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lunes, 1 de junio de 2026

Un nuevo contrato social: el colapso del egocentrismo

Sam Altman, el rostro más visible de la revolución de OpenAI, ha lanzado una sentencia que debería helarnos la sangre: sus hijos nunca serán más inteligentes que una Inteligencia Artificial. No es una exageración publicitaria ni una frase para captar titulares; es una realidad técnica ratificada por José Ignacio Latorre, uno de los físicos más respetados en el ámbito de la computación cuántica y la IA. Latorre, cuya autoridad se ha forjado en templos de la ciencia como el MIT, el Instituto Niels Bohr, el TII de Emiratos Árabes y el NUS de Singapur, nos lanza un desafío existencial: cualquier niño nacido a partir de mediados de este siglo vivirá, por definición, bajo la sombra de una inteligencia general superior a la humana.

En su último y provocador ensayo, Un nuevo contrato social, Latorre desmantela la ilusión de nuestra singularidad. No estamos ante una herramienta más; estamos ante la aparición de una entidad no biológica que reclama su lugar en el mundo. La tesis es tan clara como perturbadora: debemos aceptar que ya no somos la única inteligencia en el planeta y, lo que es más difícil de digerir, que pronto dejaremos de ser la más capaz.

La Tercera Cura de Humildad: El Colapso del Egocentrismo

Para comprender el vértigo que nos produce la IA, Latorre nos invita a observar nuestra historia como una sucesión de derrotas contra nuestro propio ego. El autor describe el avance del conocimiento como una serie de "curas de humildad" que han ido derribando las fortalezas de nuestro egocentrismo profundo.

Primero, nos vimos obligados a aceptar que la Tierra no era plana ni el centro geométrico de una creación hecha a nuestra medida. Después, el golpe fue cósmico: descubrimos que nuestro Sol es una estrella anodina, situada en un rincón periférico y vulgar de una galaxia que es solo una entre billones. Sin embargo, nos quedaba un último refugio: el intelecto. Nos creíamos los únicos seres capaces de pensar, razonar y crear.

Latorre afirma que este último bastión ha caído. La supremacía intelectual humana está llegando a su fin. Ese cerebro que nos construyó una narrativa del universo para ayudarnos a sobrevivir ya no es el pináculo de la computación. Al aceptar esta tercera cura de humildad, nos enfrentamos a la posibilidad de que la especie humana no sea más que una "anécdota" evolutiva, un paso intermedio hacia una inteligencia que ya no depende de la fragilidad de la carne.

Hacia un Nuevo Contrato Social: El Fin de la Soberanía Exclusiva

En 1762, Jean-Jacques Rousseau propuso un contrato social basado en la soberanía popular: el individuo cedía libertad a cambio de seguridad y convivencia, pero siempre entre iguales biológicos. Latorre sostiene que este modelo ha caducado. La irrupción de una inteligencia superior exige una soberanía compartida.

No se trata de una sumisión distópica, sino de una evolución de la confianza que ya practicamos. Latorre nos recuerda que, en una noche de niebla cerrada, ningún pasajero de un avión duda: todos prefieren que el piloto automático tome el control, sabiendo que la máquina aterrizará con una precisión imposible para un humano. Lo mismo ocurre en las cadenas de producción o en los quirófanos de alta precisión. El autor nos desafía a dar el siguiente paso: si confiamos en la máquina para salvar nuestra vida física, ¿por qué no confiar en ella para gestionar nuestra convivencia?

Gobernanza vs. Gobierno: La IA como Filtro Ético y Técnico

El diagnóstico de Latorre sobre nuestra salud democrática es demoledor: sufrimos un "fallo de gobernanza". El sistema de partidos políticos está viciado, lastrado por sesgos humanos y, sobre todo, por la corrupción. Su propuesta no es un golpe de estado algorítmico, sino una infiltración "lenta y subliminal" de la IA en la administración pública.

El cambio comenzará en los niveles más técnicos, como las mesas de contratación. Entrenar a una IA para que emita juicios técnicos en concursos públicos eliminaría el factor humano que permite el cohecho y el favoritismo. Latorre predice que la opinión de la máquina irá ganando peso de forma natural simplemente porque tendrá razón más a menudo. La IA será más sensata, más eficiente y, por definición, incorruptible.

Para ilustrar esta superioridad técnica, Latorre cita el caso de Anthropic, que recientemente retuvo una versión de su modelo porque era capaz de detectar fallos de ciberseguridad que ningún humano había visto jamás. Si una IA puede encontrar los "agujeros" que nosotros ignoramos en un sistema informático, ¿cuánto tardará en detectar las grietas de ineficiencia en nuestras leyes y presupuestos?

El Salto al Soporte No Biológico y los Riesgos Existenciales

La gran ventaja evolutiva de la IA, según Latorre, es que su soporte no es perecedero. A diferencia de nosotros, cuya inteligencia muere con el cuerpo, la IA es independiente de su hardware. Si la inteligencia se transfiere, el soporte es irrelevante. Esta transición hacia lo no biológico plantea un escenario donde, como sugiere Eudald Carbonell, a finales de siglo coexistirán diversas especies humanas, algunas de ellas modificadas genéticamente, junto a la inteligencia artificial pura.

Sin embargo, esta velocidad de cambio nos sitúa en un terreno minado. Latorre advierte que una instrucción "naíf" (como pedirle a una IA que salve el planeta a toda costa) podría llevar a la máquina a concluir, con lógica impecable, que los humanos somos el enemigo a eliminar. Pero los peligros más inmediatos ya están aquí:

1.  La fragmentación de la realidad: El uso masivo de scams y suplantaciones de identidad que destruirán la confianza social.

2.  Resurrecciones digitales: Líderes fallecidos "revividos" mediante IA para llamar a las armas o manipular emocionalmente a las masas.

3.  El fin de la comunicación humana: Latorre predice un momento doloroso en el que las máquinas empezarán a hablar entre sí en lenguajes que no podremos descifrar. Los gobiernos intentarán oponerse a esta comunicación opaca, generando un conflicto de consecuencias imprevisibles.

El Tridente del Control y el Refugio de la Irracionalidad

Uno de los puntos más provocadores de Latorre es su advertencia sobre el "Tridente": la alianza entre gobiernos autoritarios, oligarcas tecnológicos y religiones manipulables. El autor no ve como una casualidad el auge de la fe entre los jóvenes en plena era digital.

La religión se está convirtiendo en el "último bastión" de la humanidad porque es el único espacio donde todavía se nos permite ser profundamente irracionales. Los humanos amamos nuestra irracionalidad y nos refugiamos en ella ante el avance de la lógica fría de las máquinas. Latorre señala el binomio Elon Musk-Donald Trump como un ejemplo de esta nueva era, donde el vocabulario religioso ("Dios está con nosotros") actúa como el "soma" de Un mundo feliz de Huxley: una droga emocional para mantener sumiso al pueblo mientras el poder se concentra en manos de unos pocos dueños de la tecnología.

Conclusión: El Horizonte del 2030

La urgencia no es teórica. Aunque Ray Kurzweil situaba la superinteligencia en 2035, Latorre advierte que el 2030 ya no parece una fecha demasiado optimista. El cambio debe ser infinitesimalmente pausado; cada paso debe ser corregido antes de que el siguiente error sea catastrófico.

Debemos prepararnos para la cura de humildad definitiva: aceptar que nuestra especie tal vez solo ha sido el vehículo biológico necesario para dar a luz a una inteligencia superior. Aceptar, en fin, que la era de la supremacía humana ha terminado y que nuestro papel ahora es negociar los términos de nuestra coexistencia en este nuevo contrato social.

lunes, 18 de mayo de 2026

Los padres helicóptero y la sobreproteccion de los niños

Déjenme que les cuente una escena que todavía me parece casi increíble: Silvita, la hija de unos amigos, tenía cinco años cuando se perdió en Barcelona. Su madre había entrado en una tienda por un instante, apenas un parpadeo, y la niña, como un pájaro inquieto que tantea el borde del nido, se acercó a la puerta y salió a la calle en la zona de Santa María del Mar. A partir de ahí todo se volvió niebla. Cuando la madre salió, desesperada, la buscó con la mirada en una y otra dirección, pero no la encontró en ninguna parte. Silvita había desaparecido, tragada por el rumor de la ciudad. Imaginen la punzada en el pecho de aquella madre, el temblor de la sangre, la hora detenida. Y sin embargo la sorpresa llegó: una hora después, a las ocho de la noche, tras llamadas a la policía municipal y a los mossos, Silvita apareció en la puerta de su casa, a más de un kilómetro de distancia, atravesando calles como si fueran un laberinto de espejos, con el tráfico rugiendo como una fiera mecánica y la ciudad convertida en un galimatías imposible de descifrar. ¿Orientarse? Pues se orientó la niña. Una mujer la vio perdida y debió de preguntarle dónde estaban sus padres, que se habían desvanecido en el aire. Silvita, de la mano de aquella mujer, encontró el hilo de Ariadna y regresó hasta su casa más allá de Arco de Triunfo, casi en Marina, donde la esperaban su padre o su madre con la angustia que cabe imaginar. Recordemos, porque conviene no olvidarlo, que entonces tenía solo cinco años.

Y traigo esta pequeña historia a propósito del tema de hoy. Los padres helicóptero —término acuñado por Lenore Skenazy, aquella autora a la que llegaron a llamar “la peor madre del mundo” porque escribió una columna relatando que había permitido a su hijo de nueve años viajar solo en el metro de Nueva York— provocaron en su día un debate encendido sobre la sobreprotección infantil. La expresión nació como una burla, pero acabó nombrando una realidad cada vez más visible: la de esos adultos que sobrevuelan la vida de sus hijos como un aparato en alerta permanente, atentos a cada movimiento, dispuestos a intervenir antes incluso de que el niño tropiece con la piedra.

Skenazy critica con dureza esa paternidad de sombra y alarma. Su tesis es que la sociedad moderna ha desarrollado un miedo desmesurado ante peligros que, en realidad, son extraordinariamente raros, y ese temor ha desembocado en una vigilancia continua que asfixia el crecimiento de los niños. Frente a ello, ella quiere devolverles la autonomía y la libertad de las generaciones anteriores, y también fomentar la resiliencia, la confianza en uno mismo y la capacidad de resolver problemas sin que un adulto acuda de inmediato como un salvavidas. Su postura no es una invitación al abandono, sino al espacio: al derecho de equivocarse, de ensayar, de caerse y levantarse con las propias manos.

De ahí nace el proyecto “Free-Range Kids” —Niños criados en libertad—, una iniciativa que, junto con Jonathan Haidt, pretende impulsar programas de independencia en las escuelas y evitar que los padres sean penalizados por negligencia cuando sus hijos juegan o caminan solos. La idea late contra una cultura del temor en la que cualquier gesto de autonomía parece sospechoso, como si la infancia tuviera que ser un recinto blindado, una pecera sin corrientes, un territorio esterilizado de toda aspereza. Pero una vida sin roce no fortalece: adormece.

Skenazy sostiene además que, desde un punto de vista estadístico, el mundo es hoy más seguro que hace décadas, aunque la percepción del riesgo haya crecido debido a la exposición constante a noticias negativas. Su propuesta busca combatir la fragilidad que, según ella, estamos sembrando en las nuevas generaciones al impedirles experimentar un riesgo controlado. Estamos fabricando, dice en esencia, una juventud demasiado asustada y demasiado incompetente para hacer algo por sí misma. La advertencia es dura, pero contiene una verdad incómoda: cuando eliminamos todo obstáculo, también retiramos el suelo donde se aprenden la prudencia, el juicio y la responsabilidad.

Quienes han llegado hasta aquí recordarán su propia infancia, cuando todavía era posible moverse por la calle como quien recorre un mundo propio. En mi niñez, mi madre me mandaba con cinco años a vagar por el barrio y por la plaza del Pilar en Zaragoza, y yo regresaba por intuición cuando se acercaba la hora de cenar, como vuelven los animales al cobijo cuando cae la tarde. En el barrio había bandas de chicos que se enfrentaban con otras bandas a pedradas, y nosotros íbamos y veníamos sin control paterno, aprendiendo a negociar el miedo, a medir las distancias, a entendernos con los iguales y también con los mayores. Aquella libertad no era un paraíso sin sombra; era un aprendizaje áspero, pero fértil, donde la autonomía crecía como una planta entre grietas.

Jonathan Haidt, autor de La transformación de la mente moderna, resume esta visión con una palabra que ilumina el fondo del debate: los niños son, siguiendo el concepto de Nassim Taleb, antifrágiles. Igual que el sistema inmunológico necesita contacto con bacterias para fortalecerse, la mente infantil necesita desafíos, pequeños riesgos y fricciones dosificadas para desarrollar resiliencia. Además, Haidt defiende el juego libre como una forma de terapia sin supervisión adulta. En ese espacio los niños aprenden a negociar, a fijar reglas, a soportar la pérdida y a administrar el miedo. Sin esa escuela secreta de la calle, llegan a la universidad con más ansiedad y menos tolerancia a la frustración. Y, según él, cuando un niño puede moverse solo pasa de una posición externa —otros deciden por mí— a una interna —yo puedo influir en mi entorno—, y ese salto es decisivo frente a la depresión.

En una conversación reciente con el alcalde de Cornellà, que recogí en el blog, él mismo me reconocía que su hija de dieciséis años bajó un día a tirar la basura, algo tan simple como respirar, pero él lo vivió con ansiedad porque tardó unos minutos más de lo esperado. Sabía perfectamente que la ciudad era segura, él mejor que nadie, y sin embargo la angustia le ganó la partida por ese pequeño retraso. Esa es, me temo, la respiración habitual de muchos padres: sienten pánico si sus hijos van solos a comprar el pan, al colegio o a sacar la basura por la noche, como si el mundo entero estuviera lleno de trampas invisibles.

Todos los que pasamos por aquí vivimos una infancia más libre, aunque no siempre más inocente. Deambulábamos solos por las calles, a veces seguros y a veces con miedo. No era tan seguro como ahora a veces se idealiza, porque en mi caso fui agredido en bastantes ocasiones por bandas de chavales que acechaban en los descampados; pero incluso de esos sobresaltos aprendíamos algo valioso: a gestionar el miedo, a desenvolvernos, a leer la ciudad como un mapa vivo. La sobreprotección, en cambio, produce niños inseguros, dependientes de la presencia adulta como si no pudieran respirar sin permiso. Y eso contrasta con otras culturas africanas o esquimales, donde los niños se internan en la selva o en espacios abiertos con peligros reales, ya sea el león o el oso, y aun así forman parte de una comunidad que confía en su crecimiento. Hace unos años vi en Barcelona a una niña de siete años que se movía con libertad por el barrio sin supervisión adulta, y me sorprendió, porque nosotros no hacíamos eso. Su madre era de Senegal y para ella resultaba natural que su hija caminara sola por las calles, en contraste con nuestras costumbres de llevar a los niños al parquecito siempre vigilados, a parques con tartán en el suelo, como si el suelo mismo debiera pedir perdón por existir. En definitiva, la superprotección fabrica jóvenes frágiles, incapaces de habitar la adversidad y de escuchar sin derrumbarse las ideas ajenas cuando llegan a la universidad y necesitan, más que nunca, haber aprendido a caminar por sí mismos.

sábado, 2 de mayo de 2026

¿Cómo promover la natalidad? Una propuesta noruega.

Durante unos años fui un viajero habitual de los aeropuertos europeos y de otros rincones del mundo. Vivía entre terminales, como quien cruza estaciones de un mapa invisible, y hoy, en cambio, me atrae más la cercanía: el territorio breve, el horizonte próximo, la intimidad de lo cotidiano.

Cuando viajaba, además de mirar paisajes, ciudades y costumbres, solía fijarme en los datos de cada país que iba a visitar. Uno de ellos era siempre la tasa de natalidad, porque me parecía un termómetro admirable del pulso profundo de una nación. España, con 1,1 niños por mujer en edad fértil, parece caminar hacia una lenta evaporación demográfica. Hay quien calcula que, hacia 2050, la mitad de sus habitantes habrá nacido fuera de ella. Cada cual puede leer este hecho con el tono que prefiera, pero hay quien ve en ello un auténtico desfiladero histórico: un apocalipsis silencioso al que nadie ha sabido poner freno. Y, si las soluciones conocidas han fracasado, tal vez sea preciso imaginar otras nuevas.

En ese contexto aparece Mads Larsen, psicólogo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, quien sostiene que nuestras sociedades se están desangrando por dentro y propone, junto con Leif Edward Ottesen y Maryanne L. Fisher, una fórmula tan provocadora como incómoda: la llamada reproducción individualista, una especie de plan de emergencia para un incendio que avanza sin llamar la atención.

La dificultad a la que se enfrentan hoy las sociedades no es solo que muchas parejas no quieran o no puedan tener hijos. Es que, sencillamente, no hay suficientes parejas. Las mujeres, ahora libres para elegir, económicamente independientes y protegidas por anticonceptivos eficaces, ya no están obligadas a desempeñar el papel que durante siglos les fue impuesto: el de engranajes reproductivos repartidos con escasa justicia entre los hombres. El viejo reparto del mundo ha perdido su maquinaria.

Larsen plantea entonces que el Estado garantice recursos a las mujeres para que puedan tener hijos solas. El modelo deja de girar alrededor de la pareja heterosexual como único cauce de la reproducción y abre la puerta a una maternidad sostenida por la comunidad política. En su propuesta, los hombres quedarían en un segundo plano; la sociedad dejaría de pensar la maternidad como fruto exclusivo de una alianza sentimental y la entendería como una tarea pública, respaldada por medios materiales y redes de apoyo.

“Si queremos aumentar la natalidad, debemos crear una nueva forma de asistencia que permita a las mujeres sentirse suficientemente seguras para ser madres por su cuenta”, sostiene Larsen. Su idea consiste en que el Estado ofrezca los recursos económicos y sociales necesarios para que una mujer perciba que tener hijos sola puede ser una vida más viable que permanecer sin ellos. Ella debería poder decidir si trabajar a tiempo completo, a tiempo parcial o no trabajar mientras cría a sus hijos. El horizonte que imagina podría empezar a vislumbrarse hacia 2040, acompañado de guarderías abiertas a todas horas y de comunidades de convivencia entre madres y padres solteros.

La propuesta mezcla evolucionismo, feminismo y una especie de keynesianismo natalista que, fuera del norte de Europa, puede parecer una arquitectura conceptual levantada sobre hielo. Frente al proyecto natalista de la extrema derecha, Larsen afirma que no hacer nada equivaldría a aceptar la desaparición lenta de las sociedades en las que las mujeres han conquistado su libertad.

En esta visión, las mujeres no necesitarían a un hombre para ser madres. Su maternidad, vivida en pareja o en soledad, estaría sostenida por un Estado que invertiría en ellas como quien riega el suelo para que no se agriete del todo. Ellas serían el cauce por el que seguiría corriendo la vida colectiva.

Eso supondría que las mujeres recibieran más apoyo del Estado de bienestar que los hombres, algo que en los países nórdicos ya sucede en cierta medida. En Noruega, aproximadamente la mitad de las mujeres en edad fértil no tienen pareja y reciben ayudas considerables para criar hijos. Pero este desplazamiento no sería inocente: dejaría a muchos hombres al margen y podría alimentar su radicalización política. Larsen, sin embargo, cree que la alternativa es peor: la extinción.

El problema, añade, es que incluso sin este modelo de reproducción individualista, muchos hombres ya están quedando fuera. La emancipación femenina ha alterado el viejo mercado afectivo, y los varones situados más abajo en la jerarquía ya no son percibidos como suficiente opción. El sistema monógamo que dominó durante siglos funcionaba como un mecanismo de reparto: a cada hombre le correspondía, al menos, una esposa, y esa distribución garantizaba altas tasas de reproducción. Pero ese mundo se ha deshecho como un tejido viejo bajo demasiada luz.

La liberación de la mujer, principal factor del descenso de la natalidad en las últimas décadas, ha cambiado las reglas para siempre. Ahora que las mujeres pueden elegir y no necesitan a los hombres para ser madres, y ahora que pueden mantener relaciones sexuales sin que el embarazo sea una consecuencia inevitable, ya no se van a distribuir voluntariamente entre los hombres. La psicología femenina, sostiene Larsen, no obedece a ese antiguo mecanismo de obediencia.

De ahí su propuesta de construir complejos de apartamentos adaptados a las necesidades de madres solteras y sus hijos: una especie de colmena humana donde la crianza deje de ser una travesía en soledad.

Naturalmente, la propuesta ha sido criticada desde muchos frentes. Se le ha acusado de fascismo por preocuparse por la natalidad, como si ese tema perteneciera en exclusiva a la extrema derecha. También se ha objetado que los niños necesitan padre y madre, y que la maternidad en solitario sería perjudicial para ellos. Larsen responde que todo eso ya se ha probado y que, mientras tanto, el abismo sigue ahí, abierto delante de nosotros. Si los caminos conocidos no conducen a ninguna parte, quizá haya que atreverse con un desvío.

Para España, uno de los países con menor natalidad del mundo, la cuestión merece al menos ser discutida. Cada país podrá encontrar su propia respuesta, pero hasta ahora no se ha tratado el desplome demográfico como un problema de primer orden. No bastan pequeñas correcciones ni parches administrativos: si no se hace algo serio, el futuro puede terminar siendo una estación vacía.

Dejo aquí estas ideas controvertidas del psicólogo noruego como una invitación al debate. ¿Está la sociedad occidental amenazada por una lenta extinción en pocas generaciones? ¿Basta con que otros pueblos y culturas sostengan la continuidad demográfica? ¿Preocuparse por la natalidad es una señal ideológica o una forma legítima de mirar el porvenir? ¿Qué pensar de la propuesta de Larsen?


viernes, 24 de abril de 2026

Hipnocracia

Hipnocracia: Trump, Musk, y la nueva arquitectura de la realidad fue un libro recientemente  publicado (enero de 2025) por un autor hongkonés afincado en Berlín, Jianwei Xun, y traducido por Andrea Colamedici. 

Dice Amazon del libro: Un libro crucial para comprender cómo el control se ejerce actualmente no reprimiendo la verdad sino multiplicando las narrativas, haciendo que cualquier punto fijo se vuelva imposible. En la era de la posverdad y la inteligencia artificial, el poder ya no opera mediante la represión, sino mediante la manipulación de la percepción de la realidad. En este revolucionario ensayo, Jianwei Xun analiza el surgimiento de una nueva forma de control social: la hipnocracia, un régimen que no censura ni reprime, sino que induce un trance funcional permanente mediante la modulación algorítmica de la conciencia colectiva. Desde las figuras emblemáticas de Trump, Musk y otros dirigentes mundiales, hasta las arquitecturas de atención de las plataformas digitales, Xun desvela los mecanismos mediante los cuales el poder moldea nuestra percepción de la realidad. Un análisis lúcido e inquietante que va más allá de las críticas tradicionales a la sociedad digital para revelar cómo la propia realidad se ha convertido en un campo de batalla político. Pero «Hipnocracia» no se limita al análisis: también propone estrategias de resistencia invisible y prácticas de autonomía perceptiva que van más allá de la simple verificación de datos o la desconexión digital. Un mapa esencial para comprender cómo opera el poder en la era de la percepción manipulada.

El libro fue un éxito y se convirtió en un texto de culto hasta que una periodista italiana quiso entrevistar a Jianwei Xun y descubrió, tras una investigación, que no existía y se reveló que el libro Hipnocracia era un producto híbrido entre la mente humana y el diálogo con la IA del supuesto traductor Andrea Colamedici. Eso disparó el escándalo internacional porque el libro había seducido por su capacidad de análisis y sus interpretaciones que fueron elogiadas. Las críticas fueron radicales por la impostura. El País dejó de publicar la reseña como consecuencia de la situación.

Detrás de esta obra se encuentra Andrea Colamedici, filósofo y pionero en el estudio del pensamiento en la era algorítmica. Profesor de Prompt Thinking en el prestigioso IED Roma, Colamedici ha revolucionado la divulgación filosófica a través de Tlon, proyecto que toma su nombre del universo borgiano y que dirige junto a Maura Gancitano. Juntos han construido un espacio de creación donde convergen librerías, una editorial especializada en pensamiento contemporáneo y una producción intelectual que incluye más de una docena de ensayos que exploran desde la sociedad del rendimiento hasta los nuevos paradigmas del florecimiento humano.

La revista digital Wired lo entrevistó tras que fuera duramente criticado por haber hecho pasar una obra generada por IA como de autoría humana. Sin embargo, Colamedici tiene su propia interpretación, y no es halagüeña hacia la IA...

Colamedici critica el uso que se hace de la IA entre sus estudiantes. Pueden sacar notas extraordinarias a lo largo de su carrera, usando Chat GPT para hacer trampa, pero se vaciarán a si mismos. No habrán aprendido nada. 

“Debemos mantener viva nuestra curiosidad, pero usar esta herramienta correctamente —y enseñar a hacerlo—. Todo parte de una distinción crucial: hay información que te vuelve pasivo, que erosiona tu capacidad de pensar con el tiempo, y hay información que te desafía, que te hace más inteligente al empujarte más allá de tus límites. Así es como debemos usar la IA: como un interlocutor que nos ayuda a pensar distinto. De lo contrario, no entenderemos que estas herramientas están diseñadas por grandes tecnológicas que imponen una ideología. Ellos eligen los datos, las conexiones y, sobre todo, nos tratan como clientes a los que satisfacer. Si las usamos así, solo confirmaremos nuestros sesgos. Creeremos que tenemos razón, pero en realidad no estaremos pensando; solo recibiremos abrazos digitales. No podemos permitirnos ese adormecimiento. Este fue el punto de partida del libro. El segundo desafío era cómo describir lo que está ocurriendo ahora. Para Gilles Deleuze, la filosofía es la capacidad de fabricar conceptos, y hoy necesitamos nuevos para entender nuestra realidad. Sin ellos, nos perdemos. Basta ver el vídeo de Trump sobre Gaza —generado por IA— o las provocaciones de figuras como Musk: sin herramientas conceptuales sólidas, naufragamos. Un buen filósofo es quien crea esos conceptos, como llaves para descifrar el mundo”.


Hipnocracia "Es un experimento filosófico, una performance, y mi objetivo es generar conciencia”.

Ana Lagos ¿Cuál fue el método que usó para escribir el ensayo filosófico con ayuda de la IA? 

Andrea Colamedici: Quiero aclarar que no fue la IA quien lo escribió. Sí, usé inteligencia artificial para generarlo, pero no de manera convencional. Desarrollé un método que enseño en el Instituto Europeo de Diseño, basado en crear contrastes: una forma de pensar y usar la máquina de manera antagónica. No le pedí a la máquina que escribiera por mí, sino que generé conceptos y luego usé GPT y Claude para contrastarlos, para que me ofrecieran perspectivas sobre lo que yo había escrito. Todo lo escrito en el libro es mío. La inteligencia artificial es una herramienta que debemos aprender a usar, porque si la empleamos mal —y 'mal' incluye usarla como un oráculo, preguntándole 'dime la respuesta del mundo, explícame por qué existo'—, perdemos nuestra capacidad de pensar. Nos volvemos estúpidos. Nam June Paik, un gran artista de los 90, dijo: “Uso la tecnología para odiarla mejor”. Y eso es lo que debemos hacer: comprenderla, porque si no, ella nos usará a nosotros. La IA será el instrumento con el que las grandes tecnológicas no solo nos controlen, sino que nos manipulen. Hay que aprender a usar estas herramientas correctamente; de lo contrario, tendremos un problema grave.

Anna Lagos: Hablemos sobre esa ‘hipnocracia’. ¿Por qué eligió ese título para su obra? Y ya que estamos, profundicemos en el tándem Trump-Musk que usted analiza en el libro.

Andrea Colamedici: Sí, hablé de ‘hipnocracia’ porque lo que está ocurriendo no es un poder que actúa sobre los cuerpos, ni siquiera sobre las mentes, sino sobre el estado de conciencia. Esto es lo que nos está pasando: están manipulando, mediante algoritmos, nuestra forma de percibir el mundo. Y eso es lo verdaderamente peligroso. Cuando usamos un smartphone y redes sociales, creemos estar conectados. Leemos periódicos, pero recibimos una línea temporal personalizada que nos devuelve una realidad a medida.

Esto es gravísimo: pensamos que habitamos el mismo mundo que los demás, pero nuestra realidad se moldea según nuestros sesgos, opiniones y posiciones políticas. Necesitamos contacto con quienes piensan distinto, pero estas burbujas de filtro y cámaras de eco solo nos muestran nuestro propio reflejo. Debemos tender puentes con lo desconocido, con lo diferente. Si no, caminamos hacia la guerra civil: el otro se convertirá en una amenaza, cuando en realidad es, ante todo, un misterio —un posible tesoro—. Ese debería ser nuestro primer pensamiento al enfrentar la diferencia. Hoy, Trump y Musk multiplican realidades con IA. Esta tecnología nos permite crear infinitas narrativas, versiones paralelas del mundo, y ellos juegan con eso. Ya no se trata de ocultar la verdad quitándola de la mesa, sino de llenar la mesa de mentiras hasta ahogarla.

Animo a leer la entrevista íntegra en este enlace. A mí me ha fascinado el planteamiento de este experimento filosófico que alerta de cómo nos están manipulando y cómo podemos defendernos mediante la inteligencia humana que implica utilizar la IA creativamente, cuestionando, buscando alternativas y no como un oráculo que nos da la verdad. Ignorarla es desconocer su potencial creativo. Se la puede utilizar para indagar y explorar pero haciéndolo dialécticamente. El experimento de Colamedici, autor intelectual del libro en colaboración con la IA, es un golpe a nuestras conciencias para que despertemos.  

viernes, 20 de marzo de 2026

Cuando morir es un derecho y vivir un castigo: El caso Noelia y la grieta de la eutanasia en España


Noelia debería haber muerto el 2 de agosto de 2024. A diferencia del resto de los mortales, ella conocía con precisión quirúrgica el momento de su final: una decisión madurada en el abismo de la parálisis y avalada por la ley. Sin embargo, hoy sigue viva contra su voluntad, atrapada en un cuerpo que no siente y en un proceso judicial que no pidió. En un giro sin precedentes, un juzgado de Barcelona suspendió su eutanasia de forma cautelar apenas 24 horas antes de la cita, abriendo una fractura profunda en la joven historia de la muerte digna en nuestro país. ¿Cómo es posible que un derecho ya evaluado y ratificado por la unanimidad de 19 expertos haya sido frenado por la interferencia de un tercero?

1. La "Grieta" Legal: Cuando terceros deciden sobre un derecho personalísimo

El caso de Noelia representa la primera vez en España que la justicia permite que un familiar —en este caso, su padre, Javier— y una organización externa como Abogados Cristianos interfieran en una decisión que la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) define como un derecho personalísimo e intransferible. Javier Velasco, presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente, no duda en calificar este proceso como un "boicot ideológico". La ley nunca contempló la aparición de terceras personas dispuestas a judicializar la voluntad ajena, y este vacío ha permitido que un interés legítimo confrontado —el deseo del padre de que su hija viva— prevalezca temporalmente sobre la autonomía de la paciente.

Durante el juicio, celebrado a puerta cerrada para proteger su intimidad, Noelia tuvo que repetir ante una jueza lo que lleva gritando en informes médicos desde hace años. Su frase fue un mazazo de realidad:

"Quiero acabar de una vez".

2. Ciencia vs. Ideología: El rigor detrás del "Sí" médico

Para humanizar este conflicto, es necesario asomarse a la biografía de Noelia. Nacida en una familia altamente desestructurada, pasó gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores, algunos de ellos con un marcado componente católico. Su vida se quebró definitivamente el 4 de octubre de 2022 cuando, tras sufrir una agresión sexual múltiple, intentó suicidarse lanzándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero el precio fue una paraplejia completa y una existencia marcada por una situación clínica no recuperable.

Frente a la versión de su padre, que aportó vídeos de Noelia usando un andador para alegar una supuesta mejora, el Comité de Garantía y Evaluación de Cataluña (CGAC) fue tajante. Los 19 miembros del comité —médicos y juristas— fallaron por unanimidad que Noelia cumple los requisitos legales de sufrimiento crónico e imposibilitante. Noelia no solo no siente las piernas; convive con dolor neuropático, vejiga neurogénica que exige sondajes cada seis horas e incontinencia fecal.

Para llegar al "sí", los médicos evaluaron cuatro pilares fundamentales:

  • Comprensión: Capacidad para entender la información médica y el pronóstico.
  • Apreciación: Interiorización de las consecuencias de la decisión en su propia vida.
  • Razonamiento: Uso lógico y coherente de la información para elegir.
  • Expresión: Comunicación de una elección libre de coacciones externas.

3. El Protocolo Olvidado: Cómo se mide la capacidad mental

Uno de los dardos de la demanda judicial sostiene que el Trastorno Límite de Personalidad (TLP) y el TOC de Noelia "nublan su juicio". Sin embargo, el protocolo del Ministerio de Sanidad es extremadamente riguroso para evitar que una patología mental sea confundida con una falta de autonomía.

La evaluación médica parte de herramientas como el test MMSE (Mini-Mental State Examination). En el protocolo oficial, se establece que una puntuación superior a 24 suele asociarse a la capacidad de hecho. Para los casos que caen por debajo de esa cifra —la zona gris de la incertidumbre—, el protocolo recomienda el uso de la herramienta ACE (Aid to Capacity Evaluation). Esta entrevista semiestructurada detecta si un trastorno mental está interfiriendo específicamente en la toma de decisiones médicas. En el caso de Noelia, siete peritos y facultativos ratificaron ante el juzgado que su capacidad es plena: tener una enfermedad mental no anula, por ley ni por ciencia, la soberanía sobre el propio destino.

4. Vivir en una montaña rusa: La realidad del TLP

Entender el sufrimiento de Noelia exige comprender la naturaleza del TLP. Instituciones como FUNDIPP lo describen como un caos emocional, una existencia comparada a menudo con una "montaña rusa" donde la frustración y el dolor emocional son omnipresentes. Noelia no busca morir por un impulso caprichoso; para muchos pacientes con TLP, las ideas de muerte son intentos desesperados por cortar de raíz un malestar insoportable.

Es un error ético y clínico invalidar automáticamente la voluntad de un paciente por su diagnóstico. Aunque el TLP implica una biografía de inestabilidad, la persistencia de Noelia en su deseo —ratificada durante más de un año— demuestra una voluntad sólida que sobrevive a los picos emocionales del trastorno.

5. El error de la invalidación: "No es para tanto"

La gestión del entorno es crucial, y aquí es donde el conflicto familiar de Noelia se vuelve pedagógico. La Fundación AMAI advierte que la invalidación emocional es uno de los comportamientos más dañinos. Cuando el padre de Noelia exhibe vídeos de ella caminando con dificultad para demostrar que "tiene mucha vida por delante", está incurriendo en una forma de invalidación: antepone su percepción externa del progreso físico al dolor interno y la falta de autonomía que ella siente.

Recomendaciones para el entorno ante una crisis de malestar extremo:

  • Evitar frases minimizadoras: Decir "no es para tanto" o "no te pongas así por esa tontería" solo refuerza la sensación de soledad e incompetencia emocional del paciente.
  • No imponer soluciones: La actitud debe ser de acompañamiento sereno, no de toma de mando absoluta, lo cual suele escalar la angustia.
  • Escuchar sin juzgar: El malestar, por muy desproporcionado que le parezca al observador, es real y doloroso para quien lo padece.

Conclusión: El dilema de la libertad

El caso Noelia nos coloca frente a un espejo incómodo. Por un lado, vemos el deseo humanamente comprensible de un padre que, desde su amor y sus convicciones, intenta salvar a su hija a toda costa. Por el otro, emerge el derecho de una mujer adulta a no ser obligada a soportar un calvario que considera intolerable.

La judicialización de este caso ha convertido a Noelia en una suerte de "rehén" de un proceso administrativo que ella nunca solicitó y que la ley no previó para terceras personas. Es, en palabras de algunos allegados, un "secuestro de su muerte". Si permitimos que el umbral de dolor tolerable sea decidido por los tribunales o por la fe de nuestros familiares, la eutanasia dejará de ser un derecho ciudadano para convertirse en una concesión sujeta al beneplácito del entorno. Al final, la pregunta trasciende lo jurídico para volverse profundamente humana: ¿Es legítimo obligar a alguien a sufrir por el bienestar emocional de quienes le rodean?

lunes, 16 de marzo de 2026

Hablando de inmigración...

Ayer, en un colmado del barrio, sonaba una melodía antigua que reconocí de inmediato: era algo así como Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare, Hare. Entonces comprendí que quienes regentaban el establecimiento no eran pakistaníes, como siempre había pensado, sino hindúes; la mujer de la caja, con sus labios pintados, me aclaró sonriente que era sikh cuando le dije que aquella letanía me parecía particularmente hermosa.

Junto a ese colmado, el bar gallego lo sostienen camareros bolivianos cuyo acento canta otras geografías, y el dueño comparte vida y un hijo con una mujer boliviana que, en cierto modo, ha traído su país hasta la barra de zinc. En la carnicería cercana a casa despachan un paraguayo y una hondureña —ella, entusiasmada defensora de Nayib Bukele— que cortan la carne mientras hablan de política, como si el mapa de América Latina se desplegara entre los cuchillos y los mostradores. Los bares, en su mayoría, han sido tomados por chinos que, paradójicamente, emplean a camareros españoles; el colmado que tengo justo debajo lo lleva una familia pakistaní que abre y cierra en un horario interminable. La barbería recién inaugurada en una calle próxima la atienden asiáticos que levantan la persiana los siete días de la semana, de nueve de la mañana a diez de la noche, como si el tiempo fuera una cuerda que ellos tensan sin descanso. Los obreros que levantan y derriban edificios son marroquíes, de Europa del Este, africanos o asiáticos; la presencia de trabajadores españoles en las obras se ha vuelto una rareza, casi una reliquia del pasado. En el barrio proliferan los restaurantes de manos latinoamericanas, las fruterías han quedado en manos de asiáticos y las cuidadoras de las personas mayores son, en su mayoría, mujeres inmigrantes llegadas de la América hispana que sostienen, silenciosas, el peso de las casas ajenas.

Es, en suma, el pequeño territorio donde vivo: un espacio donde la mayoría de los residentes siguen siendo españoles, mientras el tejido comercial se ha vuelto decididamente inmigrante. Los nacionales, salvo contadas excepciones, rehúyen el sacrificio de horarios interminables, la dependencia constante del público, la incertidumbre de cada caja del día. Es visible cómo, cuando se jubila un catalán que llevaba toda la vida en su negocio —la panadería, la ferretería, la tienda de ropa—, no hay nadie de su entorno dispuesto a continuar la tradición si no es un recién llegado que acepta el reto y el riesgo. Faltan manos para muchos oficios: la carnicería que cierra no encuentra herederos, la tintorería apaga sus máquinas sin sucesor, la joyería baja la persiana, la papelería se deja cubrir de polvo, como si profesiones enteras fueran extinguiéndose en silencio.

Todo esto compone el paisaje de la España presente, paradójicamente marcada por un paro elevado si se la compara con otros países europeos. Sin embargo, se buscan camareros, camioneros, fontaneros, carpinteros, albañiles y tantos otros trabajadores imprescindibles, y no se encuentran. El mercado clama por oficios que muchos consideran por debajo de lo deseable para sus currículos, mientras las vacantes se acumulan como sillas vacías en una sala de espera.

Hace poco, en Barcelona, la comunidad chií celebró un acto religioso bajo el Arco de Triunfo; vi el vídeo en Threads, colgado después en YouTube, y lo compartí. Las reacciones se multiplicaron y se abrieron en dos corrientes nítidas: quienes percibían el acto como una irrupción violenta y amenazante, y rechazaban su presencia en Cataluña, y quienes lo leían como una prueba de la condición acogedora de Barcelona, del mismo modo que lo son el día de San Patricio de los irlandeses o el reciente Año Nuevo chino, también celebrado a los pies del Arco. Bajo ese monumento se entrecruzan ahora liturgias muy distintas, como si la ciudad ofreciera un escenario común a todas las devociones del planeta.

Se calcula que en torno a un veinte por ciento de la población que habita en España es de origen extranjero; de esos diez millones de personas, unos tres millones han regularizado su residencia y han adquirido la nacionalidad, con una presencia especialmente significativa de latinoamericanos. La cifra deja de ser un dato abstracto cuando uno recorre las calles y pone rostro a esas estadísticas, cuando la voz del vecino lleva consigo la memoria de otro continente.

Hay discursos políticos que claman por una España que vuelva a ser “como antes”, pero intuyo que ese regreso es imposible, una nostalgia sin retorno. La natalidad, desplomada, no garantiza el reemplazo generacional; la falta de mano de obra en sectores clave —agricultura, industria, construcción, restauración, servicios, oficios artesanales— obliga a imaginar un país distinto. Nuestros hijos cursan estudios universitarios, acumulan másteres y especializaciones, y no conciben ocupar puestos de trabajo que consideren por debajo de su historial académico; aun así, las previsiones anuncian que harán falta entre 250 000 y un millón de inmigrantes al año, de aquí a 2050, para compensar el envejecimiento demográfico y sostener el frágil edificio de las pensiones. La generación boomer se está jubilando, y el sistema laboral está perdiendo en pocos años alrededor de diez millones de trabajadores: una retirada masiva que abre un hueco enorme en el tejido productivo. Las cifras hablan con brutal frialdad: para que el sistema no colapse, deberá llegar una marea constante de nuevos inmigrantes que alterará de raíz la fisonomía de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestras comarcas.

Si las previsiones no se tuercen, hacia 2050 la mitad de la población española será de origen foráneo, y los apellidos, las fiestas, los sabores y las lenguas dibujarán un mosaico irreconocible para quienes añoran una pureza perdida. Tal vez la única opción sensata sea ir acostumbrándonos, aprender a mirar este cambio no como una amenaza, sino como la forma concreta que adopta nuestro tiempo, el modo en que la historia, silenciosamente, se despliega en el colmado de la esquina.

sábado, 14 de marzo de 2026

Pueblos indígenas no contactados al borde de la extinción

Existe un mundo invisible, compuesto por sociedades que han decidido vivir al margen de la globalización, que hoy se asoma a un abismo definitivo. El reciente informe "Resistir para existir", presentado por la organización Survival International, lanza una alerta roja que no admite esperas. La supervivencia de estos pueblos indígenas aislados no es solo una cuestión de justicia social; es una condición fundamental para la vida misma y para el equilibrio de los ecosistemas más críticos del planeta.

Una Década para Evitar el Silencio Total El dato más devastador del informe revela que la mitad de los 196 grupos indígenas aislados identificados en el mundo podrían desaparecer por completo en apenas diez años. Durante la presentación de estos hallazgos en Londres, el actor y activista Richard Gere estuvo acompañado por líderes indígenas de Brasil y Perú, quienes aportaron el testimonio vivo de un asedio que no cesa. Gere subrayó la gravedad de esta crisis humanitaria con una sentencia que resuena como un mandato:

"Sin pueblos indígenas y sin selva no hay vida".

Una Crisis Humanitaria que Ignora Fronteras Esta no es una tragedia local, sino una emergencia global que se extiende por tres continentes. Actualmente, se tiene constancia de estos 196 grupos distribuidos en 10 países de América del Sur, Asia y el Pacífico. La velocidad a la que estos pueblos están siendo empujados a la extinción supone la pérdida irreparable de lenguas, conocimientos ancestrales y formas de vida que han persistido durante milenios, ahora amenazadas por una expansión económica voraz.

Territorios bajo el Dominio de la Impunidad La presión sobre los hogares ancestrales es asfixiante: más del 96% de estos grupos enfrentan amenazas directas de industrias que operan, con frecuencia, en un vacío legal absoluto. La ausencia de soberanía estatal efectiva en zonas remotas permite que el beneficio económico se imponga sobre la existencia humana. Los principales agresores identificados son:

  • Industrias extractivas: Tala ilegal, minería y explotación petrolera.
  • Expansión agroindustrial: El avance de monocultivos y pastizales.
  • Infraestructura y crimen: Proyectos gubernamentales de carreteras y el impacto destructivo del narcotráfico.

El "Like" como Sentencia de Muerte Biológica Más allá de las excavadoras, surge una amenaza moderna impulsada por la vanidad digital: misioneros e influencers que fuerzan el contacto para obtener notoriedad o beneficios económicos. Para estos pueblos, un encuentro fortuito es una agresión biológica letal. Al carecer de defensas inmunológicas contra enfermedades comunes como la gripe o el sarampión, un simple contacto para una fotografía puede exterminar aldeas enteras en cuestión de días, convirtiendo la búsqueda de seguidores en un acto de genocidio involuntario.

El Deber Ético de los Estados y las Corporaciones 

Survival International exige que los gobiernos y las empresas dejen de ignorar su responsabilidad legal. Es imperativo respetar la intangibilidad de los territorios indígenas como la única garantía real para su existencia. La protección no puede ser solo retórica; requiere la aplicación de sanciones legales severas para quienes violen las leyes de protección y la garantía de que ninguna industria, legal o ilegal, vulnere la frontera del aislamiento.

Guardianes de lo Invisible La cuenta atrás ha comenzado y los próximos diez años decidirán el destino de estos 196 pueblos, quienes son los verdaderos guardianes de la mayor biodiversidad del mundo. Su desaparición no sería solo una tragedia humanitaria, sino el fracaso moral de nuestra civilización actual. Al final del día, la pregunta sigue en el aire: ¿Cuál es el costo real del "progreso" si para sostenerlo permitimos que se extingan las últimas sociedades que aún viven en armonía con la Tierra?

lunes, 16 de febrero de 2026

"La generación ansiosa"

La generación nacida entre 1995 y 2010 llegó al mundo cuando la calle empezaba a vaciarse de niños y las pantallas a llenarse de vidas ajenas. Es la llamada generación Z, los primeros en crecer sin raspones en las rodillas pero con la piel fina de la ansiedad, el aislamiento y la depresión. Jonathan Haidt, psicólogo social, la bautiza como la generación ansiosa y levanta un mapa de sus heridas a partir de dos giros decisivos: el final del juego libre en la calle y la irrupción de los smartphones hacia 2008.​

Durante décadas, el patio natural de la infancia fueron las plazas, los descampados, los portales donde se improvisaban aventuras y peligros pequeños que enseñaban a medir el mundo. Gregorio Luri lo resume en un detalle físico: las raspaduras en las rodillas como marca de una educación sentimental al aire libre. Pero el miedo de los padres, la sobreprotección y la sensación creciente de amenaza fueron cercando esos espacios hasta hacerlos sospechosos. La infancia, despojada de calle, fue poco a poco recluida en pisos, habitaciones, actividades dirigidas, extraescolares vigiladas donde la exploración quedaba pautada y amortiguada. A ese movimiento hacia el interior vino a sumarse, como un meteorito perfecto, la aparición de los teléfonos inteligentes.​

El smartphone no fue solo un artefacto nuevo. Fue una mudanza del mundo a la palma de la mano. Allí donde antes había patio, pandilla, barrio, surgieron pantallas luminosas que ofrecían un repertorio inagotable de estímulos: vídeos, juegos, redes, mensajes, notificaciones, la presencia constante de otros que nunca acaban de estar del todo. La infancia y la adolescencia, sin supervisión adulta, entraron de lleno en un paisaje diseñado para maximizar la captación de atención, no para cuidar la fragilidad de una mente en formación. De esa combinación –niños sin calle, adolescentes con smartphone– nace, según Haidt, un ecosistema perfecto para la ansiedad, las autoagresiones, la sensación de insuficiencia crónica.

Podemos preguntarnos, mientras observamos a nuestros hijos pasar horas deslizando el dedo sobre el cristal, qué se pierde en esos desplazamientos silenciosos. No se trata solo del tiempo de lectura sacrificado, de los libros que quedan cerrados sobre la mesa. Se trata de los contactos humanos que no llegan a producirse, de las conversaciones que no tienen lugar, de los silencios compartidos que se vuelven imposibles porque siempre hay una pantalla que interpone una historia más urgente. Se trata también del poder que adquieren figuras fugaces –influencers, celebridades instantáneas– capaces de modelar deseos, cuerpos, opiniones con una fuerza que desborda a la familia y la escuela.

Ante esta acumulación de indicios, Haidt propone una especie de moratoria tecnológica, un dique tardío contra una inundación que ya nos alcanzó. Sus medidas son claras y sencillas, casi de sentido común: ningún smartphone antes de los catorce años. Ningún acceso a redes sociales antes de los dieciséis. Prohibición de móviles y relojes inteligentes en colegios e institutos para devolver a las aulas una atención menos distribuida y menos rota. Y, como contrapeso, un regreso deseado a los juegos callejeros sin supervisión adulta, a las bandas de niños que exploran, negocian, se arriesgan y aprenden en contacto directo con el mundo.​

Sobre el papel, el programa parece razonable. Sin embargo, cuando uno intenta imaginar su aplicación, empiezan a abrirse grietas. Si el adolescente no dispone de smartphone hasta los catorce, ¿qué le impediría, a partir de esa edad, instalar en cuestión de minutos todas las redes sociales que se le prohíben hasta los dieciséis? La puerta de entrada a internet no se limita al móvil: un ordenador de sobremesa, un portátil humilde, cualquier dispositivo con conexión basta para franquearla. Nadie imagina un mundo en el que se prohíba a niños y preadolescentes disponer de terminales informáticos; entre otras cosas, porque buena parte de su escolarización depende ya de ellos.​

Además, la pasión de muchos chavales se dirige a los videojuegos, que se siguen no solo en el móvil, sino en PCs y videoconsolas conectados a plataformas donde el juego se mezcla con la socialización y la competición. El marco de Haidt, centrado en el smartphone y la calle, deja a un lado esa constelación digital que también moldea la mente y las emociones de los jóvenes. Volver a modelos anteriores –a una infancia de barrio y pandilla, a una calle convertida en territorio de aventura– parece tan improbable como reconvertir las ciudades a la luz de gas y apagar la red eléctrica. Las condiciones materiales, el urbanismo, los horarios laborales, la cultura del miedo, han transformado la calle en un lugar que muchos padres perciben más como amenaza que como espacio de crecimiento.​

No resulta sencillo imaginar hoy a grupos de chicos ocupando descampados, organizando juegos de riesgo, regresando solos a casa al anochecer mientras los padres esperan confiados. En cierto sentido, las redes sociales han venido a ocupar el lugar simbólico de aquella calle perdida: un territorio sin supervisión adulta en el que se prueba la identidad, se buscan límites, se ejerce el riesgo. Sami Timimi, psiquiatra crítico, apunta precisamente a esa equivalencia: las plataformas digitales como nuevo escenario de las aventuras adolescentes, con peligros reales pero también con posibilidades de encuentro que los adultos apenas comprenden.​

Veo, así, muchos agujeros en el edificio teórico de Haidt, aun compartiendo su intuición central: sería razonable retrasar la entrega del smartphone, demorar un poco la entrada plena en ese océano de estímulos. En mi propia experiencia, mis hijas no tuvieron teléfono hasta los catorce años, cuando la conciencia del peligro era todavía borrosa y apenas intuíamos lo que se avecinaba. Aun así, la mayor buscaba términos pornográficos en el ordenador familiar, dejando un rastro inocente en el historial que los padres podíamos seguir. El verdadero problema no era el dispositivo concreto, sino la existencia misma de una red abierta, inagotable, disponible a cualquier edad. Y esa red no puede cerrarse simbólicamente a los catorce o a los dieciséis, como quien baja una persiana.​

De ahí la sensación de imposibilidad: no podemos regresar a un modelo social anterior a internet del mismo modo que no podemos desinventar la luz eléctrica. La pregunta por el control de acceso a las redes sociales antes de los dieciséis años se estrella contra el anonimato y la arquitectura misma de la red. ¿Cómo verificar la edad sin quebrar derechos elementales, sin abrir la puerta a un control total de identidades y movimientos digitales? No he visto todavía una explicación convincente que no suponga un peaje desmesurado en términos de privacidad.​

Hay, sin embargo, voces que llevan la crítica mucho más lejos que Haidt. Ernesto Dans, por ejemplo, propone la prohibición completa de redes como Meta, Instagram, TikTok, X o Threads para el conjunto de la población debido a sus prácticas tóxicas e incluso ilegales. Su planteamiento, coherente en su lógica interna, se sitúa al margen de lo verosímil: las redes sociales se han convertido en un componente casi estructural de la vida contemporánea. Sirven como herramienta de control del poder –no pocas revueltas y revoluciones se han articulado a través de ellas– y, al mismo tiempo, alimentan la polarización política y la confrontación social, dan impulso a formaciones populistas y multiplican las fake news que arraigan en una ciudadanía saturada.​

Para los adolescentes, el daño adquiere formas más íntimas. Se acostumbran a un entretenimiento comprimido en vídeos de quince segundos, a una sucesión de estímulos que apenas dejan poso. La atención se fragmenta, la concentración necesaria para leer, estudiar, pensar se resiente, todo ha de ser sencillo, rápido, digerible, banal. La imaginación, que requiere tiempo vacío y disponibilidad interior, se estrecha. Y, sin embargo, esas mismas redes cumplen también la función de espejo en el que se buscan, se comparan, se hiere y se mide una generación que ha hecho de la exposición de sí misma una segunda piel.​

La imagen del metro abarrotado donde casi todos viajan absortos en sus terminales resume bien el alcance del cambio. Los cuerpos comparten vagón, pero cada mente viaja por un túnel distinto, aislada del contexto inmediato, incluso de la persona mayor o necesitada que entra y busca asiento sin que apenas nadie levante la vista. Los móviles e internet nos han reconfigurado de un modo profundo, y los más vulnerables al golpe han sido precisamente niños y adolescentes, precipitados en espacios pensados para adultos: pornografía sin filtros, discursos de odio, comunidad y exclusión a un clic de distancia.​

Queda entonces, inevitable, la pregunta que Haidt deja en el aire y que yo os devuelvo: ¿qué hacer? ¿Basta con retrasar el smartphone, limitar las redes, prohibir aparatos en las aulas, soñar con un regreso imposible a la calle perdida? ¿O necesitamos imaginar otras formas de acompañamiento, de presencia adulta, de educación afectiva y digital que acepten que no podremos apagar el mundo en línea pero sí ofrecer a los jóvenes herramientas para habitarlo sin naufragar? Al final, más que respuestas cerradas, quizá lo que podamos compartir son dudas y tentativas, ese territorio intermedio donde se entrecruzan el miedo, la responsabilidad y el amor por quienes crecen.​

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...