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sábado, 2 de mayo de 2026

¿Cómo promover la natalidad? Una propuesta noruega.

Durante unos años fui un viajero habitual de los aeropuertos europeos y de otros rincones del mundo. Vivía entre terminales, como quien cruza estaciones de un mapa invisible, y hoy, en cambio, me atrae más la cercanía: el territorio breve, el horizonte próximo, la intimidad de lo cotidiano.

Cuando viajaba, además de mirar paisajes, ciudades y costumbres, solía fijarme en los datos de cada país que iba a visitar. Uno de ellos era siempre la tasa de natalidad, porque me parecía un termómetro admirable del pulso profundo de una nación. España, con 1,1 niños por mujer en edad fértil, parece caminar hacia una lenta evaporación demográfica. Hay quien calcula que, hacia 2050, la mitad de sus habitantes habrá nacido fuera de ella. Cada cual puede leer este hecho con el tono que prefiera, pero hay quien ve en ello un auténtico desfiladero histórico: un apocalipsis silencioso al que nadie ha sabido poner freno. Y, si las soluciones conocidas han fracasado, tal vez sea preciso imaginar otras nuevas.

En ese contexto aparece Mads Larsen, psicólogo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, quien sostiene que nuestras sociedades se están desangrando por dentro y propone, junto con Leif Edward Ottesen y Maryanne L. Fisher, una fórmula tan provocadora como incómoda: la llamada reproducción individualista, una especie de plan de emergencia para un incendio que avanza sin llamar la atención.

La dificultad a la que se enfrentan hoy las sociedades no es solo que muchas parejas no quieran o no puedan tener hijos. Es que, sencillamente, no hay suficientes parejas. Las mujeres, ahora libres para elegir, económicamente independientes y protegidas por anticonceptivos eficaces, ya no están obligadas a desempeñar el papel que durante siglos les fue impuesto: el de engranajes reproductivos repartidos con escasa justicia entre los hombres. El viejo reparto del mundo ha perdido su maquinaria.

Larsen plantea entonces que el Estado garantice recursos a las mujeres para que puedan tener hijos solas. El modelo deja de girar alrededor de la pareja heterosexual como único cauce de la reproducción y abre la puerta a una maternidad sostenida por la comunidad política. En su propuesta, los hombres quedarían en un segundo plano; la sociedad dejaría de pensar la maternidad como fruto exclusivo de una alianza sentimental y la entendería como una tarea pública, respaldada por medios materiales y redes de apoyo.

“Si queremos aumentar la natalidad, debemos crear una nueva forma de asistencia que permita a las mujeres sentirse suficientemente seguras para ser madres por su cuenta”, sostiene Larsen. Su idea consiste en que el Estado ofrezca los recursos económicos y sociales necesarios para que una mujer perciba que tener hijos sola puede ser una vida más viable que permanecer sin ellos. Ella debería poder decidir si trabajar a tiempo completo, a tiempo parcial o no trabajar mientras cría a sus hijos. El horizonte que imagina podría empezar a vislumbrarse hacia 2040, acompañado de guarderías abiertas a todas horas y de comunidades de convivencia entre madres y padres solteros.

La propuesta mezcla evolucionismo, feminismo y una especie de keynesianismo natalista que, fuera del norte de Europa, puede parecer una arquitectura conceptual levantada sobre hielo. Frente al proyecto natalista de la extrema derecha, Larsen afirma que no hacer nada equivaldría a aceptar la desaparición lenta de las sociedades en las que las mujeres han conquistado su libertad.

En esta visión, las mujeres no necesitarían a un hombre para ser madres. Su maternidad, vivida en pareja o en soledad, estaría sostenida por un Estado que invertiría en ellas como quien riega el suelo para que no se agriete del todo. Ellas serían el cauce por el que seguiría corriendo la vida colectiva.

Eso supondría que las mujeres recibieran más apoyo del Estado de bienestar que los hombres, algo que en los países nórdicos ya sucede en cierta medida. En Noruega, aproximadamente la mitad de las mujeres en edad fértil no tienen pareja y reciben ayudas considerables para criar hijos. Pero este desplazamiento no sería inocente: dejaría a muchos hombres al margen y podría alimentar su radicalización política. Larsen, sin embargo, cree que la alternativa es peor: la extinción.

El problema, añade, es que incluso sin este modelo de reproducción individualista, muchos hombres ya están quedando fuera. La emancipación femenina ha alterado el viejo mercado afectivo, y los varones situados más abajo en la jerarquía ya no son percibidos como suficiente opción. El sistema monógamo que dominó durante siglos funcionaba como un mecanismo de reparto: a cada hombre le correspondía, al menos, una esposa, y esa distribución garantizaba altas tasas de reproducción. Pero ese mundo se ha deshecho como un tejido viejo bajo demasiada luz.

La liberación de la mujer, principal factor del descenso de la natalidad en las últimas décadas, ha cambiado las reglas para siempre. Ahora que las mujeres pueden elegir y no necesitan a los hombres para ser madres, y ahora que pueden mantener relaciones sexuales sin que el embarazo sea una consecuencia inevitable, ya no se van a distribuir voluntariamente entre los hombres. La psicología femenina, sostiene Larsen, no obedece a ese antiguo mecanismo de obediencia.

De ahí su propuesta de construir complejos de apartamentos adaptados a las necesidades de madres solteras y sus hijos: una especie de colmena humana donde la crianza deje de ser una travesía en soledad.

Naturalmente, la propuesta ha sido criticada desde muchos frentes. Se le ha acusado de fascismo por preocuparse por la natalidad, como si ese tema perteneciera en exclusiva a la extrema derecha. También se ha objetado que los niños necesitan padre y madre, y que la maternidad en solitario sería perjudicial para ellos. Larsen responde que todo eso ya se ha probado y que, mientras tanto, el abismo sigue ahí, abierto delante de nosotros. Si los caminos conocidos no conducen a ninguna parte, quizá haya que atreverse con un desvío.

Para España, uno de los países con menor natalidad del mundo, la cuestión merece al menos ser discutida. Cada país podrá encontrar su propia respuesta, pero hasta ahora no se ha tratado el desplome demográfico como un problema de primer orden. No bastan pequeñas correcciones ni parches administrativos: si no se hace algo serio, el futuro puede terminar siendo una estación vacía.

Dejo aquí estas ideas controvertidas del psicólogo noruego como una invitación al debate. ¿Está la sociedad occidental amenazada por una lenta extinción en pocas generaciones? ¿Basta con que otros pueblos y culturas sostengan la continuidad demográfica? ¿Preocuparse por la natalidad es una señal ideológica o una forma legítima de mirar el porvenir? ¿Qué pensar de la propuesta de Larsen?


lunes, 16 de marzo de 2026

Hablando de inmigración...

Ayer, en un colmado del barrio, sonaba una melodía antigua que reconocí de inmediato: era algo así como Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare, Hare. Entonces comprendí que quienes regentaban el establecimiento no eran pakistaníes, como siempre había pensado, sino hindúes; la mujer de la caja, con sus labios pintados, me aclaró sonriente que era sikh cuando le dije que aquella letanía me parecía particularmente hermosa.

Junto a ese colmado, el bar gallego lo sostienen camareros bolivianos cuyo acento canta otras geografías, y el dueño comparte vida y un hijo con una mujer boliviana que, en cierto modo, ha traído su país hasta la barra de zinc. En la carnicería cercana a casa despachan un paraguayo y una hondureña —ella, entusiasmada defensora de Nayib Bukele— que cortan la carne mientras hablan de política, como si el mapa de América Latina se desplegara entre los cuchillos y los mostradores. Los bares, en su mayoría, han sido tomados por chinos que, paradójicamente, emplean a camareros españoles; el colmado que tengo justo debajo lo lleva una familia pakistaní que abre y cierra en un horario interminable. La barbería recién inaugurada en una calle próxima la atienden asiáticos que levantan la persiana los siete días de la semana, de nueve de la mañana a diez de la noche, como si el tiempo fuera una cuerda que ellos tensan sin descanso. Los obreros que levantan y derriban edificios son marroquíes, de Europa del Este, africanos o asiáticos; la presencia de trabajadores españoles en las obras se ha vuelto una rareza, casi una reliquia del pasado. En el barrio proliferan los restaurantes de manos latinoamericanas, las fruterías han quedado en manos de asiáticos y las cuidadoras de las personas mayores son, en su mayoría, mujeres inmigrantes llegadas de la América hispana que sostienen, silenciosas, el peso de las casas ajenas.

Es, en suma, el pequeño territorio donde vivo: un espacio donde la mayoría de los residentes siguen siendo españoles, mientras el tejido comercial se ha vuelto decididamente inmigrante. Los nacionales, salvo contadas excepciones, rehúyen el sacrificio de horarios interminables, la dependencia constante del público, la incertidumbre de cada caja del día. Es visible cómo, cuando se jubila un catalán que llevaba toda la vida en su negocio —la panadería, la ferretería, la tienda de ropa—, no hay nadie de su entorno dispuesto a continuar la tradición si no es un recién llegado que acepta el reto y el riesgo. Faltan manos para muchos oficios: la carnicería que cierra no encuentra herederos, la tintorería apaga sus máquinas sin sucesor, la joyería baja la persiana, la papelería se deja cubrir de polvo, como si profesiones enteras fueran extinguiéndose en silencio.

Todo esto compone el paisaje de la España presente, paradójicamente marcada por un paro elevado si se la compara con otros países europeos. Sin embargo, se buscan camareros, camioneros, fontaneros, carpinteros, albañiles y tantos otros trabajadores imprescindibles, y no se encuentran. El mercado clama por oficios que muchos consideran por debajo de lo deseable para sus currículos, mientras las vacantes se acumulan como sillas vacías en una sala de espera.

Hace poco, en Barcelona, la comunidad chií celebró un acto religioso bajo el Arco de Triunfo; vi el vídeo en Threads, colgado después en YouTube, y lo compartí. Las reacciones se multiplicaron y se abrieron en dos corrientes nítidas: quienes percibían el acto como una irrupción violenta y amenazante, y rechazaban su presencia en Cataluña, y quienes lo leían como una prueba de la condición acogedora de Barcelona, del mismo modo que lo son el día de San Patricio de los irlandeses o el reciente Año Nuevo chino, también celebrado a los pies del Arco. Bajo ese monumento se entrecruzan ahora liturgias muy distintas, como si la ciudad ofreciera un escenario común a todas las devociones del planeta.

Se calcula que en torno a un veinte por ciento de la población que habita en España es de origen extranjero; de esos diez millones de personas, unos tres millones han regularizado su residencia y han adquirido la nacionalidad, con una presencia especialmente significativa de latinoamericanos. La cifra deja de ser un dato abstracto cuando uno recorre las calles y pone rostro a esas estadísticas, cuando la voz del vecino lleva consigo la memoria de otro continente.

Hay discursos políticos que claman por una España que vuelva a ser “como antes”, pero intuyo que ese regreso es imposible, una nostalgia sin retorno. La natalidad, desplomada, no garantiza el reemplazo generacional; la falta de mano de obra en sectores clave —agricultura, industria, construcción, restauración, servicios, oficios artesanales— obliga a imaginar un país distinto. Nuestros hijos cursan estudios universitarios, acumulan másteres y especializaciones, y no conciben ocupar puestos de trabajo que consideren por debajo de su historial académico; aun así, las previsiones anuncian que harán falta entre 250 000 y un millón de inmigrantes al año, de aquí a 2050, para compensar el envejecimiento demográfico y sostener el frágil edificio de las pensiones. La generación boomer se está jubilando, y el sistema laboral está perdiendo en pocos años alrededor de diez millones de trabajadores: una retirada masiva que abre un hueco enorme en el tejido productivo. Las cifras hablan con brutal frialdad: para que el sistema no colapse, deberá llegar una marea constante de nuevos inmigrantes que alterará de raíz la fisonomía de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestras comarcas.

Si las previsiones no se tuercen, hacia 2050 la mitad de la población española será de origen foráneo, y los apellidos, las fiestas, los sabores y las lenguas dibujarán un mosaico irreconocible para quienes añoran una pureza perdida. Tal vez la única opción sensata sea ir acostumbrándonos, aprender a mirar este cambio no como una amenaza, sino como la forma concreta que adopta nuestro tiempo, el modo en que la historia, silenciosamente, se despliega en el colmado de la esquina.

sábado, 14 de marzo de 2026

Pueblos indígenas no contactados al borde de la extinción

Existe un mundo invisible, compuesto por sociedades que han decidido vivir al margen de la globalización, que hoy se asoma a un abismo definitivo. El reciente informe "Resistir para existir", presentado por la organización Survival International, lanza una alerta roja que no admite esperas. La supervivencia de estos pueblos indígenas aislados no es solo una cuestión de justicia social; es una condición fundamental para la vida misma y para el equilibrio de los ecosistemas más críticos del planeta.

Una Década para Evitar el Silencio Total El dato más devastador del informe revela que la mitad de los 196 grupos indígenas aislados identificados en el mundo podrían desaparecer por completo en apenas diez años. Durante la presentación de estos hallazgos en Londres, el actor y activista Richard Gere estuvo acompañado por líderes indígenas de Brasil y Perú, quienes aportaron el testimonio vivo de un asedio que no cesa. Gere subrayó la gravedad de esta crisis humanitaria con una sentencia que resuena como un mandato:

"Sin pueblos indígenas y sin selva no hay vida".

Una Crisis Humanitaria que Ignora Fronteras Esta no es una tragedia local, sino una emergencia global que se extiende por tres continentes. Actualmente, se tiene constancia de estos 196 grupos distribuidos en 10 países de América del Sur, Asia y el Pacífico. La velocidad a la que estos pueblos están siendo empujados a la extinción supone la pérdida irreparable de lenguas, conocimientos ancestrales y formas de vida que han persistido durante milenios, ahora amenazadas por una expansión económica voraz.

Territorios bajo el Dominio de la Impunidad La presión sobre los hogares ancestrales es asfixiante: más del 96% de estos grupos enfrentan amenazas directas de industrias que operan, con frecuencia, en un vacío legal absoluto. La ausencia de soberanía estatal efectiva en zonas remotas permite que el beneficio económico se imponga sobre la existencia humana. Los principales agresores identificados son:

  • Industrias extractivas: Tala ilegal, minería y explotación petrolera.
  • Expansión agroindustrial: El avance de monocultivos y pastizales.
  • Infraestructura y crimen: Proyectos gubernamentales de carreteras y el impacto destructivo del narcotráfico.

El "Like" como Sentencia de Muerte Biológica Más allá de las excavadoras, surge una amenaza moderna impulsada por la vanidad digital: misioneros e influencers que fuerzan el contacto para obtener notoriedad o beneficios económicos. Para estos pueblos, un encuentro fortuito es una agresión biológica letal. Al carecer de defensas inmunológicas contra enfermedades comunes como la gripe o el sarampión, un simple contacto para una fotografía puede exterminar aldeas enteras en cuestión de días, convirtiendo la búsqueda de seguidores en un acto de genocidio involuntario.

El Deber Ético de los Estados y las Corporaciones 

Survival International exige que los gobiernos y las empresas dejen de ignorar su responsabilidad legal. Es imperativo respetar la intangibilidad de los territorios indígenas como la única garantía real para su existencia. La protección no puede ser solo retórica; requiere la aplicación de sanciones legales severas para quienes violen las leyes de protección y la garantía de que ninguna industria, legal o ilegal, vulnere la frontera del aislamiento.

Guardianes de lo Invisible La cuenta atrás ha comenzado y los próximos diez años decidirán el destino de estos 196 pueblos, quienes son los verdaderos guardianes de la mayor biodiversidad del mundo. Su desaparición no sería solo una tragedia humanitaria, sino el fracaso moral de nuestra civilización actual. Al final del día, la pregunta sigue en el aire: ¿Cuál es el costo real del "progreso" si para sostenerlo permitimos que se extingan las últimas sociedades que aún viven en armonía con la Tierra?

domingo, 18 de enero de 2026

La epidemia de la soledad

En todos los estudios aparece que los hogares unipersonales han aumentado radicalmente en todo el mundo por causas demográficas y culturales. Se apunta al miedo al compromiso, la falta de tiempo y al impacto de las nuevas tecnologías. 

En China hay más de 125 millones de hogares en los que vive solo una persona, muchos ancianos que utilizan una aplicación cada día para manifestar que siguen vivos. Hay muchas mujeres viudas pero también y cada vez más adultos jóvenes sin compañía humana. 

La soledad es la norma en los países industrializados. Las familias son cada vez más pequeñas -se tienen menos hijos y eso significa menos hermanos, primos, y padres y abuelos en el futuro-. 

Se está imponiendo la individualidad y la incapacidad de conectar con las emociones de los demás. Aumenta el aislamiento social y difícilmente en esos hogares unipersonales se conoce al vecino de al lado. 

La soltería ha aumentado en todo el mundo occidental y oriental. En España hay cinco millones y medio de hogares en que vive solo una persona, un 28% del total, la misma tasa que las viviendas habitadas por una pareja sin hijos, la fórmula más habitual. Actualmente hay más mascotas -perros- que niños en España-. 

La tendencia sigue creciendo y calcula que en los próximos quince años llegarán a ser siete millones setecientos mil hogares unipersonales (un 33.5% del total). La mayoría son mujeres viudas en torno a los ochenta años pero es creciente el número de jóvenes que viven solos cuando se pueden emancipar, emancipación cada vez más tardía por problemas económicos. Pero si pudieran independizarse antes y el problema de la vivienda fuera menos pavoroso, el número sería considerablemente mayor. 

Actualmente en España, solo el 43% de las mujeres y apenas el 32% de los hombres viven en pareja, a diferencia del 85% y el 81% de los años setenta. 

La soledad alienta la independencia pero también la depresión. La salud mental de los jóvenes es peor que nunca en la historia y no es la menor causa la soledad. 

Esta tendencia al aislamiento es un proceso general a la par que aumenta la dependencia de las redes sociales que simulan la interacción con otros seres humanos. Y recientemente la Inteligencia Artificial está produciendo que algunas personas, especialmente jóvenes, establezcan una relación sentimental con un chatbot del que hacen su compañero. 

La conclusión es devastadora porque revela una epidemia de soledad y aislamiento emocional en una sociedad cada vez con menos niños, a la par que aumentan las perspectivas de vida en que los solitarios supervivientes vivirán su vejez aterradoramente solos. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Las epidemias y la violencia

Leo en la terraza 1491 de Charles C. Mann, sobre el espinoso y complejísimo tema de la población en el hemisferio occidental -América- antes de la llegada de los españoles. Uno de los principales historiadores -Dolbys- la establece entre noventa y ciento doce millones de habitantes que en las sucesivas epidemias víricas -hepatitis, viruela, tifus, sarampión- redujeron la población en un 95%, entre noventa y cien millones de víctimas. Desde que pusieron un pie en el continente, en la isla de la Española, comenzó la debacle demográfica que llegó hasta lugares donde no habían llegado los europeos por su propia expansión interna. Los incas fueron destruidos y vencidos por su desunión y por las epidemias. La viruela ya los había alcanzado y murieron como moscas, lo que los debilitó y propició guerras civiles que los terminaron destruyendo. No fueron las armas o los caballos los que vencieron a los indios, según se creía. Hubo lugares donde los indios resistieron durante muchos años la llegada de los europeos. 

 

La lectura de 1491 es apasionante. Se da cuenta de la indefensión genética de los nativos americanos ante las epidemias que vinieron del Viejo mundo que los llevaron cerca de la extinción, algo que era inevitable pues es imposible impedir la transmisión de patógenos en un tiempo que no había vacunas para las que faltaban varios siglos y se desconocía la idea de contagio. El caso es que las poblaciones americanas sufrieron una devastación humana cuyo alcance se discute intensamente. Los hay, investigadores, que niegan que la destrucción humana fuera de la dimensión que propone Dolbys lo que llevaría a suponer que el territorio de lo que después fuera América estaba apenas poblado y haría sólidos los argumentos de que los europeos se adueñaron de algo que estaba vacío con algunas excepciones de algunos salvajes que andaban por ahí. Los activistas indios niegan este extremo y sostienen que había verdaderas civilizaciones con decenas de millones de habitantes que fueron arrasadas por la llegada de los europeos fuera por la violencia o por los virus y bacterias. Es un debate en el que no hay cifras sino solo suposiciones y el silencio como trasfondo. Yo, como lector, me estremezco pensando en el momento de la llegada de Colón a las costas de La Española en 1492 y lo que iba a desencadenar. Ese encuentro entre dos mundos de que se ha hablado fue el inicio de la mortandad más terrorífica de la historia por la inmunodeficiencia de los indios ante las enfermedades que en Europa ya eran antiguas. Pensar que desaparecieron el noventa y cinco por ciento de los primitivos habitantes de América es terrorífico, pero surge la constatación de que esto era inevitable con los medios que había en aquel momento. Faltaban siglos para el descubrimiento de las vacunas y la llegada de la medicina moderna con los antibióticos. Nacer en el siglo XX ha sido vivir una época benévola con buena parte de la humanidad occidental frente a la realidad de las pandemias asesinas del pasado. 

 

martes, 2 de enero de 2024

El presente demográfico


Según recientes estudios demográficos, la familia ha mutado profundamente en el mundo y especialmente en países desarrollados dentro de los que está España que junto con Italia y Japón destaca en la menor tasa de natalidad mundial. 

 

Esto es algo que pensaba en la Nochebuena de mi familia política donde nos juntamos veintiocho personas, pero solo había un niño de tres años. La siguiente generación es de veintisiete años como más jóvenes. El resto de "jóvenes" eran cuarentañeros. La otra mesa de celebración éramos los mayores donde abundaban los de sesenta y setenta años. 

 

Yago, el niño, estaba solito entre mayores y era mimado y sus gracias reídas por todo el mundo que lo atosigaba por ser una rara avis en un mundo de todos adultos. Suerte que había dos perros que daban un aire diferente a la cena. 

 

Las familias han cambiado en poco menos de treinta o cuarenta años. Apenas hay niños, y en todo caso, hijos únicos que crecen hiperprotegidos por sus padres, si es que existe la familia de dos miembros y no se ha roto. Ha crecido el número de ancianos y no es raro que en una familia haya abuelos o bisabuelos de noventa años. Las pastillas que tomamos para la tensión, el azúcar, el colesterol, etc, etc, logran que la vida se alargue de un modo significativo. 

 

Las mujeres en una parte considerable, sea por el motivo que sea, han decidido no tener hijos o, en todo caso, retrasan la maternidad en torno a los treinta y cinco o cuarenta años. Los niños, en consecuencia, son una realidad cada vez más escasa, y el futuro de la sociedad será que se alargará la vida pero no habrá apenas relaciones familiares de hermanos, sobrinos, hijos que pudieran cuidar a los ancianos, de modo que infinidad de mujeres en un futuro, se quedarán totalmente solas sin hijos o hijas que las pudieran cuidar, tal como hemos cuidado a mi suegra hasta que ha fallecido y que ha podido tener una vida digna, rodeada de personas que la querían. Sin duda, estas generaciones que vendrán, que están viniendo, envejecerán y tendrán que ser atendidos en residencias  de ancianos sin el calor de hijos o nietos que no habrán nacido. 

 

Es una tendencia mundial. La familia se ha estrechado en número de personas ligadas por lazos consanguíneos o políticos. Y ha aumentado la presencia de abuelos o bisabuelos así como la distancia entre generaciones. En España en concreto en una década se ha perdido un millón de niños menores de diez años. 

 

La consecuencia más clara de esta deriva generalizada es el envejecimiento en soledad o en residencias y la escasez de niños que son los que crearían dinámicas renovadoras y alternativas, así como imaginación y frescura. Y estos niños, los pocos que nacerán, serán únicos y con todo lo que implica esto de falta de competencia en casa y sentimiento de ser los reyes a los que todo se debe. 

 

Las escuelas infantiles serán cada vez menos frecuentes y la sociedad envejecerá de modo que en 2050, más de la mitad de la población será mayor de sesenta años. El modo en que se pagarán las pensiones es un enigma pero ya los jóvenes son conscientes de que no habrá pensiones, ese pesimismo se ha extendido, de igual modo que también una parte importante se saben incapaces de acceder a una vivienda propia si no son los padres los que se la faciliten. 

 

Este es el presente demográfico y el futuro no es ciertamente esperanzador. Este es un problema real del que apenas se está hablando y las perspectivas no son buenas, nada buenas. 

En el reino de los espíritus hambrientos

Suelo leer la prensa en busca de una chispa, de una imagen, de una idea capaz de abrir una entrada del blog. Me interesan especialmente las ...