martes, 3 de febrero de 2026

¿Qué es ser normal?

Una de las voces más lúcidas de la psiquiatría británica, Sami Timimi, ha lanzado una advertencia tan incómoda como necesaria: una nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial dureza a los adolescentes, a quienes se patologiza y medicaliza como si su sufrimiento fuera un fallo técnico que hubiera que corregir.

Todos conocemos algún caso: un chico o una chica en la montaña rusa de la adolescencia, que se autolesiona, amenaza con suicidarse o se sumerge en un mutismo oscuro que desconcierta a los adultos. Los padres, aterrados, buscan un nombre que explique lo que sucede: ¿será autismo, será una depresión, un trastorno bipolar? En ese contexto, Timimi, psiquiatra de origen iraquí, disecciona un fenómeno cultural inquietante: hemos llegado a considerar que la tristeza es una avería.

«Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», recuerda. El dolor, que siempre formó parte de la condición humana, se percibe ahora como algo de lo que es posible escapar mediante un recurso técnico adecuado, como si existiera una tecnología capaz de eliminarlo. Esta fantasía -advierte- ha erosionado nuestra resiliencia natural, esa capacidad de cada ser humano para atravesar la angustia y reconstruirse.

En esta nueva visión tecnocrática del ser, la adolescencia —esa etapa de metamorfosis en la que irrumpen preguntas como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?»— deja de ser un tránsito conflictivo pero esperado, y se convierte en un territorio clínico. La soledad, la inseguridad, la alienación, que antes se entendían como parte del crecer, hoy se contemplan bajo una lente psiquiátrica. «Se interpreta como que hay algo malo en ellos», escribe Timimi, y esa lectura desemboca en etiquetas y medicaciones que convierten la crisis en diagnóstico.

No se trata solo de un giro filosófico, sino también de un cambio de mercado. La angustia se ha convertido en un producto rentable: se induce a la persona a creer que el problema está alojado en su interior, en su cerebro o en su química, y se le ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto, seguido del tratamiento adecuado. La salud mental se configura así como un nicho económico extraordinariamente beneficioso, en el que el adolescente acaba siendo tratado de tal modo que se convierte, casi sin darse cuenta, en un paciente crónico.

El diagnóstico moderno funciona como un bien de consumo: al principio alivia, otorga una breve sensación de claridad y pertenencia, pero la satisfacción es efímera y los problemas regresan. Es el mecanismo de las etiquetas. Timimi recuerda el caso de un muchacho de dieciséis años que llegó a su consulta cargado con un pequeño museo de identidades clínicas: autismo, TDAH, trastorno de estrés postraumático, ansiedad, TOC. La búsqueda del diagnóstico perfecto se despliega como una carrera sin meta, siempre en pos de un nombre nuevo que prometa, esta vez sí, la explicación definitiva.

Al fondo, se impone una narrativa poderosa: la teoría del «cerebro roto» que debe ser reparado para liberar al individuo de la culpa o de la angustia. La idea de que hay un tratamiento específico para cada malestar resulta extraordinariamente atractiva: despoja de responsabilidad, convierte la vida en un problema técnico y promete una reparación mecánica.

En los años setenta, la psiquiatría empezó a desarrollar manuales diagnósticos basados en listas de verificación —como el DSM-III y el DSM-IV— con la intención de dotarse de un aire matemático y objetivo. No resolvieron el problema de fondo, pero sí alinearon la disciplina con los intereses del mercado. En Estados Unidos, muchos psiquiatras descubrieron que podían ganar mucho dinero dedicándose a diagnosticar y a prescribir medicación, en lugar de acompañar a sus pacientes en procesos psicológicos complejos. «Esto alineó a la industria psiquiátrica con la farmacéutica», señala Timimi: surgieron terapias diseñadas para cada etiqueta, una avalancha de libros, influencers, podcasts y productos asociados.

Él recuerda sus propios comienzos, cuando todavía no se hablaba en términos de diagnósticos, sino desde una mirada evolutiva y sistémica. Se recibía a las personas con sus familias, sus contextos y sus conflictos, no solo con sus síntomas. Pero paulatinamente el TDAH, el autismo o la depresión infantil fueron dejando de ser rarezas para convertirse en diagnósticos frecuentes, casi cotidianos.

En la última década, el fenómeno ha dado un giro más. Las etiquetas que antaño estigmatizaban se han transformado en señas de identidad, sobre todo entre los jóvenes y en el escenario amplificado de las redes sociales. Hay perfiles de Instagram o TikTok donde la persona se presenta al mundo ante todo por sus rótulos psiquiátricos: «Autista», «TDAH», «Neurodivergente», «Disforia de género».

Es ahí donde la política de identidad se cruza con el complejo industrial de la salud mental. La alianza resulta explosiva: en lugar de preguntarnos por qué nuestra sociedad produce tanto malestar, nos conformamos con clasificarlo y convertirlo en carta de presentación. Se consolida así un yo narrado en clave diagnóstica, orgulloso a veces de su diferencia, pero a menudo atrapado en una definición que reduce y fija.

Timimi observa este panorama sin negar la angustia muy real de los padres que viven aterrorizados por la posibilidad de que sus hijos se conviertan en zombis, anestesiados por las pastillas o atrapados en la desesperación. Pide calma, y propone un concepto que él denomina «domesticación de la infancia». Hace décadas, recuerda, los niños tenían una vida secreta a espaldas de los adultos: jugaban en la calle, exploraban barrios, se alejaban de casa, se metían en líos y aprendían a resolverlos.

Hoy ese margen de libertad ha desaparecido. Los niños viven recluidos en sus hogares bajo la tutela constante de sus padres, pasan del colegio a las actividades extraescolares, pero carecen de un espacio propio no vigilado en el que inventar su cultura y su lenguaje. Paradójicamente, son las redes sociales las que han ocupado ese lugar de la calle y de las aventuras: allí, fuera de la mirada adulta, construyen identidad y pertenencia. Es en ese territorio digital donde se gestan tribus, jerarquías, discursos y etiquetas que los adultos apenas alcanzan a comprender.

Dentro de este entramado, Timimi se detiene en el aumento exponencial de la disforia de género, en particular entre adolescentes mujeres, y lo vincula con el negocio generado en la intersección entre el complejo industrial de la salud mental y las políticas de identidad. A nivel psicológico, afirma, se prepara a muchas personas para una guerra a largo plazo con su propio cuerpo. Compara esta lucha con los trastornos alimentarios, en los que un deseo interno, idealizado, se enfrenta sin tregua a la biología.

La lógica se ha invertido: «La realidad viene de dentro y se proyecta fuera». Así, eres mujer porque te sientes mujer, eres autista porque te sientes autista. Este enfoque, que se presenta como liberador, termina siendo, para Timimi, profundamente reaccionario. Cuando decimos a los jóvenes que su malestar con los roles de género significa que han nacido en el cuerpo equivocado, no hacemos sino reforzar los mismos estereotipos que queríamos destruir.

Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿hay alternativa? Timimi imagina y defiende una psiquiatría que realmente ayude, alejada de la cultura de la etiqueta, de la patologización y de la medicalización sistemática. Propone una «psiquiatría de tacto ligero», que intervenga cuando sea preciso pero que no se convierta en eje de la vida de las personas. En su utopía, los verdaderos pilares de la salud son las cosas materiales, las relaciones, la amistad, la pertenencia a una comunidad, no el médico ni la consulta.

El sistema actual, reconoce, está desbordado, pero lo está en buena medida por su propia lógica. Al etiquetar a los pacientes con condiciones de por vida y hablar de «resistencia al tratamiento», contribuye a crear una profecía autocumplida. Frente a esa inercia, su enfoque es sencillo: intervenciones breves, eficaces, y una despedida rápida. «Ayudar a la gente durante un periodo de tiempo y darles el alta para que sigan con sus vidas», resume.

Timimi cuestiona también el papel de la medicación. No defiende su abolición, pero sí una reconsideración radical de su sentido: dejar de verla como mecanismo de corrección de un defecto biológico para entenderla como una herramienta temporal, útil en momentos acotados y bajo una vigilancia crítica. Cuenta que, en su práctica, pasa más tiempo ayudando a las personas a dejar los fármacos que les recetaron otros colegas que prescribiendo nuevos.

Su propuesta exige que la psiquiatría abandone la pretensión de ser una «mecánica del cerebro» y se transforme en algo con contenido poético: una rama filosófica de la atención sanitaria. En lugar de dictar sentencias médicas sobre identidades y destinos, el psiquiatra debería ofrecer «un marco de creación de sentido». Su tarea se asemejaría a la de un Sócrates contemporáneo, que acompaña al paciente en el arte de comprenderse y de narrarse, ayudándole a reconocer su propia historia sin reducirla a una etiqueta. «Somos un poco como guías filosóficos: podemos apuntarte en cierta dirección, pero la recuperación es algo que la gente hace en sus propias vidas», escribe.

No se trata de un sueño sin anclaje. Existen ya modelos alternativos en Europa, en lugares como Finlandia o Trieste, que demuestran que es posible cuidar del sufrimiento sin convertirlo en una enfermedad crónica. Timimi invita a recuperar la confianza en nuestra capacidad innata para sanar, a aceptar que la normalidad no es una categoría médica, sino el fluir mismo de la vida con su desorden, su fragilidad y su belleza imprevisible.

(Entrada inspirada en el artículo de Daniel Arjona, El millonario negocio del sufrimiento: "La angustia da beneficios". En el diario El Mundo, domingo, 1 de febrero).

80 comentarios:

  1. Ser normal, es ser honesto con uno mismo y con los demás, y saber adaptarse a cada época. En cuanto al sentido de la vida, creo que esta foto lo define a la perfección. Mi padre y un de mis nietos...., familia
    https://anoharradelvalles.blogspot.com/2014/09/el-sentit-de-la-vida.html

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    1. Quizás esto es posible en contextos muy estables, en familias cohesionadas, con encaje de diferentes generaciones, con sentido de la pertenencia y la moral, pero el modelo que se observa desde el mundo educativo apunta más a familias disfuncionales, rotas, conflictivas... Pero incluso en modelos armoniosos surgen situaciones que angustian a los padres y los aterrorizan. En mi entorno, una profesora está de baja porque su hijo padece una depresión y ha intentado suicidarse. La familia es normal a todos los efectos pero la crisis ha golpeado al adolescente y ha provocado el pánico en sus padres. ¿Qué hacer? Es el problema.

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  2. He tenido que leer dos veces y con mucha calma tu entrada. No es fácil responder, antes hay que pensar y analizar, y entender lo que quieres decir, y es complejo, al menos para mi, porque no estoy preparado. No soy Educador Social, como mi hijo, y desde luego no soy psicólogo infantil, como su señora, en la rama psico-pedagogagía.
    Debido estas dos circunstancias he escuchado muchas conversaciones entre ambos sobre el TDAH, el autismo, las depresiones y los nexos (problemas) que conllevan.
    Poco puedo decir en cuanto la cuestión médica, pero sí puedo hablar en cuanto la atención primaria. Por lo poco que sé, resulta que las listas de espera de una psicóloga infantil en la Seguridad Social puede oscilar entre año y año y medio largo; que esta deja de ser infantil en cuanto el menor pasa de cierta edad, pero como el tiempo de espera es tan largo, los psicólogos infantiles son tan pocos en el sistema sanitario y los problemas que estos pacientes tienen tan complejos, en muchísimas ocasiones los derivan (no puedo decirte donde, ni a que especialidad), lo que sí sé, con total seguridad, que mi nuera tiene lista de espera para atender, pero que casi nunca llega a tiempo y sólo puede atender a los casos más complejos, derivando el resto, y que ella se queja de que no hay más "colegas" del ramo para atender tanta demanda.
    Hablamos entonces del problema de la FALTA DE PRESUPUESTOS, de la escasez de medios, de que los niños cuando son diagnosticados han de ser inmediatamente atendidos y que cuanto más tiempo pasa es peor para el niño, la familia y la sociedad en que se desenvuelve...

    Por lo poco que sé, mi nuera es contraria a la medicación, y según ella (está haciendo el doctorado y es una persona que sabe mucho del tema) si se coge con tiempo y con los medios adecuados no hay casos irresolubles.
    Un abrazo

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    1. Gracias, Miquel, por tu atenta lectura de la entrada y la aportación de perspectiva profesional por parte de tu hijo y de tu nuera que son precisamente los que se encargan de gestionar la enorme demanda de atención psicológica para niños y adolescentes. Los servicios psicológicos están desbordados, como bien dice la entrada y confirmas tú con información directa. La infancia, la pubertad y la adolescencia se han patologizado y los problemas normales de crecimiento y confrontación con la adversidad, normal en la vida, se han hecho endémicos. No hay suficientes psicólogos infantiles y si se llega a casos graves es para colocar una etiqueta. Es increíble la cantidad de niños autistas, con TDAH, con TOC, con disforia de género, etc, que hay ahora cuando nosotros recordamos hace bastantes décadas que no existía nada de esto. ¿A qué se debe este malestar en la infancia y la adolescencia? ¿Viene de dentro del cerebro o es la sociedad la que patologiza cualquier problema o conflicto en esta etapa de crecimiento? El psiquiatra Sami Timimi es contrario a la etiquetación y la medicación crónica. Nunca ha habido tanto malestar entre los niños y los adolescentes como ahora. ¿Qué ha cambiado en nuestra sociedad? Un aspecto que me ha llamado mucho la atención es que antes los niños tenían un espacio en la calle donde desarrollaban con sus pares su personalidad y vivían sus aventuras. Yo recuerdo mi niñez en la calle donde tenía un mundo propio y particular. Ahora no hay nada de esto, como dice el artículo. Y son las redes sociales las que son ese mundo aparte para los adolescentes para bien y para mal. Por cierto, nuestro presidente acaba de anunciar que prohibirá por ley la presencia en las redes sociales antes de los dieciséis años. Me temo que es imposible. Es un problema complejo. Me ha gustado tu aportación. Un abrazo, Miquel.

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    2. Pero a todo esto, mi más que apreciado JOSELU, he dejado de responder a la afirmación que nos planteas y que considero de lo más importante: Hemos llegado a considerar que la tristeza es una avería...y por ende "se induce a la persona a creer que el problema está alojado en su interior, en su cerebro o en su química, y se le ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto, seguido del tratamiento adecuado".
      Y aquí sí que puedo entrar a opinar en mi condición de metafísico irredento.
      No fue Sartre y su angustia vital, sino Kierkegaard quien primero habló de ello, pero lo hizo anteriormente Spinoza, con su concepto de tristeza, aunque mi preferido en esta materia es Unamuno y su estado permanente de congoja quien ya nos dice que ese estado no es una "avería", como si de un concepto mecánico se tratara y fuera resuelto con una reparación mecánico/química, sino es un estado temporal, anímico, del ser humano que puede llegar a resultados extremos.
      Evidentemente, con un tratamiento bien llevado (a tiempo) por un especialista, los resultados siempre son positivos.
      PD: No entro a especular más allá, ya te he comentado que no estoy preparado para ello, pero que no me extraña en absoluto que esto esté dentro de "los intereses del mercado" y que las farmacéuticas lo que desean es pasarlo todo por la moliente de las soluciones químicas que siempre les han aportado unos buenos dividendos.
      Perdona esta posterior entrada.
      Otro abrazo
      Miquel

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    3. Querido Miquel, me emociona tu comentario porque recoge muy bien el nervio de lo que quería plantear: la tristeza no como 'avería', sino como uno de los grandes paisajes de la experiencia humana. Coincido contigo en que Kierkegaard, Spinoza o Unamuno ofrecen una hondura metafísica que desborda por completo la mirada técnico‑mecánica: esa congoja, esa “angustia de ser”, no se arregla como quien cambia una pieza, sino que se atraviesa, a veces con riesgo, a veces con fruto.

      Al mismo tiempo, me parece valiosa tu matización sobre la ayuda profesional: un buen acompañamiento, a tiempo y sin reduccionismos, puede ser un sostén decisivo, sobre todo cuando el sufrimiento amenaza con desbordarlo todo. Lo inquietante, como señalas, es cuando ese acompañamiento queda colonizado por la lógica del mercado y la promesa de soluciones químicas para cualquier malestar.

      No tienes nada que disculpar; tu “entrada posterior” enriquece mucho la conversación y me hace sentirte muy cerca en esta búsqueda de palabras para algo tan delicado. Otro abrazo grande, y gracias por traer a la mesa a tus metafísicos irredentos.

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  3. Vivimos en una sociedad donde creemos resolver todo con dinero. De ahí el negocio tan gordo que se hacen desde territorios tan interesados como la sanidad privada ( te pueden mandar cientos de pruebas diagnósticas con tal de seguir engordando la burra) y , en relación con tu entrada del blog, desde la consulta de psicólogos y psiquiatras. Nada mejor para llenar la consultas de chicos tristes y abúlicos con problemas de adaptación cuando los padres son del tipo buen rollo, amiguete que te da la razón en todo y que te exige poco.
    Los chicos de mi generación no íbamos al psicólogo ni nos daban la razón frente a los profesores ni nos hacían adaptaciones curriculares. Nos daban un capón o nos echaban una filipina si hacíamos algo incorrecto.
    Saludos, Joselu.

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    1. Si comparamos el tiempo presente con el de los años sesenta o setenta, es innegable que se han patologizado la niñez y la adolescencia y ahora estos viven en sus cápsulas hiperprotegidos de los peligros de la calle, pero viven otros peligros que pueden ser mucho más peligrosos como el acoso en redes sociales. La niñez y la adolescencia son crueles y especialmente en la segunda hay sufrimiento. Yo lo recuerdo, crecer es angustioso. Ahora dicha angustia se etiqueta y se la patologiza... Si tú has vivido la educación, habrás sido consciente de la cantidad de problemas psicológicos que hay en las aulas: alumnos que necesitan ir al psicólogo desde que son niños, niños que terminan recibiendo una etiqueta que los marca de por vida.
      Antes en la calle nos daban unas cuantas hostias. Había bandas rivales y matones que nos amenazaban pero había que aprender a defenderse. Defenderse ahora de las amenazas es mucho más sutil y difícil, especialmente angustioso. Los muchachitos viven un mundo lleno de ansiedad, pero nuestro recuerdo de lo que era antes no ayuda al que tiene un hijo que intenta suicidarse. Saludos, Cayetano.

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  4. Alguien me sabe decir ,
    que distingue entre estar
    deprimido,y estar depresivo?,
    las depresiones se pueden
    tener un año, o medio año,
    y se dice , que vienen sin
    motivo... no sé no sé,sin
    embargo , he tenido y
    tengo episodios de tristeza,
    llegando a llorar, luego se
    me quita , y como nuevo.


    En mi caso , si que le echo
    la culpa a algo. de lo entro
    en detalles, más que nada
    para no aburrir al personal,
    me solidarizó con esos niños,
    y con los que no son, que
    pasan ese trance, aunque
    no tengo claro, que todos
    los casos,sean por acoso,
    gracias por escribir sobre
    esto Joselu, un saludo.





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    1. Mi experiencia, Orlando, es que uno nace depresivo por cien razones explicativas y que la depresión tiene fases altas y fases bajas. Uno es depresivo siempre, lo que no quiere decir que no se pueda ser feliz, a pesar de todo. Es una tendencia que nos viene tal vez en los genes, o por nuestra historia o por nuestros conflictos... Hay que acostumbrarse a vivir con la depresión, aunque si hay una fase aguda, necesita atención química. No hay ningún desdoro en necesitar atención psiquiátrica. La depresión es un paisaje del alma. Muchas obras artísticas han sido creadas por depresivos. Pienso en Rosalía de Castro y su extraordinario libro de poemas En las orillas del Sar. Un saludo, Orlando.

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  5. Un texto para leer con mucha atención y no he podido evitar conectar algunas ideas con una experiencia personal. En una tutoría de uno de mis hijos, la conversación terminó mal porque me negué a aceptar una etiqueta que en aquel momento estaba especialmente de moda. No niego que existan casos reales, pero cuando un porcentaje altísimo de una clase comparte el mismo diagnóstico, uno empieza a preguntarse si estamos ayudando o simplemente siguiendo una corriente.
    A eso se suma algo que me preocupa cada vez más: el negocio que se ha ido creando alrededor de estas etiquetas y cómo el aislamiento social de muchos jóvenes acaba traduciéndose en nuevos diagnósticos, como si el problema estuviera siempre dentro de ellos y no también en el contexto en el que crecen. Incluso se percibe, a veces, cierta normalización o hasta orgullo en definirse únicamente a través de una categoría.
    Textos como este siempre nos invitan a parar, reflexionar y a recuperar una mirada más humana y menos automática. Genial

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    1. Al parecer hay en Instagram y en Tik Tok grupos que se identifican con la etiqueta que les han puesto y la asumen con cierto orgullo, pero el problema de las etiquetas es que a partir de ello, te defines en torno a la etiqueta y piensas que todo coincide. Es como los signos del Zodiaco que sirven -o servían- para caracterizarnos. Y la fantasía humana hace que a partir de entonces, veas todo desde esa etiqueta y dejes fuera otras muchas variables. Desde los años setenta la Asociación de Psiquiatría Americana -APA- creó el DSM que es una forma de clasificar todo tipo de dolencias mentales para su tratamiento. Y lo que observaron es que cada vez hay más ciudadanos que entraban dentro de dichas calificaciones, de modo que buena parte de la sociedad terminó patologizada, ante lo que antes eran dificultades propias de la vida. Y, por supuesto, afectó a los niños y adolescentes que han visto que de modo creciente han sido incluidos en multitud de síndromes que se extienden como el aceite. En una clase de instituto, hay varios autistas, varios con TDAH, con síntomas depresivos, con TOC, con alteraciones de conducta. Es raro el muchacho que no recibe la etiqueta correspondiente. Entiendo tu enfado como padre y que te negaras a aceptar dicha etiqueta lo que te colocaría en la etiqueta de los padres que enmascaran la dolencia de sus hijos. En mi casa convivo con una especialista en pedagogía terapéutica y conozco el modo de entender estas reacciones por parte de los profesionales.

      Este artículo me pareció oportuno para reflexionar conjuntamente pues cada vez hay más síndromes entre los adolescentes y se generan identidades en base a ellos.

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  6. No puedo opinar sobre el tema porque me falta mucho conocimiento para opinar con algo de criterio, pero sí conozco gente que se dedica a la educación que ya casi se toman a broma cuando aparece un chaval con algún síndrome de algún tipo.

    Creo que estamos dejando a los jóvenes sin herramientas para enfrentarse al mundo, y eso se ha cruzado, en una tormenta perfecta, con farmacéuticas que quieren cronificar todas las enfermedades y con unos servicios públicos saturados, como señala Tot en el comentario anterior.

    Lo que comentas del espacio propio es cierto, yo hacía muchas actividades de las cuales mis padres sabían lo justo: yo me buscaba el medio de transporte, yo solucionaba los problemas. Si jugabas al fútbol y no te sacaban de titular tus padres no iban a hablar con el entrenador, ni tan siquiera sabían de su existencia. Si en la Universidad suspendías un examen nadie o se te atravesaba un profesor pedía explicaciones por ti... Todos esos golpes eran una mierda, pero te ayudaban a ser una persona adulta minimamente funcional.

    No sé, es algo muy complejo para que yo pueda opinar...

    Saludos

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    1. La hiperprotección de los niños y adolescentes es una constante en nuestra sociedad, tal vez porque los niños son escasos. Yo me pasé mi niñez en la calle en medio de las bandas y las peleas de piedras entre ellas, entre matones, entre personalidades de líderes infantiles... Nada de esto sabían en mi casa salvo cuando llegaba magullado. Era la ley de la calle, un mundo potencialmente peligroso pero autónomo en que aprendías a valerte por ti mismo y a resistir. Era tal la precariedad de la sociedad que nadie reparaba en pensar que su hijo tuviera un problema psicológico. Solo los muy ricos llevaban a sus hijos al psicólogo. Esta hiperprotección los deja ahora inermes y sin mundo personal independiente de los adultos en el que debería de desarrollarse la personalidad. Mis alumnos marroquíes sí que viven vida de calle, porque todavía no están afectados por esta patologización de la infancia y su protección. El dolor de la vida es convertido en patología a gusto del terapeuta que logra que encaje con alguna etiqueta.

      Saludos.

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    2. Un buen resumen y, claro, esos adolescentes sin herramientas, tendrán hijos que heredaran todos esos problemas.

      Pasa lo mismo en la enseñanza universitaria. Trabajo habitualmente con universitarios y hay una diferencia abismal entre el trato que reciben por parte de los profesores al que había hace unos años. En la actualidad son tratados como clientes, todo derechos y casi ninguna obligación....

      Perdona, me estoy extendiendo.

      Un saludo

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    3. Nada, es un placer conversar. Tienes razón y yo lo viví en mi vida académica en el BUP y el COU. Una vez vino una comisión de alumnos de tercero de BUP a preguntarme por qué los comentarios que les ponía en sus trabajos y exámenes eran tan duros. Y realmente lo eran, podía ser cruel comentando sus errores. Entendí lo que me decían pero yo les hice ver que lo hacía porque me importaban y que sabía que podían hacerlo mejor. Todo quedó en un amistoso intercambio de puntos de vista en una relación excelente entre ellos y yo. Tiempo después, y un sistema educativo posterior, es impensable poner un comentario negativo a un alumno. Hay profesores que evitan el color rojo por demasiado agresivo y corrigen en verde. Ahora hay que velar por la autoestima de los alumnos cuando antes ellos se defendían por sí mismos y hacían valer sus argumentos. Nunca la autoestima ha sido tan frágil como ahora que se los trata como niños perpetuos.

      He tenido dos hijas que ahora tienen 29 y 26 años. Lo de salir a la calle por su cuenta no se estilaba. Nadie lo hacía. Las llevábamos al parque bajo supervisión. En mi niñez mi madre a los cinco años me mandaba a la calle y allí pasaba largas horas en soledad. Son mundos diferentes.

      Un saludo.

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  7. Muy interesante. Estoy de acuerdo. Un beso

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  8. Joselu, tu reflexión abre un espacio necesario para pensar con calma en todo este entramado que mezcla sufrimiento real, etiquetas, mercado y una idea de normalidad cada vez más estrecha. Tu lectura del artículo y tu manera de hilvanar experiencias personales, memoria generacional y mirada educativa dan mucha profundidad al debate. Me ha interesado especialmente cómo señalas ese desplazamiento desde la calle como territorio de crecimiento hacia las redes como único espacio propio, con todo lo que eso implica en términos de identidad, vulnerabilidad y exposición. Y también esa pregunta de fondo que atraviesa tu entrada: qué parte del malestar nace de dentro y qué parte es fruto de una sociedad que ha perdido la paciencia para acompañar los procesos humanos sin convertirlos en diagnósticos. Gracias por un texto tan lúcido y tan valiente, que invita a pensar sin simplificaciones.
    Un abrazo.

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    1. Sí, ha sido una idea que me ha sorprendido, Enrique, la de que el mundo autónomo de los muchachos -me resisto a llamarlos 'niños' como se los califica ahora aunque tengan dieciocho años- se ha desplazado de las calles, consideradas peligrosas, a las redes sociales como las que hay en internet. Ya tuve ocasión de investigar en alguna de ellas poco conocida como Ask cuando era profesor y alguna alumna era acosada por sus compañeras, y tuve la oportunidad de ver la crueldad que se ejercía. Alguna alumna sufrió tal acoso que la sumió en una depresión. La violencia verbal de las redes es mucho peor que lo que podrían encontrar en la calle. Pues ahí, han derivado su necesidad de un mundo autónomo. Nuestros alumnos son enormemente vulnerables y están expuestos a crisis de identidad terribles. Me intimida con qué alegría se asume que un muchacho o muchacha de trece o catorce años decide que vive en un cuerpo equivocado y 'elige' una identidad diferente de la suya biológica y genética, en esa lucha contra el propio cuerpo. Y las leyes aprobadas en España en 2023, la ley Trans, no permite cuestionar la decisión de un adolescente confundido en su crisis de identidad tan común a esa edad. Cada año en los institutos hay una transición de género que debe ser apoyada pese a toda la complejidad humana y sexual que ello implica, que demuestra que no es blanco o negro.

      Mis hijas ya son independientes, pero los padres que ahora tienen hijos adolescentes tienen una buena tarea por delante, no les envidio. La adolescencia es una montaña rusa emocional en un cerebro a medio formar en el que pueden encontrarse todo tipo de síndromes si uno se dedica a clasificarlos, y ello es inquietante.

      Un abrazo.

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    2. Es un panorama inquietante, Joselu, y lo describes con una claridad que interpela. La vulnerabilidad emocional de los adolescentes, unida a la presión de las redes y a marcos legales que no siempre permiten matices, crea un terreno muy frágil.
      Ojalá pudiéramos acompañarlos con más calma y menos consignas.
      Gracias por tu reflexión.
      Un abrazo.

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    3. Hoy he visto una película sobre una profesora en Roma, dirigida por Isabel Coixet, de dos alumnas que se cortaban los brazos y el vientre como un ejercicio de liberación de la angustia. No es un caso infrecuente. Un abrazo.

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  9. Es una entrada en la que comentar es muy difícil y tengo miedo a mi facilidad para salirme del tema pero bueno... aquí lo dejo.
    La industria farmacéutica vive de vender fármacos y si no hay enfermedades crean carencias "solucionables" las que muestras son algunas de ellas. Creer que una persona deprimida o con falta de confianza en si misma se va a curar con pastillas pero parece, y permíteme la libertad de expresión, me parece de estúpidos.
    La depresión se cura con actividad conjunta, con esos difíciles silencios compartidos y enseñando a los niños que la vida es difícil y requiere pelearse en no pocas ocasiones y que no es bueno rehuir la lucha porque siempre te va a encontrar. Hay que buscar las formas de ganar la pelea o minimizar las derrotas, saber perder es tan importante como saber ganar, la frase "no hemos perdido sino hemos ganado experiencia" es muy importante, Hacer ver a los niños que todo es gratis y que siempre se tienen que salir con la suya es una estupidez supina.
    (Continuara)..
    Un saludo.

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    1. Que nuestra sociedad haya terminado por ser una sociedad enferma y patologizada es la realidad ahora mismo. Y los niños son los que han recibido buena parte de ese impacto de cambio social por ser minoría, por haber pocos niños y haber aumentado el miedo social al conflicto y a la calle. Se reprime no poca violencia -connatural al ser humano- y se la reconvierte en otro tipo de violencia no menos peligrosa. Ayer leía que las 'manadas' violadoras entre adolescentes han crecido muchísimo en los últimos años a pesar de los mensajes del ministerio de Igualdad. Hay potenciales violadores incluso entre niños de once años. Esta violencia surge de muchas causas. Y en esa patologización de la infancia y adolescencia da lugar a pensar qué parte del malestar que hay entre los jóvenes tiene su origen en la tensión sexual y la violencia que hay en la sociedad. ¿El mal está dentro del cerebro o en la sociedad? Lo que escribes tiene mucho sentido común pero no sería aprobado por el comité de psicólogos y pedagogos de ningún centro porque se trata a los alumnos siempre como si fueran niños aunque tengan diecinueve años. Un saludo.

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  10. No entiendo,si estás de acuerdo con la sicologia y el trabajo de los sicologos o sólo con las ideas de Timimi.
    Por otra parte,tampoco no entiendo,a que llamas química.Si te refieres a los fármacos, se supone que no los usas.Es una opción, claro si te va bien.

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    1. Pep, las ideas de Timimi nos sirven para reflexionar sobre una realidad que existe entre los niños y adolescentes. A mí me parecen de bastante sentido común frente a la patologización de la infancia y su medicación extendida. No es nada conveniente medicar crónicamente a los muchachos. En un momento dado, pueden ser útiles pero con mucho cuidado y retirarlas rápidamente.

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  11. Timimi me parece un llamado urgente a repensar cómo tratamos el sufrimiento adolescente. Señala con claridad que la medicalización y las etiquetas muchas veces convierten crisis naturales en problemas crónicos, mientras la vida y la resiliencia quedan de lado. Impacta la crítica al “complejo industrial de la salud mental” y cómo señala que la libertad, el juego y las relaciones humanas son los verdaderos pilares del bienestar. Es un recordatorio de que acompañar y escuchar importa más que diagnosticar, y que la normalidad no se define con un manual, sino con la experiencia de vivir y aprender. Para reflexionar.
    Un abrazo

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    1. Pienso, Nuria, que has hecho un resumen impecable de las ideas de Timimi. La infancia no ha sido nunca fácil y menos la adolescencia. Yo las viví de tal modo que no quisiera volver a ellas de ninguna manera. Si hay reencarnación, el principal y terrible escollo serían esas etapas en que todavía el cerebro no se ha terminado de desarrollar y se sufre, se sufre mucho. Si ahora volviera a estar frente a una clase de adolescentes les diría que el sufrimiento es parte esencial de la vida, y lo que importa es cómo nos enfrentemos a él, cómo lo vivamos, aunque siempre va a ser doloroso. Tomar ese dolor de crecer, de no entender qué somos ni que papel estamos desempeñando en la vida ni cómo se encaja, y convertirlo en patologías como se está haciendo puede ser muy problemático, según apunta Timimi. Pienso que lo que está detrás de la creciente vulnerabilidad de la adolescencia es la crisis de la familia, pero esto no tiene solución. La crisis de la familia y la falta de valores fuertes transmitidos de generación en generación. Hacen falta padres fuertes para educar a un niño sano, fuertes y que tengan las ideas claras, y eso es bastante infrecuente. Para reflexionar como dices. Un abrazo.

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  12. Para mí, ser normal empieza por aceptarse a sí mismo. Muy interesante, Saludos

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    1. Aceptarse a sí mismo no es fácil. Hace falta ser muy fuerte y tener las ideas claras, y en la adolescencia frágil que existe ahora, no creo que la aceptación de sí mismos sea lo más común. Hay tanta herencia que recibimos en el momento de nacer y en los primeros años de la vida.... Saludos.

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  13. La tristeza no es una enfermedad, es un estado que se sufre y que hay que buscar las herramientas para superarlo y hacernos más fuerte. Un saludo, Joselu.

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    1. Alejandra Pizarnik hablaba de la belleza de la tristeza que consiste en la transmutación del dolor, la soledad y la muerte en una estética lírica única donde la tristeza no es solo sufrimiento sino un espacio de identidad, lucidez y refugio. Su lenguaje roza la locura para expresar el vacío existencial. Un saludo, Mercedes.

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  14. Uno, de estas cuestiones, no entiende mucho. Llegó ese momento en que uno se convierte en un dinosaurio que vive retirado en su cueva, un tanto ajeno a estos asuntos. En nuestros tiempos olvidados, cuando uno era niño y luego adolescente, las cosas, a pesar de lo sombrío de esos tiempos, parecían más sencillas. Uno piensa que la culpa de todo esto que mencionas quizás radique en que ahora los padres (que trabajan fuera de casa los dos) viven alocados y los niños, que viven un poco en el olvido, no son instruidos en eso que en los tiempos feroces se nos decía: "Hijo, o estudias o te vas a los albañiles", y no teníamos siquiera posibilidad de deprimirnos...
    No sé, la verdad es que no tengo claro nada.
    Un saludo.

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    1. He sido profesor treinta y siete años y he visto cómo ha cambiado profundamente el panorama en la escuela. De una institución que impartía conocimientos y exigencia, se ha pasado a una escuela asistencial y guardería en la que apenas se reclama el esfuerzo y todo es al servicio del 'cliente' -el alumno-. Muchos alumnos tienen que ir al psicólogo y van apareciendo síndromes que antes no existían. Tendrías que ser consciente de los niños que son declarados autistas o asperger, con TDAH -Trastorno por déficit de Atención e Hiperactividad-, con depresiones -han aumentado radicalmente-, con disforia de género, con ansiedad... Es un territorio minado que pone de manifiesto la fragilidad de la psicología de los niños y adolescentes, que, a su vez, son influidos por las redes sociales que ejercen más influencia sobre ellos que nosotros los profesores... Un saludo.

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  15. En los comentarios a esta entrada noto un poco de miedo respeto en exceso a tratar este tema, a decir abiertamente lo que se piensa. Hasta ese punto ha calado este tema en nuestras vidas. Yo estoy completamente expuesto a lo que aquí se dice, al enfoque de la entrada. Ya lo sabes. Lo sufro en carnes. Hoy en día, la generación de padres en la que me incluyo, hemos superprotegido a nuestros hijos y, con las mejores intenciones, hemos acabado cavando la propia tumba de nuestros hijos. Cualquier tristeza, cualquier mal resultado en el colegio tiene que se diagnosticado para conseguir que nuestros hijos tengan más tiempo para acabar los exámenes, tengan directamente exámenes más fáciles y, sobretodo, para que quede constancia de que nos preocupamos por nuestros hijos, que están atendidos, porque un niño diagnosticado de Autismo, TDAH, dislexia, lo que sea, es un niño bien atendido. Y ese niño en realidad lo que estamos haciendo es marcarlo de por vida y condicionarlo, proporcionándole una excusa para esforzarse menos. Esa es mi asalvajada opinión. Y no solo hablo de diagnósticos, también hablo de por ejemplo cosas como el bullying escolar. Como sabes a nivel laboral yo estoy rodeado de chavales entre 19 y 30 años, pues no conozco a ninguno de los cercanos que no me haya dicho que de niño sufrió bullying. Todos y cada uno de ellos, y lo fuerte es que además su carácter acompaña, es decir, son chavales que realmente les cuesta relacionarse con los demás y son bastante temerosos en general de la interacción. Pero cuando luego me cuentan algún episodio de los vividos por ellos en ese sentido, me quedo con la sensación de que eso pasaba en mi clase de la EGB cada día con todos los que allí convivíamos y no pasaba nada de nada ni vivíamos con miedo al otro. No se. El mundo se acaba Joselu.

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    1. Entre los que comentan eres el único, o de los pocos que tienen una experiencia actual directa con hijos adolescentes, que estás pasando el trance del que se habla en el post. De sobras sé el cuidado y el esfuerzo que haces por estar cerca de tus hijos, orientándoles y protegiéndolos. Quieres estar próximo a ellos. Antes, sabes, esto no era así. Los hijos tenían que enfrentarse solos a sus circunstancias sin la protección de los padres y poseían ese mundo autónomo de casa. Ahora, como dices, los chavales crecen hiperprotegidos, no juegan en la calle y su situación en el cole es vigilada por los padres que controlan sus deberes, son conscientes de sus dificultades, tienen que asistir a reuniones con los tutores. Tardan mucho en independizarse del control de los padres y por ello desarrollan perfiles en redes sociales en que pueden actuar con nicks y pasar ocultos a la mirada paterna. Y la consecuencia es que son frágiles, muy frágiles.

      En cuanto al bullying es real. La adolescencia es muy cruel y cualquier muchacho 'diferente' lo pasa mal.

      Las familias han mutado. La sociedad ha mutado. La adolescencia y la niñez han mutado, la mujer ha mutado... Vivimos un mundo que es antitético al que vivimos cuando éramos niños. Ahora todo son protocolos, burocracia, escuela-guardería, tratar a los alumnos como si siempre fueran niños, y crecen, como bien expresas, demasiado protegidos y dependientes. Los niños gitanos y marroquíes no tienen esa situación porque forman parte de otras culturas. No sé si el mundo se acaba, pero sí que es un mundo de etiquetas y de patologización de todo.

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  16. Mi abuela siempre me dijo que el mundo cambió en el momento en que la mujer empezó a trabajar fuera de casa. Los niños están muy solos, las madres estresadas y con sentimiento de culpa constante porque no podemos atenderles como nos atendieron a nosotras, porque se nos exige hacer malabares y además les echamos en cara (inconscientemente) todos los sacrficios que tenemos que hacer para ellos. Crecen sin ese apego al hogar. Luego están los chismes, el móvil, las apps, un mundo en el que siempre que te comparas sales perdiendo y hace hace mella en una autoestima mermada, la falta de cariño de un hogar, el abrazo de la seguridad de una casa con el plato caliente en la mesa. Y a partir de ahí aparecen las "rarezas", las exigencias, el yoísmo y todas esas frivolidades que hacen que los niños se tornen adolescentes tiranos y acomplejados. Las etiquetas les gustan, porque les hace ser diferente, les da un protagonismo que hasta ahora no han podido sentir. Y toda etiqueta viene acompañada de la receta y la pastillita milagrosa donde las farmacéuticas se frotan las manos pensando en esas madres estúpidas que necesitan sentir que ellas no lo han hecho mal, sino que el niño vino con problemas. Hay que romper el círculo. Volver al abrigo de las famílias, madres amorosas con tiempo para cuidar y estar en família que es donde se aprenden los valores y se forjan los caracteres de los hombres y mujeres que van a ser.

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    1. Perdón, soy Aina, no me deja acceder con mi cuenta

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    2. Sabes, Aina, que eso no es posible. No es posible volver al papel tradicional de la mujer en el hogar. Además, las familias muchas veces son inestables y conflictivas. Los hombres -los padres- muchas veces siguen siendo inmaduros y la educación recae, sigue recayendo, en las madres. Cuando era tutor, el noventa por ciento largo de las veces, venía la madre a hablar conmigo y no el padre. Hay muchas familias rotas o reconstituidas, situaciones frágiles económicamente, y, sobre todo, una desorientación total sobre el papel de los padres respecto a los hijos que se han hecho más frágiles que lo que éramos nosotros. Las redes sociales, los vídeos, los videojuegos, ejercen una influencia decisiva sobre los chavales, mucho más que los padres y los profesores. He dejado de ser profesor pero echo en falta a mis alumnos, a los que me gustaba hablar sobre la evolución de la sociedad. El último año que fui profesor fue uno de los mejores de mi vida académica. Al final les hice escribir una novela de treinta páginas - a alumnos de tercero de ESO- de temática libre. Dicen que no les gusta leer ni escribir pero recibí varias novelas muy buenas. Que un muchacho tenga la oportunidad de escribir un relato a los quince o dieciséis años es fascinante. Proyecta en él una porción de vida y el profesor puede ver por dónde va su mundo personal.

      No es posible volver atrás, Aina, el mundo sigue girando lo que no sabemos es hacia dónde.

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    3. Hola Aina. Intenta esto.
      Cuando abres tu blog, y observas que al comentar apareces como Anónimo, ve a tu perfil. Pinchalo, en la nueva pantalla ve a la "B" que aparece a la izquierda arriba, pínchala. Se abre un menú a la izq, bájalo todo. Hasta ¡Ver Blog! Pínchalo.
      En ese nuevo blog ya tienes que aparecer al comentar con tu nombre y nº de cta.
      Esto mismo me sucede a mí cada vez que lo abro por la mañana.
      ¡Suerte!

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  17. No cambio mi niñez ni mi adolescencia por la de los tiempos actuales...
    A mí me hubieran internado los del pensamiento único.
    Me hubieran diagnostica mil comportamientos preocupantes y merecedores de medicación y vigilancia completa.
    No sé si soy normal... pero si lo normal es lo que veo que hacen hoy en día con la gente pues prefiero ser un bicho raro.
    Qué hartura de etiquetas y comportamientos políticamente correctos según las tablas de la ley de los que lo saben todo.
    Ah, y a los niños y adolescentes de hoy les falta calle y les sobran pantallas.
    Yo tuve la suerte de jugar día sí día también en la calle, horas y horas socializando de verdad.

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    1. En tus poemas se ve la libertad con que jugaste en tu niñez y adolescencia porque revelan un mundo desembarazado de normas y pródigo en creatividad. No pudiste ser un niño superprotegido y marcado por las pantallas que, efectivamente, ahora son elementos de control sobre sus mentes en formación. Falta la libertad de la calle, a la que se tiene pánico por parte de los padres. Ya no se juega en la calle de ninguna manera. Cuando son pequeños se los lleva al parque controlados por los padres. Ya no es posible esa serie de los ochenta que fue Verano azul, ya no existen pandillas de calle para vivir aventuras juntos. El mundo es mucho más coercitivo y controlado. La imaginación ha decaído exponencialmente desde que yo fui profesor en mis inicios. Hay mucho miedo y se hiperprotege a los adolescentes, se los llena de etiquetas. Tienes razón, pero una niñez como la tuya, ya no es posible. Ahora a los niños se les da el móvil para que se entretengan ya a los dos años. Viven prisioneros de las pantallas.

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  18. Hola Joselu.
    Si bien he ojeado tu texto, reconozco que nada tengo que decir al respecto.
    Si acaso, ya el primer párrafo en su conjunto: "visión tecnocrática del alma humana...", denota todo el contenido.
    Un saludo.

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    1. Te copio un fragmento de una noticia que apareció en la prensa hace pocos meses. Este es el comienzo: "Existe una matriz de opinión, cada vez más difundida, que pretende convencernos de que el hacer y el ser del ser humano puede reducirse al funcionamiento de una máquina. Un discurso sutil pero persistente que niega la dimensión espiritual y trascendente del ser humano, y que sugiere —con tono de profecía científica— que nosotros mismos no somos más que sistemas programables. Esta idea no es accidental: ha sido cuidadosamente estudiada, promovida e incorporada como una suerte de nuevo dogma tecnocrático.

      Elon Musk, figura emblemática de la innovación tecnológica y CEO de Tesla, ha afirmado recientemente que los maestros podrían verse reemplazados por sistemas de inteligencia artificial capaces de ofrecer niveles de enseñanza iguales o incluso superiores a los de los docentes humanos. Más aún, en una visión de futuro radical, predice un mundo donde las máquinas realizarán todas las tareas y los seres humanos trabajarán solo por afición, en una supuesta “era de abundancia”. En este contexto, profesiones críticas como la medicina o el derecho también estarían destinadas a desaparecer o a desempeñar un rol complementario. Según Musk, los humanos seremos, en el mejor de los casos, un “respaldo biológico” para la inteligencia artificial, gracias a nuestra resiliencia y a una cierta voluntad inasible para las máquinas".


      Un saludo.

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  19. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    1. He visto el enlace en que se confirma que la depresión puede ser de origen genético y que en los niños y adolescentes, se da 1/20. Muy interesante. Gracias.

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  20. Es interesantísima tu entrada, Joselu, que he leído varias veces, así como algunos de los comentarios y sus respuestas. No tengo experiencia actual directa con adolescentes, pero sí indirecta, y comparto totalmente el comentario de José Antonio.

    Los zagales necesitan su espacio propio (no solo físico) no vigilado en el que inventar su cultura y su lenguaje, algo que nosotros (a menos en mi casa) teníamos a su edad. Los padres tapan esas horas en que ellos no están disponibles por trabajo utilizando a los abuelos para que los saquen del colegio y los lleven a unas actividades extraescolares, muchas veces prescindibles, sobre las cosas más baladíes. Por supuesto, estudio en casa, lectura, tranquilidad, todo eso, cero patatero. Y, el fin de semana, curan su falta de relación con los hijos con una sobreactuación sin medida, haciendo méritos como locos para compensar la semana. Total, que tampoco disponen de su espacio propio entonces, siempre vigilados, siempre estimulados, siempre emprendiendo actividades —que a lo mejor no les apetece ni un ápice— que se las imponen los padres para salvar su relativa mala conciencia.

    Y a poco que hay un problema... al psicólogo, algo que muchas veces crea más problemas en el zagal que los que soluciona. «Y ese niño en realidad lo que estamos haciendo es marcarlo de por vida y condicionarlo, proporcionándole una excusa para esforzarse menos», es la asalvajada opinión de José Antonio que comparto.
    Un saludo.

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    1. Espero que José Antonio lea tu comentario elogioso sobre su intervención. Como decía en mi respuesta, él es el único, que sepa yo, que tiene hijos adolescentes entre los que han comentado. Y tiene mucha razón, aunque él cae en los mismos errores que lamenta por la superprotección hacia nuestros hijos, nuestras joyas más preciadas, a los que no dejamos tener su propio mundo personal cuando la adolescencia lo reclama necesariamente. Luego está la actitud de los padres ante los profesores a los que se descalifica muy fácilmente delante de sus hijos. Todo contribuye a que los alumnos, a los que ahora se llama 'niños', sean frágiles y lábiles, y piensan que cuando salgan de allí, todo serán clarines y trompetas a su paso. Se ha querido hacer la escuela para que los alumnos sean felices y nos hemos equivocado. Entre padres desorientados y protectores y profesores bloqueados entre un cúmulo de contradicciones y burocracia, los alumnos no maduran, no pueden hacerlo, y terminan por no saber apenas nada, porque el conocimiento y el esfuerzo son elitistas. De sobras lo sabes porque has vivido el sistema educativo. Un saludo, G.U.

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    2. Je, je, si gracias a granuribego50 por el reconocimiento a mi asalvajado comentario y a ti por recordarme lo que, efectivamente es cierto, que yo caigo en la misma protección de mis hijos. Pero eso no quita que a nivel teórico sepa lo que está pasando. Un abrazo.

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  21. Joselu, desde que normalizaron todo lo anormal, los que nos considerábamos normales, somos hoy bichos raros. Y cada vez hay que ir aceptando, callados y con cara estoica, lo que no logramos comprender por más que lo veamos y estudiemos. Nos crearon un cambio tan drástico, que los chicos están colapsando y los adultos ya colapsamos y los especialistas inventan cada vez más teorías absurdas.
    Un abrazo grande y normal.

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    1. Compartimos la impresión de estar viviendo un mundo desquiciado y desorientado, en que los alumnos 'normales' son los que menos dedicación reciben, puesto que no tienen síndromes específicos. Un alumno disruptivo con comportamiento agresivo puede destrozar un aula y los profesores tienen muy pocas armas en su mano para controlarlo. Los profesores han ido perdiendo lo que se llamaba autoridad. Y todo hay que decirlo, en la renovación del profesorado en las escuelas e institutos públicos, ya la mayoría de los profesores han salido de las universidades moldeados por las nuevas teorías pedagógicas y tienen como un mantra lo de la inclusividad, lo que implica cosas buenas, pero también cosas preocupantes como que los alumnos con buenas posibilidades y que responderían a criterios de exigencia, ven que el nivel lo marcan los más problemáticos, los que menos se esfuerzan, los que más síndromes padecen, y así la escuela se ha convertido en una especie de salón de infancia patologizada en la que los alumnos 'normales' pasan a segundo o tercer plano. Un abrazo fuerte.

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  22. Me identifico con lo que expones Joselu. Una pareja de amigos cercanos tienen una hija (diagnosticada) con "Bipolar Disorder". Entiendo que fue diagnosticada a los 15 años de edad, y desde entonces toma varios medicamentos ( muy caros) que supuestamente le ayudan. Hoy es una joven de 21 años y decidió excluir a sus padres de toda comunicación entre ella y su psiquiatra. La ley respalda su decisión.
    Ellos no saben, (ni pueden legalmente) si su hija se medica, que se medica, y que criterios maneja hoy el profesional sobre su hija que ellos desconocen.
    Ellos desean buscar otras opiniones profesionales, ayudar a su hija, pero no pueden. Lo irónico, es que los padres pagan los tratamientos, las consultas, y sufren día a día viendo a su hija my inestable sin poder ayudarla. Ellos entienden que su limitación legal es una decisión política, y que el lobby medico/farmacéutico es en gran medida responsable.
    Aporto solo un ejemplo dando seguimiento a tu idea. No soy especialista en estos temas pero como padre me identifico. Gracias Joselu por traernos este tema. Saludos

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    1. Tengo un amigo muy querido y cercano cuya hija de treinta y un años padece síndrome bipolar. El sufrimiento de mis amigos, los padres, ha sido enorme por el sesgo autodestructivo de esta dolencia a veces extremo, y para protegerla han tenido que acudir en alguna ocasión a la vía legal para poderla ingresar sin su consentimiento en una institución psiquiátrica para protegerla. Es un sinvivir continuo. Esta muchacha necesita periódicamente de atención psiquiátrica a tenor de las fases de su síndrome maníaco-depresivo. La situación de los padres, que son los paganos a todos los efectos, es difícil y angustiosa. Puedo entender su congoja porque me cae cercana. Un cordial salud, Gil.

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  23. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  24. Complejo ensayar una respuesta, amigo. Me dejas como siempre pensando... Pero en tiempos tan vertiginosamente cambiantes habrá que ver de qué somos de aquí en más capaces... Soy optimista a futuro, una vez que atravesemos este cruento presente que se extenderá todavía un par de décadas... No olvidemos que hemos estado confinados durante siglos a una deshumanización que dio como resultado el mundo que tenemos hoy...
    Abrazo agradecido!!

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    1. Está claro que no tienes hijos adolescentes. No lo sabía pero ahora lo sé. En tal caso, la entrada te hubiera golpeado en la sien. Es broma. Bienvenido el optimismo a raudales. En veinte años todos calvos, eso seguro. Me encantan tus letras. Saludos.

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    2. Tus entradas son un auténtico desafío, amigo. Abrazo más que agradecido!!

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  25. Es muy difícil discriminar lo normal de lo anormal, desde luego, estas dos categorías son culturales y la segunda, de gran interés mercantil. En el momento en el que los jóvenes, ante un revés, se hunden y pasan a ser carne de psicólogo o psiquiatra, estamos condenando a la sociedad a la servidumbre más feroz: la de la enfermedad imaginaria y la medicación con tremendos efectos secundarios. Los contratiempos y malestares de la vida son eso: la vida misma. Sucumbir a ellos y asumir la etiqueta de sufrir un trastorno de tal o de cual, condena a una vida de sufrimiento. Claro que habrá casos de problemas mentales que están justificados , pero no es fácil aceptar que en las sociedades occidentales sea una epidemia y no solo juvenil. España es uno de los países de mayor consumo de ansiolíticos y somníferos. Cuesta dormir, cuesta levantarse, cuesta defender la libertad personal y las decisiones contra corriente. Nos falta una mirada filosófica de la existencia y un aprendizaje para saber vivir conscientes de que el conflicto forma parte de nosotros. Trabajar las propias contradicciones, los desplantes ajenos, el conflicto en todas sus variedades es un desafío. Huir y victimizarse es la mejor manera de enterrarse en vida.

    Saludos

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    1. Como sabes, he sido profesor de instituto -lengua y literatura- treinta y siete años, y ahora soy consciente de que en algún momento tenía que haber comentado a mis alumnos -sin tenebrismo- que la vida es jodida, que no es un lecho de rosas -probablemente muchos de ellos ya lo sabían: era un centro en que el setenta por ciento del alumnado era de origen inmigrante-. En los perfiles de Instagram que ellos publican aparecen fiestas, moda, amigos, situaciones de diversión, eventos deportivos, comidas...-, como si se pudiera laminar el lado placentero del doloroso. Este es el problema real. Antes se era muy consciente de que la vida puede ser muy complicada y no hacía falta decirlo. El dolor va anejo con la vida -ya lo decía Quevedo en alguno de sus sonetos en que hablaba del nacimiento entre lágrimas y caca- pero esto no lo enseñamos de ninguna manera. De hecho no se habla de la vida salvo para lanzar consignas progresistas. La resistencia ante la adversidad ha disminuido radicalmente y los jóvenes -y no tan jóvenes- sucumben fácilmente y necesitan asistencia profesional para afrontar la vida y el sufrimiento. Está bien, pero en algunas ocasiones se medicaliza y se prescriben fármacos sin necesidad. Es de lo que habla el artículo del post. Y lo que hacen falta más bien son asesores filosóficos para intentar comprender el flujo de la vida. Como el libro aquel Más Platón y menos Prozac. Nos hemos hecho frágiles, las nuevas generaciones resisten peor los embates de la existencia pero sus padres tampoco saben muy bien cómo orientarse porque las costumbres y las tendencias han cambiado en todos los sentidos, y lo que era común en nuestra generación, la vida de calle, hace tiempo que ha desaparecido. Y sí, es cierto que nuestro país está medicalizado. Cuesta vivir. Es todo invisible, pero es contundente. El conflicto, como bien dices, forma parte de nosotros, pero esto nadie lo enseña. La vida se vive a pelo, y cada vez se es más frágil, más dependiente, menos resiliente. Me ha encantado tu comentario. Un comentario así honra al espacio donde se deja. Saludos.

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  26. Es un tema del que se podría escribir enciclopedias por que tiene tantas perspectivas, lo lamentable es que la modernidad lo ha convertido en mercancía, como tu dices, los jóvenes de hoy en general sucumben en la primera ventisca de la vida, el progreso se va convirtiendo en un saldo en contra porque se ausenta de los valores, de las virtudes, pensamos que todo es un espectáculo y que si no nos agrada, simplemente cambiamos de rumbo y listo, por eso es tan importante la familia y lo que los padres siembren en los hijos, no dudo que habrá problemas que la ciencia pueda tratar , pero también pienso en Foucault "Historia de la locura en la época clásica" Muchas disfunciones pueden caer en productos sociales e intenciones malévolas de usar el poder para manipular.
    Ha sido un placer visitarte. Saludos cordiales para ti.

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    1. Pablo, te agradezco mucho tu visita y la hondura de tu comentario. Coincido plenamente contigo: podríamos escribir enciclopedias y aun así dejaríamos zonas de sombra. La modernidad ha convertido el sufrimiento en mercancía, algo que hay que gestionar y neutralizar, y no un misterio que exige presencia, vínculos y palabra compartida.

      Ahí la familia se vuelve decisiva: no como institución idealizada, sino como espacio donde los hijos aprenden a habitar la frustración, el límite, la fragilidad, sin que cada tropiezo sea etiquetado como trastorno. Como recuerdas con Foucault, cuando el poder define qué es normal y qué es patológico, corremos el riesgo de producir “locos” a medida de los dispositivos de control.

      Habrá sufrimientos que la ciencia deba atender, por supuesto; pero reducirlo todo a protocolos y fármacos es una forma sutil de deshumanización. Gracias de corazón por sumar tu mirada; comentarios como el tuyo hacen que valga la pena seguir pensando y conversando.

      Saludos cordiales.

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  27. “La modernidad ha convertido el sufrimiento en mercancía“ una frase para enmarcar.
    Un saludo.

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    1. Daniel, tu frase “La modernidad ha convertido el sufrimiento en mercancía” encaja muy bien con lo que plantea Sami Timimi en el texto. Él muestra cómo la tristeza y la angustia dejan de ser dimensiones inevitables de la condición humana para convertirse en “fallos técnicos” del individuo, que supuestamente se corrigen con diagnósticos y tratamientos específicos. Habla explícitamente de que la angustia se ha mercantilizado y de que la salud mental se ha convertido en un nicho de mercado: diagnósticos como bienes de consumo, fármacos como solución estandarizada, una industria de terapias, libros e influencers, e incluso identidades construidas a partir de etiquetas clínicas. En este sentido, tu formulación aforística condensa muy bien el proceso que él describe: un sufrimiento que, en lugar de pensarse como experiencia humana que exige escucha, contexto y significado, se empaqueta como producto y se gestiona dentro de un mercado de la salud mental.

      Un saludo.

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  28. La psicología y la psiquiatría han sido siempre las cenicientas de la sanidad pública, Joselu. Recuerdo recorrer largos corredores, de paredes desconchadas, y en el lugar más recóndito de un hospital, en un gabinete olvidado, hallarte con una cabeza romboidal, el pelo yermo y sino albo, que te hacía las preguntas pertinentes. ¿Te masturbas? Para enseguida bajar los ojos, y recetarte compulsivamente medicamentos como psiquiatra. Lo más diez minutos, qué ojo clínico, Joselu, ahí casi prefiero el algoritmo, para recetarte lo que necesitabas. Algunos parecían personajes fellinianos. ¿Hemos avanzado algo desde entonces?

    En nuestro afán de buscar un diagnóstico para cualquier cuestión que se salga de la normalidad, cuando como dices la tristeza, la depresión no tanto, porque es un cuadro más agudo, nos pueden acompañar, en algunos casos tienen que ver con esa metafísica en la que Tot chapotea con el regusto de un niño, gracias a su sabiduría. No querer ver esa metafísica, como comentaré más adelante, nos conduce a abrazar a los llamados gurús de la autoayuda. Pero como dices, los renglones torcidos de Dios, no admiten una mínima desviación, queremos encuadrar cualquier ínfima dolencia, en cuanto se presta la sintomatología, en una definición del presunto mal que nos aqueja. También veo otras tendencias, como que los casos realmente graves, para encontrar atención, desbordan a las familias y para conseguir su ingreso, cuesta Dios y ayuda, porque se apuesta más por un tratamiento ambulatorio. Cercano es un caso de una madre desesperada, que era objeto de agresiones físicas graves por parte de un hijo enfermo. Frente a eso, tenemos infinidad de diagnósticos, que pretenden encasillar cualquier rasgo que se salga de la presunta normalidad.

    Y una sanidad pública que ante otros casos que sí acarrean una verdadera dolencia no responde con la necesidad y celeridad que requiere el paciente. Ahí algunos deciden ir a las urgencias hospitalarias, porque tienen una crisis y las agendas de primera atención de los especialistas, no permiten una consulta sino en meses. Estos profesionales se implican de manera extraordinaria, con algunos casos que lo requieren, respondiendo o dando teléfonos personales. De forma que en ese dédalo de la sanidad pública, si hay premura por parte del paciente, se debe buscar una solución por fuera. Hablamos de profesionales que en algunos casos cobran más de cien euros por hora, y holgadamente si es de prestigio.

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  29. Por otro lado, hay un fenómeno por encontrar soluciones fáciles, que no consiste en acudir al especialista, sino en seguir a personas que hablan de autorrealización, autoayuda, que nunca los sustituirán. Una ex novia y amiga, que es psicóloga, me decía que ganaba mucho más dinero en charlas reducidas a directivos que solicitaban apoyos emocionales. Hombres de empresas muy importantes, le llegaban como si tuviese el secreto de la piedra filosofal de la felicidad. Grandes directivos, que inseguros le hacían preguntas y revelaban comportamientos, algunos con rasgos psicopáticos, que lo que mejor les vendría, sería ir a una consulta de un psicólogo y un psiquiatra. Ella conocía a una que podía comentar, me contaba con la sorna dibujada en sus labios.

    Dos cosas para finalizar, y perdone usted de nuevo la extensión, Joselu. Una parte que me preocupa es la alta tasa de suicidios que se concentra en edades y en sexos. Como en el hilo de Tot, para esto no hay dinero público. Una mayor salud mental. En mi opinión deberíamos normalizar un chequeo, que no es cosa de locos. Frente a eso, la hiperprotección, el catalogar como enfermedad mental la búsqueda de una identidad que se da en la adolescencia (aquí el psicólogo, no está de más, puede dar pautas). También la trivialización de algunos casos de violencia de género. Me temo que derivar todo en una superestructura, como decía la teoría de Marx, opresiva y heteropatriarcal. Más dedicación y una verdadera salud mental quizá prevendrían alguno de los casos que se dan. Es una opinión, espero no ofender a nadie. Se debería naturalizar las consultas de salud mental, como otras especialidades a las que acudimos sin rubor. Simplemente para ordenar y limpiar la mente. A veces, nos volvemos obtusos, arrastrados por un día a día que nos encadena a esquemas de pensamientos, que nos conducen a la insatisfacción. Qué pena, que cueste tanto dinero, sobre todo, para quien tiene un verdadero problema psicológico, y al que la sanidad no da una respuesta acorde con las necesidades de su dolencia. Un abrazo, Joselu. Siempre me enrollo. Pero es tal la enjundia de lo que escribes, que analizas con tanta riqueza y calidad expresiva, que no es difícil verte arrastrado por este torrente de ideas.

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    1. Hola, Sergio, efectivamente la asistencia a problemas de la salud mental en el ámbito de los niños y jóvenes es la cenicienta del sistema sanitario español, pese a la enorme demanda que existe. En las escuelas e institutos hay muchísimos casos que requieren una orientación profesional, pero hay demoras de más de un año para que los chavales puedan ser atendidos. Me dicen profesionales de la educación que desde la pandemia se han multiplicado los temas como adicciones al móvil o las redes sociales. Muchachos que viven encerrados en su cuarto sin apenas relaciones sociales es un panorama extendido en la actualidad. A estas adicciones al móvil se le llama ‘nomofobia’. Asimismo, la IA está creando unos nuevos perfiles en que Chat GPT o similar se convierte en confidente o compañera sentimental de los usuarios. Esto se está observando últimamente. El aislamiento es una de los vectores, además de la pérdida de habilidades sociales.

      Sin duda, es un panorama preocupante en el contexto de la salud mental general. Los niños y adolescentes tienen en la tecnología un aliado para experimentar unas relaciones virtuales que no se dan en la vida cotidiana, pero a la vez crean vínculos irreales que ocultan la soledad confrontada con el mundo de los adultos que surge como enemigo.

      Necesitamos orientadores filosóficos. Cuando estuve en la India observé que había habitáculos donde la gente iba a comentar sus problemas existenciales. Y es que lo que está en juego es nuestra comprensión de la vida.

      Muchas gracias por tu jugosa aportación.

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  30. El ser humano siempre ha convertido en nicho de mercado los padecimientos y males de sus semejantes, nada nuevo.
    El asunto de la salud mental, especialmente en los adolescentes y jóvenes con sus transiciones existenciales y su interacción (desmedida) con la “realidad virtual” (proyectan su vida dentro de la realidad virtual), es un problema bien identificado (no sé si bien abordado).

    Como señala este psiquiatra, también es una magnífica oportunidad de negocio (simplemente mencionar, entre otros, el boom editorial de los libros de autoayuda en relación a esto).

    Pero es un asunto delicado, mi hija adolescente ha estado en una terapia integral, promovida por el centro público de salud mental de nuestra localidad, junto con doce adolescentes, durante seis meses han sido atendedias por un equipo conjunto; psicologos, psiquiatras, enfermeras en nutrición, en este tiempo la labor fundamental con las chicas (y apenas un par de chicos), y con nosotros los progenitores, ha sido la escucha atenta a los comentarios espontáneos de las chicas, obviamente abriendo un hilo argumental los profesionales, y a partir de ahí dar rienda suelta a lo que desearan manifestar estas chicas y chicos. Nunca se nos planteó medicación alguna (al menos en nuestro caso) ni identificaron a mi hija con tal o cual etiqueta, más bien como una persona única y compleja que está en un profunda etapa de transición, de cambios, etc. Así que podría decirse que han empleado el enfoque que promueve este psiquiatra inglés.
    Me consta que en el mundo anglosajón, tecnócrata por antonomasia, sí se da mucho más la estrategia que critica Timimi.
    En nuestras socidades actuales, la visión materialista de la existencia a penas da cabida a la vertiente espiritual de la misma, es un desequilibrio que no me gusta…
    El problema de la salud mental irá en aumento, lo malo es que las motivaciones y concepción materialista en la vida también, mala combinación para quienes necesitan ayuda, y excelente para el bolsillo de algunos.
    Abrazo, Joselu.

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    1. Paco, agradezco especialmente tus aportaciones porque eres padre con hijas adolescentes y una de ellas ha participado en un programa de asistencia psicológica orientada por un equipo de profesionales de la salud. Sin duda, has tenido suerte porque esta realidad no es común en el ámbito educativo en el que hay enormes demoras para que un muchacho sea atendido aunque su situación exija urgentemente una intervención.. Me alegro de que este programa de la comunidad de Madrid y el ayuntamiento de Pozuelo haya funcionado. Espero que haya sido una importante ayuda. Los niños y adolescentes padecen situaciones que requieren ayuda efectiva.

      Por otra parte, dices algo realmente relevante y es que la visión materialista de la existencia que se da en nuestras sociedades excluye la perspectiva espiritual. Los alumnos musulmanes que he conocido tenían unas razones por qué vivir enclavadas en una fe religiosa islámica. No tenemos nada que ofrecer los profesores a los alumnos salvo una perspectiva pragmática y, en el mejor de los casos, humanista, para intentar afrontar la vida sin una meditación profunda. Nos falta la vertiente espiritual, eso es cierto. Nuestro mundo está carente de verdaderas razones para vivir y la realidad es el vacío. No somos capaces de expresar ningún sentido de la existencia que les proporcione claves para vivir. Solo queda la dimensión tecnocrática del alma humana y el sufrimiento de la vida se impone en muchos casos. Nuestros adolescentes pueden encontrarse con el mundo absurdo que expresó Beckett, unido a una tecnología muy poderosa. Materialismo, Paco, materialismo. Abrazo, Paco.

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  31. Vengo a devolverte la vista, hace unos días comentaste en m blog, ahora que ya se donde estás, me pasaré de vez en cuando. Un abrazo

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    1. Bienvenida, Ester, a este espacio de reflexión. Tus aportaciones serán agradecidas.Saludos.

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  32. He leído con atención tu entrada y me parece muy interesante, esas afirmaciones del Dr Timini que deduzco es un experto en la materia son para refleionar y aximilar cuando tienes alguien cercano o ves en la sociedad actual como se ha convertido en una enfermedad, me viene a la cabeza cuando éramos jovenes y pasábamos a la adolescencia nos decian que estábamo sentrando en la edad del pavo, algo que no se le hacia mucho caso y con los años lba desapareciendo, hoy todo ha cambiado la parte buena es que al estar diagnósticado es mas fácil de curar o tratar lo de enferemedades como autismo o las relacionadas con el cerebro, esa es su parte muy positiva.
    Muy buena tu entrada
    Saludos

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    1. Entrar en la edad del pavo se ha convertido en un proceso de alto riesgo a tenor de los conflictos, adicciones y síndromes que se han ido descubriendo en las últimas décadas. Antes había una sensación de normalidad generalizada porque la enseñanza obligatoria no llegaba a los dieciséis años, pero a medida que se extendió la obligatoriedad se han ido desvelando una serie de problemáticas cada vez más frecuentes que afectan a los chavales, insertos en una civilización digital, absorbente y adictiva. Nunca se ha sido tan frágil como ahora. Saludos.

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  33. Cuando los de mí edad (84) éramos jóvenes teníamos que solucionar nuestros problemas solitos y hemos avanzado sin estas “ayudas” de hoy en día.

    Saludos

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    1. Es cierto lo que dices, pero también es verdad que había muchos casos sin diagnosticar de niños o muchachos deficientes a los que se llamaba 'niños tontos' luego 'subnormales' que eran totalmente marginados y estigmatizados. Hemos avanzado en humanidad a la hora de comprender las discapacidades que ahora son integradas en el sistema educativo para darles un enfoque constructivo. Saludos.

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  34. Los tiempos cambian y todo cambia, ahora a una velocidad endiablada. De niño yo vivía como lo hacían los niños hacía 100 o 200 años... Después, vinieron unos tiempos frenéticos en que todo era correr, y las gentes, que seguian usando alpargatas tuvieron que pasar a lo que ahora vivimos, en mundo irreales que muchos ni siquiera entienden... Todo ha ido tan deprisa que cuesta saber si somos normales o no. Faltan referencias. El que se crió en el campo (igual que los romanos de hace 2000 años) y ha llegado a saber utilizar un drom de esos, ha visto que por su vida han pasado tantas cosas que quizás no sea capaz de asumir del todo.
    Eso sí, alguien lo ha dicho antes. Una pena la vida de los niños, todo el día en la calle en nuestros tiempos y ahora encerrados en mundos virtuales mientras los padres, con trabajos frenéticos, los tienen medio olvidados.
    Un abrazo, amigo. Feliz domingo

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    1. Leí en los años ochenta un libro muy popular entonces que se titulaba 'El shock del futuro', de Alvin Toffler. Vaticinaba una aguda crisis en el mundo por la velocidad de avance de las tecnologías que superarían las capacidades humanas. Alvin Toffler se quedó corto porque el cambio tecnológico, político, social, ha sido de tal calibre que todas nuestras creencias de nuestros años de juventud -y ya éramos rebeldes- han quedado sobrepasadas y desbordadas. No hay nada firme. En los últimos veinticinco años se han producido más cambios que en siglos anteriores. No sabemos dónde estamos y menos adónde vamos. El ser humano está desorientado y confundido, y los adolescentes y niños reciben nuestra confusión y crisis existencial viviendo una sociedad tecnológica al límite, pero me temo que esto solo es el principio. Antes teníamos la referencia del humanismo para situarnos, pero ahora son las máquinas las que marcan la evolución. Y los próximos pasos irán en dirección de la fusión del ser humano con la máquina. Un abrazo, Ildefonso.

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  35. Este tema es la caña y te agradezco que lo hayas expuesto con tanta claridad. No es fácil. El tema tiene muchas aristas, la niñez y adolescencia, terreno sagrado por otra parte, se ve afectada por gurús que quieren dar fórmulas magistrales a una etapa en constante cambio. Los niños y adolescentes necesitan referentes firmes que acompañen con esperanza. Las familias están constantemente bombardeadas por cómo tienen que ser padres, en constante alerta y abono de culpabilidad. Y los adolescentes viven en RRSS, las nuevas calles, experimentando sin leyes ni normas y lo que es aún peor sin corporeidad. Allí en las nuevas calles pueden hacer y deshacer sin dejar ni rastro...sin mirar cara a cara sin tocar y aquí no ha pasado nada. ¿Cómo se puede acompañar eso? Doy gracias por haber vivido en otra época...
    Un abrazo Joselu

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    1. Cuando tenía quince años, comencé a participar en un club juvenil en que nos juntábamos docenas de jóvenes como yo. Era un club parroquial y hacíamos actividades culturales, celebrábamos fiestas con música de Adamo y John Lennon, el carnaval, editábamos una revista y salíamos de excursión los domingos. Era una forma de socialización maravillosa que ahora no existe. Sí, me alegro de haber vivido esta forma de cultura juvenil hasta que entré en la universidad en que mis relaciones cambiaron, pero también eran profundamente sociales y de compartir experiencias, en aquel caso políticas porque era el final de la dictadura.

      La adolescencia es un territorio ahora muy complicado por lo que dices, viven en la actividad de RRSS 'sin leyes ni normas y lo que es peor sin corporeidad'. Ahora Sánchez quiere prohibir la participación en RRSS hasta los 16 años, pero no sé cómo lo va a hacer y, además, si las RRSS son los espacios de socialización -antes era la calle y los clubes juveniles- ¿qué efectos tendrá en ellos esta amputación? No lo entiendo y pienso que las declaraciones de Sánchez son un brindis al sol como propaganda, porque no creo que sea viable dicha prohibición. Un abrazo, Bertha.

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