Una de las voces más lúcidas de la psiquiatría británica, Sami Timimi, ha lanzado una advertencia tan incómoda como necesaria: una nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial dureza a los adolescentes, a quienes se patologiza y medicaliza como si su sufrimiento fuera un fallo técnico que hubiera que corregir.
Todos conocemos algún caso: un chico o una chica en la montaña rusa de la adolescencia, que se autolesiona, amenaza con suicidarse o se sumerge en un mutismo oscuro que desconcierta a los adultos. Los padres, aterrados, buscan un nombre que explique lo que sucede: ¿será autismo, será una depresión, un trastorno bipolar? En ese contexto, Timimi, psiquiatra de origen iraquí, disecciona un fenómeno cultural inquietante: hemos llegado a considerar que la tristeza es una avería.
«Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», recuerda. El dolor, que siempre formó parte de la condición humana, se percibe ahora como algo de lo que es posible escapar mediante un recurso técnico adecuado, como si existiera una tecnología capaz de eliminarlo. Esta fantasía -advierte- ha erosionado nuestra resiliencia natural, esa capacidad de cada ser humano para atravesar la angustia y reconstruirse.
En esta nueva visión tecnocrática del ser, la adolescencia —esa etapa de metamorfosis en la que irrumpen preguntas como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?»— deja de ser un tránsito conflictivo pero esperado, y se convierte en un territorio clínico. La soledad, la inseguridad, la alienación, que antes se entendían como parte del crecer, hoy se contemplan bajo una lente psiquiátrica. «Se interpreta como que hay algo malo en ellos», escribe Timimi, y esa lectura desemboca en etiquetas y medicaciones que convierten la crisis en diagnóstico.
No se trata solo de un giro filosófico, sino también de un cambio de mercado. La angustia se ha convertido en un producto rentable: se induce a la persona a creer que el problema está alojado en su interior, en su cerebro o en su química, y se le ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto, seguido del tratamiento adecuado. La salud mental se configura así como un nicho económico extraordinariamente beneficioso, en el que el adolescente acaba siendo tratado de tal modo que se convierte, casi sin darse cuenta, en un paciente crónico.
El diagnóstico moderno funciona como un bien de consumo: al principio alivia, otorga una breve sensación de claridad y pertenencia, pero la satisfacción es efímera y los problemas regresan. Es el mecanismo de las etiquetas. Timimi recuerda el caso de un muchacho de dieciséis años que llegó a su consulta cargado con un pequeño museo de identidades clínicas: autismo, TDAH, trastorno de estrés postraumático, ansiedad, TOC. La búsqueda del diagnóstico perfecto se despliega como una carrera sin meta, siempre en pos de un nombre nuevo que prometa, esta vez sí, la explicación definitiva.
Al fondo, se impone una narrativa poderosa: la teoría del «cerebro roto» que debe ser reparado para liberar al individuo de la culpa o de la angustia. La idea de que hay un tratamiento específico para cada malestar resulta extraordinariamente atractiva: despoja de responsabilidad, convierte la vida en un problema técnico y promete una reparación mecánica.
En los años setenta, la psiquiatría empezó a desarrollar manuales diagnósticos basados en listas de verificación —como el DSM-III y el DSM-IV— con la intención de dotarse de un aire matemático y objetivo. No resolvieron el problema de fondo, pero sí alinearon la disciplina con los intereses del mercado. En Estados Unidos, muchos psiquiatras descubrieron que podían ganar mucho dinero dedicándose a diagnosticar y a prescribir medicación, en lugar de acompañar a sus pacientes en procesos psicológicos complejos. «Esto alineó a la industria psiquiátrica con la farmacéutica», señala Timimi: surgieron terapias diseñadas para cada etiqueta, una avalancha de libros, influencers, podcasts y productos asociados.
Él recuerda sus propios comienzos, cuando todavía no se hablaba en términos de diagnósticos, sino desde una mirada evolutiva y sistémica. Se recibía a las personas con sus familias, sus contextos y sus conflictos, no solo con sus síntomas. Pero paulatinamente el TDAH, el autismo o la depresión infantil fueron dejando de ser rarezas para convertirse en diagnósticos frecuentes, casi cotidianos.
En la última década, el fenómeno ha dado un giro más. Las etiquetas que antaño estigmatizaban se han transformado en señas de identidad, sobre todo entre los jóvenes y en el escenario amplificado de las redes sociales. Hay perfiles de Instagram o TikTok donde la persona se presenta al mundo ante todo por sus rótulos psiquiátricos: «Autista», «TDAH», «Neurodivergente», «Disforia de género».
Es ahí donde la política de identidad se cruza con el complejo industrial de la salud mental. La alianza resulta explosiva: en lugar de preguntarnos por qué nuestra sociedad produce tanto malestar, nos conformamos con clasificarlo y convertirlo en carta de presentación. Se consolida así un yo narrado en clave diagnóstica, orgulloso a veces de su diferencia, pero a menudo atrapado en una definición que reduce y fija.
Timimi observa este panorama sin negar la angustia muy real de los padres que viven aterrorizados por la posibilidad de que sus hijos se conviertan en zombis, anestesiados por las pastillas o atrapados en la desesperación. Pide calma, y propone un concepto que él denomina «domesticación de la infancia». Hace décadas, recuerda, los niños tenían una vida secreta a espaldas de los adultos: jugaban en la calle, exploraban barrios, se alejaban de casa, se metían en líos y aprendían a resolverlos.
Hoy ese margen de libertad ha desaparecido. Los niños viven recluidos en sus hogares bajo la tutela constante de sus padres, pasan del colegio a las actividades extraescolares, pero carecen de un espacio propio no vigilado en el que inventar su cultura y su lenguaje. Paradójicamente, son las redes sociales las que han ocupado ese lugar de la calle y de las aventuras: allí, fuera de la mirada adulta, construyen identidad y pertenencia. Es en ese territorio digital donde se gestan tribus, jerarquías, discursos y etiquetas que los adultos apenas alcanzan a comprender.
Dentro de este entramado, Timimi se detiene en el aumento exponencial de la disforia de género, en particular entre adolescentes mujeres, y lo vincula con el negocio generado en la intersección entre el complejo industrial de la salud mental y las políticas de identidad. A nivel psicológico, afirma, se prepara a muchas personas para una guerra a largo plazo con su propio cuerpo. Compara esta lucha con los trastornos alimentarios, en los que un deseo interno, idealizado, se enfrenta sin tregua a la biología.
La lógica se ha invertido: «La realidad viene de dentro y se proyecta fuera». Así, eres mujer porque te sientes mujer, eres autista porque te sientes autista. Este enfoque, que se presenta como liberador, termina siendo, para Timimi, profundamente reaccionario. Cuando decimos a los jóvenes que su malestar con los roles de género significa que han nacido en el cuerpo equivocado, no hacemos sino reforzar los mismos estereotipos que queríamos destruir.
Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿hay alternativa? Timimi imagina y defiende una psiquiatría que realmente ayude, alejada de la cultura de la etiqueta, de la patologización y de la medicalización sistemática. Propone una «psiquiatría de tacto ligero», que intervenga cuando sea preciso pero que no se convierta en eje de la vida de las personas. En su utopía, los verdaderos pilares de la salud son las cosas materiales, las relaciones, la amistad, la pertenencia a una comunidad, no el médico ni la consulta.
El sistema actual, reconoce, está desbordado, pero lo está en buena medida por su propia lógica. Al etiquetar a los pacientes con condiciones de por vida y hablar de «resistencia al tratamiento», contribuye a crear una profecía autocumplida. Frente a esa inercia, su enfoque es sencillo: intervenciones breves, eficaces, y una despedida rápida. «Ayudar a la gente durante un periodo de tiempo y darles el alta para que sigan con sus vidas», resume.
Timimi cuestiona también el papel de la medicación. No defiende su abolición, pero sí una reconsideración radical de su sentido: dejar de verla como mecanismo de corrección de un defecto biológico para entenderla como una herramienta temporal, útil en momentos acotados y bajo una vigilancia crítica. Cuenta que, en su práctica, pasa más tiempo ayudando a las personas a dejar los fármacos que les recetaron otros colegas que prescribiendo nuevos.
Su propuesta exige que la psiquiatría abandone la pretensión de ser una «mecánica del cerebro» y se transforme en algo con contenido poético: una rama filosófica de la atención sanitaria. En lugar de dictar sentencias médicas sobre identidades y destinos, el psiquiatra debería ofrecer «un marco de creación de sentido». Su tarea se asemejaría a la de un Sócrates contemporáneo, que acompaña al paciente en el arte de comprenderse y de narrarse, ayudándole a reconocer su propia historia sin reducirla a una etiqueta. «Somos un poco como guías filosóficos: podemos apuntarte en cierta dirección, pero la recuperación es algo que la gente hace en sus propias vidas», escribe.
No se trata de un sueño sin anclaje. Existen ya modelos alternativos en Europa, en lugares como Finlandia o Trieste, que demuestran que es posible cuidar del sufrimiento sin convertirlo en una enfermedad crónica. Timimi invita a recuperar la confianza en nuestra capacidad innata para sanar, a aceptar que la normalidad no es una categoría médica, sino el fluir mismo de la vida con su desorden, su fragilidad y su belleza imprevisible.
(Entrada inspirada en el artículo de Daniel Arjona, El millonario negocio del sufrimiento: "La angustia da beneficios". En el diario El Mundo, domingo, 1 de febrero).







