La generación nacida entre 1995 y 2010 llegó al mundo cuando la calle empezaba a vaciarse de niños y las pantallas a llenarse de vidas ajenas. Es la llamada generación Z, los primeros en crecer sin raspones en las rodillas pero con la piel fina de la ansiedad, el aislamiento y la depresión. Jonathan Haidt, psicólogo social, la bautiza como la generación ansiosa y levanta un mapa de sus heridas a partir de dos giros decisivos: el final del juego libre en la calle y la irrupción de los smartphones hacia 2008.
Durante décadas, el patio natural de la infancia fueron las plazas, los descampados, los portales donde se improvisaban aventuras y peligros pequeños que enseñaban a medir el mundo. Gregorio Luri lo resume en un detalle físico: las raspaduras en las rodillas como marca de una educación sentimental al aire libre. Pero el miedo de los padres, la sobreprotección y la sensación creciente de amenaza fueron cercando esos espacios hasta hacerlos sospechosos. La infancia, despojada de calle, fue poco a poco recluida en pisos, habitaciones, actividades dirigidas, extraescolares vigiladas donde la exploración quedaba pautada y amortiguada. A ese movimiento hacia el interior vino a sumarse, como un meteorito perfecto, la aparición de los teléfonos inteligentes.
El smartphone no fue solo un artefacto nuevo. Fue una mudanza del mundo a la palma de la mano. Allí donde antes había patio, pandilla, barrio, surgieron pantallas luminosas que ofrecían un repertorio inagotable de estímulos: vídeos, juegos, redes, mensajes, notificaciones, la presencia constante de otros que nunca acaban de estar del todo. La infancia y la adolescencia, sin supervisión adulta, entraron de lleno en un paisaje diseñado para maximizar la captación de atención, no para cuidar la fragilidad de una mente en formación. De esa combinación –niños sin calle, adolescentes con smartphone– nace, según Haidt, un ecosistema perfecto para la ansiedad, las autoagresiones, la sensación de insuficiencia crónica.
Podemos preguntarnos, mientras observamos a nuestros hijos pasar horas deslizando el dedo sobre el cristal, qué se pierde en esos desplazamientos silenciosos. No se trata solo del tiempo de lectura sacrificado, de los libros que quedan cerrados sobre la mesa. Se trata de los contactos humanos que no llegan a producirse, de las conversaciones que no tienen lugar, de los silencios compartidos que se vuelven imposibles porque siempre hay una pantalla que interpone una historia más urgente. Se trata también del poder que adquieren figuras fugaces –influencers, celebridades instantáneas– capaces de modelar deseos, cuerpos, opiniones con una fuerza que desborda a la familia y la escuela.
Ante esta acumulación de indicios, Haidt propone una especie de moratoria tecnológica, un dique tardío contra una inundación que ya nos alcanzó. Sus medidas son claras y sencillas, casi de sentido común: ningún smartphone antes de los catorce años. Ningún acceso a redes sociales antes de los dieciséis. Prohibición de móviles y relojes inteligentes en colegios e institutos para devolver a las aulas una atención menos distribuida y menos rota. Y, como contrapeso, un regreso deseado a los juegos callejeros sin supervisión adulta, a las bandas de niños que exploran, negocian, se arriesgan y aprenden en contacto directo con el mundo.
Sobre el papel, el programa parece razonable. Sin embargo, cuando uno intenta imaginar su aplicación, empiezan a abrirse grietas. Si el adolescente no dispone de smartphone hasta los catorce, ¿qué le impediría, a partir de esa edad, instalar en cuestión de minutos todas las redes sociales que se le prohíben hasta los dieciséis? La puerta de entrada a internet no se limita al móvil: un ordenador de sobremesa, un portátil humilde, cualquier dispositivo con conexión basta para franquearla. Nadie imagina un mundo en el que se prohíba a niños y preadolescentes disponer de terminales informáticos; entre otras cosas, porque buena parte de su escolarización depende ya de ellos.
Además, la pasión de muchos chavales se dirige a los videojuegos, que se siguen no solo en el móvil, sino en PCs y videoconsolas conectados a plataformas donde el juego se mezcla con la socialización y la competición. El marco de Haidt, centrado en el smartphone y la calle, deja a un lado esa constelación digital que también moldea la mente y las emociones de los jóvenes. Volver a modelos anteriores –a una infancia de barrio y pandilla, a una calle convertida en territorio de aventura– parece tan improbable como reconvertir las ciudades a la luz de gas y apagar la red eléctrica. Las condiciones materiales, el urbanismo, los horarios laborales, la cultura del miedo, han transformado la calle en un lugar que muchos padres perciben más como amenaza que como espacio de crecimiento.
No resulta sencillo imaginar hoy a grupos de chicos ocupando descampados, organizando juegos de riesgo, regresando solos a casa al anochecer mientras los padres esperan confiados. En cierto sentido, las redes sociales han venido a ocupar el lugar simbólico de aquella calle perdida: un territorio sin supervisión adulta en el que se prueba la identidad, se buscan límites, se ejerce el riesgo. Sami Timimi, psiquiatra crítico, apunta precisamente a esa equivalencia: las plataformas digitales como nuevo escenario de las aventuras adolescentes, con peligros reales pero también con posibilidades de encuentro que los adultos apenas comprenden.
Veo, así, muchos agujeros en el edificio teórico de Haidt, aun compartiendo su intuición central: sería razonable retrasar la entrega del smartphone, demorar un poco la entrada plena en ese océano de estímulos. En mi propia experiencia, mis hijas no tuvieron teléfono hasta los catorce años, cuando la conciencia del peligro era todavía borrosa y apenas intuíamos lo que se avecinaba. Aun así, la mayor buscaba términos pornográficos en el ordenador familiar, dejando un rastro inocente en el historial que los padres podíamos seguir. El verdadero problema no era el dispositivo concreto, sino la existencia misma de una red abierta, inagotable, disponible a cualquier edad. Y esa red no puede cerrarse simbólicamente a los catorce o a los dieciséis, como quien baja una persiana.
De ahí la sensación de imposibilidad: no podemos regresar a un modelo social anterior a internet del mismo modo que no podemos desinventar la luz eléctrica. La pregunta por el control de acceso a las redes sociales antes de los dieciséis años se estrella contra el anonimato y la arquitectura misma de la red. ¿Cómo verificar la edad sin quebrar derechos elementales, sin abrir la puerta a un control total de identidades y movimientos digitales? No he visto todavía una explicación convincente que no suponga un peaje desmesurado en términos de privacidad.
Hay, sin embargo, voces que llevan la crítica mucho más lejos que Haidt. Ernesto Dans, por ejemplo, propone la prohibición completa de redes como Meta, Instagram, TikTok, X o Threads para el conjunto de la población debido a sus prácticas tóxicas e incluso ilegales. Su planteamiento, coherente en su lógica interna, se sitúa al margen de lo verosímil: las redes sociales se han convertido en un componente casi estructural de la vida contemporánea. Sirven como herramienta de control del poder –no pocas revueltas y revoluciones se han articulado a través de ellas– y, al mismo tiempo, alimentan la polarización política y la confrontación social, dan impulso a formaciones populistas y multiplican las fake news que arraigan en una ciudadanía saturada.
Para los adolescentes, el daño adquiere formas más íntimas. Se acostumbran a un entretenimiento comprimido en vídeos de quince segundos, a una sucesión de estímulos que apenas dejan poso. La atención se fragmenta, la concentración necesaria para leer, estudiar, pensar se resiente, todo ha de ser sencillo, rápido, digerible, banal. La imaginación, que requiere tiempo vacío y disponibilidad interior, se estrecha. Y, sin embargo, esas mismas redes cumplen también la función de espejo en el que se buscan, se comparan, se hiere y se mide una generación que ha hecho de la exposición de sí misma una segunda piel.
La imagen del metro abarrotado donde casi todos viajan absortos en sus terminales resume bien el alcance del cambio. Los cuerpos comparten vagón, pero cada mente viaja por un túnel distinto, aislada del contexto inmediato, incluso de la persona mayor o necesitada que entra y busca asiento sin que apenas nadie levante la vista. Los móviles e internet nos han reconfigurado de un modo profundo, y los más vulnerables al golpe han sido precisamente niños y adolescentes, precipitados en espacios pensados para adultos: pornografía sin filtros, discursos de odio, comunidad y exclusión a un clic de distancia.
Queda entonces, inevitable, la pregunta que Haidt deja en el aire y que yo os devuelvo: ¿qué hacer? ¿Basta con retrasar el smartphone, limitar las redes, prohibir aparatos en las aulas, soñar con un regreso imposible a la calle perdida? ¿O necesitamos imaginar otras formas de acompañamiento, de presencia adulta, de educación afectiva y digital que acepten que no podremos apagar el mundo en línea pero sí ofrecer a los jóvenes herramientas para habitarlo sin naufragar? Al final, más que respuestas cerradas, quizá lo que podamos compartir son dudas y tentativas, ese territorio intermedio donde se entrecruzan el miedo, la responsabilidad y el amor por quienes crecen.

Creo que tiene poco arreglo. Limitar las horas de Internet y dar alternativas. Un beso
ResponderEliminarSi te interesa el tema, te propongo la lectura de La generación ansiosa, para ir más allá de las soluciones fáciles. El libro está en Planeta.
EliminarTenemos todos una gran responsabilidad compartida. Es un problema social que afecta a todos los estamentos: político, educativo, familiar... cómo entusiasmar o motivar a los jóvenes para que no estén todo el día enganchados a móviles y maquinitas descuidando la lectura y las relaciones sociales. Hay un problema añadido: el que deriva de las empresas que se lucran gracias a tener enganchados a millones de chicos a los artilugios como si fueran yonkis felices con su dosis de porquería disponible en cada momento. Los móviles son el " soma" de este nuevo mundo feliz.
ResponderEliminarSaludos.