lunes, 26 de enero de 2026

Vidas fotografiadas

No tengo ninguna foto de mi niñez. Las había, pero se perdieron en alguna mudanza o descuido doméstico, como si alguien hubiera ido borrando, sin mala intención, las primeras viñetas de mi historia. Aun así, recuerdo muchas de aquellas imágenes porque las vi una y otra vez hace décadas, hasta que quedaron grabadas en una especie de álbum puramente mental. Mi infancia, a diferencia de la de mis hijas, no está alojada en ninguna nube sino en esa memoria frágil y obstinada que es la del recuerdo humano.

Mis hijas, en cambio, tienen documentada su infancia desde el mismo momento en que asomaron al mundo. Les hice fotos nada más nacer, todavía en el hospital, con la torpeza emocionada de quien descubre que un clic puede sostener un instante para siempre. Luego llegaron los años en que cada día traía una pequeña escena digna de ser capturada: una risa, un disfraz, una caída en el parque, una tarta con velas mal sopladas. Han crecido en una era digital en la que casi cada día ha dejado rastro visual, hasta el punto de que cada fiesta parece tener su réplica en una especie de realidad virtual hecha de cientos de fotos y pequeños vídeos. A veces, cuando revisan esas carpetas infinitas, parece que vuelven a vivir esas escenas con más nitidez que la que conserva su propia memoria.

Se calcula que en 2025 se tomaron en el mundo casi dos billones de fotos. Nunca antes una generación había registrado con tanta minuciosidad los detalles de su vida cotidiana. Las masas sostienen sus móviles como si fueran pequeñas prótesis de la mirada, capturando comidas, paseos, salidas de noche, conciertos, reuniones familiares. Es inevitable preguntarse si este torrente de imágenes cambia la manera en que recordamos. La memoria autobiográfica, ese relato que tejemos sobre lo que hemos sido, es una pieza central del misterio del yo, y las fotografías se han convertido en uno de sus grandes aliados, pero también en un posible malentendido.

Recordar ya no es un proceso puramente interno: es una conversación constante entre la mente y los datos personales que hemos descargado en discos duros, teléfonos móviles y redes sociales. Cuando recurrimos a imágenes digitales para reconstruir un acontecimiento, esas fotos no solo apuntalan el recuerdo, sino que lo retroalimentan, se integran en él y lo modifican de formas sutiles. A veces creemos recordar con claridad una escena de infancia y, sin embargo, lo que evocamos es la foto que hemos visto mil veces, no el momento en sí. Nuestros dispositivos no solo reflejan el pasado, también deciden qué fragmentos de él se vuelven nítidos y cuáles quedan difuminados. Así, sin darnos cuenta, los teléfonos participan en la edición de nuestra historia personal.

Podría pensarse que hacer más fotos equivale a conservar recuerdos más precisos. Sin embargo, ocurre a menudo lo contrario: cuanto más delegamos en la cámara, menos se implica la mente en la experiencia. Si vas a un concierto y pasas los noventa minutos grabando, buscando el mejor ángulo, vigilando la batería y el enfoque, disfrutas menos del momento y diluyes el recuerdo que se almacenará en tu interior. Has capturado el evento, sí, pero lo has vivido a través de una pantalla mínima, como si hubieras asistido por delegación. Después tendrás pruebas de que estuviste allí, pero tu memoria se parecerá más a un archivo que a una vivencia.

En filosofía y en ciencias cognitivas se habla de la idea de la “mente ampliada”. Según esta noción, nuestra mente no termina donde acaba la piel, sino que se prolonga a través de herramientas externas: cuadernos, diarios, agendas digitales, Gmail, archivos de fotos, redes sociales. Son como tentáculos que se alargan desde el cerebro hacia el mundo, dispositivos a los que confiamos fragmentos de lo que somos. De ahí esa sensación extraña, casi física, que sentimos si nos roban el teléfono o si se borra un disco duro: no es solo un objeto lo que perdemos, es una parte de nuestra mente la que parece arrancada.

La dependencia del móvil para capturar momentos de forma inmediata, casi automática, tiene un efecto profundo: cada vez que pulsamos el botón de la cámara estamos reconfigurando el cerebro. La mente aprende que no hace falta recordar del todo porque ya habrá una imagen que haga ese trabajo en su lugar. El gesto se vuelve reflejo: vemos algo bello o raro, y antes de apenas contemplarlo, ya hemos levantado el móvil. Entre el mundo y nosotros se interpone un cristal iluminado que selecciona qué merece permanecer. Así, el recuerdo va siendo moldeado no solo por lo vivido, sino por lo fotografiado.

Otro aspecto inseparable de la memoria es el olvido. Olvidar no es un accidente, es una función esencial de la mente, una manera de aligerar el peso de la experiencia. En un mundo saturado de imágenes digitales, aquello que decidimos capturar, revisar o borrar remodela sutilmente ese proceso. Borrar una foto diluye el recuerdo de la experiencia que la originó, del mismo modo que conservarla puede mantenerla en la superficie del tiempo. A veces necesitamos olvidar y lo hacemos eliminando fotos de una expareja o de una noche de fiesta que salió mal, como si al arrastrar el archivo a la papelera pudiéramos arrastrar también el dolor.

Las fotos son como colinas dentro del paisaje de la memoria. Cada imagen se alza como una elevación nítida desde la que podemos contemplar un momento concreto de nuestra vida. Entre esas colinas se extienden valles, zonas de sombra donde se ocultan momentos que no fueron fotografiados o que hemos decidido borrar. No por carecer de imagen son menos reales, pero es más difícil llegar hasta ellos. Quizá la verdadera intimidad de una biografía se encuentre precisamente en esos valles que no han sido iluminados por ningún flash.

Pienso entonces en mi niñez sin fotos, en ese álbum perdido que solo sobrevive en mi memoria. Tal vez esa carencia me ha obligado a cultivar de otra manera el recuerdo, a sostener con palabras lo que otros sostienen con imágenes. Al final, la conclusión que se me ocurre es que documentarlo todo, incluso las comidas más anodinas, no revela lo esencial de la existencia. Solo nos regala la ilusión de que, al haberlo registrado, lo hemos comprendido. Pero la vida, como la memoria, siempre guarda algo que se escapa de la imagen y solo se deja nombrar a medias.

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