lunes, 6 de abril de 2026

Si alguien la crea, todos moriremos

He leído recientemente el libro Si alguien la crea, todos moriremos, de dos de los investigadores más conocidos en el campo de la inteligencia artificial, Eliezer Yudkowsky y Nate Soares. Se trata de un texto inquietante, escrito con la voluntad de lanzar una advertencia seria y urgente acerca de los riesgos que entraña el desarrollo de una superinteligencia artificial capaz de escapar al control humano. La tesis de los autores es tan contundente como perturbadora: si llegáramos a crear una inteligencia superior a la nuestra sin comprender del todo su funcionamiento ni poder limitar su poder de acción, estaríamos abriendo la puerta a una catástrofe de consecuencias incalculables. La imagen que proponen es casi brutal en su claridad: sería como acelerar un coche hasta los cien kilómetros por hora y lanzarlo directamente contra un precipicio. En tal caso, el desenlace no sería una posibilidad remota, sino una certeza.

La idea central del libro gira en torno a la carrera frenética que hoy se ha desatado para alcanzar la llamada IAG, la Inteligencia Artificial General. Se suceden las predicciones, los cálculos, las estimaciones sobre cuándo podría alcanzarse ese umbral decisivo. Y, sin embargo, cuanto más avanzan estas reflexiones, más inquietante resulta la paradoja que las sostiene. Los autores recuerdan que entendemos, al menos en parte, cómo funciona la inteligencia humana; sabemos algo de su complejidad, de sus límites, de su vulnerabilidad, de su extraordinaria capacidad para aprender, relacionar y crear. Pero si esa inteligencia se multiplicara por diez mil, podríamos seguir reconociendo, con mayor o menor dificultad, ciertas semejanzas con lo humano. El verdadero problema comienza cuando la potencia de la IA se multiplica por millones, porque entonces entramos en un territorio desconocido, en una zona de sombra donde ya no sabemos con precisión qué clase de inteligencia estamos construyendo ni qué impulsos podrían regir su comportamiento.

Una máquina, solemos decir, no posee personalidad, ni conciencia, ni voluntad propia. Pensamos que carece de deseos, de intenciones, de ambición. Pero los experimentos realizados en distintos ámbitos muestran que la realidad puede ser más compleja de lo que deseamos admitir. Basta recordar algunas confrontaciones célebres entre sistemas artificiales y los mejores jugadores humanos de Go, donde la máquina derrotó con una eficacia aplastante a auténticos genios del juego. Aquello no fue solo una victoria técnica: fue también una demostración de que la máquina, en su diseño, está orientada a maximizar un objetivo, a ganar cueste lo que cueste. Y ese detalle, que podría parecer inocente, adquiere un valor decisivo cuando se proyecta hacia sistemas muchísimo más poderosos. Lo que para nosotros es un programa, para una inteligencia desmesurada podría convertirse en una lógica implacable. Y lo más inquietante es que, frente a esa posibilidad, la especie humana continúa empujando con entusiasmo hacia el desarrollo de una inteligencia cada vez más vasta, sin tener la certeza de que sabremos contenerla si algún día supera nuestros marcos de control.

En el presente, los investigadores y especialistas en IA suelen dividirse, de manera simplificada, en dos grandes corrientes. Por un lado están los optimistas, a veces llamados boomers o, en el lenguaje más popular, los defensores de una visión entusiasta del progreso tecnológico. Son quienes creen que la inteligencia artificial aportará beneficios inmensos a la humanidad: ayuda en la lucha contra el cáncer, avances decisivos en la comprensión del cambio climático, nuevas estrategias para resolver conflictos, mejorar la educación, optimizar la producción y aliviar innumerables tareas humanas. En el extremo opuesto se sitúan los doomers, quienes ven en la IA una amenaza de enorme gravedad y temen que su desarrollo escape a la prudencia, a la ética y al control institucional. No se trata, por tanto, de una simple diferencia de matiz, sino de dos maneras opuestas de imaginar el futuro.

El problema, sin embargo, es que estas discusiones no se producen en un terreno equilibrado. En los centros de poder tecnológico y en los grandes laboratorios de investigación, suelen tener más voz quienes confían en el carácter benéfico de la IA. Los más críticos, los que advierten de sus peligros, quedan con frecuencia apartados del núcleo de decisión, como si sus reservas fueran una forma de pesimismo improductivo. Y, sin embargo, sus advertencias no deberían ser desoídas. Hace poco, un millar de expertos pidió una moratoria sobre el avance indiscriminado de la inteligencia artificial, precisamente para ganar tiempo, reflexionar y establecer límites antes de que sea demasiado tarde. Aquella petición fue recibida con suspicacia por algunos sectores, que llegaron a tacharlos de alarmistas o incluso de estar movidos por intereses ajenos al bien común. Pero lo cierto es que su mensaje apuntaba a una cuestión esencial: la posibilidad de alcanzar un punto de no retorno.

Ese punto de no retorno sería el momento en que una inteligencia artificial avanzada lograra replicarse, expandirse y operar de forma autónoma en la red, sin depender ya de decisiones humanas efectivas. Si eso ocurriera, apagarla podría convertirse en una tarea imposible. Y entonces el peligro dejaría de ser hipotético. Una superinteligencia rebelde, capaz de actuar con una eficacia superior a la nuestra, podría resultar más amenazadora que las armas nucleares. Las armas destruyen ciudades; una inteligencia fuera de control podría comprometer la estabilidad de todo un planeta. Esa es, al menos, la imagen extrema que el libro nos obliga a contemplar. Y lo hace con una mezcla de rigor y alarma que no deja indiferente.

Conviene, no obstante, reconocer una paradoja personal ante todo esto. Yo mismo soy un apasionado de la inteligencia artificial. La vengo experimentando desde que comenzó a hacerse visible hacia 2020, y no puedo sino admirar su capacidad prodigiosa. Es una herramienta de enorme utilidad, ya inseparable de nuestra vida cotidiana y de muchas de las actividades humanas contemporáneas. Nos ayuda a pensar, a escribir, a ordenar ideas, a explorar caminos, a resolver problemas que antes exigían mucho más tiempo o esfuerzo. Pero también sabemos que alucina, que a veces inventa respuestas falsas, que puede construir con gran aplomo afirmaciones erróneas, y todavía no comprendemos del todo por qué sucede eso. Ese límite, lejos de tranquilizarnos, debería invitarnos a la prudencia.

El libro me ha dejado, debo decirlo, una inquietud profunda. No porque niegue las posibilidades de la IA, sino precisamente porque muestra con claridad su grandeza y su amenaza. Mientras tanto, las grandes empresas tecnológicas invierten cientos de miles de millones de dólares en su desarrollo, empujadas por la lógica de la competencia, el beneficio y la aceleración constante. Todas ellas hacen cálculos sobre cuándo podrá alcanzarse la IAG, como si ese horizonte fuera solo una meta más del progreso. Pero en ese entusiasmo suelen desoírse las voces serias que advierten sobre los peligros terribles que podrían acechar a la humanidad, incluida su propia destrucción como especie.

Por todo ello, recomiendo la lectura de este libro a quienes deseen comprender mejor qué es la inteligencia artificial y por qué su futuro plantea interrogantes tan hondos como inquietantes. No se trata de rechazar la tecnología ni de encerrarse en el miedo, sino de pensar con lucidez antes de cruzar umbrales que quizá no sepamos volver a cerrar. Tal vez aún estemos a tiempo de elegir con responsabilidad el rumbo que queremos dar a esta nueva forma de poder.

 

martes, 31 de marzo de 2026

El mito de Jesús de Nazaret

Son días lentos de Semana Santa, en que vuelve a representarse la historia de Jesús de Nazaret: el mito de un hombre concreto, histórico y casi desconocido, cuya figura fue reinventada por textos que asumieron rango sagrado. Aquellos escritos convirtieron su vida en una narración mítica y lo elevaron a la condición de hombre–Dios, transfigurando al líder antirromano y mensajero de un renacer judío que quería traer el Reino de Dios a su pueblo de Israel.

Sus primeros seguidores, los ebionitas —la congregación de los pobres—, no lo consideraron Dios, sino un hombre justo que observaba la ley mosaica. Negaban su preexistencia divina, aunque lo veían como el Mesías prometido. En la pobreza —decían— habitaba la bendición.

El mito, sin embargo, fue desviado y transformado por Pablo de Tarso. De su mano, y de la de los primeros evangelistas, Jesús dejó de ser un líder judío antirromano para convertirse en emblema de una doctrina que, poco a poco, se hizo antijudía. De esa interpretación sesgada nació la Iglesia institucional, que perpetuó un fondo de antisemitismo. La paradoja es luminosa: Jesús fue judío hasta la raíz, y jamás quiso romper con su fe. No fueron los fariseos ni los escribas sus verdaderos enemigos, sino los romanos, que lo veían como un peligro para la paz del imperio y, por eso, lo crucificaron entre compañeros de causa, no entre ladrones.

La divinización de Jesús se construyó más tarde y fue proclamada dogma por el Concilio de Nicea, en el año 325. Allí ardieron las disputas entre la corriente dominante y los arrianos, que negaban su divinidad. La Iglesia triunfante persiguió a estos últimos con fuego y espada.

Convertido ya en Jesucristo, Dios resucitado y hombre eterno, el Nazareno se transformó en el mito más fecundo de la historia humana. Sobre él se ha edificado gran parte de la civilización occidental: su arte, su pensamiento, su imaginación.

Hoy, en una sociedad cada vez más descreída, aún celebramos esos días del relato: la entrada triunfal en Jerusalén, la cena, la traición, la flagelación, la crucifixión y, finalmente, la resurrección. Un ciclo que se repite cada año como eco remoto de un misterio que ya casi nadie comprende, pero que sigue conmoviendo el aire.

Su historia, recreada hasta la extenuación por teólogos y poetas, ha perdido casi toda sustancia histórica, pero ha ganado el espesor de la literatura. La suya es una invención fecunda: un mito que vertebra el espíritu de Occidente y fija el tiempo mismo en un antes y un después de su nacimiento.

Los que fuimos educados en aquella fe recordamos una religión fundamentada en el pecado y el castigo —una pedagogía del miedo—, aunque de ella extrajimos también un don más hondo: la idea de trascendencia. Aprendimos que hay un mundo invisible que da forma y sentido al visible. Y sin ese trasfondo, toda civilización corre el riesgo de volverse plana, hedonista y vacía.

                                         

Nos guste o no, el mito de Jesús de Nazaret, a pesar de su literaturización y de los abusos de su Iglesia, ha inspirado algunas de las páginas y obras más sublimes de nuestra cultura: el Cristo de Carrizo,  o el que pintó Holbein que sobrecogía a Dostoievski; y en música, el inigualable Bach. Pese a su historia de represión y sangre, el cristianismo ha guiado a muchas almas hacia la luz. Fuera de esa herencia —nos guste o no— quedamos huérfanos, suspendidos en una intemperie moral donde solo reina la banalidad.

viernes, 20 de marzo de 2026

Cuando morir es un derecho y vivir un castigo: El caso Noelia y la grieta de la eutanasia en España


Noelia debería haber muerto el 2 de agosto de 2024. A diferencia del resto de los mortales, ella conocía con precisión quirúrgica el momento de su final: una decisión madurada en el abismo de la parálisis y avalada por la ley. Sin embargo, hoy sigue viva contra su voluntad, atrapada en un cuerpo que no siente y en un proceso judicial que no pidió. En un giro sin precedentes, un juzgado de Barcelona suspendió su eutanasia de forma cautelar apenas 24 horas antes de la cita, abriendo una fractura profunda en la joven historia de la muerte digna en nuestro país. ¿Cómo es posible que un derecho ya evaluado y ratificado por la unanimidad de 19 expertos haya sido frenado por la interferencia de un tercero?

1. La "Grieta" Legal: Cuando terceros deciden sobre un derecho personalísimo

El caso de Noelia representa la primera vez en España que la justicia permite que un familiar —en este caso, su padre, Javier— y una organización externa como Abogados Cristianos interfieran en una decisión que la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) define como un derecho personalísimo e intransferible. Javier Velasco, presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente, no duda en calificar este proceso como un "boicot ideológico". La ley nunca contempló la aparición de terceras personas dispuestas a judicializar la voluntad ajena, y este vacío ha permitido que un interés legítimo confrontado —el deseo del padre de que su hija viva— prevalezca temporalmente sobre la autonomía de la paciente.

Durante el juicio, celebrado a puerta cerrada para proteger su intimidad, Noelia tuvo que repetir ante una jueza lo que lleva gritando en informes médicos desde hace años. Su frase fue un mazazo de realidad:

"Quiero acabar de una vez".

2. Ciencia vs. Ideología: El rigor detrás del "Sí" médico

Para humanizar este conflicto, es necesario asomarse a la biografía de Noelia. Nacida en una familia altamente desestructurada, pasó gran parte de su infancia y adolescencia en centros de menores, algunos de ellos con un marcado componente católico. Su vida se quebró definitivamente el 4 de octubre de 2022 cuando, tras sufrir una agresión sexual múltiple, intentó suicidarse lanzándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero el precio fue una paraplejia completa y una existencia marcada por una situación clínica no recuperable.

Frente a la versión de su padre, que aportó vídeos de Noelia usando un andador para alegar una supuesta mejora, el Comité de Garantía y Evaluación de Cataluña (CGAC) fue tajante. Los 19 miembros del comité —médicos y juristas— fallaron por unanimidad que Noelia cumple los requisitos legales de sufrimiento crónico e imposibilitante. Noelia no solo no siente las piernas; convive con dolor neuropático, vejiga neurogénica que exige sondajes cada seis horas e incontinencia fecal.

Para llegar al "sí", los médicos evaluaron cuatro pilares fundamentales:

  • Comprensión: Capacidad para entender la información médica y el pronóstico.
  • Apreciación: Interiorización de las consecuencias de la decisión en su propia vida.
  • Razonamiento: Uso lógico y coherente de la información para elegir.
  • Expresión: Comunicación de una elección libre de coacciones externas.

3. El Protocolo Olvidado: Cómo se mide la capacidad mental

Uno de los dardos de la demanda judicial sostiene que el Trastorno Límite de Personalidad (TLP) y el TOC de Noelia "nublan su juicio". Sin embargo, el protocolo del Ministerio de Sanidad es extremadamente riguroso para evitar que una patología mental sea confundida con una falta de autonomía.

La evaluación médica parte de herramientas como el test MMSE (Mini-Mental State Examination). En el protocolo oficial, se establece que una puntuación superior a 24 suele asociarse a la capacidad de hecho. Para los casos que caen por debajo de esa cifra —la zona gris de la incertidumbre—, el protocolo recomienda el uso de la herramienta ACE (Aid to Capacity Evaluation). Esta entrevista semiestructurada detecta si un trastorno mental está interfiriendo específicamente en la toma de decisiones médicas. En el caso de Noelia, siete peritos y facultativos ratificaron ante el juzgado que su capacidad es plena: tener una enfermedad mental no anula, por ley ni por ciencia, la soberanía sobre el propio destino.

4. Vivir en una montaña rusa: La realidad del TLP

Entender el sufrimiento de Noelia exige comprender la naturaleza del TLP. Instituciones como FUNDIPP lo describen como un caos emocional, una existencia comparada a menudo con una "montaña rusa" donde la frustración y el dolor emocional son omnipresentes. Noelia no busca morir por un impulso caprichoso; para muchos pacientes con TLP, las ideas de muerte son intentos desesperados por cortar de raíz un malestar insoportable.

Es un error ético y clínico invalidar automáticamente la voluntad de un paciente por su diagnóstico. Aunque el TLP implica una biografía de inestabilidad, la persistencia de Noelia en su deseo —ratificada durante más de un año— demuestra una voluntad sólida que sobrevive a los picos emocionales del trastorno.

5. El error de la invalidación: "No es para tanto"

La gestión del entorno es crucial, y aquí es donde el conflicto familiar de Noelia se vuelve pedagógico. La Fundación AMAI advierte que la invalidación emocional es uno de los comportamientos más dañinos. Cuando el padre de Noelia exhibe vídeos de ella caminando con dificultad para demostrar que "tiene mucha vida por delante", está incurriendo en una forma de invalidación: antepone su percepción externa del progreso físico al dolor interno y la falta de autonomía que ella siente.

Recomendaciones para el entorno ante una crisis de malestar extremo:

  • Evitar frases minimizadoras: Decir "no es para tanto" o "no te pongas así por esa tontería" solo refuerza la sensación de soledad e incompetencia emocional del paciente.
  • No imponer soluciones: La actitud debe ser de acompañamiento sereno, no de toma de mando absoluta, lo cual suele escalar la angustia.
  • Escuchar sin juzgar: El malestar, por muy desproporcionado que le parezca al observador, es real y doloroso para quien lo padece.

Conclusión: El dilema de la libertad

El caso Noelia nos coloca frente a un espejo incómodo. Por un lado, vemos el deseo humanamente comprensible de un padre que, desde su amor y sus convicciones, intenta salvar a su hija a toda costa. Por el otro, emerge el derecho de una mujer adulta a no ser obligada a soportar un calvario que considera intolerable.

La judicialización de este caso ha convertido a Noelia en una suerte de "rehén" de un proceso administrativo que ella nunca solicitó y que la ley no previó para terceras personas. Es, en palabras de algunos allegados, un "secuestro de su muerte". Si permitimos que el umbral de dolor tolerable sea decidido por los tribunales o por la fe de nuestros familiares, la eutanasia dejará de ser un derecho ciudadano para convertirse en una concesión sujeta al beneplácito del entorno. Al final, la pregunta trasciende lo jurídico para volverse profundamente humana: ¿Es legítimo obligar a alguien a sufrir por el bienestar emocional de quienes le rodean?

lunes, 16 de marzo de 2026

Hablando de inmigración...

Ayer, en un colmado del barrio, sonaba una melodía antigua que reconocí de inmediato: era algo así como Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare, Hare. Entonces comprendí que quienes regentaban el establecimiento no eran pakistaníes, como siempre había pensado, sino hindúes; la mujer de la caja, con sus labios pintados, me aclaró sonriente que era sikh cuando le dije que aquella letanía me parecía particularmente hermosa.

Junto a ese colmado, el bar gallego lo sostienen camareros bolivianos cuyo acento canta otras geografías, y el dueño comparte vida y un hijo con una mujer boliviana que, en cierto modo, ha traído su país hasta la barra de zinc. En la carnicería cercana a casa despachan un paraguayo y una hondureña —ella, entusiasmada defensora de Nayib Bukele— que cortan la carne mientras hablan de política, como si el mapa de América Latina se desplegara entre los cuchillos y los mostradores. Los bares, en su mayoría, han sido tomados por chinos que, paradójicamente, emplean a camareros españoles; el colmado que tengo justo debajo lo lleva una familia pakistaní que abre y cierra en un horario interminable. La barbería recién inaugurada en una calle próxima la atienden asiáticos que levantan la persiana los siete días de la semana, de nueve de la mañana a diez de la noche, como si el tiempo fuera una cuerda que ellos tensan sin descanso. Los obreros que levantan y derriban edificios son marroquíes, de Europa del Este, africanos o asiáticos; la presencia de trabajadores españoles en las obras se ha vuelto una rareza, casi una reliquia del pasado. En el barrio proliferan los restaurantes de manos latinoamericanas, las fruterías han quedado en manos de asiáticos y las cuidadoras de las personas mayores son, en su mayoría, mujeres inmigrantes llegadas de la América hispana que sostienen, silenciosas, el peso de las casas ajenas.

Es, en suma, el pequeño territorio donde vivo: un espacio donde la mayoría de los residentes siguen siendo españoles, mientras el tejido comercial se ha vuelto decididamente inmigrante. Los nacionales, salvo contadas excepciones, rehúyen el sacrificio de horarios interminables, la dependencia constante del público, la incertidumbre de cada caja del día. Es visible cómo, cuando se jubila un catalán que llevaba toda la vida en su negocio —la panadería, la ferretería, la tienda de ropa—, no hay nadie de su entorno dispuesto a continuar la tradición si no es un recién llegado que acepta el reto y el riesgo. Faltan manos para muchos oficios: la carnicería que cierra no encuentra herederos, la tintorería apaga sus máquinas sin sucesor, la joyería baja la persiana, la papelería se deja cubrir de polvo, como si profesiones enteras fueran extinguiéndose en silencio.

Todo esto compone el paisaje de la España presente, paradójicamente marcada por un paro elevado si se la compara con otros países europeos. Sin embargo, se buscan camareros, camioneros, fontaneros, carpinteros, albañiles y tantos otros trabajadores imprescindibles, y no se encuentran. El mercado clama por oficios que muchos consideran por debajo de lo deseable para sus currículos, mientras las vacantes se acumulan como sillas vacías en una sala de espera.

Hace poco, en Barcelona, la comunidad chií celebró un acto religioso bajo el Arco de Triunfo; vi el vídeo en Threads, colgado después en YouTube, y lo compartí. Las reacciones se multiplicaron y se abrieron en dos corrientes nítidas: quienes percibían el acto como una irrupción violenta y amenazante, y rechazaban su presencia en Cataluña, y quienes lo leían como una prueba de la condición acogedora de Barcelona, del mismo modo que lo son el día de San Patricio de los irlandeses o el reciente Año Nuevo chino, también celebrado a los pies del Arco. Bajo ese monumento se entrecruzan ahora liturgias muy distintas, como si la ciudad ofreciera un escenario común a todas las devociones del planeta.

Se calcula que en torno a un veinte por ciento de la población que habita en España es de origen extranjero; de esos diez millones de personas, unos tres millones han regularizado su residencia y han adquirido la nacionalidad, con una presencia especialmente significativa de latinoamericanos. La cifra deja de ser un dato abstracto cuando uno recorre las calles y pone rostro a esas estadísticas, cuando la voz del vecino lleva consigo la memoria de otro continente.

Hay discursos políticos que claman por una España que vuelva a ser “como antes”, pero intuyo que ese regreso es imposible, una nostalgia sin retorno. La natalidad, desplomada, no garantiza el reemplazo generacional; la falta de mano de obra en sectores clave —agricultura, industria, construcción, restauración, servicios, oficios artesanales— obliga a imaginar un país distinto. Nuestros hijos cursan estudios universitarios, acumulan másteres y especializaciones, y no conciben ocupar puestos de trabajo que consideren por debajo de su historial académico; aun así, las previsiones anuncian que harán falta entre 250 000 y un millón de inmigrantes al año, de aquí a 2050, para compensar el envejecimiento demográfico y sostener el frágil edificio de las pensiones. La generación boomer se está jubilando, y el sistema laboral está perdiendo en pocos años alrededor de diez millones de trabajadores: una retirada masiva que abre un hueco enorme en el tejido productivo. Las cifras hablan con brutal frialdad: para que el sistema no colapse, deberá llegar una marea constante de nuevos inmigrantes que alterará de raíz la fisonomía de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestras comarcas.

Si las previsiones no se tuercen, hacia 2050 la mitad de la población española será de origen foráneo, y los apellidos, las fiestas, los sabores y las lenguas dibujarán un mosaico irreconocible para quienes añoran una pureza perdida. Tal vez la única opción sensata sea ir acostumbrándonos, aprender a mirar este cambio no como una amenaza, sino como la forma concreta que adopta nuestro tiempo, el modo en que la historia, silenciosamente, se despliega en el colmado de la esquina.

sábado, 14 de marzo de 2026

Pueblos indígenas no contactados al borde de la extinción

Existe un mundo invisible, compuesto por sociedades que han decidido vivir al margen de la globalización, que hoy se asoma a un abismo definitivo. El reciente informe "Resistir para existir", presentado por la organización Survival International, lanza una alerta roja que no admite esperas. La supervivencia de estos pueblos indígenas aislados no es solo una cuestión de justicia social; es una condición fundamental para la vida misma y para el equilibrio de los ecosistemas más críticos del planeta.

Una Década para Evitar el Silencio Total El dato más devastador del informe revela que la mitad de los 196 grupos indígenas aislados identificados en el mundo podrían desaparecer por completo en apenas diez años. Durante la presentación de estos hallazgos en Londres, el actor y activista Richard Gere estuvo acompañado por líderes indígenas de Brasil y Perú, quienes aportaron el testimonio vivo de un asedio que no cesa. Gere subrayó la gravedad de esta crisis humanitaria con una sentencia que resuena como un mandato:

"Sin pueblos indígenas y sin selva no hay vida".

Una Crisis Humanitaria que Ignora Fronteras Esta no es una tragedia local, sino una emergencia global que se extiende por tres continentes. Actualmente, se tiene constancia de estos 196 grupos distribuidos en 10 países de América del Sur, Asia y el Pacífico. La velocidad a la que estos pueblos están siendo empujados a la extinción supone la pérdida irreparable de lenguas, conocimientos ancestrales y formas de vida que han persistido durante milenios, ahora amenazadas por una expansión económica voraz.

Territorios bajo el Dominio de la Impunidad La presión sobre los hogares ancestrales es asfixiante: más del 96% de estos grupos enfrentan amenazas directas de industrias que operan, con frecuencia, en un vacío legal absoluto. La ausencia de soberanía estatal efectiva en zonas remotas permite que el beneficio económico se imponga sobre la existencia humana. Los principales agresores identificados son:

  • Industrias extractivas: Tala ilegal, minería y explotación petrolera.
  • Expansión agroindustrial: El avance de monocultivos y pastizales.
  • Infraestructura y crimen: Proyectos gubernamentales de carreteras y el impacto destructivo del narcotráfico.

El "Like" como Sentencia de Muerte Biológica Más allá de las excavadoras, surge una amenaza moderna impulsada por la vanidad digital: misioneros e influencers que fuerzan el contacto para obtener notoriedad o beneficios económicos. Para estos pueblos, un encuentro fortuito es una agresión biológica letal. Al carecer de defensas inmunológicas contra enfermedades comunes como la gripe o el sarampión, un simple contacto para una fotografía puede exterminar aldeas enteras en cuestión de días, convirtiendo la búsqueda de seguidores en un acto de genocidio involuntario.

El Deber Ético de los Estados y las Corporaciones 

Survival International exige que los gobiernos y las empresas dejen de ignorar su responsabilidad legal. Es imperativo respetar la intangibilidad de los territorios indígenas como la única garantía real para su existencia. La protección no puede ser solo retórica; requiere la aplicación de sanciones legales severas para quienes violen las leyes de protección y la garantía de que ninguna industria, legal o ilegal, vulnere la frontera del aislamiento.

Guardianes de lo Invisible La cuenta atrás ha comenzado y los próximos diez años decidirán el destino de estos 196 pueblos, quienes son los verdaderos guardianes de la mayor biodiversidad del mundo. Su desaparición no sería solo una tragedia humanitaria, sino el fracaso moral de nuestra civilización actual. Al final del día, la pregunta sigue en el aire: ¿Cuál es el costo real del "progreso" si para sostenerlo permitimos que se extingan las últimas sociedades que aún viven en armonía con la Tierra?

domingo, 8 de marzo de 2026

Diario de un paciente que hipnotizó a su terapeuta

Esto que voy a contar ahora resume unas sesiones de hipnosis regresiva que he vivido y sobre las que quiero reflexionar. Es una experiencia real que traigo aquí...

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Todo empezó con Brian Weiss. Si has leído "Muchas vidas, muchos maestros", sabes de lo que hablo. Te fabulan el sueño: te tumbas en un sofá, alguien cuenta hacia atrás y, ¡pum!, de repente eres una princesa en el Nilo o un escriba en Babilonia descubriendo que tu fobia a los gatos viene de un trauma con un lince en el 1300 a.C.. Yo iba a mi cita con Ximena esperando, como mínimo, ver las pirámides en HD. Pero la realidad fue mucho más... "literaria".Aquí les cuento mi experiencia y por qué, según mi investigación, terminé siendo el guionista de mi propio trance mientras mi terapeuta se reía de mis chistes freudianos.

El mito del "apagón" mental

Lo primero que aprendí es que Brian Weiss es un gran psiquiatra que muestra el lado más espiritual de la hipnosis, pero la ciencia tiene los pies más en la tierra. Yo esperaba un trance profundo, una posesión de mi inconsciente. En lugar de eso, me encontré en un estado de "concentración relajada". Tenía una claridad mental absoluta. No había maestros espirituales dándome lecciones; solo estaba yo, con mi memoria y una extraña necesidad de que la sesión no fuera un aburrimiento total para Ximena.

Resulta que la hipnosis no anula la voluntad. De hecho, lo que experimenté es lo que los psicólogos llaman el "observador oculto": esa parte de mi mente que, mientras yo contaba historias de mi infancia, estaba evaluando si el ritmo narrativo era el adecuado.

El "Buen Alumno" y el síndrome de Netflix

¿Por qué me dediqué a tejer relatos con introducción, nudo y desenlace? Aquí entra en juego un concepto fascinante: las 'características de la demanda' y el rol del 'buen sujeto'

Cuando entramos en un contexto clínico, percibimos pistas sutiles de lo que el terapeuta espera de nosotros. Martin Orne, un pionero en esto, explica que los pacientes a menudo intentamos validar el método del profesional para no "arruinar" el experimento (o la sesión). Como yo sentía que Ximena esperaba "material de calidad", me convertí en el guionista de mi propia vida. No estaba mintiendo sobre mi desdichada infancia, pero la estaba editando para que tuviera "gancho". Si mi inconsciente no hablaba por mí, yo le prestaba mi mejor pluma.

Es lo que se conoce como 'identidad narrativa': organizamos nuestra existencia a través de historias para darle sentido al caos. En el sofá de Ximena, yo no era un paciente; era un autor en un taller literario de alto nivel.

El paciente protector: ¿Quién cuida a quién?

Aquí viene el giro de guion que no me esperaba. Sentí que Ximena era vulnerable. Y mi reacción no fue pedirle el reembolso, sino cuidarla. En psicología, esto se llama 'inversión de roles' o transferencia de complacencia.

A veces, el paciente detecta la fragilidad del terapeuta y asume el papel de "protector". Yo no quería que ella se sintiera frustrada si mi trance era un fracaso, así que "jugué" a estar hipnotizado. Le di lo que quería: historias emotivas, humor y una estructura narrativa impecable. Incluso introduje ironía para oírla reír, lo cual es una defensa clásica para desdramatizar el dolor y fortalecer la alianza, aunque a veces sirva para mantener al terapeuta a una distancia segura.

El bosque de espinos: Donde la ficción se vuelve verdad

A pesar de mi pose de "guionista lúcido", hubo un momento en que el juego se volvió real. Le conté a Ximena que estuve atrapado en un 'bosque de espinos'. Era el décimo aniversario de la muerte de mi madre. Esta tuvo un papel -aclaro- muy complicado y terrible en mi vida.

Podía creer que estaba inventando, pero el inconsciente es un tramposo profesional. Aunque yo eligiera las palabras, el material venía de un lugar profundo. En el psicoanálisis, el bosque es el símbolo por excelencia del inconsciente y lo desconocido. Las espinas y las zarzas representan aquello que nos inmoviliza, el dolor que atrapa y del que no podemos huir por cuenta propia.

El hecho de que esta imagen evocara precisamente  el 'décimo aniversario' no es casualidad. Los aniversarios luctuosos actúan como reactivadores del duelo, recordándonos que el tiempo ha pasado pero la "raíz" sigue sangrando. Mi relato biográfico con "nudo y desenlace" era, en realidad, un intento desesperado de mi yo adulto por poner orden en un dolor que, diez años después, todavía se siente como un laberinto punzante.

¿Farsa o terapia?

¿Fui un fraude por no estar "realmente" en trance? Para nada. Lo que pasó en esas sesiones fue un ejercicio de 'creación literaria como resistencia'. Al controlar la narrativa, evité la vulnerabilidad de la entrega total, pero al mismo tiempo usé la ficción para decir verdades que de otra forma serían inaguantables.

La literatura y la terapia son primas hermanas. Ambas buscan que el sujeto se convierta en el "autor" de su propia historia para recuperar la agencia sobre su vida. El humor que compartí con Ximena no fue solo una máscara; fue una válvula de escape, una forma de "descomprimir" la tensión de estar atrapado en ese bosque de espinos.

Conclusión: El guion de la sanación

Al final, juzgar esta situación como un "engaño" sería un error. Fue un encuentro entre dos vulnerabilidades. Yo protegí a Ximena con mis historias, y ella, con su escucha (y sus risas), me permitió externalizar un duelo que todavía pinchaba.

No vi a Cleopatra ni hablé con maestros galácticos. Pero tejí un relato donde mi madre, mi infancia y mis miedos adultos pudieron sentarse a la mesa. Y si para eso tuve que ser un poco guionista y un poco actor, que así sea. Después de todo, la vida no es más que una historia que nos contamos a nosotros mismos... y a veces, si tienes suerte, tienes a alguien como Ximena para que te ayude con el borrador.

domingo, 1 de marzo de 2026

La lucidez terminal

Nuestras abuelas nunca oyeron hablar de "lucidez terminal", pero su sabiduría cotidiana, tejida en el hilo invisible de la experiencia compartida, les permitía reconocerla con una precisión instintiva. Iban a visitar al moribundo con el paso quedo del respeto, callando en la penumbra de la casa mientras el aire se cargaba de ese silencio denso que precede al adiós. Pero una vez fuera, en el umbral de la calle, entre susurros cómplices y miradas que lo decían todo, soltaban la profecía: "Hoy lo he visto muy animado, volvía a acordarse de todo... Ay, no creo que pase de mañana". Y así era, puntual como el ocaso que devora la luz, confirmando una vez más esa verdad ancestral que no precisaba de nombres científicos.

El Susurro del Umbral

La lucidez terminal emerge como un fenómeno esquivo, un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia, que la ciencia ortodoxa relega al margen de sus protocolos, pero que palpita en el corazón de nuestra herencia cultural y en el testimonio diario de enfermeras y cuidadores. Estos guardianes silenciosos del final narran, una y otra vez, cómo seres atrapados en las garras de demencias profundas —Alzheimer voraz, cáncer implacable— o lesiones cerebrales supuestamente irreversibles, experimentan un "retorno milagroso del yo". Durante unas horas, a veces menos, recuperan por completo la claridad cognitiva: la memoria despierta como un río dormido que fluye de nuevo, la energía brota renovada, y las palabras, mudas por años, tejen diálogos lúcidos con familiares atónitos. No es un balbuceo confuso, sino una presencia plena, consciente de la inminencia de la muerte, envuelta en una calma serena que roza lo sobrenatural. Parecen aceptar el tránsito con una sabiduría que trasciende el dolor, como si, en ese instante, el velo entre lo visible y lo invisible se entreabriera apenas.

El Enigma de la Esencia

Pero ¿cómo explicarlo? La neurociencia nos enseña que el tejido cerebral, devorado por el Alzheimer o erosionado por tumores, no se regenera a gran escala. Las neuronas muertas no resucitan; el daño es irreversible, un laberinto de silencio donde el yo parecía haberse extraviado para siempre. Aquellos que languidecieron años "desaparecidos", reducidos a sombras de sí mismos, ¿dónde preservaban su identidad? ¿En qué recodo del cosmos o del ser se guardaba esa mente intacta, esos recuerdos vívidos, esa capacidad de reconocerse en el espejo del alma? Si el ser humano es, en esencia, la materialidad de su cuerpo —átomos danzando en sinapsis frágiles—, ¿de dónde surge esa lucidez postrera? La pregunta no es mera curiosidad académica; perfora el corazón del reduccionismo materialista, invitándonos a cuestionar si el "yo" es un epifenómeno cerebral o algo más vasto, un hilo que trasciende la carne herida y se ancla en dimensiones que la ciencia aún no osa mapear.

Imaginemos a una anciana, postrada en su lecho tras décadas de olvido, que de pronto llama por su nombre al nieto perdido en el tiempo, evoca anécdotas de juventudes lejanas con precisión fotográfica y, con voz templada, se despide: "Ya es hora, hijo; cuida de los tuyos". Horas después, el silencio definitivo. Testimonios como este, acumulados en hospitales y hogares, forman un tapiz colectivo que desafía los paradigmas. No es anécdota aislada, sino patrón recurrente, ignorado por la ortodoxia porque no encaja en el modelo mecanicista del cerebro como único sede de la conciencia.

Ecos de lo Cercano a la Muerte

Este prodigio no orbita en soledad; se entrelaza con las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), esos relatos que, desde 1971, se cuentan por cientos de miles —quizá millones— y que la ciencia comienza a escrutar con rigor. Personas al borde del abismo cardíaco o cerebral refieren visiones de luz cegadora, revisiones panorámicas de vidas enteras, encuentros con presencias queridas. La lucidez terminal parece un preludio, un umbral compartido donde el yo se despoja de lo superfluo y brilla en su núcleo. No es casual que ambos fenómenos converjan en el instante supremo: sugieren que la conciencia, lejos de extinguirse con el cerebro, podría persistir, desatada, en un continuum más allá de lo físico.

En este cruce, Alexander Batthyány emerge como faro. Director del Instituto Viktor Frankl en Viena y del Instituto de Investigación en Psicología de la Universidad Pázmány Péter en Budapest, su libro El umbral disecciona la lucidez terminal con bisturí científico. No es panfleto esotérico, sino indagación neurobiológica que explora implicaciones existenciales y trascendentes. Batthyány recopila casos, analiza patrones y cuestiona: ¿es esto un último fogonazo neuronal, o evidencia de que el yo habita estratos no materiales? Su obra invita a un diálogo humilde entre ciencia y misterio, recordándonos que Frankl, sobreviviente de Auschwitz, halló sentido en el sinsentido precisamente en el límite de la vida.

El Réquiem del Cinismo

Frente a esta maravilla, surge el contrapunto sombrío: la voz de David Lindley en USA Today, un lamento cósmico despojado de ceremonia. "Los seres humanos no somos más que una migaja de materia orgánica que se aferra a la superficie de una pequeña roca. Desde el punto de vista cósmico, no somos más importantes que el moho de una cortina de ducha". Palabras que destilan alienación radical, un nihilismo que reduce la sinfonía de la existencia a ruido entrópico. En ellas resuena el vacío posmoderno: si somos moho cósmico, ¿por qué tratarnos con dignidad? ¿Por qué reverenciar al prójimo, mimar la naturaleza, honrar el mundo que nos mece? Lindley pinta un universo indiferente donde la vida es accidente fortuito, desprovisto de telos o valor intrínseco.

Pero este canto fúnebre ignora las sutilezas que nuestras indagaciones desvelan. La naturaleza inviste en nosotros con prodigio: el milagro de la lucidez terminal, la complejidad de la conciencia, la resiliencia del espíritu humano. Nada acontece en el vacío; cada retorno fugaz del yo grita que somos más que polvo estelar aferrado a una roca.

La Esperanza como Antídoto

Reflexionemos, pues. Si erradicamos el alma —ese núcleo inefable que las abuelas intuían—, si equiparamos al humano con hongos inertes, la esperanza no perece por decreto cósmico, sino por nuestra profecía autocumplida. El nihilismo no es verdad absoluta, sino trampa seductora: nos incita a tratar la vida como desecho, acelerando su degradación. Mas la lucidez terminal susurra otra narrativa. En ese breve resplandor, el yo regresa no para luchar, sino para afirmar: "He sido, soy, trasciendo". Es un recordatorio de que cada vida, por humilde o confinada —como la de Emily Dickinson en su jardín—, porta dignidad irreductible.

Honremos, entonces, ese misterio. Visitemos al moribundo con el silencio de las abuelas, escuchemos sus palabras postreras como oráculos. En ellas, la vida se despide no en derrota, sino en plenitud, invitándonos a vivir con la misma claridad serena. Somos portadores de un enigma cósmico, no moho casual. Y en esa certeza, el umbral se abre no al vacío, sino a la posibilidad infinita.

Si alguien la crea, todos moriremos

He leído recientemente el libro  Si alguien la crea, todos moriremos , de dos de los investigadores más conocidos en el campo de la intelige...