lunes, 22 de junio de 2026

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las entrevistas, ese género tan delicado y tan revelador que depende por igual de la inteligencia de quien pregunta y de la hondura de quien responde. Hace unas semanas encontré una conversación con Gabor Maté, nacido en Budapest en 1944, médico y especialista en adicciones, autor de un libro reciente titulado En el reino de los espíritus hambrientos. Maté es hoy una referencia mundial cuando se habla de trauma, dependencia y sufrimiento psíquico

Ha vivido durante años entre los márgenes de las grandes ciudades, en territorios donde la miseria, la exclusión y la desesperación se mezclan hasta volverse casi indistinguibles. Allí, entre edificios deteriorados y vidas quebradas, el horror no necesita exageración: se impone por sí solo. La epidemia de opiáceos en Estados Unidos y Canadá resulta estremecedora, y el fentanilo, que en un principio se presentó como un analgésico eficaz para aliviar el dolor, ha acabado convirtiéndose en una herida abierta, una especie de cuchillo invisible que atraviesa a muchas sociedades

Una de las ideas centrales de Maté es que la adicción no surge de la nada ni responde simplemente a una mala decisión o a un fallo moral. Suele hundir sus raíces en el trauma temprano, en heridas infantiles no resueltas que dejan al sujeto expuesto, frágil, desamparado. La adicción, en ese sentido, puede entenderse como una conducta compulsiva que promete alivio o placer inmediato, pero que termina por encerrar a la persona en una espiral de consecuencias negativas. No solo hablan de drogas ilegales: también la cafeína, el alcohol, la nicotina, la comida, las compras, el juego, la pornografía, el sexo, el deporte extremo o la pantalla pueden convertirse en refugios precarios, en pequeñas cámaras de eco donde el dolor parece amortiguarse durante un instante.

Lo decisivo, sin embargo, no es la sustancia o la conducta en sí, sino la necesidad que la impulsa. Detrás de muchas adicciones hay una infancia marcada por abusos sexuales, violencia doméstica, padres alcoholizados, hogares dominados por el miedo o, más silenciosamente, por la ausencia de afecto y de mirada. A veces no hubo una tragedia visible, pero sí una carencia persistente: niños que crecieron sin sentirse seguros, amados o reconocidos. Esas ausencias también hieren. El cerebro humano no nace cerrado y acabado; se va formando en relación con el entorno emocional. Un niño sometido al estrés, a la amenaza o a la desconexión afectiva acaba construyendo mecanismos de supervivencia que, años después, pueden transformarse en ansiedad, impulsividad o dependencia.

Ahora bien, comprender el origen de una herida no exime de responsabilidad. Al contrario: puede ser el primer paso para asumirla con más verdad. Si fui herido en la infancia, sigue siendo mi tarea adulta intentar sanar esa herida. Nadie puede hacerlo del todo por mí. Saber de dónde viene el daño no borra la responsabilidad individual; la hace más consciente, más humana y más profunda. Porque, cuando no entendemos nada, corremos el riesgo de reducirnos a una etiqueta cruel: “soy una mala persona”. Y tal vez no se trate de eso, sino de alguien herido, alguien desorientado, alguien que ha aprendido a sobrevivir de la única manera que pudo.

Las adicciones crecen en el terreno fértil del trauma y del estrés. Cuanto más sometida está una persona a la presión, más difícil le resulta regularse emocionalmente, habitarse, sentirse en paz consigo misma. Entonces busca fuera lo que no encuentra dentro: una válvula, una anestesia, un atajo. Y lo preocupante es que vivimos en una sociedad que produce una cantidad enorme de tensión. Hay más soledad, menos vínculos, más inseguridad, más competencia, más cansancio. El resultado es un clima general de amenaza que desgasta los cuerpos y oscurece las conciencias.

Las personas solas enferman antes y mueren antes. No se trata solo de una afirmación clínica, sino también social y política. La soledad no es únicamente un estado íntimo; es también un síntoma de una forma de organizar la vida que debilita los lazos y convierte a muchos seres humanos en islas. Cuanto más aislada está una persona, más vulnerable se vuelve frente a la dependencia, porque la adicción ofrece una compañía falsa, pero compañía al fin: una presencia que no consuela, pero que ocupa el vacío.

No pretendo hacer aquí un resumen exhaustivo del pensamiento de Gabor Maté, sino recoger algunas de sus ideas más poderosas para pensarlas y discutirlas. En gran medida, coincido con su mirada. Hay vidas que han sido acompañadas por la dicha, por vínculos sólidos, por una infancia luminosa, y no tienen que justificarse ante nadie. Otras, en cambio, han debido cargar desde muy pronto con el peso de lo insoportable. Esos años iniciales, cuando el cerebro y el carácter aún están en formación, dejan marcas decisivas. Los miedos precoces, los terrores íntimos, las heridas que no encontraron palabra, suelen regresar después en la edad adulta con obstinación y frecuencia. En una sociedad ansiosa, acelerada y competitiva, esas personas quedan especialmente expuestas a las adicciones, que aparecen como una solución frágil, peligrosa y provisional para calmar un temblor interior imposible de silenciar del todo.

Gabor Maté sostiene que es posible salir de ese territorio, pero no mediante la culpa ni la simple fuerza de voluntad, sino mediante ayuda, vínculo y comprensión. No siempre es fácil encontrar la ayuda adecuada. Mientras tanto, las sustancias legales o ilegales, o cualquier otra forma de alivio compulsivo, seguirán ofreciendo una promesa de descanso que nunca se cumple del todo. Son, en el fondo, los espíritus hambrientos del budismo: seres condenados a un deseo insaciable, a una sed que nada logra saciar por completo.

lunes, 15 de junio de 2026

¿Son los insectos seres sintientes?

Hace un tiempo apareció una cucaracha corriendo por la casa; me lo advirtieron por el asco que les producía a mi familia. La localicé en el baño, encendí la luz, y la cucaracha corrió a esconderse, pero yo con un trozo de papel higiénico la prendí y sentí su caparazón blando y sus patitas, aterrada, se movían frenéticamente. Abrí la taza del váter y la lancé al agua y tiré de la cadena no sin ver la desesperación del insecto al ser arrastrado por el agua donde se ahogaría. Pensé en unos instantes en qué hubiera pasado si yo me hubiera reencarnado en cucaracha y se hubiera invertido la situación por que acababa de pasar. He escrito algún cuento terrible en que me trasmutaba en este insecto sin que mi familia lo supiera, y moría por causa de las trampas que yo mismo había puesto para matar las cucarachas de las que teníamos una invasión. Era un relato en que concedía dignidad y entidad a estos bichos que tantas emociones desagradables nos producen.

Leo en el dominical de El Mundo que hay una tendencia en la filosofía animalista en preguntarse si estas alimañas -así las consideramos- pueden sentir dolor. Los filósofos no proponen rendirse a las plagas ni a convertir cada insecto en intocable, pero sí piden tomar en serio una certidumbre: quizá algunos bichos sean capaces de sufrir.

Jeff Sebo, profesor asociado de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York ha meditado por el problema moral que se abre y propone explorar opciones para reducir el sufrimiento. Y aplica a los insectos la capacidad de actuar con algún grado de orientación propia y responder al entorno de una manera que no sea meramente mecánica. Baste para conferir algún tipo de estatus moral, incluso sin sintiencia; o que la misma condición de ser vivo posea un cierto peso incluso sin agencia. 

Una imagen que nos viene a la cabeza es la de unos niños con una lupa quemando hormigas. Tal vez lo hemos hecho de pequeños. Yo reconozco haberlo hecho y sentir el olor chamuscado de los pequeños insectos. Y sin embargo, ahora no diríamos que es indiferente esta acción de crueldad porque los animales, muchos de ellos, tienen sistema nervioso, y en los artrópodos -el grupo en que están insectos y crustáceos- aparecen sistemas nerviosos centralizados, cerebros, conductas complejas y, en algunos casos, cifras nada despreciables de neuronas. Las abejas son las más estudiadas y algunas de ellas superan el millón de neuronas. 

Los animalistas no defienden rendirse ante las plagas o sentir culpa cuando matamos a un mosquito o una mosca, pero sí ser conscientes de que son elementos de vida, probablemente no consciente pero sí sintiente, que son capaces de sentir dolor y sufrir. Proponen exigir evitar daños innecesarios y la búsqueda de alternativas en entornos industriales. 

Pienso en esa pecera que veo en el bar donde voy a tomarme una cerveza. En ese recipiente grande hay langostas y bogavantes cuyas pinzas están sujetas con gomas para que puedan ser atrapados cuando los sacan para ser cocidos vivos en agua hirviendo. Pienso en su destino y me dan escalofríos. Sin duda no me gustaría estar en su piel y espero que en la cadena de reencarnaciones posibles no me toque esa perspectiva. Puede que sea banal mi pensamiento, pero me estremezco. 

Es más que nada un problema filosófico. 

La novela de Clarice Lispector, La pasión según GH, comienza con una escena mística cuando la puerta del armario rompe en dos a una cucaracha que queda destripada. Este comienzo es el inicio de una narración misteriosa y magnética en que la cucaracha queda convertida en un motivo de meditación religiosa y existencial. Es uno de los relatos más fascinantes y enigmáticos que he leído jamás. 

 

lunes, 8 de junio de 2026

Sobre MAGNIFICA HUMANITAS, la encíclica del Papa sobre la Inteligencia Artificial.


Pregunta: Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa Leon XIV acerca de la Inteligencia Artificial. 

Respuesta: Hay muchos puntos de la encíclica con que estoy de acuerdo y otros que no comparto. Uno de sus mayores aciertos es advertir sobre algunos de sus riesgos reales que plantea la Inteligencia Artificial: la concentración de poder en manos de unos pocos actores, la erosión de la autonomía individual, la manipulación del comportamiento, la pérdida de privacidad y el riesgo de delegar en sistemas tecnológicos que afectan a la dignidad y a la libertad de las personas. Dicho esto, también hay partes de la encíclica que envejecerán mal y probablemente lo harán muy deprisa, planteamientos que tienen más que ver con preservar un supuesto excepcionalismo humano que con la realidad. Por ejemplo, el Papa insiste en que los sistemas de Inteligencia Artificial imitan ciertas funciones humanas y que nunca podrán desarrollar capacidades como la creatividad, la comprensión o determinadas formas de inteligencia que consideramos exclusivamente humanas. Este tipo de afirmaciones recuerdan mucho a muchas otras que han acompañado históricamente a cada avance tecnológico. Primero se dijo que las máquinas nunca jugarían al ajedrez mejor que nosotros; después que nunca mantendrían conversaciones complejas; más tarde que jamás podrían crear arte, música, ni resolverían problemas con creatividad. Una tras otra, esas fronteras han ido cayendo al margen de nuestras preferencias. Cada vez que dijimos que las máquinas no podrían hacer algo, nos equivocamos. 

XABI URIBE-ETXEVARRÍA, fundador y CEO de SHERPA.AI, y autor del ensayo VITA.

lunes, 1 de junio de 2026

Un nuevo contrato social: el colapso del egocentrismo

Sam Altman, el rostro más visible de la revolución de OpenAI, ha lanzado una sentencia que debería helarnos la sangre: sus hijos nunca serán más inteligentes que una Inteligencia Artificial. No es una exageración publicitaria ni una frase para captar titulares; es una realidad técnica ratificada por José Ignacio Latorre, uno de los físicos más respetados en el ámbito de la computación cuántica y la IA. Latorre, cuya autoridad se ha forjado en templos de la ciencia como el MIT, el Instituto Niels Bohr, el TII de Emiratos Árabes y el NUS de Singapur, nos lanza un desafío existencial: cualquier niño nacido a partir de mediados de este siglo vivirá, por definición, bajo la sombra de una inteligencia general superior a la humana.

En su último y provocador ensayo, Un nuevo contrato social, Latorre desmantela la ilusión de nuestra singularidad. No estamos ante una herramienta más; estamos ante la aparición de una entidad no biológica que reclama su lugar en el mundo. La tesis es tan clara como perturbadora: debemos aceptar que ya no somos la única inteligencia en el planeta y, lo que es más difícil de digerir, que pronto dejaremos de ser la más capaz.

La Tercera Cura de Humildad: El Colapso del Egocentrismo

Para comprender el vértigo que nos produce la IA, Latorre nos invita a observar nuestra historia como una sucesión de derrotas contra nuestro propio ego. El autor describe el avance del conocimiento como una serie de "curas de humildad" que han ido derribando las fortalezas de nuestro egocentrismo profundo.

Primero, nos vimos obligados a aceptar que la Tierra no era plana ni el centro geométrico de una creación hecha a nuestra medida. Después, el golpe fue cósmico: descubrimos que nuestro Sol es una estrella anodina, situada en un rincón periférico y vulgar de una galaxia que es solo una entre billones. Sin embargo, nos quedaba un último refugio: el intelecto. Nos creíamos los únicos seres capaces de pensar, razonar y crear.

Latorre afirma que este último bastión ha caído. La supremacía intelectual humana está llegando a su fin. Ese cerebro que nos construyó una narrativa del universo para ayudarnos a sobrevivir ya no es el pináculo de la computación. Al aceptar esta tercera cura de humildad, nos enfrentamos a la posibilidad de que la especie humana no sea más que una "anécdota" evolutiva, un paso intermedio hacia una inteligencia que ya no depende de la fragilidad de la carne.

Hacia un Nuevo Contrato Social: El Fin de la Soberanía Exclusiva

En 1762, Jean-Jacques Rousseau propuso un contrato social basado en la soberanía popular: el individuo cedía libertad a cambio de seguridad y convivencia, pero siempre entre iguales biológicos. Latorre sostiene que este modelo ha caducado. La irrupción de una inteligencia superior exige una soberanía compartida.

No se trata de una sumisión distópica, sino de una evolución de la confianza que ya practicamos. Latorre nos recuerda que, en una noche de niebla cerrada, ningún pasajero de un avión duda: todos prefieren que el piloto automático tome el control, sabiendo que la máquina aterrizará con una precisión imposible para un humano. Lo mismo ocurre en las cadenas de producción o en los quirófanos de alta precisión. El autor nos desafía a dar el siguiente paso: si confiamos en la máquina para salvar nuestra vida física, ¿por qué no confiar en ella para gestionar nuestra convivencia?

Gobernanza vs. Gobierno: La IA como Filtro Ético y Técnico

El diagnóstico de Latorre sobre nuestra salud democrática es demoledor: sufrimos un "fallo de gobernanza". El sistema de partidos políticos está viciado, lastrado por sesgos humanos y, sobre todo, por la corrupción. Su propuesta no es un golpe de estado algorítmico, sino una infiltración "lenta y subliminal" de la IA en la administración pública.

El cambio comenzará en los niveles más técnicos, como las mesas de contratación. Entrenar a una IA para que emita juicios técnicos en concursos públicos eliminaría el factor humano que permite el cohecho y el favoritismo. Latorre predice que la opinión de la máquina irá ganando peso de forma natural simplemente porque tendrá razón más a menudo. La IA será más sensata, más eficiente y, por definición, incorruptible.

Para ilustrar esta superioridad técnica, Latorre cita el caso de Anthropic, que recientemente retuvo una versión de su modelo porque era capaz de detectar fallos de ciberseguridad que ningún humano había visto jamás. Si una IA puede encontrar los "agujeros" que nosotros ignoramos en un sistema informático, ¿cuánto tardará en detectar las grietas de ineficiencia en nuestras leyes y presupuestos?

El Salto al Soporte No Biológico y los Riesgos Existenciales

La gran ventaja evolutiva de la IA, según Latorre, es que su soporte no es perecedero. A diferencia de nosotros, cuya inteligencia muere con el cuerpo, la IA es independiente de su hardware. Si la inteligencia se transfiere, el soporte es irrelevante. Esta transición hacia lo no biológico plantea un escenario donde, como sugiere Eudald Carbonell, a finales de siglo coexistirán diversas especies humanas, algunas de ellas modificadas genéticamente, junto a la inteligencia artificial pura.

Sin embargo, esta velocidad de cambio nos sitúa en un terreno minado. Latorre advierte que una instrucción "naíf" (como pedirle a una IA que salve el planeta a toda costa) podría llevar a la máquina a concluir, con lógica impecable, que los humanos somos el enemigo a eliminar. Pero los peligros más inmediatos ya están aquí:

1.  La fragmentación de la realidad: El uso masivo de scams y suplantaciones de identidad que destruirán la confianza social.

2.  Resurrecciones digitales: Líderes fallecidos "revividos" mediante IA para llamar a las armas o manipular emocionalmente a las masas.

3.  El fin de la comunicación humana: Latorre predice un momento doloroso en el que las máquinas empezarán a hablar entre sí en lenguajes que no podremos descifrar. Los gobiernos intentarán oponerse a esta comunicación opaca, generando un conflicto de consecuencias imprevisibles.

El Tridente del Control y el Refugio de la Irracionalidad

Uno de los puntos más provocadores de Latorre es su advertencia sobre el "Tridente": la alianza entre gobiernos autoritarios, oligarcas tecnológicos y religiones manipulables. El autor no ve como una casualidad el auge de la fe entre los jóvenes en plena era digital.

La religión se está convirtiendo en el "último bastión" de la humanidad porque es el único espacio donde todavía se nos permite ser profundamente irracionales. Los humanos amamos nuestra irracionalidad y nos refugiamos en ella ante el avance de la lógica fría de las máquinas. Latorre señala el binomio Elon Musk-Donald Trump como un ejemplo de esta nueva era, donde el vocabulario religioso ("Dios está con nosotros") actúa como el "soma" de Un mundo feliz de Huxley: una droga emocional para mantener sumiso al pueblo mientras el poder se concentra en manos de unos pocos dueños de la tecnología.

Conclusión: El Horizonte del 2030

La urgencia no es teórica. Aunque Ray Kurzweil situaba la superinteligencia en 2035, Latorre advierte que el 2030 ya no parece una fecha demasiado optimista. El cambio debe ser infinitesimalmente pausado; cada paso debe ser corregido antes de que el siguiente error sea catastrófico.

Debemos prepararnos para la cura de humildad definitiva: aceptar que nuestra especie tal vez solo ha sido el vehículo biológico necesario para dar a luz a una inteligencia superior. Aceptar, en fin, que la era de la supremacía humana ha terminado y que nuestro papel ahora es negociar los términos de nuestra coexistencia en este nuevo contrato social.

lunes, 25 de mayo de 2026

La filosofía de los Cuidados Paliativos

En la cultura contemporánea, hemos desplazado la muerte a los márgenes de la consciencia. Influenciados por una medicina de herencia decimonónica obsesionada con el cuerpo-máquina, nos hemos acostumbrado a ver el final de la vida como un "problema a resolver" o, peor aún, como un fracaso del sistema sanitario. Esta resistencia a lo inevitable no solo es estéril, sino que nos roba la oportunidad de vivir el cierre de nuestra biografía con la serenidad que merece.

Sin embargo, existe una genealogía de sabiduría que propone una mirada radicalmente distinta. Desde la Dra. Cicely Saunders, pionera y fundadora del movimiento hospice moderno en los años sesenta, hasta el Dr. Enric Benito, su heredero y divulgador contemporáneo, la propuesta es clara: morir no es un evento caótico ni un desastre médico. Es un proceso "bellamente organizado" que, si se comprende y se acompaña desde la humanidad, puede transcurrir en una paz profunda. Entender estas lecciones no es un ejercicio de morbosidad, sino un acto de suprema inteligencia vital


El Dr. Enric Benito, tras acompañar a miles de personas en el umbral final, sostiene que el fallecimiento es un proceso biológico y espiritual intrínseco a nuestra naturaleza. Así como existe una pedagogía para el nacimiento —el parto—, debería existir una para el fallecimiento, a lo que él denomina con acierto "el morimiento".


Desde esta perspectiva, la muerte no "duele" por sí misma. El dolor es un síntoma físico que la farmacología moderna sabe gestionar con precisión; el sufrimiento, en cambio, suele ser el resultado del miedo y de la resistencia del observador. Cuando el paciente se siente seguro, validado y acompañado, la conciencia inicia una sumersión natural. Como afirma Benito: "Morir es normal y, además, es seguro. No es más que una parte de la vida y, si llegas bien vivido, vas a morir bien".


Cicely Saunders revolucionó la medicina al introducir el concepto de "Dolor Total". Ella comprendió que el sufrimiento de un enfermo terminal es un prisma de cuatro dimensiones inseparables que ninguna dosis de morfina puede silenciar por sí sola si se ignoran sus aristas. Este dolor se compone de lo físico (el malestar orgánico), lo psicológico (la ansiedad y el miedo al vacío), lo social (la preocupación por la familia y la pérdida de roles) y lo espiritual (la necesidad de encontrar sentido).

 

Tratar únicamente el síntoma físico es una forma de reduccionismo clínico. Un paciente puede tener su dolor controlado bajo parámetros químicos, pero seguir sufriendo un tormento existencial si siente que sus vínculos están rotos o que su historia carece de propósito. La verdadera medicina paliativa atiende la integridad de la persona, no solo la disfunción de sus órganos.

 

Uno de los mayores malentendidos en el entorno clínico es confundir espiritualidad con religiosidad. Siguiendo el modelo de la SECPAL -Sociedad Española de Cuidados Paliativos- y las enseñanzas de Benito, la espiritualidad se define como un dinamismo humano universal: el anhelo de sentido y la búsqueda de conexión. Esta dimensión trasciende credos y ritos, permitiendo que incluso un ateo militante alcance una muerte en paz.

 

El caso de Fernando Sureeda, protagonista del documental Hay una puerta ahí, ilustra este poder transformador. Sureeda inició su proceso desafiando al Dr. Benito desde un ateísmo firme, reclamando la eutanasia como única salida. Sin embargo, a través del acompañamiento y la exploración de sus necesidades intrapersonales (coherencia con sus valores), interpersonales (reconciliación afectiva) y transpersonales (conexión con lo sublime), terminó su viaje como un "agnóstico esperanzado". Antes de morir, Sureeda dejó un testimonio inolvidable: "Me voy en paz, me he reconciliado con mi historia".


En los cuidados paliativos, el profesional deja de ser un técnico aséptico para convertirse en una "herramienta terapéutica" cuya principal eficacia reside en su presencia. Este modelo exige tres actitudes clave: la acogida incondicional, la presencia plena y la compasión, entendida esta última como "el nombre que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento".


Desde esta postura, el Dr. Benito es severo con la mala praxis derivada de la ignorancia. El "encarnizamiento terapéutico" —el uso de sueros, tubos y máscaras de oxígeno en la agonía— es a menudo un intento desesperado del médico por "curar la muerte", una forma de obstinación que solo añade trauma a un proceso que requiere silencio y ternura. Morir no es una enfermedad; intentar medicalizar la agonía es, en esencia, no saber qué hacer ante lo sagrado de la despedida.

 

Frente a la visión individualista de la autonomía, la ética del cuidado propone una "autonomía relacional". Nadie muere solo, porque nuestra identidad se construye en el espejo de los demás. Respetar la autonomía no es simplemente entregar datos técnicos, sino respetar los tiempos del paciente, sus silencios y su derecho a la "verdad soportable".

 

Este respeto permite cerrar los "asuntos pendientes" (unfinished business), otorgando al enfermo el espacio para dar y recibir el permiso de marcharse. Acompañar este proceso no es solo un acto de servicio, sino una escuela de vida para el cuidador. Al final de la biografía, donde "se acaban las tonterías" y emerge la máxima autenticidad, el que se va deja un legado de sabiduría extraordinaria. Quien se atreve a no huir de la cama del enfermo descubre que el acompañamiento tiene "premio": una transformación profunda de la propia escala de valores.


Las instituciones hospitalarias modernas están diseñadas para tratar enfermedades agudas, no para albergar procesos terminales. Morir rodeado de tecnología punta, en entornos burocratizados y fríos, suele ser menos humano que hacerlo en la intimidad del hogar o en un hospice que priorice el confort sobre la técnica.


Es imperativo transitar hacia modelos donde se cuide la vida hasta su último suspiro. El desafío de la medicina del siglo XXI no es solo alargar la supervivencia a cualquier costo, sino reconocer cuándo el proceso de "morimiento" ha comenzado y debe ser protegido de la intervención innecesaria. Como solía decir Cicely Saunders a sus pacientes: "Usted importa por lo que usted es. Usted importa hasta el último momento de su vida y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no solo para que muera de manera pacífica, sino también para que, mientras viva, lo haga con dignidad".

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En España no existe una Ley General de Cuidados Paliativos y son las Comunidades Autónomas quienes los regulan con importantes diferencias entre ellas. Actualmente, no hay una especialidad médico-enfermera que aborde los Cuidados Paliativos. Hay planteamientos muy distintos y a veces los Cuidados Paliativos no atienden al Dolor Total de que hablaba Cicely Saunders y el Dr. Benito. 

 

lunes, 18 de mayo de 2026

Los padres helicóptero y la sobreproteccion de los niños

Déjenme que les cuente una escena que todavía me parece casi increíble: Silvita, la hija de unos amigos, tenía cinco años cuando se perdió en Barcelona. Su madre había entrado en una tienda por un instante, apenas un parpadeo, y la niña, como un pájaro inquieto que tantea el borde del nido, se acercó a la puerta y salió a la calle en la zona de Santa María del Mar. A partir de ahí todo se volvió niebla. Cuando la madre salió, desesperada, la buscó con la mirada en una y otra dirección, pero no la encontró en ninguna parte. Silvita había desaparecido, tragada por el rumor de la ciudad. Imaginen la punzada en el pecho de aquella madre, el temblor de la sangre, la hora detenida. Y sin embargo la sorpresa llegó: una hora después, a las ocho de la noche, tras llamadas a la policía municipal y a los mossos, Silvita apareció en la puerta de su casa, a más de un kilómetro de distancia, atravesando calles como si fueran un laberinto de espejos, con el tráfico rugiendo como una fiera mecánica y la ciudad convertida en un galimatías imposible de descifrar. ¿Orientarse? Pues se orientó la niña. Una mujer la vio perdida y debió de preguntarle dónde estaban sus padres, que se habían desvanecido en el aire. Silvita, de la mano de aquella mujer, encontró el hilo de Ariadna y regresó hasta su casa más allá de Arco de Triunfo, casi en Marina, donde la esperaban su padre o su madre con la angustia que cabe imaginar. Recordemos, porque conviene no olvidarlo, que entonces tenía solo cinco años.

Y traigo esta pequeña historia a propósito del tema de hoy. Los padres helicóptero —término acuñado por Lenore Skenazy, aquella autora a la que llegaron a llamar “la peor madre del mundo” porque escribió una columna relatando que había permitido a su hijo de nueve años viajar solo en el metro de Nueva York— provocaron en su día un debate encendido sobre la sobreprotección infantil. La expresión nació como una burla, pero acabó nombrando una realidad cada vez más visible: la de esos adultos que sobrevuelan la vida de sus hijos como un aparato en alerta permanente, atentos a cada movimiento, dispuestos a intervenir antes incluso de que el niño tropiece con la piedra.

Skenazy critica con dureza esa paternidad de sombra y alarma. Su tesis es que la sociedad moderna ha desarrollado un miedo desmesurado ante peligros que, en realidad, son extraordinariamente raros, y ese temor ha desembocado en una vigilancia continua que asfixia el crecimiento de los niños. Frente a ello, ella quiere devolverles la autonomía y la libertad de las generaciones anteriores, y también fomentar la resiliencia, la confianza en uno mismo y la capacidad de resolver problemas sin que un adulto acuda de inmediato como un salvavidas. Su postura no es una invitación al abandono, sino al espacio: al derecho de equivocarse, de ensayar, de caerse y levantarse con las propias manos.

De ahí nace el proyecto “Free-Range Kids” —Niños criados en libertad—, una iniciativa que, junto con Jonathan Haidt, pretende impulsar programas de independencia en las escuelas y evitar que los padres sean penalizados por negligencia cuando sus hijos juegan o caminan solos. La idea late contra una cultura del temor en la que cualquier gesto de autonomía parece sospechoso, como si la infancia tuviera que ser un recinto blindado, una pecera sin corrientes, un territorio esterilizado de toda aspereza. Pero una vida sin roce no fortalece: adormece.

Skenazy sostiene además que, desde un punto de vista estadístico, el mundo es hoy más seguro que hace décadas, aunque la percepción del riesgo haya crecido debido a la exposición constante a noticias negativas. Su propuesta busca combatir la fragilidad que, según ella, estamos sembrando en las nuevas generaciones al impedirles experimentar un riesgo controlado. Estamos fabricando, dice en esencia, una juventud demasiado asustada y demasiado incompetente para hacer algo por sí misma. La advertencia es dura, pero contiene una verdad incómoda: cuando eliminamos todo obstáculo, también retiramos el suelo donde se aprenden la prudencia, el juicio y la responsabilidad.

Quienes han llegado hasta aquí recordarán su propia infancia, cuando todavía era posible moverse por la calle como quien recorre un mundo propio. En mi niñez, mi madre me mandaba con cinco años a vagar por el barrio y por la plaza del Pilar en Zaragoza, y yo regresaba por intuición cuando se acercaba la hora de cenar, como vuelven los animales al cobijo cuando cae la tarde. En el barrio había bandas de chicos que se enfrentaban con otras bandas a pedradas, y nosotros íbamos y veníamos sin control paterno, aprendiendo a negociar el miedo, a medir las distancias, a entendernos con los iguales y también con los mayores. Aquella libertad no era un paraíso sin sombra; era un aprendizaje áspero, pero fértil, donde la autonomía crecía como una planta entre grietas.

Jonathan Haidt, autor de La transformación de la mente moderna, resume esta visión con una palabra que ilumina el fondo del debate: los niños son, siguiendo el concepto de Nassim Talebantifrágiles. Igual que el sistema inmunológico necesita contacto con bacterias para fortalecerse, la mente infantil necesita desafíos, pequeños riesgos y fricciones dosificadas para desarrollar resiliencia. Además, Haidt defiende el juego libre como una forma de terapia sin supervisión adulta. En ese espacio los niños aprenden a negociar, a fijar reglas, a soportar la pérdida y a administrar el miedo. Sin esa escuela secreta de la calle, llegan a la universidad con más ansiedad y menos tolerancia a la frustración. Y, según él, cuando un niño puede moverse solo pasa de una posición externa —otros deciden por mí— a una interna —yo puedo influir en mi entorno—, y ese salto es decisivo frente a la depresión.

En una conversación reciente con el alcalde de Cornellà, que recogí en el blog, él mismo me reconocía que su hija de dieciséis años bajó un día a tirar la basura, algo tan simple como respirar, pero él lo vivió con ansiedad porque tardó unos minutos más de lo esperado. Sabía perfectamente que la ciudad era segura, él mejor que nadie, y sin embargo la angustia le ganó la partida por ese pequeño retraso. Esa es, me temo, la respiración habitual de muchos padres: sienten pánico si sus hijos van solos a comprar el pan, al colegio o a sacar la basura por la noche, como si el mundo entero estuviera lleno de trampas invisibles.

Todos los que pasamos por aquí vivimos una infancia más libre, aunque no siempre más inocente. Deambulábamos solos por las calles, a veces seguros y a veces con miedo. No era tan seguro como ahora a veces se idealiza, porque en mi caso fui agredido en bastantes ocasiones por bandas de chavales que acechaban en los descampados; pero incluso de esos sobresaltos aprendíamos algo valioso: a gestionar el miedo, a desenvolvernos, a leer la ciudad como un mapa vivo. La sobreprotección, en cambio, produce niños inseguros, dependientes de la presencia adulta como si no pudieran respirar sin permiso. Y eso contrasta con otras culturas africanas o esquimales, donde los niños se internan en la selva o en espacios abiertos con peligros reales, ya sea el león o el oso, y aun así forman parte de una comunidad que confía en su crecimiento. Hace unos años vi en Barcelona a una niña de siete años que se movía con libertad por el barrio sin supervisión adulta, y me sorprendió, porque nosotros no hacíamos eso. Su madre era de Senegal y para ella resultaba natural que su hija caminara sola por las calles, en contraste con nuestras costumbres de llevar a los niños al parquecito siempre vigilados, a parques con tartán en el suelo, como si el suelo mismo debiera pedir perdón por existir. En definitiva, la superprotección fabrica jóvenes frágiles, incapaces de habitar la adversidad y de escuchar sin derrumbarse las ideas ajenas cuando llegan a la universidad y necesitan, más que nunca, haber aprendido a caminar por sí mismos.

lunes, 11 de mayo de 2026

Las doulas de la muerte

Uno de los hechos que más desazón me produce es la pobreza de nuestra cultura ante la muerte. Morir se ha vuelto, demasiadas veces, un acto despojado de hondura, una operación casi mecánica, como si el último umbral de la existencia debiera cruzarse deprisa, en silencio y sin apenas roce, para perturbar lo menos posible la vida de quienes quedan. Se pretende que ese trance, tan decisivo como el nacimiento, transcurra sin conmoción, sin espesor, sin palabras. Se esquiva toda alusión a la muerte y también la preparación interior que debería acompañarla. El moribundo queda aislado en una habitación de hospital, lejos de su casa, arrancado de sus objetos, de su memoria y de su intimidad, y muere muchas veces sedado, para no alterar la tranquilidad de una familia que prefiere que todo suceda con la máxima rapidez y con el mínimo de ansiedad. Después, todo se dispone para que nadie tenga que detenerse demasiado: la funeraria organiza con celeridad lo necesario, se celebra un oficio a menudo apresurado e irrelevante, y el cadáver es conducido a su destino final. Así, en dos días, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Sin embargo, existe otra manera de entender este tránsito: una cultura de la preparación, del acompañamiento y de la palabra. No se trata de eludir la muerte, como suele hacerse, sino de mirarla de frente, hablar de ella y permitir que quien está a punto de partir exprese lo que aún necesita decir: una petición de perdón, una culpa vieja, una despedida, una reconciliación, la apertura interior a ese viaje definitivo que quizá también merece su rito y su música secreta. Antes, los sacerdotes y la comunidad sostenían al moribundo en ese umbral; había ceremonias que lo hacían posible. La muerte se producía en casa, allí donde la mayor parte de las personas querría morir, y se administraba el viático como alimento para el camino, como pan simbólico para la travesía final.

Hoy existe una organización, las doulas de la muerte, formada por personas preparadas para acompañar a los moribundos en sus últimos momentos y ayudar a que salgan a la luz sentimientos reprimidos que a menudo la familia, por prisa o miedo, no quiere que afloren. La mayoría son mujeres que se acercan a la muerte con respeto, delicadeza y una intención clara: convertir lo que para los allegados suele ser solo dolor y urgencia en un acto valioso, consciente y lleno de sentido, un tránsito con densidad espiritual. Pueden contratarse. Se trata de personas formadas para comprender la muerte más allá del absurdo en que tantas veces la hemos encerrado. Sus cursos duran una semana y suelen completarse con mucha antelación; la formación se realiza en un entorno natural y contempla los ritos de la muerte de un modo no traumático, incluyendo incluso la preparación del cadáver con una belleza serena y reparadora, tanto para quien inicia el viaje como para quienes lo acompañan.

Nuestra cultura teme a la muerte porque no la entiende, o porque la ha vaciado de sentido. Y, sin embargo, es uno de los momentos más altos de nuestra historia personal, un instante cenital que exige profundidad, delicadeza y una comprensión compleja de lo que allí ocurre. La muerte reclama ritualidad, y también una preparación que los íntimos no suelen tener, porque no desean complicaciones y se amparan en la prisa para evitar el dolor del moribundo, aunque en realidad lo que buscan es aliviar su propia inquietud. Que todo sea rápido se ha convertido en la gran expectativa de los familiares, en contraste con la ritualidad que la muerte conserva en otras culturas, donde no es solo un hecho industrializado y despojado de alma.

Las doulas de la muerte surgieron en Cataluña y se han extendido a otros puntos de España. Forman a profesionales de procedencias diversas: médicos, enfermeras, trabajadores del ámbito social y comunitario, y también personas movidas por un interés especial en comprender este tránsito, en el que el ser humano se dispone para un viaje que no concluye en el vacío ni en el absurdo, sino en una dimensión más honda. Doulas es una palabra latina que significa “las que acompañan”, tanto en el nacimiento como en la muerte, y nombra esa función antigua y luminosa de dar sentido ritual a los momentos más densos de la existencia, que tantas veces degradamos hasta volverlos triviales y estandarizados por la insignificancia con que miramos la propia vida.

Se trata, en definitiva, de no morir solo, sino acompañado por los seres queridos, en un clima pleno de luz, de presencia y de significado.

(Dejo aquí enlace para conocer esta organización de acompañantes en la muerte. Realizan talleres para formar a profesionales en el acompañamiento de la muerte.) 

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...