Ayer, en un colmado del barrio, sonaba una melodía antigua que reconocí de inmediato: era algo así como Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare, Hare. Entonces comprendí que quienes regentaban el establecimiento no eran pakistaníes, como siempre había pensado, sino hindúes; la mujer de la caja, con sus labios pintados, me aclaró sonriente que era sikh cuando le dije que aquella letanía me parecía particularmente hermosa.
Junto a ese colmado, el bar gallego lo sostienen camareros bolivianos cuyo acento canta otras geografías, y el dueño comparte vida y un hijo con una mujer boliviana que, en cierto modo, ha traído su país hasta la barra de zinc. En la carnicería cercana a casa despachan un paraguayo y una hondureña —ella, entusiasmada defensora de Nayib Bukele— que cortan la carne mientras hablan de política, como si el mapa de América Latina se desplegara entre los cuchillos y los mostradores. Los bares, en su mayoría, han sido tomados por chinos que, paradójicamente, emplean a camareros españoles; el colmado que tengo justo debajo lo lleva una familia pakistaní que abre y cierra en un horario interminable. La barbería recién inaugurada en una calle próxima la atienden asiáticos que levantan la persiana los siete días de la semana, de nueve de la mañana a diez de la noche, como si el tiempo fuera una cuerda que ellos tensan sin descanso. Los obreros que levantan y derriban edificios son marroquíes, de Europa del Este, africanos o asiáticos; la presencia de trabajadores españoles en las obras se ha vuelto una rareza, casi una reliquia del pasado. En el barrio proliferan los restaurantes de manos latinoamericanas, las fruterías han quedado en manos de asiáticos y las cuidadoras de las personas mayores son, en su mayoría, mujeres inmigrantes llegadas de la América hispana que sostienen, silenciosas, el peso de las casas ajenas.
Es, en suma, el pequeño territorio donde vivo: un espacio donde la mayoría de los residentes siguen siendo españoles, mientras el tejido comercial se ha vuelto decididamente inmigrante. Los nacionales, salvo contadas excepciones, rehúyen el sacrificio de horarios interminables, la dependencia constante del público, la incertidumbre de cada caja del día. Es visible cómo, cuando se jubila un catalán que llevaba toda la vida en su negocio —la panadería, la ferretería, la tienda de ropa—, no hay nadie de su entorno dispuesto a continuar la tradición si no es un recién llegado que acepta el reto y el riesgo. Faltan manos para muchos oficios: la carnicería que cierra no encuentra herederos, la tintorería apaga sus máquinas sin sucesor, la joyería baja la persiana, la papelería se deja cubrir de polvo, como si profesiones enteras fueran extinguiéndose en silencio.
Todo esto compone el paisaje de la España presente, paradójicamente marcada por un paro elevado si se la compara con otros países europeos. Sin embargo, se buscan camareros, camioneros, fontaneros, carpinteros, albañiles y tantos otros trabajadores imprescindibles, y no se encuentran. El mercado clama por oficios que muchos consideran por debajo de lo deseable para sus currículos, mientras las vacantes se acumulan como sillas vacías en una sala de espera.
Hace poco, en Barcelona, la comunidad chií celebró un acto religioso bajo el Arco de Triunfo; vi el vídeo en Threads, colgado después en YouTube, y lo compartí. Las reacciones se multiplicaron y se abrieron en dos corrientes nítidas: quienes percibían el acto como una irrupción violenta y amenazante, y rechazaban su presencia en Cataluña, y quienes lo leían como una prueba de la condición acogedora de Barcelona, del mismo modo que lo son el día de San Patricio de los irlandeses o el reciente Año Nuevo chino, también celebrado a los pies del Arco. Bajo ese monumento se entrecruzan ahora liturgias muy distintas, como si la ciudad ofreciera un escenario común a todas las devociones del planeta.
Se calcula que en torno a un veinte por ciento de la población que habita en España es de origen extranjero; de esos diez millones de personas, unos tres millones han regularizado su residencia y han adquirido la nacionalidad, con una presencia especialmente significativa de latinoamericanos. La cifra deja de ser un dato abstracto cuando uno recorre las calles y pone rostro a esas estadísticas, cuando la voz del vecino lleva consigo la memoria de otro continente.
Hay discursos políticos que claman por una España que vuelva a ser “como antes”, pero intuyo que ese regreso es imposible, una nostalgia sin retorno. La natalidad, desplomada, no garantiza el reemplazo generacional; la falta de mano de obra en sectores clave —agricultura, industria, construcción, restauración, servicios, oficios artesanales— obliga a imaginar un país distinto. Nuestros hijos cursan estudios universitarios, acumulan másteres y especializaciones, y no conciben ocupar puestos de trabajo que consideren por debajo de su historial académico; aun así, las previsiones anuncian que harán falta entre 250 000 y un millón de inmigrantes al año, de aquí a 2050, para compensar el envejecimiento demográfico y sostener el frágil edificio de las pensiones. La generación boomer se está jubilando, y el sistema laboral está perdiendo en pocos años alrededor de diez millones de trabajadores: una retirada masiva que abre un hueco enorme en el tejido productivo. Las cifras hablan con brutal frialdad: para que el sistema no colapse, deberá llegar una marea constante de nuevos inmigrantes que alterará de raíz la fisonomía de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestras comarcas.
Si las previsiones no se tuercen, hacia 2050 la mitad de la población española será de origen foráneo, y los apellidos, las fiestas, los sabores y las lenguas dibujarán un mosaico irreconocible para quienes añoran una pureza perdida. Tal vez la única opción sensata sea ir acostumbrándonos, aprender a mirar este cambio no como una amenaza, sino como la forma concreta que adopta nuestro tiempo, el modo en que la historia, silenciosamente, se despliega en el colmado de la esquina.
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