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domingo, 21 de septiembre de 2025

El Don apacible

 


5 Claves Sorprendentes de "El Don apacible": El Nobel Épico que Esconde un Misterio

Cuando se habla de las grandes épicas rusas, es inevitable que "Guerra y Paz" de Tolstói domine la conversación. Sin embargo, hay otra obra monumental, galardonada con el Premio Nobel, que comparte su escala y ambición pero que esconde secretos y complejidades que van mucho más allá del campo de batalla: "El Don apacible" de Mijaíl Shólojov.

Esta novela, que narra la vida de los cosacos del Don durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa, es mucho más que un fresco histórico. Es un torbellino de pasiones prohibidas, un estudio brutal sobre el trauma de la guerra y, sorprendentemente, el centro de un misterio literario que persiguió a su autor durante décadas.

A continuación, exploraremos cinco claves que revelan por qué "El Don apacible" es una obra tan fascinante y por qué su legado sigue cabalgando por el imaginario colectivo con la fuerza de una carga cosaca.

1. Una obra maestra nacida bajo sombra de duda

Pocas novelas de esta magnitud han estado rodeadas de una controversia tan persistente. Desde su publicación, Shólojov fue acusado de no ser el autor real. Figuras de la talla del también Nobel Aleksandr Solzhenitsyn sostuvieron que la obra era un plagio. Aunque una investigación oficial en la década de 1920 confirmó la autoría de Shólojov, las dudas nunca se disiparon, adquiriendo una fascinante dimensión política cuando el establishment soviético cerró filas en torno a él. En 1929, el periódico Pravda publicó un artículo firmado por escritores prominentes que denunciaba los alegatos como una difamación, sugiriendo que la "verdad" estaba ligada al poder.

El misterio se profundizó trágicamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el archivo personal del autor fue destruido en un bombardeo; solamente sobrevivió el cuarto tomo. Sin embargo, en 1984, ocurrió lo inesperado: se encontró el manuscrito original. Un análisis caligráfico y del papel, que databa de los años 20, demostró que la mayor parte de la obra estaba escrita de puño y letra de Shólojov. Este hallazgo tardío no solo silenció a los críticos, sino que añadió un capítulo final y fascinante a la historia de una de las obras más importantes de la literatura rusa del siglo XX.

2. Más que una épica de guerra, una tumultuosa historia de amor

Aunque el telón de fondo de "El Don apacible" son los conflictos que redibujaron el mapa de Europa, su verdadero motor es una historia de amor tan apasionada como prohibida. El corazón de la trama late en la relación entre el cosaco Grigori Mélejov y su vecina casada, Axinia Astájova, a quien su esposo maltrataba con frecuencia.

Este romance dinamita los cimientos de la estricta moral cosaca, sobre todo cuando el padre de Grigori le impone un matrimonio concertado con la joven Natalia. Lejos de ser una subtrama, esta relación tumultuosa impulsa las decisiones de los personajes y define sus destinos, demostrando cómo el deseo individual colisiona con el deber familiar. La intensidad de este amor queda inmortalizada en la confrontación entre Axinia y Natalia, donde la primera le grita a la esposa de su amante:

Él es mío, ¡mío! ¿Me oyes...? ¡Mío! Sal de aquí, desgraciada, no eres su esposa.

3. La cruda realidad de las cicatrices psicológicas de la guerra

La novela no glorifica el combate. Al contrario, Shólojov explora con una honestidad brutal el coste psicológico que la violencia inflige a quienes la ejercen. Esta exploración se centra en la transformación de Grigori Mélejov, cuyo primer asesinato en batalla lo deja atormentado por una culpa abrumadora que se manifiesta en pesadillas.

A lo largo de los cuatro tomos, somos testigos de cómo la exposición constante a la muerte lo endurece, vaciándolo de compasión. La brutalización que sufre en el frente envenena su vida íntima, volviéndolo incapaz de la ternura que Axinia y Natalia anhelan, demostrando que las heridas del campo de batalla sangran también en casa. La guerra no lo convierte en un héroe de leyenda, sino en un hombre con el alma marcada por cicatrices imborrables. Shólojov describe este cambio interno con una imagen desoladora:

Su corazón se había vuelto duro, seco como un marjalenque en sequía; así como un marjalenque no absorbe agua, el corazón de Grigori no absorbería compasión.

4. La sorprendente conexión con un famoso himno folk

El impacto de la novela trasciende la literatura de una forma que pocos conocen y que subraya su poderoso mensaje anti-bélico. La famosa canción folk "Where Have All the Flowers Gone?", un himno pacifista popularizado en todo el mundo por Pete Seeger, tiene su origen directo en las páginas de esta obra.

La letra fue adaptada de una canción popular cosaca que Shólojov menciona en el texto. Que el lamento de un soldado cosaco, inmortalizado en la novela, se transformara en un símbolo mundial contra la guerra es la prueba más contundente del espíritu de la obra. Esta conexión no es una simple anécdota, sino la demostración de cómo el eco de las estepas del Don, cargado de la desolación de Grigori y sus compañeros, se infiltró en la conciencia global.

5. Una historia escrita al revés

El proceso creativo de una obra tan vasta suele imaginarse como un camino lineal. Sin embargo, Mijaíl Shólojov construyó su épica de una manera completamente contraintuitiva. Su idea original no era contar la vida de los cosacos antes de la guerra, sino empezar la historia en 1917, con un evento histórico muy concreto.

El propio autor lo explicó así, revelando cómo un proyecto enfocado en un solo evento se expandió hasta convertirse en la saga monumental que conocemos hoy:

Yo empecé la novela describiendo el golpe de estado de Lavr Kornílov en 1917. Luego estuvo claro que este golpe de estado, y aún más importante, el papel de los cosacos en aquellos eventos, no podría ser entendido sin una prehistoria cosaca, por lo que empecé con la descripción de la vida de los cosacos del Don poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial.

El Eco del Don

Más que una epopeya de guerra, "El Don apacible" es un laberinto de lealtades rotas: a la patria, a la familia y, sobre todo, al propio corazón. Shólojov construyó un monumento literario sobre las ruinas de un mundo, un misterio que desafió su autoría y un legado que resuena inesperadamente en la cultura global. Su grandeza no reside solo en su escala, sino en su capacidad para explorar las contradicciones humanas en medio del caos.

Más allá de la historia y la controversia, la novela nos deja una pregunta eterna: en un mundo desgarrado por fuerzas que escapan a nuestro control, ¿qué le debemos realmente a nuestro corazón?

miércoles, 29 de mayo de 2024

Los clásicos han muerto

Thomas Mann

Hace unos días hablaba con mi hija mayor -27 años- que es científica y trabaja en París sobre un espectáculo que iba a ver sobre Don Quijote, una versión que actualizaba al personaje literario. Le pregunté entonces si ella había leído El Quijote y me dijo que en el colegio pero de aquella manera. Entonces le pregunté si lo tenía entre los libros pendientes -ella es ávida lectora-, pero me dijo que ¡uf!. Con ese lenguaje antiguo que no hay quien lo entienda o siga... Y entonces me di cuenta de que ella es lectora, pero esencialmente de obras actuales, con un lenguaje de nuestro tiempo, y que no ha leído libros fuera de nuestro registro temporal presente. Y fui consciente de que esto es algo generalizado. El único lenguaje que se entiende es el esencialmente denotativo, sin demasiado estilo, y que tiende a explicar todo. Los libros del pasado, incluso de un pasado no demasiado lejano, se convierten en opacos para los lectores jóvenes -y no tan jóvenes-.

 

He sido profesor de literatura muchos años y durante buena parte de mi experiencia como docente hice leer a mis alumnos de dieciséis y diecisiete años libros como El Lazarillo, La Celestina, El cantar de Mío Cid, El libro de buen amor, obras de Lope y Calderón, La lozana andaluza... sin que eso supusiera un problema esencial. Me refiero en los años ochenta y noventa cuando existía el antiguo BUP. El lenguaje de los clásicos no era un problema para poder disfrutar, con la adecuada aportación del profesor, de su lectura. 

 

Mi hija nació en 1997 y ya vivió en su adolescencia el mundo de los móviles inteligentes -se salvó en su niñez de ellos-. Pienso que esto fue un proceso general. La tecnología se ha impuesto como realidad existencial y ha desarrollado un lenguaje concreto muy simple, puramente explicativo, apoyado en emoticonos y avatares que evitan el recurso a la sutileza y el estilo. No se soportan registros complejos en cuanto a estructura de composición. Todo tiene que ser explícito y directo, además de esencialmente rápido. Y yo diría que transparente, no se admite la ambigüedad que incite a la perspicacia del lector para desentrañar el mensaje. Y, en tal caso, la literatura del pasado se hace ilegible tanto por el estilo como por los temas y tratamientos. Y todo se juzga estilística y moralmente desde la perspectiva única de nuestro tiempo en una suerte de presentismo absoluto. El mundo del pasado, que respondió a circunstancias diferentes del nuestro, se siente como ajeno y se lo juzga como lento, complicado, aburrido, además de machista, clasista y racista. Y deja de interesar a los lectores jóvenes que lo ven totalmente diferente del tiempo de vibración de un presente absoluto. Nos hemos distanciado en todos los sentidos de obras clásicas que resultan totalmente inabordables y anticuadas. 

 

El criterio que se impone a todas luces es de que una obra no debe ser aburrida y tiene que ser clara y sin florituras estilísticas que nos distancien de un mensaje que también debe ser de nuestro tiempo, que responda a nuestras coordenadas vitales. 

 

Los clásicos y la literatura de más de veinte años -y aun soy generoso- está alejada de los gustos actuales y no se lee por parte de lectores jóvenes -piénsese que me refiero a los que precisamente leen y no a los que no leen nada que es lo más común-. 

 

Paralela y sorprendentemente, se da el fenómeno de que se publican más libros que nunca por medio de autopublicaciones, se utilizan los blogs como recurso expresivo, y hay plataformas como Wattpad, Scrivener, IA Writer, Ulysses..., que son utilizadas por creadores para dar forma a sus relatos de forma mayoritaria con un lenguaje actual y con referentes éticos, morales y de género que corresponden a lo que hoy se ha impuesto. 

 

Son numerosos los talleres de escritura para escritores noveles que desean escribir su propia novela, aunque no sé si con una buena base de lecturas formativas. Me da la impresión de que no. 

 

En conclusión, vivimos una realidad de aristas complementarias. Se lee poco, lo que se lee es rabiosamente actual, y por parte de muchos se intentan escribir narraciones o poemas en las redes sociales y plataformas citadas que se ofrecen a los lectores que desconocen las reglas básicas de la composición escrita fijadas por los clásicos. El mundo del pasado es un muermo lleno de aburrimiento por su fijación estilística y sus temas anticuados. Ahora se impone que hay que explicarlo todo y de forma transparente. 

 

¿Leer El Quijote o La vida es sueño o La Regenta o Luces de bohemia?

 

Ni los más viejos del lugar ya lo intentan. 

 

domingo, 10 de marzo de 2024

La España mística

Hace unos meses leí el libro sobre Teresa de Jesús escrito por Olvido García Valdés. Su lectura me llevó un par de semanas y tuve ocasión de entrar en la fascinante figura de una mujer singular, que padeció la persecución de la Inquisición y las intrigas de sus enemigos a muerte, los carmelitas calzados. Fundó muchos conventos en España tanto femeninos como masculinos con unas normas muy estrictas de devoción y de oración interior lo que suscitó muchas sospechas de iluminismo por parte de sus enemigos y la Inquisición. Teresa se enamoró espiritualmente de un fraile, Jerónimo Gracián, que era treinta años más joven que ella pero este no correspondió a su generosidad. Su relación con Juan de la Cruz fue conflictiva. Se respetaban pero representaban modelos diferentes de sentir la espiritualidad. 


Al hilo de esta lectura, escribí esto que sigue sobre la fuerza de las corrientes místicas en la España del siglo XVI: 


sábado, 16 de diciembre de 2023

La biblioteca de Babel

Mi biblioteca es un caos. Está distribuida por varias ubicaciones en la casa, y en sus estanterías se agrupan miles de libros sin criterios fiables de clasificación. Hay algunos pero la mayoría están por afinidades inciertas, aunque lo cierto es que si un libro está en casa -y no lo he perdido porque lo he dejado hace años- suelo encontrarlo fácilmente por una suerte de intuición que me ha dado mi relación con los libros a lo largo del tiempo, aunque he tenido diversas bibliotecas que han perdido cientos de ejemplares en los traslados de domicilio que ha habido durante periodos distintos de mi vida.

 

Por otro lado, está mi biblioteca inmaterial, la de Kindle, donde hay cientos y cientos de libros que he comprado en los últimos doce años. No entiendo eso de bajarme libros de internet sin pagar. Lo encuentro una desvergüenza. Entiendo que mi amor por los libros incluye que deba pagar por ellos, pienso que la cultura es un bien que no debe de soslayar los derechos de autor, los de la creación. Esto lo entendíamos bien cuando los libros eran físicos, aunque podían dejárnoslos un amigo o sacarlos de una biblioteca. Cuando pago por un libro, me siento bien, aunque haya de rascarme el bolsillo. 

 

Este pandemónium organizativo de mi biblioteca es reflejo de mi personalidad desordenada en la que las cosas están dispersas, pero en un momento dado, soy capaz de encontrar el argumento y las palabras necesarias para organizar un pensamiento. 

 

Una de las acciones que más me atraen de mi relación empática con mi biblioteca es la de rescatar un libro que está en ella desde hace veinte, treinta o cuarenta años -anoto la fecha de compra y lo firmo- y leerlo por primera vez o tal vez releerlo, como me pasó con el espléndido relato que es Las ratas de Miguel Delibes que tenía fechado en 1993, en una nueva edición porque la que leí en mis tiempos universitarios se había perdido.

 

Darle una nueva vida a un libro me parece una acción maravillosa. 

 

Leer forma parte de mi vida, de hecho esta se estructura en torno a los libros que estoy leyendo en un momento dado, así desde que aprendí a leer. 

 

El otro día un amigo de caminatas me decía algo que me gustó y me identifiqué con ello. Él es un habitual lector de novelas policíacas, es casi su único género. Y me decía que le había marcado más en el terreno de la novela de investigación lo que había leído en su adolescencia, sobre todo Enid Blyton, que toda la novela moderna que había incorporado en sus años adultos. Le di la razón. Como se lee en la adolescencia no se puede volver a leer de mayor. Hay algo que se pierde. 

 

Anteayer en el metro me senté al lado de una mujer menuda negra -llevaba capucha- que estaba leyendo un ejemplar raído y desgastado de una novela del oeste tipo Marcial Lafuente Estefanía. La doblaba y se sumergía profundamente en ella. Ello me recordó con afecto que yo a mis catorce o quince años yo leí cientos de estas noveluchas del oeste que antes formaban parte de la cultura popular y de iniciación a la lectura. La admiré profundamente por la ternura que sentí hacia esta mujer anónima. 

 

Parte de mi personalidad, una parte muy importante, es los libros que he leído, no se me comprendería sin ellos. Y si imagino un mundo que venga tras este -algo que no descarto en absoluto- me imagino junto a una inmensa biblioteca en la que leería eternamente con una concentración absoluta, y querría leerme todos los libros del mundo, bueno, los que fueran excelentes. Pasar eones de tiempo leyendo, bebiendo horchata, y conversando, sería para mí una eternidad que merecería la pena. No me la pasaría mirando la perfección de Dios, o relacionándome con mis antepasados -qué horror- sino que estaría leyendo. Cada uno tiene el paraíso o infierno a su medida. Tal vez el mío, sea el de los lectores adictos a los libros, una enfermedad peor que la de ser adicto a la heroína. 

domingo, 15 de octubre de 2023

Jon Fosse y el misticismo


Estoy leyendo a Jon Fosse desde que le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Era un casi desconocido para los españoles aunque se habían traducido algunas obras suyas como Trilogía o Mañana y tarde. La primera la he terminado y ahora estoy leyendo la segunda. Leer a Fosse es algo singular. Se lo ha relacionado con Samuel Beckett o con Ibsen y con la música de Arvo Pärt. La literatura de Fosse es misteriosa y tiene mucho de trascendente porque Fosse cree en la dimensión espiritual de la vida y sus personajes buscan su sentido en un mundo que puede aparecer como absurdo, pero no lo es tanto porque el amor aparece como una dimensión que no acaba ni con la muerte. 

 

La academia sueca ha sido valiente en conceder el premio a un autor al que deben conocer bien por la cercanía a Suecia que es un dramaturgo muy representado en todo el mundo, y valiente doblemente, por premiar a un autor católico que cree en Dios en un mundo progresista que se ha quedado en la muerte de Dios y el mainstream del ateísmo que nos permea como culturas europeas. 

 

Ser creyente y situar a los personajes en un universo místico y enigmático tiene su qué. Su relato Trilogía, sin puntos ni aparte, de estructura poemática, sitúa a dos personajes, Asle y Alida, dos adolescentes que llegan a Bjørgvin -la moderna Bergen noruega- sin ninguna posesión, casi desesperados. Ella, Alida, está embarazada a punto de parir y no encuentra ningún sitio donde guarecerse, nadie les quiere alquilar una habitación en la proximidad del invierno tal vez porque no están casados y considerarlos antisociales. Su búsqueda por las calles de Bjørgvin es angustiosa y recuerda la imagen de José y María buscando un pesebre para dar a luz en Belén. 

 

En el relato se superponen presente y pasado. La novela tiene tres partes diferenciadas. Animo a leerla, los vivos se entremezclan con los muertos. Es una narración muy breve que es considerada como de lo más representativo de Fosse. Mi experiencia como lector que ha leído varias veces cada pasaje de la obra es de deslumbramiento por la oscuridad y la luz del relato que tiene mucho de místico. Fosse no parte de ideas sociales o políticas para escribir sus relatos. No pretende cambiar el mundo ni hacerlo mejor. Solo está en una situación de escucha para ser conscientes de voces interiores que tenemos dentro de nosotros. El lector que acaba una de sus obras, como yo la acabé en una población como Martorell en un barrio en que la inmensa mayoría eran marroquíes, se queda fascinado por la prosa luminosa y extraña de Fosse, pero Fosse no nos habla de la inmigración, nos habla del bien y del mal, del sentido último de la existencia, de factores que nuestra civilización materialista es incapaz de entender. Todo es muy complicado en nuestro mundo así que sugiero leer a Jon Fosse para resarcirnos y comprender lados que tenemos ocultos. Fosse ha dicho que escribir es como rezar. ¿Se imaginan darle al premio Nobel a un personaje como este? Místico y enigmático cuya literatura entronca con Beckett y Thomas Bernhard y, por otra parte con el místico Eckart. Si están hartos de modernidad y progresismo, piérdanse en las páginas de Fosse. 

jueves, 28 de septiembre de 2023

Leer no es imprescindible

Estoy terminando dos libros que leo lentamente. He elegido no acelerar mi lectura y dejar que el ritmo sea tranquilo. Ambos están subrayados y uno anotado profusamente. Creo que hay una barbarie que es la de presumir que se leen cientos de libros al año. La complejidad de muchos de ellos no permite una lectura rápida, y muchos de ellos merecen ser pensados y comentados. Uno lee con delectación y va anotando ideas que dichos textos le sugieren. Uno de ellos es una relectura. Se trata de La ruta del silencio de Iñaki Preciado Idoeta. Es un texto taoísta. La primera lectura fue hace dos años, y ahora cuando lo leo es como si lo leyera por primera vez. Hay una música de fondo que me suena, pero disfruto con él como si nos viéramos por primera vez. El otro, Horizonte, de Barry López me produce una impresión de maravilla cuando viajo a través del mundo por los paisajes que describe uno de los mejores naturalistas actualmente. Desde el Ártico al lago Turkana en Kenia, desde las playas de Oregon hasta Tasmania o Nueva Gales del Sur en Australia. Este lo leo con un iPad y ello me permite buscar en Google Earth los paisajes que describe Barry López con un nivel de detalle fascinante, es como si estuviera allí. 

El dilema es qué leer cuando acabe estos libros. Una propuesta que me lleva rondando varias semanas es retornar a leer Las aventuras del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha que he leído en cuatro ocasiones anteriores a lo largo de mi vida. Sus lecturas han ido jalonando mi historia, y una de ellas la hice atravesando la Mancha en un viaje apasionante por los territorios cervantinos. Llegué incluso a la cueva de Montesinos y las lagunas de Ruidera, además de los molinos de Campo de Criptana, el Toboso y Sierra Morena donde acudió el caballero huyendo de la Santa Hermandad tras haber liberado a los galeotes. Es un libro que he explicado más de veinte años en mis clases de bachillerato y que conozco muy bien, pero, como toda buena lectura, es inagotable. Tengo ganas de volver a él lentamente, con un ritmo sosegado y contrapunteado con las notas de la edición de Francisco Rico. Es una idea que terminaré poniendo en marcha si no me lo impide la última novela de Arturo Pérez Reverte o la biografía de Cervantes de Jean Canavaggio. Tal vez fuera una buena propuesta leer primero la biografía antes de adentrarme en El Quijote. 

Leer no es imprescindible. Hay muchísima gente que presume de no haber leído un libro en su vida y su existencia no es necesariamente peor. Pienso que es una adicción como otra cualquiera y yo soy una víctima de ella. No lo lamento, pero eso no me hace ser más mordaz o astuto que el tío de mi mujer, Toni, que no ha leído nada en su vida. Pienso que los lectores en alguna manera estamos más indefensos ante la realidad porque nos vemos abrumados por la belleza y la inteligencia. No lo sé, en mi caso fue desde muy niño que las letras se me impusieron. He sido un inútil en multitud de cosas porque me dedicaba a leer, pero ¡qué miles de horas felices que he vivido! 

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...