martes, 3 de febrero de 2026

¿Qué es ser normal?

Una de las voces más lúcidas de la psiquiatría británica, Sami Timimi, ha lanzado una advertencia tan incómoda como necesaria: una nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial dureza a los adolescentes, a quienes se patologiza y medicaliza como si su sufrimiento fuera un fallo técnico que hubiera que corregir.

Todos conocemos algún caso: un chico o una chica en la montaña rusa de la adolescencia, que se autolesiona, amenaza con suicidarse o se sumerge en un mutismo oscuro que desconcierta a los adultos. Los padres, aterrados, buscan un nombre que explique lo que sucede: ¿será autismo, será una depresión, un trastorno bipolar? En ese contexto, Timimi, psiquiatra de origen iraquí, disecciona un fenómeno cultural inquietante: hemos llegado a considerar que la tristeza es una avería.

«Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», recuerda. El dolor, que siempre formó parte de la condición humana, se percibe ahora como algo de lo que es posible escapar mediante un recurso técnico adecuado, como si existiera una tecnología capaz de eliminarlo. Esta fantasía -advierte- ha erosionado nuestra resiliencia natural, esa capacidad de cada ser humano para atravesar la angustia y reconstruirse.

En esta nueva visión tecnocrática del ser, la adolescencia —esa etapa de metamorfosis en la que irrumpen preguntas como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?»— deja de ser un tránsito conflictivo pero esperado, y se convierte en un territorio clínico. La soledad, la inseguridad, la alienación, que antes se entendían como parte del crecer, hoy se contemplan bajo una lente psiquiátrica. «Se interpreta como que hay algo malo en ellos», escribe Timimi, y esa lectura desemboca en etiquetas y medicaciones que convierten la crisis en diagnóstico.

No se trata solo de un giro filosófico, sino también de un cambio de mercado. La angustia se ha convertido en un producto rentable: se induce a la persona a creer que el problema está alojado en su interior, en su cerebro o en su química, y se le ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto, seguido del tratamiento adecuado. La salud mental se configura así como un nicho económico extraordinariamente beneficioso, en el que el adolescente acaba siendo tratado de tal modo que se convierte, casi sin darse cuenta, en un paciente crónico.

El diagnóstico moderno funciona como un bien de consumo: al principio alivia, otorga una breve sensación de claridad y pertenencia, pero la satisfacción es efímera y los problemas regresan. Es el mecanismo de las etiquetas. Timimi recuerda el caso de un muchacho de dieciséis años que llegó a su consulta cargado con un pequeño museo de identidades clínicas: autismo, TDAH, trastorno de estrés postraumático, ansiedad, TOC. La búsqueda del diagnóstico perfecto se despliega como una carrera sin meta, siempre en pos de un nombre nuevo que prometa, esta vez sí, la explicación definitiva.

Al fondo, se impone una narrativa poderosa: la teoría del «cerebro roto» que debe ser reparado para liberar al individuo de la culpa o de la angustia. La idea de que hay un tratamiento específico para cada malestar resulta extraordinariamente atractiva: despoja de responsabilidad, convierte la vida en un problema técnico y promete una reparación mecánica.

En los años setenta, la psiquiatría empezó a desarrollar manuales diagnósticos basados en listas de verificación —como el DSM-III y el DSM-IV— con la intención de dotarse de un aire matemático y objetivo. No resolvieron el problema de fondo, pero sí alinearon la disciplina con los intereses del mercado. En Estados Unidos, muchos psiquiatras descubrieron que podían ganar mucho dinero dedicándose a diagnosticar y a prescribir medicación, en lugar de acompañar a sus pacientes en procesos psicológicos complejos. «Esto alineó a la industria psiquiátrica con la farmacéutica», señala Timimi: surgieron terapias diseñadas para cada etiqueta, una avalancha de libros, influencers, podcasts y productos asociados.

Él recuerda sus propios comienzos, cuando todavía no se hablaba en términos de diagnósticos, sino desde una mirada evolutiva y sistémica. Se recibía a las personas con sus familias, sus contextos y sus conflictos, no solo con sus síntomas. Pero paulatinamente el TDAH, el autismo o la depresión infantil fueron dejando de ser rarezas para convertirse en diagnósticos frecuentes, casi cotidianos.

En la última década, el fenómeno ha dado un giro más. Las etiquetas que antaño estigmatizaban se han transformado en señas de identidad, sobre todo entre los jóvenes y en el escenario amplificado de las redes sociales. Hay perfiles de Instagram o TikTok donde la persona se presenta al mundo ante todo por sus rótulos psiquiátricos: «Autista», «TDAH», «Neurodivergente», «Disforia de género».

Es ahí donde la política de identidad se cruza con el complejo industrial de la salud mental. La alianza resulta explosiva: en lugar de preguntarnos por qué nuestra sociedad produce tanto malestar, nos conformamos con clasificarlo y convertirlo en carta de presentación. Se consolida así un yo narrado en clave diagnóstica, orgulloso a veces de su diferencia, pero a menudo atrapado en una definición que reduce y fija.

Timimi observa este panorama sin negar la angustia muy real de los padres que viven aterrorizados por la posibilidad de que sus hijos se conviertan en zombis, anestesiados por las pastillas o atrapados en la desesperación. Pide calma, y propone un concepto que él denomina «domesticación de la infancia». Hace décadas, recuerda, los niños tenían una vida secreta a espaldas de los adultos: jugaban en la calle, exploraban barrios, se alejaban de casa, se metían en líos y aprendían a resolverlos.

Hoy ese margen de libertad ha desaparecido. Los niños viven recluidos en sus hogares bajo la tutela constante de sus padres, pasan del colegio a las actividades extraescolares, pero carecen de un espacio propio no vigilado en el que inventar su cultura y su lenguaje. Paradójicamente, son las redes sociales las que han ocupado ese lugar de la calle y de las aventuras: allí, fuera de la mirada adulta, construyen identidad y pertenencia. Es en ese territorio digital donde se gestan tribus, jerarquías, discursos y etiquetas que los adultos apenas alcanzan a comprender.

Dentro de este entramado, Timimi se detiene en el aumento exponencial de la disforia de género, en particular entre adolescentes mujeres, y lo vincula con el negocio generado en la intersección entre el complejo industrial de la salud mental y las políticas de identidad. A nivel psicológico, afirma, se prepara a muchas personas para una guerra a largo plazo con su propio cuerpo. Compara esta lucha con los trastornos alimentarios, en los que un deseo interno, idealizado, se enfrenta sin tregua a la biología.

La lógica se ha invertido: «La realidad viene de dentro y se proyecta fuera». Así, eres mujer porque te sientes mujer, eres autista porque te sientes autista. Este enfoque, que se presenta como liberador, termina siendo, para Timimi, profundamente reaccionario. Cuando decimos a los jóvenes que su malestar con los roles de género significa que han nacido en el cuerpo equivocado, no hacemos sino reforzar los mismos estereotipos que queríamos destruir.

Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿hay alternativa? Timimi imagina y defiende una psiquiatría que realmente ayude, alejada de la cultura de la etiqueta, de la patologización y de la medicalización sistemática. Propone una «psiquiatría de tacto ligero», que intervenga cuando sea preciso pero que no se convierta en eje de la vida de las personas. En su utopía, los verdaderos pilares de la salud son las cosas materiales, las relaciones, la amistad, la pertenencia a una comunidad, no el médico ni la consulta.

El sistema actual, reconoce, está desbordado, pero lo está en buena medida por su propia lógica. Al etiquetar a los pacientes con condiciones de por vida y hablar de «resistencia al tratamiento», contribuye a crear una profecía autocumplida. Frente a esa inercia, su enfoque es sencillo: intervenciones breves, eficaces, y una despedida rápida. «Ayudar a la gente durante un periodo de tiempo y darles el alta para que sigan con sus vidas», resume.

Timimi cuestiona también el papel de la medicación. No defiende su abolición, pero sí una reconsideración radical de su sentido: dejar de verla como mecanismo de corrección de un defecto biológico para entenderla como una herramienta temporal, útil en momentos acotados y bajo una vigilancia crítica. Cuenta que, en su práctica, pasa más tiempo ayudando a las personas a dejar los fármacos que les recetaron otros colegas que prescribiendo nuevos.

Su propuesta exige que la psiquiatría abandone la pretensión de ser una «mecánica del cerebro» y se transforme en algo con contenido poético: una rama filosófica de la atención sanitaria. En lugar de dictar sentencias médicas sobre identidades y destinos, el psiquiatra debería ofrecer «un marco de creación de sentido». Su tarea se asemejaría a la de un Sócrates contemporáneo, que acompaña al paciente en el arte de comprenderse y de narrarse, ayudándole a reconocer su propia historia sin reducirla a una etiqueta. «Somos un poco como guías filosóficos: podemos apuntarte en cierta dirección, pero la recuperación es algo que la gente hace en sus propias vidas», escribe.

No se trata de un sueño sin anclaje. Existen ya modelos alternativos en Europa, en lugares como Finlandia o Trieste, que demuestran que es posible cuidar del sufrimiento sin convertirlo en una enfermedad crónica. Timimi invita a recuperar la confianza en nuestra capacidad innata para sanar, a aceptar que la normalidad no es una categoría médica, sino el fluir mismo de la vida con su desorden, su fragilidad y su belleza imprevisible.

(Entrada inspirada en el artículo de Daniel Arjona, El millonario negocio del sufrimiento: "La angustia da beneficios". En el diario El Mundo, domingo, 1 de febrero).

28 comentarios:

  1. Ser normal, es ser honesto con uno mismo y con los demás, y saber adaptarse a cada época. En cuanto al sentido de la vida, creo que esta foto lo define a la perfección. Mi padre y un de mis nietos...., familia
    https://anoharradelvalles.blogspot.com/2014/09/el-sentit-de-la-vida.html

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quizás esto es posible en contextos muy estables, en familias cohesionadas, con encaje de diferentes generaciones, con sentido de la pertenencia y la moral, pero el modelo que se observa desde el mundo educativo apunta más a familias disfuncionales, rotas, conflictivas... Pero incluso en modelos armoniosos surgen situaciones que angustian a los padres y los aterrorizan. En mi entorno, una profesora está de baja porque su hijo padece una depresión y ha intentado suicidarse. La familia es normal a todos los efectos pero la crisis ha golpeado al adolescente y ha provocado el pánico en sus padres. ¿Qué hacer? Es el problema.

      Eliminar
  2. He tenido que leer dos veces y con mucha calma tu entrada. No es fácil responder, antes hay que pensar y analizar, y entender lo que quieres decir, y es complejo, al menos para mi, porque no estoy preparado. No soy Educador Social, como mi hijo, y desde luego no soy psicólogo infantil, como su señora, en la rama psico-pedagogagía.
    Debido estas dos circunstancias he escuchado muchas conversaciones entre ambos sobre el TDAH, el autismo, las depresiones y los nexos (problemas) que conllevan.
    Poco puedo decir en cuanto la cuestión médica, pero sí puedo hablar en cuanto la atención primaria. Por lo poco que sé, resulta que las listas de espera de una psicóloga infantil en la Seguridad Social puede oscilar entre año y año y medio largo; que esta deja de ser infantil en cuanto el menor pasa de cierta edad, pero como el tiempo de espera es tan largo, los psicólogos infantiles son tan pocos en el sistema sanitario y los problemas que estos pacientes tienen tan complejos, en muchísimas ocasiones los derivan (no puedo decirte donde, ni a que especialidad), lo que sí sé, con total seguridad, que mi nuera tiene lista de espera para atender, pero que casi nunca llega a tiempo y sólo puede atender a los casos más complejos, derivando el resto, y que ella se queja de que no hay más "colegas" del ramo para atender tanta demanda.
    Hablamos entonces del problema de la FALTA DE PRESUPUESTOS, de la escasez de medios, de que los niños cuando son diagnosticados han de ser inmediatamente atendidos y que cuanto más tiempo pasa es peor para el niño, la familia y la sociedad en que se desenvuelve...

    Por lo poco que sé, mi nuera es contraria a la medicación, y según ella (está haciendo el doctorado y es una persona que sabe mucho del tema) si se coge con tiempo y con los medios adecuados no hay casos irresolubles.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Miquel, por tu atenta lectura de la entrada y la aportación de perspectiva profesional por parte de tu hijo y de tu nuera que son precisamente los que se encargan de gestionar la enorme demanda de atención psicológica para niños y adolescentes. Los servicios psicológicos están desbordados, como bien dice la entrada y confirmas tú con información directa. La infancia, la pubertad y la adolescencia se han patologizado y los problemas normales de crecimiento y confrontación con la adversidad, normal en la vida, se han hecho endémicos. No hay suficientes psicólogos infantiles y si se llega a casos graves es para colocar una etiqueta. Es increíble la cantidad de niños autistas, con TDAH, con TOC, con disforia de género, etc, que hay ahora cuando nosotros recordamos hace bastantes décadas que no existía nada de esto. ¿A qué se debe este malestar en la infancia y la adolescencia? ¿Viene de dentro del cerebro o es la sociedad la que patologiza cualquier problema o conflicto en esta etapa de crecimiento? El psiquiatra Sami Timimi es contrario a la etiquetación y la medicación crónica. Nunca ha habido tanto malestar entre los niños y los adolescentes como ahora. ¿Qué ha cambiado en nuestra sociedad? Un aspecto que me ha llamado mucho la atención es que antes los niños tenían un espacio en la calle donde desarrollaban con sus pares su personalidad y vivían sus aventuras. Yo recuerdo mi niñez en la calle donde tenía un mundo propio y particular. Ahora no hay nada de esto, como dice el artículo. Y son las redes sociales las que son ese mundo aparte para los adolescentes para bien y para mal. Por cierto, nuestro presidente acaba de anunciar que prohibirá por ley la presencia en las redes sociales antes de los dieciséis años. Me temo que es imposible. Es un problema complejo. Me ha gustado tu aportación. Un abrazo, Miquel.

      Eliminar
    2. Pero a todo esto, mi más que apreciado JOSELU, he dejado de responder a la afirmación que nos planteas y que considero de lo más importante: Hemos llegado a considerar que la tristeza es una avería...y por ende "se induce a la persona a creer que el problema está alojado en su interior, en su cerebro o en su química, y se le ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto, seguido del tratamiento adecuado".
      Y aquí sí que puedo entrar a opinar en mi condición de metafísico irredento.
      No fue Sartre y su angustia vital, sino Kierkegaard quien primero habló de ello, pero lo hizo anteriormente Spinoza, con su concepto de tristeza, aunque mi preferido en esta materia es Unamuno y su estado permanente de congoja quien ya nos dice que ese estado no es una "avería", como si de un concepto mecánico se tratara y fuera resuelto con una reparación mecánico/química, sino es un estado temporal, anímico, del ser humano que puede llegar a resultados extremos.
      Evidentemente, con un tratamiento bien llevado (a tiempo) por un especialista, los resultados siempre son positivos.
      PD: No entro a especular más allá, ya te he comentado que no estoy preparado para ello, pero que no me extraña en absoluto que esto esté dentro de "los intereses del mercado" y que las farmacéuticas lo que desean es pasarlo todo por la moliente de las soluciones químicas que siempre les han aportado unos buenos dividendos.
      Perdona esta posterior entrada.
      Otro abrazo
      Miquel

      Eliminar
    3. Querido Miquel, me emociona tu comentario porque recoge muy bien el nervio de lo que quería plantear: la tristeza no como 'avería', sino como uno de los grandes paisajes de la experiencia humana. Coincido contigo en que Kierkegaard, Spinoza o Unamuno ofrecen una hondura metafísica que desborda por completo la mirada técnico‑mecánica: esa congoja, esa “angustia de ser”, no se arregla como quien cambia una pieza, sino que se atraviesa, a veces con riesgo, a veces con fruto.

      Al mismo tiempo, me parece valiosa tu matización sobre la ayuda profesional: un buen acompañamiento, a tiempo y sin reduccionismos, puede ser un sostén decisivo, sobre todo cuando el sufrimiento amenaza con desbordarlo todo. Lo inquietante, como señalas, es cuando ese acompañamiento queda colonizado por la lógica del mercado y la promesa de soluciones químicas para cualquier malestar.

      No tienes nada que disculpar; tu “entrada posterior” enriquece mucho la conversación y me hace sentirte muy cerca en esta búsqueda de palabras para algo tan delicado. Otro abrazo grande, y gracias por traer a la mesa a tus metafísicos irredentos.

      Eliminar
  3. Vivimos en una sociedad donde creemos resolver todo con dinero. De ahí el negocio tan gordo que se hacen desde territorios tan interesados como la sanidad privada ( te pueden mandar cientos de pruebas diagnósticas con tal de seguir engordando la burra) y , en relación con tu entrada del blog, desde la consulta de psicólogos y psiquiatras. Nada mejor para llenar la consultas de chicos tristes y abúlicos con problemas de adaptación cuando los padres son del tipo buen rollo, amiguete que te da la razón en todo y que te exige poco.
    Los chicos de mi generación no íbamos al psicólogo ni nos daban la razón frente a los profesores ni nos hacían adaptaciones curriculares. Nos daban un capón o nos echaban una filipina si hacíamos algo incorrecto.
    Saludos, Joselu.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si comparamos el tiempo presente con el de los años sesenta o setenta, es innegable que se han patologizado la niñez y la adolescencia y ahora estos viven en sus cápsulas hiperprotegidos de los peligros de la calle, pero viven otros peligros que pueden ser mucho más peligrosos como el acoso en redes sociales. La niñez y la adolescencia son crueles y especialmente en la segunda hay sufrimiento. Yo lo recuerdo, crecer es angustioso. Ahora dicha angustia se etiqueta y se la patologiza... Si tú has vivido la educación, habrás sido consciente de la cantidad de problemas psicológicos que hay en las aulas: alumnos que necesitan ir al psicólogo desde que son niños, niños que terminan recibiendo una etiqueta que los marca de por vida.
      Antes en la calle nos daban unas cuantas hostias. Había bandas rivales y matones que nos amenazaban pero había que aprender a defenderse. Defenderse ahora de las amenazas es mucho más sutil y difícil, especialmente angustioso. Los muchachitos viven un mundo lleno de ansiedad, pero nuestro recuerdo de lo que era antes no ayuda al que tiene un hijo que intenta suicidarse. Saludos, Cayetano.

      Eliminar
  4. Alguien me sabe decir ,
    que distingue entre estar
    deprimido,y estar depresivo?,
    las depresiones se pueden
    tener un año, o medio año,
    y se dice , que vienen sin
    motivo... no sé no sé,sin
    embargo , he tenido y
    tengo episodios de tristeza,
    llegando a llorar, luego se
    me quita , y como nuevo.


    En mi caso , si que le echo
    la culpa a algo. de lo entro
    en detalles, más que nada
    para no aburrir al personal,
    me solidarizó con esos niños,
    y con los que no son, que
    pasan ese trance, aunque
    no tengo claro, que todos
    los casos,sean por acoso,
    gracias por escribir sobre
    esto Joselu, un saludo.





    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi experiencia, Orlando, es que uno nace depresivo por cien razones explicativas y que la depresión tiene fases altas y fases bajas. Uno es depresivo siempre, lo que no quiere decir que no se pueda ser feliz, a pesar de todo. Es una tendencia que nos viene tal vez en los genes, o por nuestra historia o por nuestros conflictos... Hay que acostumbrarse a vivir con la depresión, aunque si hay una fase aguda, necesita atención química. No hay ningún desdoro en necesitar atención psiquiátrica. La depresión es un paisaje del alma. Muchas obras artísticas han sido creadas por depresivos. Pienso en Rosalía de Castro y su extraordinario libro de poemas En las orillas del Sar. Un saludo, Orlando.

      Eliminar
  5. Un texto para leer con mucha atención y no he podido evitar conectar algunas ideas con una experiencia personal. En una tutoría de uno de mis hijos, la conversación terminó mal porque me negué a aceptar una etiqueta que en aquel momento estaba especialmente de moda. No niego que existan casos reales, pero cuando un porcentaje altísimo de una clase comparte el mismo diagnóstico, uno empieza a preguntarse si estamos ayudando o simplemente siguiendo una corriente.
    A eso se suma algo que me preocupa cada vez más: el negocio que se ha ido creando alrededor de estas etiquetas y cómo el aislamiento social de muchos jóvenes acaba traduciéndose en nuevos diagnósticos, como si el problema estuviera siempre dentro de ellos y no también en el contexto en el que crecen. Incluso se percibe, a veces, cierta normalización o hasta orgullo en definirse únicamente a través de una categoría.
    Textos como este siempre nos invitan a parar, reflexionar y a recuperar una mirada más humana y menos automática. Genial

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Al parecer hay en Instagram y en Tik Tok grupos que se identifican con la etiqueta que les han puesto y la asumen con cierto orgullo, pero el problema de las etiquetas es que a partir de ello, te defines en torno a la etiqueta y piensas que todo coincide. Es como los signos del Zodiaco que sirven -o servían- para caracterizarnos. Y la fantasía humana hace que a partir de entonces, veas todo desde esa etiqueta y dejes fuera otras muchas variables. Desde los años setenta la Asociación de Psiquiatría Americana -APA- creó el DSM que es una forma de clasificar todo tipo de dolencias mentales para su tratamiento. Y lo que observaron es que cada vez hay más ciudadanos que entraban dentro de dichas calificaciones, de modo que buena parte de la sociedad terminó patologizada, ante lo que antes eran dificultades propias de la vida. Y, por supuesto, afectó a los niños y adolescentes que han visto que de modo creciente han sido incluidos en multitud de síndromes que se extienden como el aceite. En una clase de instituto, hay varios autistas, varios con TDAH, con síntomas depresivos, con TOC, con alteraciones de conducta. Es raro el muchacho que no recibe la etiqueta correspondiente. Entiendo tu enfado como padre y que te negaras a aceptar dicha etiqueta lo que te colocaría en la etiqueta de los padres que enmascaran la dolencia de sus hijos. En mi casa convivo con una especialista en pedagogía terapéutica y conozco el modo de entender estas reacciones por parte de los profesionales.

      Este artículo me pareció oportuno para reflexionar conjuntamente pues cada vez hay más síndromes entre los adolescentes y se generan identidades en base a ellos.

      Eliminar
  6. No puedo opinar sobre el tema porque me falta mucho conocimiento para opinar con algo de criterio, pero sí conozco gente que se dedica a la educación que ya casi se toman a broma cuando aparece un chaval con algún síndrome de algún tipo.

    Creo que estamos dejando a los jóvenes sin herramientas para enfrentarse al mundo, y eso se ha cruzado, en una tormenta perfecta, con farmacéuticas que quieren cronificar todas las enfermedades y con unos servicios públicos saturados, como señala Tot en el comentario anterior.

    Lo que comentas del espacio propio es cierto, yo hacía muchas actividades de las cuales mis padres sabían lo justo: yo me buscaba el medio de transporte, yo solucionaba los problemas. Si jugabas al fútbol y no te sacaban de titular tus padres no iban a hablar con el entrenador, ni tan siquiera sabían de su existencia. Si en la Universidad suspendías un examen nadie o se te atravesaba un profesor pedía explicaciones por ti... Todos esos golpes eran una mierda, pero te ayudaban a ser una persona adulta minimamente funcional.

    No sé, es algo muy complejo para que yo pueda opinar...

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La hiperprotección de los niños y adolescentes es una constante en nuestra sociedad, tal vez porque los niños son escasos. Yo me pasé mi niñez en la calle en medio de las bandas y las peleas de piedras entre ellas, entre matones, entre personalidades de líderes infantiles... Nada de esto sabían en mi casa salvo cuando llegaba magullado. Era la ley de la calle, un mundo potencialmente peligroso pero autónomo en que aprendías a valerte por ti mismo y a resistir. Era tal la precariedad de la sociedad que nadie reparaba en pensar que su hijo tuviera un problema psicológico. Solo los muy ricos llevaban a sus hijos al psicólogo. Esta hiperprotección los deja ahora inermes y sin mundo personal independiente de los adultos en el que debería de desarrollarse la personalidad. Mis alumnos marroquíes sí que viven vida de calle, porque todavía no están afectados por esta patologización de la infancia y su protección. El dolor de la vida es convertido en patología a gusto del terapeuta que logra que encaje con alguna etiqueta.

      Saludos.

      Eliminar
  7. Muy interesante. Estoy de acuerdo. Un beso

    ResponderEliminar
  8. Joselu, tu reflexión abre un espacio necesario para pensar con calma en todo este entramado que mezcla sufrimiento real, etiquetas, mercado y una idea de normalidad cada vez más estrecha. Tu lectura del artículo y tu manera de hilvanar experiencias personales, memoria generacional y mirada educativa dan mucha profundidad al debate. Me ha interesado especialmente cómo señalas ese desplazamiento desde la calle como territorio de crecimiento hacia las redes como único espacio propio, con todo lo que eso implica en términos de identidad, vulnerabilidad y exposición. Y también esa pregunta de fondo que atraviesa tu entrada: qué parte del malestar nace de dentro y qué parte es fruto de una sociedad que ha perdido la paciencia para acompañar los procesos humanos sin convertirlos en diagnósticos. Gracias por un texto tan lúcido y tan valiente, que invita a pensar sin simplificaciones.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, ha sido una idea que me ha sorprendido, Enrique, la de que el mundo autónomo de los muchachos -me resisto a llamarlos 'niños' como se los califica ahora aunque tengan dieciocho años- se ha desplazado de las calles, consideradas peligrosas, a las redes sociales como las que hay en internet. Ya tuve ocasión de investigar en alguna de ellas poco conocida como Ask cuando era profesor y alguna alumna era acosada por sus compañeras, y tuve la oportunidad de ver la crueldad que se ejercía. Alguna alumna sufrió tal acoso que la sumió en una depresión. La violencia verbal de las redes es mucho peor que lo que podrían encontrar en la calle. Pues ahí, han derivado su necesidad de un mundo autónomo. Nuestros alumnos son enormemente vulnerables y están expuestos a crisis de identidad terribles. Me intimida con qué alegría se asume que un muchacho o muchacha de trece o catorce años decide que vive en un cuerpo equivocado y 'elige' una identidad diferente de la suya biológica y genética, en esa lucha contra el propio cuerpo. Y las leyes aprobadas en España en 2023, la ley Trans, no permite cuestionar la decisión de un adolescente confundido en su crisis de identidad tan común a esa edad. Cada año en los institutos hay una transición de género que debe ser apoyada pese a toda la complejidad humana y sexual que ello implica, que demuestra que no es blanco o negro.

      Mis hijas ya son independientes, pero los padres que ahora tienen hijos adolescentes tienen una buena tarea por delante, no les envidio. La adolescencia es una montaña rusa emocional en un cerebro a medio formar en el que pueden encontrarse todo tipo de síndromes si uno se dedica a clasificarlos, y ello es inquietante.

      Un abrazo.

      Eliminar
  9. Es una entrada en la que comentar es muy difícil y tengo miedo a mi facilidad para salirme del tema pero bueno... aquí lo dejo.
    La industria farmacéutica vive de vender fármacos y si no hay enfermedades crean carencias "solucionables" las que muestras son algunas de ellas. Creer que una persona deprimida o con falta de confianza en si misma se va a curar con pastillas pero parece, y permíteme la libertad de expresión, me parece de estúpidos.
    La depresión se cura con actividad conjunta, con esos difíciles silencios compartidos y enseñando a los niños que la vida es difícil y requiere pelearse en no pocas ocasiones y que no es bueno rehuir la lucha porque siempre te va a encontrar. Hay que buscar las formas de ganar la pelea o minimizar las derrotas, saber perder es tan importante como saber ganar, la frase "no hemos perdido sino hemos ganado experiencia" es muy importante, Hacer ver a los niños que todo es gratis y que siempre se tienen que salir con la suya es una estupidez supina.
    (Continuara)..
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Que nuestra sociedad haya terminado por ser una sociedad enferma y patologizada es la realidad ahora mismo. Y los niños son los que han recibido buena parte de ese impacto de cambio social por ser minoría, por haber pocos niños y haber aumentado el miedo social al conflicto y a la calle. Se reprime no poca violencia -connatural al ser humano- y se la reconvierte en otro tipo de violencia no menos peligrosa. Ayer leía que las 'manadas' violadoras entre adolescentes han crecido muchísimo en los últimos años a pesar de los mensajes del ministerio de Igualdad. Hay potenciales violadores incluso entre niños de once años. Esta violencia surge de muchas causas. Y en esa patologización de la infancia y adolescencia da lugar a pensar qué parte del malestar que hay entre los jóvenes tiene su origen en la tensión sexual y la violencia que hay en la sociedad. ¿El mal está dentro del cerebro o en la sociedad? Lo que escribes tiene mucho sentido común pero no sería aprobado por el comité de psicólogos y pedagogos de ningún centro porque se trata a los alumnos siempre como si fueran niños aunque tengan diecinueve años. Un saludo.

      Eliminar
  10. No entiendo,si estás de acuerdo con la sicologia y el trabajo de los sicologos o sólo con las ideas de Timimi.
    Por otra parte,tampoco no entiendo,a que llamas química.Si te refieres a los fármacos, se supone que no los usas.Es una opción, claro si te va bien.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pep, las ideas de Timimi nos sirven para reflexionar sobre una realidad que existe entre los niños y adolescentes. A mí me parecen de bastante sentido común frente a la patologización de la infancia y su medicación extendida. No es nada conveniente medicar crónicamente a los muchachos. En un momento dado, pueden ser útiles pero con mucho cuidado y retirarlas rápidamente.

      Eliminar
  11. Timimi me parece un llamado urgente a repensar cómo tratamos el sufrimiento adolescente. Señala con claridad que la medicalización y las etiquetas muchas veces convierten crisis naturales en problemas crónicos, mientras la vida y la resiliencia quedan de lado. Impacta la crítica al “complejo industrial de la salud mental” y cómo señala que la libertad, el juego y las relaciones humanas son los verdaderos pilares del bienestar. Es un recordatorio de que acompañar y escuchar importa más que diagnosticar, y que la normalidad no se define con un manual, sino con la experiencia de vivir y aprender. Para reflexionar.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pienso, Nuria, que has hecho un resumen impecable de las ideas de Timimi. La infancia no ha sido nunca fácil y menos la adolescencia. Yo las viví de tal modo que no quisiera volver a ellas de ninguna manera. Si hay reencarnación, el principal y terrible escollo serían esas etapas en que todavía el cerebro no se ha terminado de desarrollar y se sufre, se sufre mucho. Si ahora volviera a estar frente a una clase de adolescentes les diría que el sufrimiento es parte esencial de la vida, y lo que importa es cómo nos enfrentemos a él, cómo lo vivamos, aunque siempre va a ser doloroso. Tomar ese dolor de crecer, de no entender qué somos ni que papel estamos desempeñando en la vida ni cómo se encaja, y convertirlo en patologías como se está haciendo puede ser muy problemático, según apunta Timimi. Pienso que lo que está detrás de la creciente vulnerabilidad de la adolescencia es la crisis de la familia, pero esto no tiene solución. La crisis de la familia y la falta de valores fuertes transmitidos de generación en generación. Hacen falta padres fuertes para educar a un niño sano, fuertes y que tengan las ideas claras, y eso es bastante infrecuente. Para reflexionar como dices. Un abrazo.

      Eliminar
  12. Para mí, ser normal empieza por aceptarse a sí mismo. Muy interesante, Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aceptarse a sí mismo no es fácil. Hace falta ser muy fuerte y tener las ideas claras, y en la adolescencia frágil que existe ahora, no creo que la aceptación de sí mismos sea lo más común. Hay tanta herencia que recibimos en el momento de nacer y en los primeros años de la vida.... Saludos.

      Eliminar
  13. La tristeza no es una enfermedad, es un estado que se sufre y que hay que buscar las herramientas para superarlo y hacernos más fuerte. Un saludo, Joselu.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Alejandra Pizarnik hablaba de la belleza de la tristeza que consiste en la transmutación del dolor, la soledad y la muerte en una estética lírica única donde la tristeza no es solo sufrimiento sino un espacio de identidad, lucidez y refugio. Su lenguaje roza la locura para expresar el vacío existencial. Un saludo, Mercedes.

      Eliminar

¿Qué es ser normal?

Una de las voces más lúcidas de la psiquiatría británica , Sami Timimi , ha lanzado una advertencia tan incómoda como necesaria: una nueva v...