Mostrando entradas con la etiqueta politica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta politica. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de marzo de 2026

Hablando de inmigración...

Ayer, en un colmado del barrio, sonaba una melodía antigua que reconocí de inmediato: era algo así como Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare, Hare. Entonces comprendí que quienes regentaban el establecimiento no eran pakistaníes, como siempre había pensado, sino hindúes; la mujer de la caja, con sus labios pintados, me aclaró sonriente que era sikh cuando le dije que aquella letanía me parecía particularmente hermosa.

Junto a ese colmado, el bar gallego lo sostienen camareros bolivianos cuyo acento canta otras geografías, y el dueño comparte vida y un hijo con una mujer boliviana que, en cierto modo, ha traído su país hasta la barra de zinc. En la carnicería cercana a casa despachan un paraguayo y una hondureña —ella, entusiasmada defensora de Nayib Bukele— que cortan la carne mientras hablan de política, como si el mapa de América Latina se desplegara entre los cuchillos y los mostradores. Los bares, en su mayoría, han sido tomados por chinos que, paradójicamente, emplean a camareros españoles; el colmado que tengo justo debajo lo lleva una familia pakistaní que abre y cierra en un horario interminable. La barbería recién inaugurada en una calle próxima la atienden asiáticos que levantan la persiana los siete días de la semana, de nueve de la mañana a diez de la noche, como si el tiempo fuera una cuerda que ellos tensan sin descanso. Los obreros que levantan y derriban edificios son marroquíes, de Europa del Este, africanos o asiáticos; la presencia de trabajadores españoles en las obras se ha vuelto una rareza, casi una reliquia del pasado. En el barrio proliferan los restaurantes de manos latinoamericanas, las fruterías han quedado en manos de asiáticos y las cuidadoras de las personas mayores son, en su mayoría, mujeres inmigrantes llegadas de la América hispana que sostienen, silenciosas, el peso de las casas ajenas.

Es, en suma, el pequeño territorio donde vivo: un espacio donde la mayoría de los residentes siguen siendo españoles, mientras el tejido comercial se ha vuelto decididamente inmigrante. Los nacionales, salvo contadas excepciones, rehúyen el sacrificio de horarios interminables, la dependencia constante del público, la incertidumbre de cada caja del día. Es visible cómo, cuando se jubila un catalán que llevaba toda la vida en su negocio —la panadería, la ferretería, la tienda de ropa—, no hay nadie de su entorno dispuesto a continuar la tradición si no es un recién llegado que acepta el reto y el riesgo. Faltan manos para muchos oficios: la carnicería que cierra no encuentra herederos, la tintorería apaga sus máquinas sin sucesor, la joyería baja la persiana, la papelería se deja cubrir de polvo, como si profesiones enteras fueran extinguiéndose en silencio.

Todo esto compone el paisaje de la España presente, paradójicamente marcada por un paro elevado si se la compara con otros países europeos. Sin embargo, se buscan camareros, camioneros, fontaneros, carpinteros, albañiles y tantos otros trabajadores imprescindibles, y no se encuentran. El mercado clama por oficios que muchos consideran por debajo de lo deseable para sus currículos, mientras las vacantes se acumulan como sillas vacías en una sala de espera.

Hace poco, en Barcelona, la comunidad chií celebró un acto religioso bajo el Arco de Triunfo; vi el vídeo en Threads, colgado después en YouTube, y lo compartí. Las reacciones se multiplicaron y se abrieron en dos corrientes nítidas: quienes percibían el acto como una irrupción violenta y amenazante, y rechazaban su presencia en Cataluña, y quienes lo leían como una prueba de la condición acogedora de Barcelona, del mismo modo que lo son el día de San Patricio de los irlandeses o el reciente Año Nuevo chino, también celebrado a los pies del Arco. Bajo ese monumento se entrecruzan ahora liturgias muy distintas, como si la ciudad ofreciera un escenario común a todas las devociones del planeta.

Se calcula que en torno a un veinte por ciento de la población que habita en España es de origen extranjero; de esos diez millones de personas, unos tres millones han regularizado su residencia y han adquirido la nacionalidad, con una presencia especialmente significativa de latinoamericanos. La cifra deja de ser un dato abstracto cuando uno recorre las calles y pone rostro a esas estadísticas, cuando la voz del vecino lleva consigo la memoria de otro continente.

Hay discursos políticos que claman por una España que vuelva a ser “como antes”, pero intuyo que ese regreso es imposible, una nostalgia sin retorno. La natalidad, desplomada, no garantiza el reemplazo generacional; la falta de mano de obra en sectores clave —agricultura, industria, construcción, restauración, servicios, oficios artesanales— obliga a imaginar un país distinto. Nuestros hijos cursan estudios universitarios, acumulan másteres y especializaciones, y no conciben ocupar puestos de trabajo que consideren por debajo de su historial académico; aun así, las previsiones anuncian que harán falta entre 250 000 y un millón de inmigrantes al año, de aquí a 2050, para compensar el envejecimiento demográfico y sostener el frágil edificio de las pensiones. La generación boomer se está jubilando, y el sistema laboral está perdiendo en pocos años alrededor de diez millones de trabajadores: una retirada masiva que abre un hueco enorme en el tejido productivo. Las cifras hablan con brutal frialdad: para que el sistema no colapse, deberá llegar una marea constante de nuevos inmigrantes que alterará de raíz la fisonomía de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestras comarcas.

Si las previsiones no se tuercen, hacia 2050 la mitad de la población española será de origen foráneo, y los apellidos, las fiestas, los sabores y las lenguas dibujarán un mosaico irreconocible para quienes añoran una pureza perdida. Tal vez la única opción sensata sea ir acostumbrándonos, aprender a mirar este cambio no como una amenaza, sino como la forma concreta que adopta nuestro tiempo, el modo en que la historia, silenciosamente, se despliega en el colmado de la esquina.

jueves, 20 de noviembre de 2025

¿La ideología política está en nuestros genes?

¿Alguna vez te has preguntado por qué piensas como piensas en política? La creencia popular nos dice que nuestras ideas se forjan en el calor del hogar, en las aulas de la escuela y a través de las experiencias que nos marcan la vida. Sin embargo, una disciplina emergente llamada "genopolítica" está revelando una verdad mucho más compleja y sorprendente: nuestras inclinaciones políticas también tienen un fuerte componente biológico. Estos descubrimientos no solo añaden una nueva variable a la ecuación; desafían fundamentalmente nuestra percepción de la autonomía política y la forma en que construimos nuestra propia identidad.

Antes de explorar los hallazgos, es crucial aclarar un concepto clave: la heredabilidad (h^2). No se trata de un destino genético individual ni de que tus ideas políticas estén escritas en piedra. La heredabilidad es una medida estadística que se aplica a una población y representa la proporción de las diferencias observadas en un rasgo (como la ideología) que puede explicarse por las diferencias genéticas entre las personas. Piénsalo así: si la estatura en un pueblo varía, la heredabilidad nos dice qué parte de esa variación se debe a que la gente tiene genes diferentes para la altura, y qué parte se debe a diferencias en su nutrición. No nos dice que la altura de una persona esté 100% determinada por sus genes.

1. Más de la mitad de tus diferencias ideológicas podrían ser heredadas

Según múltiples estudios de gemelos a gran escala, la heredabilidad de la orientación política se sitúa consistentemente por encima del 50%. Un estudio incluso la cuantificó en un 56%.

Esto significa que, a nivel poblacional, las diferencias genéticas son el mayor predictor de la variación ideológica, superando a muchos otros factores que comúnmente consideramos determinantes. Es importante reiterar la cautela: esto no significa que la ideología de una persona esté "fijada" por sus genes. Más bien, sugiere que existe una fuerte predisposición biológica que nos inclina hacia ciertas formas de ver el mundo.

2. No existen "genes de derechas o de izquierdas", sino predisposiciones de personalidad

Pero ¿cómo funciona esta herencia? La respuesta no es tan simple como un "gen liberal" o un "gen conservador". En su lugar, la genética opera indirectamente, esculpiendo los cimientos mismos de nuestra personalidad. Las correlaciones más fuertes se han encontrado utilizando el modelo de los "Cinco Grandes" rasgos de la personalidad:

  • Liberalismo (Progresismo): Este perfil se asocia fuertemente con una mayor Apertura a la Experiencia(Openness to Experience), que se manifiesta en una alta curiosidad intelectual, una profunda sensibilidad estética y una tendencia a cuestionar las tradiciones y la autoridad. Este vínculo es intuitivo: el núcleo del liberalismo es el deseo de cambio social y nuevas formas de vida, lo que se alinea perfectamente con la curiosidad y la búsqueda de novedades inherentes a la Apertura. También se ha encontrado una correlación positiva con el rasgo de Compasión.
  • Conservadurismo: Se asocia con una mayor Responsabilidad (Conscientiousness), particularmente en su faceta de orden y organización, y con una mayor Sensibilidad al Asco (Disgust Sensitivity). La preferencia conservadora por la tradición, la estabilidad y las reglas morales claras encuentra su ancla psicológica en las facetas de orden y seguimiento de normas de la Responsabilidad.

Un fascinante ejemplo a nivel molecular es el gen del receptor de la oxitocina (OXTR). La oxitocina es a menudo llamada la "hormona del apego". Las personas con una variante genética específica (el alelo G) en este gen tienden a ser más empáticas y confiadas. Esta predisposición a la compasión puede ser la base biológica que las inclina hacia ideologías que priorizan el cuidado colectivo y la justicia social.

3. El ambiente de tu infancia influye menos de lo que crees en tu política de adulto

Este es uno de los hallazgos más contraintuitivos de la genética del comportamiento. Los estudios de gemelos, utilizando el modelo ACE (que descompone la varianza en factores Genéticos, Ambientales Compartidos y Ambientales No Compartidos), han revelado algo sorprendente: el "ambiente compartido" tiene una influencia mínima o nula en la ideología política de una persona en la edad adulta.

El "ambiente compartido" incluye todos esos factores que los hermanos criados juntos tienen en común: la educación de sus padres, el nivel socioeconómico de la familia, etc. Este es quizás el hallazgo más revolucionario de la genética del comportamiento moderna, ya que sugiere que los valores políticos que los padres intentan inculcar conscientemente en sus hijos tienen un impacto a largo plazo mucho menor que las experiencias de vida únicas e imprevisibles que moldean a cada hijo de manera diferente.

4. La influencia genética se vuelve más fuerte con la edad, no menos

Si el entorno familiar compartido pierde importancia, ¿qué ocupa su lugar? Paradójicamente, la influencia de nuestros genes no se desvanece, sino que se fortalece a medida que envejecemos, gracias a un proceso de autoselección activa.

La explicación a esta paradoja se encuentra en un concepto conocido como "construcción del nicho" o Correlación Genotipo-Ambiente activa. Los seres humanos no somos receptores pasivos de nuestro entorno. A medida que ganamos autonomía, buscamos y creamos activamente ambientes (amigos, carreras, fuentes de información) que se alinean con nuestras predisposiciones genéticas. Una persona con una alta Apertura a la Experiencia buscará amigos con ideas diversas, consumirá medios que desafíen sus preconceptos y elegirá una carrera que le permita explorar. Este proceso actúa como un ciclo de retroalimentación que refuerza y amplifica nuestras tendencias innatas a lo largo de la vida.

5. Tus experiencias pueden "encender" o "apagar" los genes que heredaste

La epigenética es el puente molecular que conecta definitivamente la "naturaleza" y la "crianza". Se trata de un conjunto de mecanismos que modifican la expresión de los genes sin alterar la secuencia de ADN en sí. Piensa en ello como interruptores que el ambiente puede encender o apagar.

Un ejemplo claro es el impacto del estrés en la vida temprana. Experiencias traumáticas pueden dejar una "huella molecular" o una "cicatriz" epigenética en los genes que regulan nuestra respuesta al estrés. Esta alteración no cambia el gen, pero sí su funcionamiento, lo que puede aumentar la vulnerabilidad a sufrir depresión en la edad adulta.

Pero aquí reside el hallazgo más esperanzador: a diferencia del código genético, que es inmutable, las marcas epigenéticas son reversibles. La ciencia está demostrando que nuestras acciones tienen un poder molecular real. Factores como un estilo de vida saludable, la meditación para reducir el estrés e incluso la psicoterapia —como la terapia cognitivo-conductual— pueden influir positivamente en nuestra epigenética, reajustando la expresión de los genes que heredamos. Esto no es una simple metáfora; es la prueba de que, aunque no elegimos nuestras cartas genéticas, sí tenemos una influencia significativa en cómo se juega la mano.

Conclusión: Un nuevo mapa para entendernos

La ideología política no es un simple producto de la crianza ni un destino escrito en nuestro ADN. Es el resultado de una interacción compleja y dinámica entre una fuerte predisposición biológica y el cúmulo de nuestras experiencias vitales únicas.

Es fundamental advertir de nuevo contra cualquier forma de determinismo. La ideología es un rasgo extremadamente poligénico: es el resultado de la influencia combinada de miles de variantes genéticas, cada una con un efecto minúsculo. La idea de un único "gen de la política" ha sido refutada.

Este nuevo entendimiento no ofrece respuestas fáciles, pero sí un nuevo mapa. Reencuadra los desacuerdos políticos no como meros fracasos de la lógica o el carácter de nuestros oponentes, sino como expresiones de diferencias temperamentales profundamente arraigadas y parcialmente biológicas. La pregunta crucial, entonces, se convierte en: Sabiendo que tu biología te predispone pero no te condena, ¿cómo podrías usar este conocimiento para entender mejor a quienes piensan distinto a ti?

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...