Déjenme que les cuente una escena que todavía me parece casi increíble: Silvita, la hija de unos amigos, tenía cinco años cuando se perdió en Barcelona. Su madre había entrado en una tienda por un instante, apenas un parpadeo, y la niña, como un pájaro inquieto que tantea el borde del nido, se acercó a la puerta y salió a la calle en la zona de Santa María del Mar. A partir de ahí todo se volvió niebla. Cuando la madre salió, desesperada, la buscó con la mirada en una y otra dirección, pero no la encontró en ninguna parte. Silvita había desaparecido, tragada por el rumor de la ciudad. Imaginen la punzada en el pecho de aquella madre, el temblor de la sangre, la hora detenida. Y sin embargo la sorpresa llegó: una hora después, a las ocho de la noche, tras llamadas a la policía municipal y a los mossos, Silvita apareció en la puerta de su casa, a más de un kilómetro de distancia, atravesando calles como si fueran un laberinto de espejos, con el tráfico rugiendo como una fiera mecánica y la ciudad convertida en un galimatías imposible de descifrar. ¿Orientarse? Pues se orientó la niña. Una mujer la vio perdida y debió de preguntarle dónde estaban sus padres, que se habían desvanecido en el aire. Silvita, de la mano de aquella mujer, encontró el hilo de Ariadna y regresó hasta su casa más allá de Arco de Triunfo, casi en Marina, donde la esperaban su padre o su madre con la angustia que cabe imaginar. Recordemos, porque conviene no olvidarlo, que entonces tenía solo cinco años.
Y traigo esta pequeña historia a propósito del tema de hoy. Los padres helicóptero —término acuñado por Lenore Skenazy, aquella autora a la que llegaron a llamar “la peor madre del mundo” porque escribió una columna relatando que había permitido a su hijo de nueve años viajar solo en el metro de Nueva York— provocaron en su día un debate encendido sobre la sobreprotección infantil. La expresión nació como una burla, pero acabó nombrando una realidad cada vez más visible: la de esos adultos que sobrevuelan la vida de sus hijos como un aparato en alerta permanente, atentos a cada movimiento, dispuestos a intervenir antes incluso de que el niño tropiece con la piedra.
Skenazy critica con dureza esa paternidad de sombra y alarma. Su tesis es que la sociedad moderna ha desarrollado un miedo desmesurado ante peligros que, en realidad, son extraordinariamente raros, y ese temor ha desembocado en una vigilancia continua que asfixia el crecimiento de los niños. Frente a ello, ella quiere devolverles la autonomía y la libertad de las generaciones anteriores, y también fomentar la resiliencia, la confianza en uno mismo y la capacidad de resolver problemas sin que un adulto acuda de inmediato como un salvavidas. Su postura no es una invitación al abandono, sino al espacio: al derecho de equivocarse, de ensayar, de caerse y levantarse con las propias manos.
De ahí nace el proyecto “Free-Range Kids” —Niños criados en libertad—, una iniciativa que, junto con Jonathan Haidt, pretende impulsar programas de independencia en las escuelas y evitar que los padres sean penalizados por negligencia cuando sus hijos juegan o caminan solos. La idea late contra una cultura del temor en la que cualquier gesto de autonomía parece sospechoso, como si la infancia tuviera que ser un recinto blindado, una pecera sin corrientes, un territorio esterilizado de toda aspereza. Pero una vida sin roce no fortalece: adormece.
Skenazy sostiene además que, desde un punto de vista estadístico, el mundo es hoy más seguro que hace décadas, aunque la percepción del riesgo haya crecido debido a la exposición constante a noticias negativas. Su propuesta busca combatir la fragilidad que, según ella, estamos sembrando en las nuevas generaciones al impedirles experimentar un riesgo controlado. Estamos fabricando, dice en esencia, una juventud demasiado asustada y demasiado incompetente para hacer algo por sí misma. La advertencia es dura, pero contiene una verdad incómoda: cuando eliminamos todo obstáculo, también retiramos el suelo donde se aprenden la prudencia, el juicio y la responsabilidad.
Quienes han llegado hasta aquí recordarán su propia infancia, cuando todavía era posible moverse por la calle como quien recorre un mundo propio. En mi niñez, mi madre me mandaba con cinco años a vagar por el barrio y por la plaza del Pilar en Zaragoza, y yo regresaba por intuición cuando se acercaba la hora de cenar, como vuelven los animales al cobijo cuando cae la tarde. En el barrio había bandas de chicos que se enfrentaban con otras bandas a pedradas, y nosotros íbamos y veníamos sin control paterno, aprendiendo a negociar el miedo, a medir las distancias, a entendernos con los iguales y también con los mayores. Aquella libertad no era un paraíso sin sombra; era un aprendizaje áspero, pero fértil, donde la autonomía crecía como una planta entre grietas.
Jonathan Haidt, autor de La transformación de la mente moderna, resume esta visión con una palabra que ilumina el fondo del debate: los niños son, siguiendo el concepto de Nassim Taleb, antifrágiles. Igual que el sistema inmunológico necesita contacto con bacterias para fortalecerse, la mente infantil necesita desafíos, pequeños riesgos y fricciones dosificadas para desarrollar resiliencia. Además, Haidt defiende el juego libre como una forma de terapia sin supervisión adulta. En ese espacio los niños aprenden a negociar, a fijar reglas, a soportar la pérdida y a administrar el miedo. Sin esa escuela secreta de la calle, llegan a la universidad con más ansiedad y menos tolerancia a la frustración. Y, según él, cuando un niño puede moverse solo pasa de una posición externa —otros deciden por mí— a una interna —yo puedo influir en mi entorno—, y ese salto es decisivo frente a la depresión.
En una conversación reciente con el alcalde de Cornellà, que recogí en el blog, él mismo me reconocía que su hija de dieciséis años bajó un día a tirar la basura, algo tan simple como respirar, pero él lo vivió con ansiedad porque tardó unos minutos más de lo esperado. Sabía perfectamente que la ciudad era segura, él mejor que nadie, y sin embargo la angustia le ganó la partida por ese pequeño retraso. Esa es, me temo, la respiración habitual de muchos padres: sienten pánico si sus hijos van solos a comprar el pan, al colegio o a sacar la basura por la noche, como si el mundo entero estuviera lleno de trampas invisibles.
Todos los que pasamos por aquí vivimos una infancia más libre, aunque no siempre más inocente. Deambulábamos solos por las calles, a veces seguros y a veces con miedo. No era tan seguro como ahora a veces se idealiza, porque en mi caso fui agredido en bastantes ocasiones por bandas de chavales que acechaban en los descampados; pero incluso de esos sobresaltos aprendíamos algo valioso: a gestionar el miedo, a desenvolvernos, a leer la ciudad como un mapa vivo. La sobreprotección, en cambio, produce niños inseguros, dependientes de la presencia adulta como si no pudieran respirar sin permiso. Y eso contrasta con otras culturas africanas o esquimales, donde los niños se internan en la selva o en espacios abiertos con peligros reales, ya sea el león o el oso, y aun así forman parte de una comunidad que confía en su crecimiento. Hace unos años vi en Barcelona a una niña de siete años que se movía con libertad por el barrio sin supervisión adulta, y me sorprendió, porque nosotros no hacíamos eso. Su madre era de Senegal y para ella resultaba natural que su hija caminara sola por las calles, en contraste con nuestras costumbres de llevar a los niños al parquecito siempre vigilados, a parques con tartán en el suelo, como si el suelo mismo debiera pedir perdón por existir. En definitiva, la superprotección fabrica jóvenes frágiles, incapaces de habitar la adversidad y de escuchar sin derrumbarse las ideas ajenas cuando llegan a la universidad y necesitan, más que nunca, haber aprendido a caminar por sí mismos.
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Niña lista, avispada,
ResponderEliminaro eso creo, saludo.
Se podría hacer una miniserie,
ResponderEliminaro un corto sobre el asunto, y
llamarle Lost in Barcelona.
Silvia supo orientarse, sabía mucho más de lo que sus padres suponían. Es un ejemplo de que los niños son antifrágiles, mucho más avispados de lo que se supone. Fue una hora llena de miedo, angustia y desazón, mientras que para Silvita fue un tiempo de orientación y confianza en sí misma.
EliminarBajar de las barracas de Can Valero (Petit) por Poble Sec.; enfilar por el Paralel, ir hasta Plaza España y esperar el travía que te llevara a Sants, a la plaza de Huesca, por el módico precio de dos pesetas, era una experiencia. Si a ello le añadías cinco abrigos de boata bajo el brazo para entregar y esperar que te los abonaran mientras te daban otros cinco para confeccionar, aquello era otra cosa.
ResponderEliminarTodo con ocho, o nueve años. El trayecto estaba lleno de vicisitudes. Las dos horas largas no te las quitaba nadie, y los problemas surgían siempre de improviso. O los tranvías iban llenos, o un problema por el peso bajando la ladera de la montaña, o un grupo de niños que te fastidiaban, o un dolor de espalda que te cogía de improviso.
Ni mi madre podía llevarlos, ni yo podía decir que no. Allí todos colaboraban y todos eran ella y yo.
Llegar a ese término lo considero a estas alturas un riesgo innecesario, aquello no era de recibo, pero llegar a donde hemos llegado lo considero una sobre protección de cristal de Bohemia. Nadie está preparado para tener capacidad de sufrimiento; nadie quiere aguantar nada, y nadie está preparado para lo venidero.
Hacemos los niños a nuestro deseo, no deseamos que las cosas les cuesten. Todo fácil.
Esto de hoy no resultará.
Un saludo
No sé si se considera implícito el caso de tu nieto y autor de libros ilustrados. ¿Qué autonomía se le da? Creo que tiene doce años, una edad para realizar ciertas cosas ya de sobra. Mis hijas se acostumbraron a no salir de casa para comprar en el barrio. Todo lo hacía papá, y hasta que se independizaron no supieron lo que era significaba tener que hacer la compra. No creo que nosotros seamos un buen ejemplo en este sentido.
EliminarYa no hay pandillas de chicos del barrio que se reúnan en la plazuela. Ahora todo es controlado por los papis, que los llevan al colegio, a actividades extraescolares, etc.
Recuerdo que una noche crucé solo Zaragoza a los nueve años a las dos de la madrugada de un extremo a otro para ir a casa de mi padre. Sin duda, eran otros tiempos.
No tiene buen pronóstico, Miquel, un abrazo.
Poca, muy poca autonomía, interiormente me río, pero no es para reír, mi buen JOSELU, es para apenarse.
EliminarUn abrazo
Muy cierto lo que cuentas sobre el exceso de protección de los progenitores a sus hijos. Comparto plenamente contigo esa vivencias que narras sobre nuestra infancia. Bajabas la calle y te ibas hasta el quinto pino, y no sé cómo te orientabas para volver a casa. Y los padres no estaban tan pendientes de nosotros. Pienso que los chicos se hacen mucho más fuertes y adaptables al medio si sus padres saben gestionar el tema de la independencia y no son sobreprotectores, como ocurre ahora. El mundo es muy complicado y lo pueden tener más complicado todavía si los padres no les enseñan a valerse por sí mismos.
ResponderEliminarEntra dentro de lo razonable que los padres no sepan por dónde anda su hijo en todo momento. Imagina la cantidad de libros de aventuras que leíamos sobre héroes niños y juveniles que tenían su mundo propio y vivían al margen de sus padres con sus pandillas. ¿Dónde estaría Tom Sawyer si su tía Polly hubiera querido tenerlo controlado en todo momento? Sin duda, el mundo es tan previsible y protegido que incluso la imaginación se resiente por esta sobreprotección. Los niños magrebíes, en cambio, viven mucho más en la calle y tienen sus pandillas. Estamos creando niños en muchos sentidos débiles y sin imaginación. Pero el móvil se les da a los diez años muchas veces para tenerlos controlados. Somos la civilización del miedo.
EliminarA ver, yo voy a contar un caso personal: tendría en esa época unos siete años y mi colegio quedaba a dos calles de mi casa; en casa siempre que salíamos para el colegio nos advertíande los peligros de la calle con crudez e insistencia, ya que coincidíamos un grupo que íbamos todos solos.
ResponderEliminarEse día yo salí la última porque me retuvo la profesora y cual sería mi sorpresa que en la puerta un señor y una señora se acercaron para cogerme y mi intuición fue tan rápida que solté la maleta y eché a correr calle abajo hasta llegar a casa.Con la sorpresa de que en esos días se estaba corriendo la voz de que varios niños habían sido secuestrados por una pareja.
Más que meter miedo, se les debe explicar las cosas de forma adecuada ,en mi caso enseguida intuí que no llevaban buena intención . Con todo, debo de admitir, que yo soy mucho ,mas protectora con mis hijos de lo que lo fueron mis padres.
Un tema que trae cola.
Un abrazo,Joselu
Claro que trae cola. En países como Estados Unidos y Australia, que yo sepa, hay movimientos y propuestas legislativas para promover la independencia de los niños para que puedan ser niños sin el control total por parte de los padres. Te dejo un recorte de una noticia de una web que lo defiende: ¿Cómo lograr que más niños salgan y jueguen solos, y asegurar a los padres que esto no se confundirá con negligencia?
EliminarEsa es una pregunta que Let Grow ha estado abordando desde su fundación en 2017, con el objetivo de que la independencia infantil sea fácil, normal y legal. El aspecto legal recibió un gran impulso el martes, cuando el representante Blake Moore (republicano por Utah) y Jennifer McClellan (demócrata por Virginia) presentaron la Ley para la Promoción de la Independencia y la Resiliencia Infantil en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.
Su propósito es "fomentar la independencia infantil" en lugar de amenazar o investigar a los padres que permiten que sus hijos pasen tiempo sin supervisión.
Algo se está moviendo pero de momento no ha llegado a España este movimiento Let Grow.
Un abrazo, Bertha.