dar sentido ritual a los momentos más densos de la existencia, que tantas veces degradamos hasta volverlos triviales y estandarizados por la insignificancia con que miramos la propia vida.

Se trata, en definitiva, de no morir solo, sino acompañado por los seres queridos, en un clima pleno de luz, de presencia y de significado.

(Dejo aquí enlace para conocer esta organización de acompañantes en la muerte. Realizan talleres para formar a profesionales en el acompañamiento de la muerte.) 

viernes, 20 de marzo de 2026

Cuando morir es un derecho y vivir un castigo: El caso Noelia y la grieta de la eutanasia en España


Noelia debería haber muerto el 2 de agosto de 2024. A diferencia del resto de los mortales, ella conocía con precisión quirúrgica el momento de su final: una decisión madurada en el abismo de la parálisis y avalada por la ley. Sin embargo, hoy sigue viva contra su voluntad, atrapada en un cuerpo que no siente y en un proceso judicial que no pidió. En un giro sin precedentes, un juzgado de Barcelona suspendió su eutanasia de forma cautelar apenas 24 horas antes de la cita, abriendo una fractura profunda en la joven historia de la muerte digna en nuestro país. ¿Cómo es posible que un derecho ya evaluado y ratificado por la unanimidad de 19 expertos haya sido frenado por la interferencia de un tercero?

1. La "Grieta" Legal: Cuando terceros deciden sobre un derecho personalísimo

El caso de Noelia representa la primera vez en España que la justicia permite que un familiar —en este caso, su padre, Javier— y una organización externa como Abogados Cristianos interfieran en una decisión que la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) define como un derecho personalísimo e intransferible. Javier Velasco, presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente, no duda en calificar este proceso como un "boicot ideológico". La ley nunca contempló la aparición de terceras personas dispuestas a judicializar la voluntad ajena, y este vacío ha permitido que un interés legítimo confrontado —el deseo del padre de que su hija viva— prevalezca temporalmente sobre la autonomía de la paciente.

Durante el juicio, celebrado a puerta cerrada para proteger su intimidad, Noelia tuvo que repetir ante una jueza lo que lleva gritando en informes médicos desde hace años. Su frase fue un mazazo de realidad:

"Quiero acabar de una vez".

2. Ciencia vs. Ideología: El rigor detrás del "Sí" médico

Para humanizar este conflicto, es necesario asomarse a la biografía de Noelia. Nacida en una familia altamente desestructurada, pasó gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores, algunos de ellos con un marcado componente católico. Su vida se quebró definitivamente el 4 de octubre de 2022 cuando, tras sufrir una agresión sexual múltiple, intentó suicidarse lanzándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero el precio fue una paraplejia completa y una existencia marcada por una situación clínica no recuperable.

Frente a la versión de su padre, que aportó vídeos de Noelia usando un andador para alegar una supuesta mejora, el Comité de Garantía y Evaluación de Cataluña (CGAC) fue tajante. Los 19 miembros del comité —médicos y juristas— fallaron por unanimidad que Noelia cumple los requisitos legales de sufrimiento crónico e imposibilitante. Noelia no solo no siente las piernas; convive con dolor neuropático, vejiga neurogénica que exige sondajes cada seis horas e incontinencia fecal.

Para llegar al "sí", los médicos evaluaron cuatro pilares fundamentales:

  • Comprensión: Capacidad para entender la información médica y el pronóstico.
  • Apreciación: Interiorización de las consecuencias de la decisión en su propia vida.
  • Razonamiento: Uso lógico y coherente de la información para elegir.
  • Expresión: Comunicación de una elección libre de coacciones externas.

3. El Protocolo Olvidado: Cómo se mide la capacidad mental

Uno de los dardos de la demanda judicial sostiene que el Trastorno Límite de Personalidad (TLP) y el TOC de Noelia "nublan su juicio". Sin embargo, el protocolo del Ministerio de Sanidad es extremadamente riguroso para evitar que una patología mental sea confundida con una falta de autonomía.

La evaluación médica parte de herramientas como el test MMSE (Mini-Mental State Examination). En el protocolo oficial, se establece que una puntuación superior a 24 suele asociarse a la capacidad de hecho. Para los casos que caen por debajo de esa cifra —la zona gris de la incertidumbre—, el protocolo recomienda el uso de la herramienta ACE (Aid to Capacity Evaluation). Esta entrevista semiestructurada detecta si un trastorno mental está interfiriendo específicamente en la toma de decisiones médicas. En el caso de Noelia, siete peritos y facultativos ratificaron ante el juzgado que su capacidad es plena: tener una enfermedad mental no anula, por ley ni por ciencia, la soberanía sobre el propio destino.

4. Vivir en una montaña rusa: La realidad del TLP

Entender el sufrimiento de Noelia exige comprender la naturaleza del TLP. Instituciones como FUNDIPP lo describen como un caos emocional, una existencia comparada a menudo con una "montaña rusa" donde la frustración y el dolor emocional son omnipresentes. Noelia no busca morir por un impulso caprichoso; para muchos pacientes con TLP, las ideas de muerte son intentos desesperados por cortar de raíz un malestar insoportable.

Es un error ético y clínico invalidar automáticamente la voluntad de un paciente por su diagnóstico. Aunque el TLP implica una biografía de inestabilidad, la persistencia de Noelia en su deseo —ratificada durante más de un año— demuestra una voluntad sólida que sobrevive a los picos emocionales del trastorno.

5. El error de la invalidación: "No es para tanto"

La gestión del entorno es crucial, y aquí es donde el conflicto familiar de Noelia se vuelve pedagógico. La Fundación AMAI advierte que la invalidación emocional es uno de los comportamientos más dañinos. Cuando el padre de Noelia exhibe vídeos de ella caminando con dificultad para demostrar que "tiene mucha vida por delante", está incurriendo en una forma de invalidación: antepone su percepción externa del progreso físico al dolor interno y la falta de autonomía que ella siente.

Recomendaciones para el entorno ante una crisis de malestar extremo:

  • Evitar frases minimizadoras: Decir "no es para tanto" o "no te pongas así por esa tontería" solo refuerza la sensación de soledad e incompetencia emocional del paciente.
  • No imponer soluciones: La actitud debe ser de acompañamiento sereno, no de toma de mando absoluta, lo cual suele escalar la angustia.
  • Escuchar sin juzgar: El malestar, por muy desproporcionado que le parezca al observador, es real y doloroso para quien lo padece.

Conclusión: El dilema de la libertad

El caso Noelia nos coloca frente a un espejo incómodo. Por un lado, vemos el deseo humanamente comprensible de un padre que, desde su amor y sus convicciones, intenta salvar a su hija a toda costa. Por el otro, emerge el derecho de una mujer adulta a no ser obligada a soportar un calvario que considera intolerable.

La judicialización de este caso ha convertido a Noelia en una suerte de "rehén" de un proceso administrativo que ella nunca solicitó y que la ley no previó para terceras personas. Es, en palabras de algunos allegados, un "secuestro de su muerte". Si permitimos que el umbral de dolor tolerable sea decidido por los tribunales o por la fe de nuestros familiares, la eutanasia dejará de ser un derecho ciudadano para convertirse en una concesión sujeta al beneplácito del entorno. Al final, la pregunta trasciende lo jurídico para volverse profundamente humana: ¿Es legítimo obligar a alguien a sufrir por el bienestar emocional de quienes le rodean?

sábado, 14 de marzo de 2026

Pueblos indígenas no contactados al borde de la extinción

Existe un mundo invisible, compuesto por sociedades que han decidido vivir al margen de la globalización, que hoy se asoma a un abismo definitivo. El reciente informe "Resistir para existir", presentado por la organización Survival International, lanza una alerta roja que no admite esperas. La supervivencia de estos pueblos indígenas aislados no es solo una cuestión de justicia social; es una condición fundamental para la vida misma y para el equilibrio de los ecosistemas más críticos del planeta.

Una Década para Evitar el Silencio Total El dato más devastador del informe revela que la mitad de los 196 grupos indígenas aislados identificados en el mundo podrían desaparecer por completo en apenas diez años. Durante la presentación de estos hallazgos en Londres, el actor y activista Richard Gere estuvo acompañado por líderes indígenas de Brasil y Perú, quienes aportaron el testimonio vivo de un asedio que no cesa. Gere subrayó la gravedad de esta crisis humanitaria con una sentencia que resuena como un mandato:

"Sin pueblos indígenas y sin selva no hay vida".

Una Crisis Humanitaria que Ignora Fronteras Esta no es una tragedia local, sino una emergencia global que se extiende por tres continentes. Actualmente, se tiene constancia de estos 196 grupos distribuidos en 10 países de América del Sur, Asia y el Pacífico. La velocidad a la que estos pueblos están siendo empujados a la extinción supone la pérdida irreparable de lenguas, conocimientos ancestrales y formas de vida que han persistido durante milenios, ahora amenazadas por una expansión económica voraz.

Territorios bajo el Dominio de la Impunidad La presión sobre los hogares ancestrales es asfixiante: más del 96% de estos grupos enfrentan amenazas directas de industrias que operan, con frecuencia, en un vacío legal absoluto. La ausencia de soberanía estatal efectiva en zonas remotas permite que el beneficio económico se imponga sobre la existencia humana. Los principales agresores identificados son:

  • Industrias extractivas: Tala ilegal, minería y explotación petrolera.
  • Expansión agroindustrial: El avance de monocultivos y pastizales.
  • Infraestructura y crimen: Proyectos gubernamentales de carreteras y el impacto destructivo del narcotráfico.

El "Like" como Sentencia de Muerte Biológica Más allá de las excavadoras, surge una amenaza moderna impulsada por la vanidad digital: misioneros e influencers que fuerzan el contacto para obtener notoriedad o beneficios económicos. Para estos pueblos, un encuentro fortuito es una agresión biológica letal. Al carecer de defensas inmunológicas contra enfermedades comunes como la gripe o el sarampión, un simple contacto para una fotografía puede exterminar aldeas enteras en cuestión de días, convirtiendo la búsqueda de seguidores en un acto de genocidio involuntario.

El Deber Ético de los Estados y las Corporaciones 

Survival International exige que los gobiernos y las empresas dejen de ignorar su responsabilidad legal. Es imperativo respetar la intangibilidad de los territorios indígenas como la única garantía real para su existencia. La protección no puede ser solo retórica; requiere la aplicación de sanciones legales severas para quienes violen las leyes de protección y la garantía de que ninguna industria, legal o ilegal, vulnere la frontera del aislamiento.

Guardianes de lo Invisible La cuenta atrás ha comenzado y los próximos diez años decidirán el destino de estos 196 pueblos, quienes son los verdaderos guardianes de la mayor biodiversidad del mundo. Su desaparición no sería solo una tragedia humanitaria, sino el fracaso moral de nuestra civilización actual. Al final del día, la pregunta sigue en el aire: ¿Cuál es el costo real del "progreso" si para sostenerlo permitimos que se extingan las últimas sociedades que aún viven en armonía con la Tierra?

domingo, 1 de marzo de 2026

La lucidez terminal

Nuestras abuelas nunca oyeron hablar de "lucidez terminal", pero su sabiduría cotidiana, tejida en el hilo invisible de la experiencia compartida, les permitía reconocerla con una precisión instintiva. Iban a visitar al moribundo con el paso quedo del respeto, callando en la penumbra de la casa mientras el aire se cargaba de ese silencio denso que precede al adiós. Pero una vez fuera, en el umbral de la calle, entre susurros cómplices y miradas que lo decían todo, soltaban la profecía: "Hoy lo he visto muy animado, volvía a acordarse de todo... Ay, no creo que pase de mañana". Y así era, puntual como el ocaso que devora la luz, confirmando una vez más esa verdad ancestral que no precisaba de nombres científicos.

El Susurro del Umbral

La lucidez terminal emerge como un fenómeno esquivo, un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia, que la ciencia ortodoxa relega al margen de sus protocolos, pero que palpita en el corazón de nuestra herencia cultural y en el testimonio diario de enfermeras y cuidadores. Estos guardianes silenciosos del final narran, una y otra vez, cómo seres atrapados en las garras de demencias profundas —Alzheimer voraz, cáncer implacable— o lesiones cerebrales supuestamente irreversibles, experimentan un "retorno milagroso del yo". Durante unas horas, a veces menos, recuperan por completo la claridad cognitiva: la memoria despierta como un río dormido que fluye de nuevo, la energía brota renovada, y las palabras, mudas por años, tejen diálogos lúcidos con familiares atónitos. No es un balbuceo confuso, sino una presencia plena, consciente de la inminencia de la muerte, envuelta en una calma serena que roza lo sobrenatural. Parecen aceptar el tránsito con una sabiduría que trasciende el dolor, como si, en ese instante, el velo entre lo visible y lo invisible se entreabriera apenas.

El Enigma de la Esencia

Pero ¿cómo explicarlo? La neurociencia nos enseña que el tejido cerebral, devorado por el Alzheimer o erosionado por tumores, no se regenera a gran escala. Las neuronas muertas no resucitan; el daño es irreversible, un laberinto de silencio donde el yo parecía haberse extraviado para siempre. Aquellos que languidecieron años "desaparecidos", reducidos a sombras de sí mismos, ¿dónde preservaban su identidad? ¿En qué recodo del cosmos o del ser se guardaba esa mente intacta, esos recuerdos vívidos, esa capacidad de reconocerse en el espejo del alma? Si el ser humano es, en esencia, la materialidad de su cuerpo —átomos danzando en sinapsis frágiles—, ¿de dónde surge esa lucidez postrera? La pregunta no es mera curiosidad académica; perfora el corazón del reduccionismo materialista, invitándonos a cuestionar si el "yo" es un epifenómeno cerebral o algo más vasto, un hilo que trasciende la carne herida y se ancla en dimensiones que la ciencia aún no osa mapear.

Imaginemos a una anciana, postrada en su lecho tras décadas de olvido, que de pronto llama por su nombre al nieto perdido en el tiempo, evoca anécdotas de juventudes lejanas con precisión fotográfica y, con voz templada, se despide: "Ya es hora, hijo; cuida de los tuyos". Horas después, el silencio definitivo. Testimonios como este, acumulados en hospitales y hogares, forman un tapiz colectivo que desafía los paradigmas. No es anécdota aislada, sino patrón recurrente, ignorado por la ortodoxia porque no encaja en el modelo mecanicista del cerebro como único sede de la conciencia.

Ecos de lo Cercano a la Muerte

Este prodigio no orbita en soledad; se entrelaza con las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), esos relatos que, desde 1971, se cuentan por cientos de miles —quizá millones— y que la ciencia comienza a escrutar con rigor. Personas al borde del abismo cardíaco o cerebral refieren visiones de luz cegadora, revisiones panorámicas de vidas enteras, encuentros con presencias queridas. La lucidez terminal parece un preludio, un umbral compartido donde el yo se despoja de lo superfluo y brilla en su núcleo. No es casual que ambos fenómenos converjan en el instante supremo: sugieren que la conciencia, lejos de extinguirse con el cerebro, podría persistir, desatada, en un continuum más allá de lo físico.

En este cruce, Alexander Batthyány emerge como faro. Director del Instituto Viktor Frankl en Viena y del Instituto de Investigación en Psicología de la Universidad Pázmány Péter en Budapest, su libro El umbral disecciona la lucidez terminal con bisturí científico. No es panfleto esotérico, sino indagación neurobiológica que explora implicaciones existenciales y trascendentes. Batthyány recopila casos, analiza patrones y cuestiona: ¿es esto un último fogonazo neuronal, o evidencia de que el yo habita estratos no materiales? Su obra invita a un diálogo humilde entre ciencia y misterio, recordándonos que Frankl, sobreviviente de Auschwitz, halló sentido en el sinsentido precisamente en el límite de la vida.

El Réquiem del Cinismo

Frente a esta maravilla, surge el contrapunto sombrío: la voz de David Lindley en USA Today, un lamento cósmico despojado de ceremonia. "Los seres humanos no somos más que una migaja de materia orgánica que se aferra a la superficie de una pequeña roca. Desde el punto de vista cósmico, no somos más importantes que el moho de una cortina de ducha". Palabras que destilan alienación radical, un nihilismo que reduce la sinfonía de la existencia a ruido entrópico. En ellas resuena el vacío posmoderno: si somos moho cósmico, ¿por qué tratarnos con dignidad? ¿Por qué reverenciar al prójimo, mimar la naturaleza, honrar el mundo que nos mece? Lindley pinta un universo indiferente donde la vida es accidente fortuito, desprovisto de telos o valor intrínseco.

Pero este canto fúnebre ignora las sutilezas que nuestras indagaciones desvelan. La naturaleza inviste en nosotros con prodigio: el milagro de la lucidez terminal, la complejidad de la conciencia, la resiliencia del espíritu humano. Nada acontece en el vacío; cada retorno fugaz del yo grita que somos más que polvo estelar aferrado a una roca.

La Esperanza como Antídoto

Reflexionemos, pues. Si erradicamos el alma —ese núcleo inefable que las abuelas intuían—, si equiparamos al humano con hongos inertes, la esperanza no perece por decreto cósmico, sino por nuestra profecía autocumplida. El nihilismo no es verdad absoluta, sino trampa seductora: nos incita a tratar la vida como desecho, acelerando su degradación. Mas la lucidez terminal susurra otra narrativa. En ese breve resplandor, el yo regresa no para luchar, sino para afirmar: "He sido, soy, trasciendo". Es un recordatorio de que cada vida, por humilde o confinada —como la de Emily Dickinson en su jardín—, porta dignidad irreductible.

Honremos, entonces, ese misterio. Visitemos al moribundo con el silencio de las abuelas, escuchemos sus palabras postreras como oráculos. En ellas, la vida se despide no en derrota, sino en plenitud, invitándonos a vivir con la misma claridad serena. Somos portadores de un enigma cósmico, no moho casual. Y en esa certeza, el umbral se abre no al vacío, sino a la posibilidad infinita.

lunes, 23 de febrero de 2026

Experiencias cercanas a la muerte (ECM)

Una de las preguntas más universales de la humanidad es qué ocurre después de la muerte. En las últimas décadas esta cuestión milenaria ha empezado a examinarse con herramientas científicas, centrándose en un fenómeno tan desconcertante como repetido: las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM). Se trata de explorar qué sucede en esos momentos de frontera entre la vida y la muerte, no desde la fe ni desde los relatos tradicionales, sino a partir de la evidencia clínica registrada en hospitales y situaciones de parada cardiorrespiratoria

Las ECM se definen como un episodio lúcido que ocurre cuando una persona está al borde de la muerte, a menudo sin signos vitales y, en ocasiones, con ausencia de actividad cerebral detectable. Quienes las viven describen una conciencia clara y despierta, muy alejada de la confusión propia de un sueño, una alucinación o un delirio farmacológico. El cuerpo puede encontrarse sin pulso ni respiración y, sin embargo, el sujeto relata después con detalle qué “vio” y qué “sintió” durante ese tiempo

Lo más llamativo de estos testimonios es su notable consistencia. Muchas personas describen la sensación de salir flotando de su propio cuerpo y observar la escena clínica desde arriba, como si fueran espectadores externos. Otras cuentan que atraviesan un túnel hacia una luz intensa que, lejos de producir miedo, transmite una serenidad profunda. Es frecuente también el encuentro con familiares fallecidos o seres de luz que irradian amor incondicional y comprensión total, así como la revisión panorámica de la propia vida, como si fuera una película que se despliega en pocos instantes. Todo ello aparece acompañado por una sensación de paz indescriptible, de desaparición del ego individual y de pertenencia a una realidad más amplia

Este fenómeno no se limita a una cultura o a una época concretas. Los relatos se repiten en personas de distintas nacionalidades, edades, creencias religiosas o posiciones ateas, con elementos muy similares entre sí. Esa uniformidad ha llevado a muchos investigadores a descartar que se trate simplemente de historias fabricadas, influencias culturales o fantasías guiadas por la tradición religiosa

Ante este panorama, la ciencia ha intentado ofrecer explicaciones basadas en el funcionamiento del cerebro en situación extrema. La hipótesis más habitual sostiene que las ECM serían el resultado de un “cerebro en crisis”: un último estallido de actividad neuronal provocado, por ejemplo, por la hipoxia, es decir, la falta de oxígeno durante la parada cardiaca. Este estado podría generar una “tormenta” de neurotransmisores capaz de producir visiones intensas. Sin embargo, esta explicación tropieza con un problema: en lugar de escenas caóticas, fragmentarias y confusas, los pacientes describen vivencias estructuradas, coherentes, con un hilo narrativo claro y una lucidez aumentada. Las piezas no encajan del todo, y muchos modelos fisiológicos siguen siendo, de momento, conjeturas sin suficiente apoyo empírico

Aquí se abre un terreno que roza los límites de la neurociencia actual. Algunos investigadores plantean que quizá la conciencia no dependa exclusivamente del cerebro para existir. Se citan, por ejemplo, casos de personas sometidas a anestesia general profunda que, durante un paro cardiaco, carecen supuestamente de actividad cerebral organizada y, pese a ello, refieren después las experiencias más lúcidas de su vida. Desde esta perspectiva, el cerebro no sería tanto el origen de la conciencia como un órgano que la “sintoniza” o canaliza, del mismo modo que una radio sintoniza ondas que existen con independencia del aparato

Un caso especialmente intrigante es el de personas ciegas de nacimiento que, durante una ECM, aseguran ver por primera vez. Hablan de colores, formas, espacios y escenas con una precisión visual que jamás habían experimentado en su vida cotidiana. A este fenómeno se le ha dado el nombre de “mindsight”, una especie de visión interna o conciencia hipersensorial que no encaja fácilmente en la comprensión habitual de los sentidos físicos

Más allá de la discusión teórica, las ECM suelen marcar un antes y un después en la biografía de quien las vive. La experiencia deja una huella indeleble y con frecuencia desencadena una transformación vital profunda. Muchos sujetos pierden el miedo a la muerte, ya que dejan de verla como un final absoluto para percibirla como un tránsito hacia otra forma de existencia o a un plano espiritual. Se consolida en ellos la convicción de que la conciencia no está limitada al cuerpo físico y de que la muerte corporal es solo un cambio de estado

Esta transformación interior suele ir acompañada de cambios en la escala de valores. El materialismo, la búsqueda de éxito social, fama o estatus pierden importancia, mientras crecen el interés por la vida interior, la espiritualidad y el servicio a los demás. La revisión de la propia vida que muchos relatan durante la ECM suele desembocar en un mayor deseo de perdonar y de ser perdonados. Aparece un nuevo sentido de propósito, la idea de que la existencia tiene una dirección y un significado que van más allá de las metas convencionales

Otro rasgo muy repetido es la sensación de conexión con el todo. Las personas cuentan que se sienten unidas a todo lo existente, como si comprendieran de golpe el funcionamiento profundo del universo. Esta vivencia de unidad cósmica genera una confianza serena en el orden de la vida y la muerte, como si ambas formasen parte de un mismo proceso. En paralelo, el ego individual parece disolverse “como un aro de humo”, mientras una esencia más profunda permanece, liberando al sujeto del terror a la inexistencia

Sin embargo, estas experiencias también tienen un coste. No todas las consecuencias son sencillas de integrar en la vida cotidiana, especialmente en el ámbito de la pareja y la familia. Se han documentado casos en los que la transformación interior tras una ECM provoca tensiones graves en la relación conyugal, hasta el punto de desembocar en divorcios. El fuerte desinterés por lo material, el trabajo competitivo o las ambiciones sociales puede chocar frontalmente con el estilo de vida o las expectativas del otro miembro de la pareja

A menudo se observan cambios de personalidad: el sujeto se vuelve más altruista, compasivo y espiritual, algo que su entorno no siempre comprende ni comparte. Muchas personas que han vivido una ECM temen ser tomadas por fantasiosas o desequilibradas si cuentan lo vivido, de modo que se autocensuran o lo comparten solo en círculos muy reducidos. El proceso de asimilación puede prolongarse durante años; algunos estudios hablan de un periodo de hasta siete años en el que se atraviesa una auténtica “noche oscura del alma”. Esta crisis existencial puede generar inestabilidad emocional y dificultades para sostener vínculos afectivos previos

No es raro que aparezca cierto aislamiento. Resulta complicado transmitir una experiencia tan radical a quienes nunca han vivido nada parecido, y esto puede crear una distancia silenciosa entre el sujeto y su entorno. Además, las relaciones humanas corrientes pueden percibirse como pobres en comparación con el amor incondicional experimentado durante la ECM, lo que aumenta la sensación de desajuste con el mundo cotidiano.

En conjunto, las Experiencias Cercanas a la Muerte plantean un desafío profundo a nuestra comprensión actual del cerebro y la conciencia. El núcleo del problema es que se describen estados de conciencia compleja y organizada en condiciones fisiológicas que, según los modelos vigentes, no deberían permitir tal vivencia. La pregunta que emerge, incómoda y fascinante, es si la conciencia es algo más que el producto del cerebro físico. Si realmente pudiera expandirse o intensificarse justo cuando la actividad neural se apaga, habría que replantear la idea de que el cerebro fabrica la conciencia y empezar a verlo, quizá, como una antena que la recibe. Aceptar esta posibilidad supondría un cambio radical en nuestra visión de lo que significa estar vivo y de lo que podría esperarnos al otro lado de la muerte.

 

martes, 25 de noviembre de 2025

¿Qué podemos hacer?


Un astronauta que pasó 178 días en el espacio revela una "gran mentira" de la que se dio cuenta cuando vio la Tierra.

Ron Garan, un ex astronauta de la NASA, ha pasado 178 días en el espacio y ha acumulado más de 114 millones de kilómetros viajando en 2.842 órbitas alrededor de la Tierra. Su viaje, sin embargo, no ha sido sólo acerca de números impresionantes. Durante uno de esos viajes, experimentó algo que pocos humanos han experimentado alguna vez: el llamado efecto general, un fenómeno que transforma la forma en que vemos nuestro planeta.

El efecto de visión general - o "efecto general" - es un choque de realidad común entre los astronautas. Al observar la Tierra desde el espacio, se dan cuenta, visceralmente, de que el planeta es un sistema único, frágil e interconectado. Para Garan, la experiencia fue tan notable que la describe como un "gran despertar". En una entrevista con el sitio Big Think, reveló: "Ciertas cosas se vuelven innegablemente claras cuando estás allí arriba. "

Desde su ventana en la Estación Espacial Internacional, Garan fue testigo de impresionantes fenómenos naturales: tormentas relámpagos que se asemejaban a destellos paparazzi, las auroras boreales bailando como cortinas brillantes, y la atmósfera de la Tierra tan delgada que podías "casi tocar con tus manos. "Pero era la delicadeza de esa capa lo que lo tenía alerta. "Me di cuenta de que todo lo que sostiene la vida en la Tierra depende de una capa frágil, casi como el papel", explicó.

La atmósfera, con sus pocos kilómetros de grosor, es lo que protege todas las formas de vida de las condiciones hostiles del espacio. Para Garan, esta visión ha puesto de relieve una paradoja: mientras que la biosfera es vibrante y llena de vida, los sistemas humanos tratan al planeta como una "subvención a la economía global. En otras palabras, damos prioridad al crecimiento económico a costa de los sistemas naturales que nos sostienen. "Estamos viviendo una mentira", afirmó.

El astronauta también señaló cómo problemas como el calentamiento global, la deforestación y la pérdida de biodiversidad son tratados como problemas aislados cuando, de hecho, son síntomas de un problema mayor: la desconexión humana con el planeta. "Desde el espacio, queda claro que no nos vemos como parte de un todo. "Mientras no cambiemos esta mentalidad, seguiremos estando en crisis", dijo.

La solución, según Garan, es un cambio radical de prioridades. En lugar de pensar en "economía, sociedad, planeta", deberíamos invertir el orden: "planeta, sociedad, economía". Este simple intercambio refleja la necesidad de colocar la salud ambiental como base para todas las demás decisiones. "Esta es la única manera en la que realmente evolucionaremos", argumentó.

Otro punto crucial es la independencia. Garan comparó el efecto general con "una lámpara de relámpago" - una epifanía sobre cómo cada acción humana, por pequeña que parezca, afecta el equilibrio global. "No tendremos paz en la Tierra hasta que reconozcamos que todo está interconectado", afirmó.

Desde su regreso a la Tierra, Garan se ha dedicado a proyectos que promueven la sostenibilidad y la cooperación global. Su mensaje es claro: necesitamos urgentemente repensar nuestro lugar en el mundo.

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Este texto anterior de María Delgado, sacado de Quora, me ha parecido necesario tras ver la exposición inmersiva en el Caixafórum sobre la naturaleza y la interconexión de todo lo que sucede en el planeta que estamos devastando por nuestras acciones depredadoras. Uno intenta ser consecuente en la medida de lo que puede, pero puede poco y se siente impotente y al final termina por hacerse cínico. Pero cuando uno escucha una voz con esperanza y convencida de que no todo está perdido, sale de su sopor y se vuelve a nutrir de ideales que no tienen por qué perderse en el vacío. Yo puedo hacer poco, pero con mi artículo en el blog tal vez hago reflexionar a alguien para hacer ¿qué? Esa es una buena pregunta, hacer ¿qué? ¿Qué podemos hacer?


viernes, 14 de noviembre de 2025

La era de Hitler

Como profesor tuve que ser miembro de tribunal de los TR (trabajos de investigación) de alumnos de bachillerato. Esto me hizo ser consciente de la fascinación que provocaba el nazismo y la figura de Hitler en el imaginario de los adolescentes. Son numerosísimos los TR sobre el mal absoluto que supone Hitler, y escasos o inexistentes los TR sobre el estalinismo y la historia del comunismo. 

Alec Ryrie acaba de publicar un libro significativo. Se titula La era de Hitler en el que se constata que nuestro siglo XX y XXI han dejado atrás la brújula moral de Jesucristo como símbolo del bien para sustituirlo por Hitler como imagen del mal. Es evidente que cuando se quiere rechazar cualquier cosa, se termina identificándolo con el nazismo. Es común en toda discusión, siempre termina alguien acusando al otro de facha o nazi. 

En el conflicto árabe-israelí es de dominio público que se identifica a los israelíes con el nazismo, aunque sea una metáfora humillante para ellos. Se hace la equiparación de la estrella de David con la cruz gamada. Todo lo que rechazamos es facha o nazi, es un recurso de dialéctica universal, sea Trump, Bolsonaro o la oposición en España a la que el presidente de gobierno la tilda de extrema derecha, es decir, nazi. 

En Cataluña están enfrentados radicalmente ARRAN, organización juvenil de la CUP con Aliança Catalana, y uno a otro se tildan de fascistas y nazis. Es un ejemplo más. 

Se han acabado los valores positivos moralmente hablando y solo existen los negativos. La condena del nazismo ocupó el vacío ético en Europa en el final de la guerra mundial. 

El rechazo del fascismo se ha convertido, como en los años treinta, en el eje político de las morales progresistas, y de tal modo, es preferible la corrupción al fascismo, como veremos en la próxima campaña electoral española. 

La invocación de Hitler y el nazismo se ha convertido en práctica común tanto en debates políticos como sociales. Desde memes que equiparan a líderes actuales con Hitler hasta análisis sobre elecciones donde el simple rechazo al fascismo determina el voto, se observa que el símbolo del nazismo funciona como recurso dialéctico, pero está perdiendo impacto.

Ryrie advierte que una cultura que solo identifica el mal y carece de una moral positiva es una cultura débil. El resurgimiento de la extrema derecha y las nuevas divisiones sociales indican que el consenso ético de la era antinazi se está resquebrajando, y la sociedad necesita ideas y esperanzas más allá de lo que evitar.

La prepotencia progresista se confronta con el agotamiento de su dilema moral y las jóvenes generaciones ya no ven las cosas como se nos quiere hacer creer, hay que repensar todo de nuevo y formular valores positivos y no simplemente excluyentes en que todo lo que se rechaza es facha o nazi, como recurso oratorio y político. 

sábado, 11 de mayo de 2024

El sentido de la historia

miércoles, 17 de abril de 2024

¿Nuclear? Sí, gracias

Participo en los debates de un grupo joven que se ha constituido en España en defensa de la energía nuclear con el objetivo prioritario en este momento de que no se desmantelen las centrales nucleares que nos quedan, concretamente 5 -Almaraz I y II, Ascó I y II, Cofrentes, Vandellós II, y Trillo. Las centrales nucleares de Almaraz son protagonistas del próximo desmantelamiento si no se hace algo al respecto, y, por ello Econucleares, un grupo verde y ecologista a la vez que pronuclear hace una tarea de difusión en las redes sobre el gravísimo error que supondrá cerrar la central de Almaraz. El pasado 23 de marzo hubo una manifestación en la plaza de Sant Jaume en Barcelona de un centenar de personas que se presentaron en público para deshacer tantos mitos y leyendas sobre la energía nuclear, objeto de un tabú público que no se ha sometido a debate social en cuanto a inconvenientes y grandes beneficios. De momento, si se cierra Almaraz, será la condena de esta población que depende en gran medida de la central, y se prescindirá de los 2100 MW de potencia eléctrica que aportan los dos reactores.

 

La política del gobierno español, igual que del alemán y suizo entre otros es la del desmantelamiento de las centrales nucleares por un supuesto peligro que no es tal, y su cierre en países como España supondrá una dependencia en más del 20% de otras fuentes de energía como es el gas y el carbón. Sustituimos las centrales nucleares por la importación de gas de Argelia, país que se ve con la llave de control totalmente de nuestro suministro energético. Esto es lo que defiende Greenpeace: sustituir la energía nuclear por gas natural. ¿Es acaso verde el gas natural? ¿No es un hidrocarburo que produce cantidades ingentes de CO2 mientras que la energía nuclear es totalmente limpia? Lo que sale de las grandes chimeneas de los reactores no es radiación, es vapor de agua. 

 

Países como Suiza quieren desmantelar sus tres centrales pero empieza a haber algún movimiento pronuclear que alerta de la dependencia que supondrá para el país helvético de la energía exterior. 

 

Se han contado muchos bulos e inexactitudes sobre la energía nuclear, la fuente de energía más limpia que existe actualmente mientras que no se produzca la llegada de la fusión nuclear que no se sabe cuántas décadas tardará. Se alude a los accidentes de Chernóbil y de Fukushima como treta del terror para mover la psicología de la gente, pero Chernóbil no representa la realidad de las centrales nucleares europeas puesto que allí se llevaron a cabo pruebas inadecuadas a baja potencia y se ignoraron las medidas de seguridad totalmente lo que supuso la pérdida del control del reactor que se sobrecalentó y se derritió a través de las barreras protectoras. Todas las centrales existentes tienen medidas de seguridad de varios niveles lo que hace imposible dicha repetición, fruto de los errores más absurdos e inconcebibles. 

 

Fukushima es otro caso que se alude pero aquello sucedió por un maremoto de fuerza incontenible y no por la seguridad de la central nuclear. 

 

Otro tema en que se hace hincapié son los residuos nucleares pero es más la mala fama que la realidad de su peligrosidad puesto que dichos residuos son gestionados con total seguridad en cementerios nucleares como el del Cabril en España o en los depósitos de las mismas centrales nucleares. 

 

En el grupo de Econucleares, no dependiente de ningún grupo de presión eléctrico,  participan decenas de cooperantes con reuniones periódicas y grupos de discusión sobre el tema para intentar concienciar en la medida de sus posibilidades del grave error que supondrá el cierre primero de Almaraz y luego del resto de centrales nucleares como está previsto. 

 

Por supuesto, no son una solución las energías eólica y fotovoltaica que no producen ni de lejos lo que dejaríamos de producir si se cierran las centrales nucleares y, además, por la noche no hay energía solar y los molinos de viento, rechazados en tantos y tantos sitios de España porque destrozan el paisaje, solo funcionan cuando hace viento. Son energías importantes pero que no pueden sustituir la producción eléctrica nuclear. Lo dicho, el único sustituto real es el gas del que ya dependemos y dependeríamos mucho más. 

 

En los años ochenta se produjo un movimiento antinuclear que caló en la gente porque hablar de radiactividad es un elemento seguro para aterrorizar a la opinión pública desinformada. Y se hizo popular el famoso ¿Nuclear? No, gracias. Entonces, por motivos que relacionan las armas nucleares con la producción pacífica de energía atómica, se creó una corriente de opinión negativa que ningún grupo ha tratado de contrastar con datos seguros y fiables. Esta es la labor ingente que tiene Econucleares por delante. Con este grupo, no dependiente de ninguna plataforma energética, se empieza a difundir una imagen de energía limpia y productiva sin ningún peligro con las medidas de seguridad de alto nivel que existen. 

 

Si alguien quiere contactar con Econucleares, hay un canal de whatsapp abierto a todos aquellos que quieren interesarse por el tema. Y hay una web https://www.econucleares.com/contact y un correo electrónico para saber más:  contacto@econucleares.com

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...