lunes, 26 de enero de 2026

Vidas fotografiadas

No tengo ninguna foto de mi niñez. Las había, pero se perdieron en alguna mudanza o descuido doméstico, como si alguien hubiera ido borrando, sin mala intención, las primeras viñetas de mi historia. Aun así, recuerdo muchas de aquellas imágenes porque las vi una y otra vez hace décadas, hasta que quedaron grabadas en una especie de álbum puramente mental. Mi infancia, a diferencia de la de mis hijas, no está alojada en ninguna nube sino en esa memoria frágil y obstinada que es la del recuerdo humano.

Mis hijas, en cambio, tienen documentada su infancia desde el mismo momento en que asomaron al mundo. Les hice fotos nada más nacer, todavía en el hospital, con la torpeza emocionada de quien descubre que un clic puede sostener un instante para siempre. Luego llegaron los años en que cada día traía una pequeña escena digna de ser capturada: una risa, un disfraz, una caída en el parque, una tarta con velas mal sopladas. Han crecido en una era digital en la que casi cada día ha dejado rastro visual, hasta el punto de que cada fiesta parece tener su réplica en una especie de realidad virtual hecha de cientos de fotos y pequeños vídeos. A veces, cuando revisan esas carpetas infinitas, parece que vuelven a vivir esas escenas con más nitidez que la que conserva su propia memoria.

Se calcula que en 2025 se tomaron en el mundo casi dos billones de fotos. Nunca antes una generación había registrado con tanta minuciosidad los detalles de su vida cotidiana. Las masas sostienen sus móviles como si fueran pequeñas prótesis de la mirada, capturando comidas, paseos, salidas de noche, conciertos, reuniones familiares. Es inevitable preguntarse si este torrente de imágenes cambia la manera en que recordamos. La memoria autobiográfica, ese relato que tejemos sobre lo que hemos sido, es una pieza central del misterio del yo, y las fotografías se han convertido en uno de sus grandes aliados, pero también en un posible malentendido.

Recordar ya no es un proceso puramente interno: es una conversación constante entre la mente y los datos personales que hemos descargado en discos duros, teléfonos móviles y redes sociales. Cuando recurrimos a imágenes digitales para reconstruir un acontecimiento, esas fotos no solo apuntalan el recuerdo, sino que lo retroalimentan, se integran en él y lo modifican de formas sutiles. A veces creemos recordar con claridad una escena de infancia y, sin embargo, lo que evocamos es la foto que hemos visto mil veces, no el momento en sí. Nuestros dispositivos no solo reflejan el pasado, también deciden qué fragmentos de él se vuelven nítidos y cuáles quedan difuminados. Así, sin darnos cuenta, los teléfonos participan en la edición de nuestra historia personal.

Podría pensarse que hacer más fotos equivale a conservar recuerdos más precisos. Sin embargo, ocurre a menudo lo contrario: cuanto más delegamos en la cámara, menos se implica la mente en la experiencia. Si vas a un concierto y pasas los noventa minutos grabando, buscando el mejor ángulo, vigilando la batería y el enfoque, disfrutas menos del momento y diluyes el recuerdo que se almacenará en tu interior. Has capturado el evento, sí, pero lo has vivido a través de una pantalla mínima, como si hubieras asistido por delegación. Después tendrás pruebas de que estuviste allí, pero tu memoria se parecerá más a un archivo que a una vivencia.

En filosofía y en ciencias cognitivas se habla de la idea de la “mente ampliada”. Según esta noción, nuestra mente no termina donde acaba la piel, sino que se prolonga a través de herramientas externas: cuadernos, diarios, agendas digitales, Gmail, archivos de fotos, redes sociales. Son como tentáculos que se alargan desde el cerebro hacia el mundo, dispositivos a los que confiamos fragmentos de lo que somos. De ahí esa sensación extraña, casi física, que sentimos si nos roban el teléfono o si se borra un disco duro: no es solo un objeto lo que perdemos, es una parte de nuestra mente la que parece arrancada.

La dependencia del móvil para capturar momentos de forma inmediata, casi automática, tiene un efecto profundo: cada vez que pulsamos el botón de la cámara estamos reconfigurando el cerebro. La mente aprende que no hace falta recordar del todo porque ya habrá una imagen que haga ese trabajo en su lugar. El gesto se vuelve reflejo: vemos algo bello o raro, y antes de apenas contemplarlo, ya hemos levantado el móvil. Entre el mundo y nosotros se interpone un cristal iluminado que selecciona qué merece permanecer. Así, el recuerdo va siendo moldeado no solo por lo vivido, sino por lo fotografiado.

Otro aspecto inseparable de la memoria es el olvido. Olvidar no es un accidente, es una función esencial de la mente, una manera de aligerar el peso de la experiencia. En un mundo saturado de imágenes digitales, aquello que decidimos capturar, revisar o borrar remodela sutilmente ese proceso. Borrar una foto diluye el recuerdo de la experiencia que la originó, del mismo modo que conservarla puede mantenerla en la superficie del tiempo. A veces necesitamos olvidar y lo hacemos eliminando fotos de una expareja o de una noche de fiesta que salió mal, como si al arrastrar el archivo a la papelera pudiéramos arrastrar también el dolor.

Las fotos son como colinas dentro del paisaje de la memoria. Cada imagen se alza como una elevación nítida desde la que podemos contemplar un momento concreto de nuestra vida. Entre esas colinas se extienden valles, zonas de sombra donde se ocultan momentos que no fueron fotografiados o que hemos decidido borrar. No por carecer de imagen son menos reales, pero es más difícil llegar hasta ellos. Quizá la verdadera intimidad de una biografía se encuentre precisamente en esos valles que no han sido iluminados por ningún flash.

Pienso entonces en mi niñez sin fotos, en ese álbum perdido que solo sobrevive en mi memoria. Tal vez esa carencia me ha obligado a cultivar de otra manera el recuerdo, a sostener con palabras lo que otros sostienen con imágenes. Al final, la conclusión que se me ocurre es que documentarlo todo, incluso las comidas más anodinas, no revela lo esencial de la existencia. Solo nos regala la ilusión de que, al haberlo registrado, lo hemos comprendido. Pero la vida, como la memoria, siempre guarda algo que se escapa de la imagen y solo se deja nombrar a medias.

53 comentarios:

  1. El contenido de la frase : "No tengo ninguna foto de mi niñez" pudiera llevarnos a pensar que en tu interior sientas como un vacío extraño, casi como si una parte de tu historia no tuviera "evidencia", por el hecho en sí de no estar representado.
    Quizá, hablo desde mi perspectiva, no sea eso lo relevante, pues hay miles y miles de personas que están en la misma situación, lo relevante es que se hayan perdido "todas". Eso ya es otro capítulo que merecería una entrada aparte.
    Pero voy a la continuación de tu escrito: la dependencia.
    Me aproximo a Aristóteles cuando hablaba de los hábitos. Estos, si son buenos, son virtud, y si son malos, vicio.
    Cuando nos causan dependencia, y el celular la causa, deviene en lo último. Hoy no hay nada que no se fotografíe, esto, a su vez, se lanza a una nube que a su vez comunica la hora, el lugar exacto y con quien estamos. Todo se almacena, de tal manera que puede, de hecho lo ha sido más de una vez convertirse en una prueba que nos podría dar algún dolor de cabeza.

    Por otra parte, nuestro poder cognitivo se ve mermado, esto si forma parte de la respuesta a la entrada, en cuanto las capacidades técnicas nos van supliendo. Nadie hoy en día y en un momento, nos podría decir el valor de 120 gramos de un queso que vale 65 € Kilo, sin embargo, hace cuarenta años, no había tendero que se le escapara que el valor a pagar sería tanto como 7´80 €. Así con la memoria, esta se va acomodando y ya no se preocupa de guardar las fotos en la mente de aquellos momentos relevantes, sabe que tiene una tabla de salvación en la nube.

    Te diré un detalle, JOSELU, los momentos más bellos, más humanos, y más queridos que he tenido (hay alguna pequeña excepción) no fueron captados por cámara alguna, esos momentos, además, son de corto tiempo, dudo que me hubiera dado tiempo a preparar la cámara.
    Un abrazo




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    1. Querido Miquel,

      Qué buen capote me echas con Aristóteles para elevar este "despiste" doméstico a la categoría de debate ético. Tienes razón: esa ausencia de "evidencia" de mi infancia no es un vacío, sino quizás una liberación de la dictadura del dato. Mientras el mundo se afana en convertir cada ración de queso en un píxel y cada emoción en un archivo, yo conservo un álbum mental que no requiere de actualizaciones de software ni sufre de obsolescencia programada.

      Me ha hecho sonreír tu comparación con el tendero y su agilidad aritmética. Es la prueba perfecta de que, al delegar en la "nube", hemos dejado que nuestro músculo mnemotécnico se atrofie en un cómodo sofá digital. Mis hijas tienen dos billones de fotos como respaldo, pero yo sospecho que, como bien dices, los instantes más humanos son precisamente aquellos que ocurren demasiado rápido para que el dedo encuentre el botón de la cámara.

      Esa "tabla de salvación" que es el móvil acaba siendo, a menudo, un ancla que nos impide navegar el presente. Prefiero mis "valles en sombra" sin iluminar por el flash; hay una dignidad casi aristocrática en no dejar rastro de todo.

      Un fuerte abrazo, Miquel.

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  2. Siempre me invitas a pensar., eso me gusta. Y yo también echo de menos fotos de cuando era pequeña, para poder verme como era y no cómo yo me recuerdo, que seguramente dista mucho lo uno de lo otro. Poder mirar los ojos jóvenes de mi madre, mis abuelos a mi edad, la relación con mis hermanos...tenemos muy poquitas fotos que hacen justícia a ese tiempo ya remoto. Hoy en día eso no ocurre, más bien como tú dices "el efecto contrario", demasiado mundo plasmado en una imagen que revoca, a priori, recuerdos muy distantes de cómo los rememora la mente, eso pudiera parecer que el instante no sea tan importante, que no sepamos disfrutar "del momento" (mindfulness que se dice ahora) y bla bla bla pero qué va! hay que hacer fotos y mirarlas mucho, así lo revivimos más veces! (palabra de desmemoriada)

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    1. Te confesaré, Aina, que no poseo fotos de mi infancia, pero mi memoria me permitió reconstruir el periodo de entre los cuatro y los seis años -edad en que hice mi primera comunión- para escribir un texto que se llama Tiempo de ira en que todo es vivo, aunque doloroso. Ese es mi orgullo, el de guardar imágenes mentales poderosísimas de la infancia sin el apoyo de imágenes físicas. He convertido en palabras e imaginación la carencia de fotos. Y me siento feliz por no tenerlas. Me gusta hacer fotos, y me encanta el retrato, pero no me gusta que me hagan fotos a mí, tal vez sea eso.

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  3. Conservo algunas de mi infancia. Creo que no llegan a la veintena. Se hacían pocas y se perdían muchas. Las que han sobrevivido las guardo como un tesoro.
    Pasaron los años y nos hicimos adultos. Y cuando hacíamos un viaje siempre íbamos armados de nuestra máquina y de uno o dos carretes de fotos. Luego había que revelarlas. Una pasta. La economía imponía el ser muy selectivo y no derrochar las capturas: Campos Elíseos: 1, Arco de la Estrella: 1, Tullerías: 1, entrada al Louvre: 1, Torre Eiffel y Trocadero: 2 o 3, Sena: 1 o 2... Ahora, solo de selfies: tropecientas. En fin, otros tiempos, otra visión del tema.
    Saludos.

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    1. Los archivos fotográficos son como una extensión de nuestro cerebro, una suerte de periféricos, y en ellos se guarda ahora todo acontecimiento por más banal que sea, pero mis recuerdos más memorables, son los que conservo en mi mente sin necesidad de soporte físico. Y eso que soy un apasionado de la fotografía desde siempre. Las fotos me parecen misteriosas. Por más que miro fotos del pasado de mis hijas, la observación no me restituye a aquel momento, hay una suerte de distancia gigantesca que no me es posible cruzar. Saludos.

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  4. Tu entrada me ha dejado pensando en algo que late bajo todo lo que cuentas: la tensión entre recordar y registrar. Las fotos, tal como las describes, no son solo imágenes; son una forma de ordenar la vida, de decidir qué merece permanecer y qué puede hundirse en el silencio del tiempo. Y, sin embargo, lo más revelador de tu texto es que aquello que no tiene foto —tu infancia perdida en mudanzas, ese álbum fantasma— no desaparece. Se transforma.

    Quizá por eso tu reflexión me resulta tan sugerente: porque reivindica un tipo de memoria que no necesita soporte externo para existir. Una memoria que no se consulta, sino que se cultiva. Una memoria que no se “abre” como una carpeta, sino que se evoca.

    Hoy acumulamos miles de imágenes, pero no necesariamente más pasado. La saturación visual produce un efecto paradójico: cuanto más fotografiamos, más delegamos la experiencia; cuanto más registramos, menos retenemos. Y, sin embargo, seguimos haciéndolo, como si temiésemos que la vida se nos escape si no queda fijada en un archivo.

    Tu niñez sin fotos, en cambio, parece haber generado un tipo de intimidad distinta: la de quien reconstruye su historia desde dentro, no desde un carrete. Tal vez por eso escribes como escribes: porque aprendiste a sostener los recuerdos con palabras, no con píxeles.

    Me quedo con esa idea final que dejas caer casi en voz baja: que lo esencial nunca se deja atrapar del todo. Que la vida siempre guarda un resto indómito, un margen que ninguna cámara puede capturar. Y que quizá ahí —en ese espacio sin imagen— reside lo más verdadero de nosotros.

    Un abrazo.

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    1. Estimado Enrique,

      Qué lucidez la de tus palabras. Me dejas pensando profundamente en esa dialéctica que planteas entre lo que registramos y lo que verdaderamente habita en nosotros. Al leerte, confirmo esa sospecha que recorre mi texto: "lo más palpitante de la vida no es aquello que logramos congelar en un píxel, sino lo que se escapa de la imagen y solo se deja nombrar a medias.

      Me gustaría compartir contigo algunas reflexiones que tu extraordinario comentario me ha disparado:

      Es curioso cómo mis hijas poseen una documentación exhaustiva de su existencia. Sin embargo, como bien señalas, esa saturación puede crear un "archivo" en lugar de una vivencia. Al final, delegar en la cámara hace que la mente se implique menos en la experiencia real; nos queda un registro impecable, pero una memoria que se parece más a un "depósito de datos" que a un proceso vital interno.

      Tu respuesta me hace valorar aún más esos espacios de mi infancia sin fotos. Si las fotografías son colinas nítidas en el paisaje del recuerdo, la verdadera intimidad de nuestra biografía reside en los "valles de sombra": esos momentos que no fueron iluminados por ningún flash y que, por no tener imagen, nos obligan a cultivarlos con la palabra y el sentimiento puro.

      Coincido plenamente contigo en que nuestra memoria ya no termina en la piel, sino que se prolonga en estos "tentáculos" digitales que menciono. Pero esa dependencia tiene un precio:

      "La mirada mediada": Entre el mundo y nosotros se interpone siempre un cristal iluminado que decide qué merece permanecer.

      "El olvido modificado": Hoy intentamos gestionar el dolor arrastrando archivos a la papelera, como si borrar la foto pudiera borrar la herida.

      Gracias, Enrique, por recordarme que documentarlo todo no es comprenderlo. Al final, los que crecimos con álbumes perdidos tenemos el privilegio —a veces doloroso, pero siempre fértil— de saber que la memoria humana es "frágil, obstinada y profundamente nuestra".

      ¿Crees que esta hiper-documentación acabará por atrofiar nuestra capacidad de fabular sobre nuestro propio pasado, o simplemente estamos aprendiendo a ser humanos de una forma distinta?

      Un fuerte abrazo.

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    2. Joselu, tu lectura tan atenta y tan hondamente humana me conmueve. Hay algo en lo que dices —esa idea de que lo más vivo se escapa del píxel— que resuena como una verdad antigua que, sin embargo, estamos redescubriendo a la fuerza en esta época de saturación visual.
      Me interesa mucho esa distinción que haces entre el archivo y la vivencia. Quizá el riesgo de esta hiper‑documentación no es solo que deleguemos la memoria en dispositivos externos, sino que acabemos aceptando que lo que queda registrado es lo que cuenta. Y ahí, como bien señalas, la experiencia se empobrece: la cámara no solo captura, también condiciona.
      Comparto contigo esa nostalgia fértil por los “valles de sombra”. A veces pienso que la memoria más auténtica es precisamente la que no tiene soporte, la que se rehace cada vez que la evocamos. Las fotos fijan; el recuerdo, en cambio, respira. Y en ese respirar se cuela la fabulación, que no es un error del sistema, sino una forma de verdad emocional.
      Tus dos conceptos —la mirada mediada y el olvido modificado— me parecen especialmente certeros. Vivimos detrás de un cristal que selecciona por nosotros, y cuando algo duele, intentamos resolverlo con gestos técnicos: borrar, archivar, ocultar. Pero la herida, como bien dices, no entiende de iconos ni de carpetas.
      En cuanto a tu pregunta final, no estoy seguro de que la hiper‑documentación atrofié nuestra capacidad de fabular. Más bien creo que la desplaza. Antes fabulábamos para llenar huecos; ahora fabulamos para interpretar el exceso. Quizá estamos aprendiendo a ser humanos de otra manera, sí, pero la necesidad de narrarnos —de inventarnos un pasado que nos sostenga— sigue intacta. La imaginación siempre encuentra un resquicio.
      Gracias, de verdad, por este diálogo tan estimulante. Da gusto pensar contigo.
      Un abrazo fuerte.

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  5. Has sentido tristeza Joselu? ,
    por no tener imágenes de tu
    niñez? , espero que lo lleves
    bien ,un saludo.

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    1. No solo no me siento triste por no tener fotos, sino que, de tenerlas, me producirían alergia e irritación porque he fabulado tanto mi infancia en mi imaginación que me molestarían confrontadas a mi yo más íntimo al que le encanta evocar esa niñez de mil y una formas. Un saludo.

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  6. Yo tampoco tengo màs que una foto de niña. Pero es cierto que ahora lo vemos todo a través del rectángulo del móvil. Un beso

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    1. Hay una hiperdependencia de la imagen en nuestro afán de registrarlo todo. Esas muchedumbres, móvil en alto, grabando cualquier acontecimiento por trivial que sea, me producen un íntimo espanto. Un saludo.

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  7. Asi es la vida de antaño Joselu, los recuerdos permanecen en la memoria como imágenes quebradizas que el tiempo puede romper. Yo tengo alguna foto de niña que guardo como un tesoro, pero mis padres no tuvieron ninguna, tan solo de jóvenes y también las guardo. Sin embargo, la memoria es el mejor álbum, el que realmente recrea esos momentos con auténtica realidad.
    Me encantó el post.
    Un abrazo y feliz semana

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    1. Al hilo de lo que comentas, me surgen unas ideas para compartir contigo:

      La fragilidad como valor: Dices que los recuerdos son "imágenes quebradizas", y es precisamente esa fragilidad la que les da su valor. A diferencia de los dos billones de fotos que se calcula que se tomaron en 2025, nuestros recuerdos no están en una nube fría, sino en una memoria humana, obstinada y viva.

      La memoria que recrea: Coincido plenamente en que la memoria es el mejor álbum. Como mencionas, es el único que recrea la "auténtica realidad". En mi caso, al no tener fotos físicas de mi niñez, he tenido que aprender a sostener esos momentos con palabras y con el propio ejercicio de recordar, evitando que se conviertan en un simple depósito de datos.

      El peligro de delegar: Hoy corremos el riesgo de que, al fotografiarlo todo, la mente deje de implicarse en la experiencia. A veces, por buscar el mejor ángulo, terminamos viviendo la vida "por delegación" a través de una pantalla, en lugar de sentirla.

      Lo que no necesita flash: Me gusta pensar, como tú, que lo más verdadero de nuestra biografía habita en esos "valles de sombra" que nunca fueron iluminados por un flash. Son momentos que no necesitan una imagen para ser reales, porque están tejidos en nuestra propia identidad.

      Gracias por tus palabras, Nuria. Al final, aunque los soportes cambien, lo esencial de la existencia siempre es aquello que se escapa de la imagen y solo podemos nombrar a medias.

      Un abrazo fuerte y que tengas una excelente semana.

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  8. En casa tenemos tres cajas de zapatos llenas de fotografías, de viejas fotografías de nuestros padres, y nuestras, muchas en blanco y negro, de esas tan pequeñas, y... también de más grandes y en color. Pero hace mucho tiempo que no incorporamos nuevas a las cajas, ya no las llevamos a revelar, ni las imprimimos, todas están en la red, la memoria física del pasado terminó hace tiempo, ahora, el pasado más reciente, el presente y el futuro permanecen en una frágil nube, que en cualquier momento puede disolverse sin dejar la huella de las fotos en su lluvia.
    Saludos

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    1. Los soportes digitales que utilizamos igual que las redes sociales más comunes caducarán igual que caducaron los disquettes de 8 pulgadas de los años setenta, los flexibles de 5 1/4 y los de 3 1/2, es cuestión de tiempo, y las imágenes almacenadas en los soportes actuales desaparecerán -no sé si en diez o quince años, pero desaparecerán-. Tengo docenas de álbumes de fotos de mis hijas pero a partir de 2005 se sustituyeron por repositorios digitales que guardo con la sensación seria de su precariedad. Tal vez la caja de zapatos sea el mejor medio de conservar fotos. Yo no tengo ninguna foto de mis padres y a mis abuelos no los conocí, habían muerto mucho antes de que yo naciera. Hay un vacío que considero con orgullo como si esa ausencia fuera un modo de vida sin rastros ni raíces. Saludos.

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  9. Es un gran dilema de nuestra era tecnológica y digital; experimentar la vida mediante los sentidos, o al menos en mayor proporción, o hacerlo predominantemente a través de un teléfono inteligente, una aplicación digital determinada, etc, etc. Para los jóvenes no existe tal dilema, ellos han crecido inmersos en el fenómeno digital.

    Como tú y otros comentaristas, de mis primeros 5 o 6 años no poseo fotos, y apenas unas poquitas en los cuatro o cinco años siguientes. Sin embargo tengo recuerdos, “imágenes mentales”, muy poderosas de esa “niñez sin pixelar”, supongo que a fuerza de evocar determinados pasajes de aquella niñez entusiasta.

    Y sí, claro que he hecho muchas fotografías a mis hijas, seguramente la ausencia de fotos en mi infancia haya influido. Pero es cierto que los adolescentes (y no solo) convierten su vida en un serial fotográfico permanente, como si quisieran ser omnipresentes en cada paso por la vida; bueno toda revolución ( la tecnológica en este caso) ofrece pérdidas y ganancias, se verá en el tiempo el equilibrio o desequilibrio resultante.

    Yo sigo aprovechando muchas oportunidades que me ofrece la vida para sentirla sin artificios mediante, como asomarme al balcón unos momentos cada amanecer, cuando el mundo con su luz sutil parece un lugar en paz y armonía, mientras siento el viento frío, y miro el cielo escuchando a los mirlos y gorriones. Sobre eso estaba escribiendo ayer junto a la ventana, viendo como caía la noche poco a poco.
    Magnífica tu conclusión final, Joselu.

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    1. Es un tema fascinante y, a la vez, inquietante. Esa "mente ampliada" de la que hablamos —donde el smartphone actúa como una prótesis de nuestra memoria y percepción— está alterando profundamente nuestra relación con el presente.

      Al delegar la observación en la cámara, desplazamos el esfuerzo de la introspección (el mirar hacia dentro para procesar lo que sentimos) hacia la extrospección digital (el mirar hacia fuera para ver cómo "quedará" capturado). Cuando estamos más pendientes de encuadrar el amanecer que de sentir el frío o escuchar a los pájaros —como bien haces tú—, el cerebro deja de registrar la experiencia sensorial profunda. Se convierte en una vivencia de "baja resolución" emocional porque nuestra atención está dividida.

      La capacidad de observación requiere silencio visual y mental. Si cada vez que nos asomamos al balcón sentimos el impulso de "notificarlo" al mundo o registrarlo en un archivo, interrumpimos ese diálogo interno que nos permite conocernos mejor. Como mencionaba en mi texto, quizá por eso mis recuerdos de la niñez son tan poderosos: al no haber fotos, la mente tuvo que hacer un esfuerzo de "renderizado" interno, creando imágenes mentales mucho más ricas y personales que cualquier archivo .jpg.

      Al final, esa dependencia tecnológica podría estar atrofiando nuestro "músculo" de la contemplación. Si no somos capaces de estar a solas con lo que vemos, sin mediación, corremos el riesgo de convertirnos en meros espectadores de nuestra propia vida, en lugar de protagonistas que la sienten en la piel.

      Abrazo, Paco.

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  10. Las imágenes de la memoria son mejores que las impresas y las que ahora se guardan en formato digital. Puedes estar seguro de ello. Nunca lamentes si no tienes esas fotos. Fuiste como te recuerdas.
    La gente ha ido cediendo a los dispositivos, la capacidad de su mente, hasta anularla por completo, a partir de la i.a. que ya existe en todo. Para mí es una pena, porque las vivencias han pasando a un segundo plano. Importan más las fotos, que vivir la experiencia en que se está. Como puedes percibir, no voy con la tendencia. Soy de los muy pocos sin móvil en algún espectáculo.
    Un abrazo.

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    1. Totalmente de acuerdo, Sara. Recuerdo en 1984, durante mi estancia en Indonesia de varios meses, que asistí a un espectáculo apasionante llamado Ketchak, que reproducía algún fragmento del Ramayana e intervenía un actores representando monos y sus aullidos. Yo había decidido ir sin cámara, aunque la tenía. Había un grupo de americanos muy nutrido que se pasaron la hora y media de la representación tomando fotos -entonces eran analógicas-, mientras que yo me centraba en disfrutar del espectaculo que me pareció fascinante. No tuve ni una foto, pero guardo un recuerdo vivo y vibrante de lo que significó aquello. Ellos tendrán sus fotos, pero no lo vivieron. Y eran los años ochenta. Ahora es mil veces más intenso, en cualquier concierto flamean los móviles tomando fotos toda la duración del show. Efectivamente, como dices, las vivencias han pasado a segundo plano y solo tiene relieve la representación en imagen que no guarda nada dentro. Un abrazo.

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  11. ... mi infancia no está alojada en ninguna nube.. En algún lugar del mundo quedaron las mias. Epica frase que en mi opinion marca el tiempo de la historia. Saludos Joselu. T sigo

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    1. Creo que has sintetizado bien el sentido del texto. Una infancia plena, aunque dolorosa, que no quedó grabada en la nube y vuelve a mí con una potencia avasalladora. Te sigo.

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  12. Bonito relato, yo también soy de esa generación que las fotos escaseaban o se hacían muy pocas y en eventos especiales, sin embargo como bien dices en el recuerdo nuestro están grabadas para siempre, fotos y escenas de nuestra infancia o juventud de toda una época, ahora tanto de mis hijos como de mis nietas las tengo documentadas, también es que la memoria está mas regular y como un disco duro tiene fallitos.
    Feliz semana.
    Saludos.

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    1. Me gusta mucho la fotografía artística y con mi cámara me gusta captar paisajes y retratos, igual que fotografía callejera. Pero no siento como una carencia el no tener fotos de entonces porque hemos tenido que sustituir la falta de imágenes físicas por potentes estímulos de memoria que ha subsistido mucho mejor de lo que subsistirán las imágenes actuales. Saludos.

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  13. Creo que no existen los recuerdos reales, que con la fuerza del tiempo, nos lo hemos inventado todo. Incluso eventos de nuestra infancia, si lo piensas bien, lo mismo no los recordamos, simplemente hemos creado una imagen de lo que nos contaron.

    Pero, es cierto, ahora el vínculo es más frágil, porque hemos dejado todo manos de terceros. Cuando viajo lo hago siempre con la cámara, escribo, anoto.. mis recuerdos pueden ser caóticos, pero puedo recordar algo de cada viaje.

    Lo peor es que creemos que esa abundancia de fotos estará siempre asegurada, no las sacamos en papel, no hacemos copias correctas de ellas... al final serán olvido, aunque tampoco eso es malo, podremos imaginarlas como queramos ;)

    Un abrazo

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    1. Querido Beauséant:

      Me ha gustado mucho lo que planteas: esa sospecha radical de que quizá no existan los recuerdos “reales”, de que hemos ido novelando nuestra vida a partir de lo que nos contaron y de cuatro escenas difusas que el tiempo ha ido retocando como un pintor maniático. Creo que ahí tocas algo muy hondo: la memoria no como archivo, sino como ficción perseverante, como relato que se reescribe cada vez que lo contamos, cada vez que lo pensamos, cada vez que alguien nos lo discute.

      Tal vez tengas razón: puede que muchos recuerdos de infancia sean más bien versiones, variaciones sobre un tema, imágenes compuestas con trozos de narraciones ajenas, fotos que vimos un día y que acabaron incrustadas en la memoria como si fueran experiencia directa. Pero eso no los vuelve menos “verdaderos”, solo los vuelve más humanos: la vida interior no funciona como un notario, funciona como un novelista silencioso que corrige, inventa, suprime, exagera.

      Lo que dices de que el vínculo ahora es más frágil porque lo hemos dejado todo en manos de terceros —la nube, los discos duros, las redes— dialoga muy bien con lo que intento contar en el texto. Recordar ya no es solo cerrar los ojos y buscar dentro; es también consultar carpetas, galerías, archivos, pedirle al móvil que nos cuente quiénes fuimos aquel verano. Tú, en cambio, cuando viajas, decides ir con la cámara pero también con el cuaderno, con las anotaciones caóticas que son otra forma de salvar la experiencia del olvido. Me gusta esa mezcla de rigor y desorden: al final, ese caos tuyo quizá se parece más a la memoria real que la cronología impecable de Google Fotos.

      Coincido contigo en ese espejismo de abundancia: creemos que, porque tenemos miles de imágenes, el recuerdo está asegurado. Pero no imprimimos, no ordenamos, no hacemos copias; confiamos en que todo seguirá ahí, como si la técnica fuera eterna y la nube, infalible. Es posible que, como dices, muchas de esas fotos acaben disueltas en el olvido, perdidas en un formato obsoleto, en una contraseña olvidada, en un disco que ya no se enciende. Y, sin embargo, tampoco eso es necesariamente trágico: como bien apuntas, entonces podremos imaginarlas a nuestro gusto, fabricar de nuevo las escenas, esta vez sin la tiranía del dato preciso.
      En el fondo, lo que dices encierra una paradoja hermosa: documentamos para no olvidar, pero cuando lo documentado se pierda, nos quedará la libertad de inventarlo todo otra vez. Tal vez la verdadera patria del recuerdo no sea la foto ni el vídeo, sino esa zona intermedia donde la memoria y la imaginación se dan la mano y ya no sabemos qué ocurrió exactamente, pero sí sabemos qué nos sigue doliendo, qué nos sigue iluminando. A mí, que no tengo fotos de mi niñez, me consuela pensarlo así: el álbum que se perdió fuera de casa lo he ido reconstruyendo dentro, con palabras, con escenas que quizá nunca sucedieron del todo, pero que siguen diciéndome quién soy.

      Gracias por llevar la conversación a este lugar tan delicado donde el recuerdo se confunde con el sueño y el archivo con la fábula. Quizá al final no se trate de saber qué pasó “de verdad”, sino de cuidar las historias que aún somos capaces de contarnos, incluso cuando las fotos ya no estén.
      Un abrazo grande.

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  14. Lo importante es tener recuerdos agradables. En estos tiempos se hacen tantas fotos que solo se ven una vez y después caen en el olvido.
    Saludos

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    1. Hay recuerdos de todo tipo. Los hay agradables, los hay neutros y los hay fatales. Estos últimos no queremos verlos reflejados en imagen porque abren zonas dolorosas de nosotros mismos. Es cierto que se hacen muchas fotos que caen en el olvido, la mayoría. Muchas son inanes. Saludos.

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  15. Las fotografías nos ayudan a "hacer memoria"... Porque tenemos tendencia a darle forma a lo que nos ha ocurrido, moldeamos los hechos a conveniencia, recreamos nuestras historias, hasta reversionamos o construimos recuerdos, acomodamos falaz o malintencionadamente las cosas... La memoria es cada vez menos confiable y nos vemos rehaciéndola constantemente. Mejor apoyarnos en imágenes fotográficas o filmicas cuando queremos recordar con mayor precisión.
    Abrazo hasta vos!!

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    1. Tienes razón, la memoria es una facultad dinámica, moldeable y cambiante. Los recuerdos son hechos que se van transformando. Solo hay que ver cómo se cuenta algo que ha pasado desde distintos puntos de vista de los participantes. No parece que se haya vivido lo mismo por la diversidad de testimonios, y más si ello pertenece al pasado remoto cuya realidad se recontruye continuamente. Sin embargo, no creo que las fotos den fe de algo mucho más sólido. Pueden revelar que un día a tal hora yo estuve allí. La imagen me delata y es contundente. Pero yo, que soy aficionado al retrato como género fotográfico, me doy cuenta de que el rostro es ambiguo e inexcrutable. Por una fotografía no puedes saber qué sentimientos albergaba el fotografiado. No puedes saber si estaba feliz o se sentía desdichado en la mayoría de los casos. El rostro nos engaña. Las fotos de una fiesta de cumpleaños suelen ser de caras sonrientes y felices porque adaptamos la expresión automáticamente. Hay que poner cara de foto, y puedes estar llorando íntimamente, pero en la foto apareces sonriendo. No reo que las fotos nos revelen con precisión ni que desvelen la realidad del momento que se está viviendo, si es que lo sabemos cuando lo estamos viviendo. Una foto queda fijada, pero no es toda la verdad porque la verdad es contradictoria y evanescente. Por lo menos en el retrato, los retratados no expresan algo que sea inconfundible. La memoria y la fotografía son herramientas imprecisas para determinar la complejidad de la vida.

      Abrazo, Carlos.

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  16. Pero bueno Joselu!!! Como tienes por aquí el patio!!!, El blog en plena efervescencia con seguidores además, como siempre, de un poderío intelectual absolutamente intimidador. Que maravilla!!!. Y yo sin enterarme. Pues este tema que tocas hoy, a mí como aficionado a la fotografía y poseedor de millones de fotos me toca directamente. Tienes toda la razón en lo que comentas. El tema de los conciertos me parece especialmente dramático y desesperante. Hace poco fui a un concierto de un guitarrista flamenco en Barcelona, el maestro Riqueni, estaba en primera fila, tocaba el solo con su guitarra a pelo, y al lado mío había un hombre ya mayor que de vez en cuando hacía fotos con el móvil y además ero de aquellos que no ha quitado el falso ruido de obturador de la cámara del móvil. Era lamentable.
    Yo también soy de la generación pre-digital y tengo pocas fotos en papel de cuando era pequeño. Como bien cuentan tus seguidores se guardaban en víejas cajas de lata o cartón, de galletas o puros, que se yo, y en la caja de al lado otra caja con los hilos, agujas y cremalleras. Que tiempos aquellos de niñez en casa de mi abuela. No tienes perdón Joselu!!!, porque sacas a la palestra tan queridos recuerdos!!!. Como sabes, a lo mejor no recuerdas, una de las maquetas de fotolibros que tengo en casa, el de las fotos de gigantes, imita en forma libro esas cajas de hojalata con fotos.

    Y solo ahora ya pasados los 50 empiezo a dosificar las fotos, haciendo menos siendo consciente de lo que comentas, de que menos es más, de que 3 fotos de una niñez evocan más que miles de teras de exhibición infantil en instagram.

    Pero bueno Joselu, ya me conoces, a mi todo lo de antes me parece mejor que lo de ahora, de forma acentuadísima además. En ese sentido este blog es de nuevo una pequeña alegría, porque los blogs son sin duda algo del pasado que mantienen ciertos románticos de cierta edad ya que se resisten a la intrascendencia de otras redes sociales de consumo. Un abrazo Joselu!!!

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    1. Recuerdo tu maqueta de fotolibro en que se representaba una caja de hojalata. Mi madre tenía una caja con docenas de fotos suyas y mías y de mi hermano cuando era pequeño, pero desapareció por azares del destino. No tengo recuerdos de infancia ni de adolescencia. Solo una foto mía cuando hice el servicio militar tipo carné y otra de una biblioteca. Mi vida empieza a estar documentada a partir de los treinta años. Tuve mi primera cámara buena, una Canon AT1, a mis veinticinco años, y ahí empieza mi carrera como fotógrafo y mis primeros álbumes de fotos, pero en los que apenas yo salía. Yo hacía fotos a alguna novia de aquel entonces y de mis amigos. Fotos del barrio de Barcelona que ha cambiado totalmente. ¡Cómo me gustaría desplazarme en el tiempo para fotografiar el barrio de mi infancia que tú conoces por Tiempo de ira! De él no quedó sino el recuerdo vivo y palpitante de imágenes mentales en la memoria. De mi padre no conservo salvo una foto carné ya mayor. Y de mi madre, un centenar de fotos que le hice en la residencia, casi a punto de morir. Nada de su madurez o juventud. He tenido cierta alergia a las fotos históricas -cada foto que se hace es histórica porque revela la pátina del tiempo- de mi familia. Ese carecer de fotos antes de los treinta quiero pensar que es expresión del desarraigo tan consustancial a mi vida, y en cierta manera me enorgullece. Parece mentira, pero el mundo de los blogs resiste, como dices, en manos de románticos empedernidos. ¡¡¡¡Un fuerte abrazo, José Antonio!!!!

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  17. Prefiero los recuerdos que las fotografías.
    Los recuerdos cambian, mutan... mi cerebro me cuida.
    Saludos.

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    1. Cada poema es una instantánea de tu vida interior. No hacen falta fotografías. Saludos.

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  18. Yo siempre he sido de hacer muchas fotos, pero de un tiempo a esta parte he descubierto que me gusta más verlo y disfrutarlo con los ojos que a través de la pantalla. Así que cada vez, menos fotos.

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    1. A mí me gusta hacer fotos, soy fotógrafo aficionado, pero en las imágenes que tomo procuro tener una intención estética, no disparar por disparar. Dicen que un buen fotógrafo toma menos fotos porque las piensa mucho antes. Gracias por tu visita, un saludo.

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  19. Me ha gustado lo de que olvidar es una manera de aligerar el peso de la experiencia. Cuando tengo un mal día suelo visualizar antes de dormir una playa, donde las huellas en la arena son suavizadas por las olas hasta desaparecer. No podemos seguir adelante sin olvidar. Tampoco recordamos siempre igual, cada vez que accedemos a un recuerdo lo estamos modificando.

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    1. Coincidimos en imaginar una playa, para mí desierta, de aguas verdeazuladas, y en un ambiente tropical bajo el sol cenital. Recuerdo un viaje a Tailandia en los años ochenta, y soy consciente cuando lo pienso que cada vez que lo imagino, lo estoy modificando. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. En cuanto a olvidar, es necesario, sin lugar a duda, pero mi conciencia es dura de pelar.

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    2. Yo imagino una playa larga y desierta del Cantábrico una mañana nublada. Me encantan los días frescos y nublados de verano.

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  20. La memoria es manipulable según los psicólogos y psiquiatras, entonces que nos queda?....fotos o el rumor de una sensación que nos conduce al lazo primero, a veces , esos "atajos" emocionales son la llave a la claridad

    Gracias por tu huella
    Buena jornada ☺️💐

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    1. Toda foto también es una manipulación por el encuadre o por la intención del fotógrafo que selecciona una perspectiva y una porción de realidad dejando fuera otras. Gracias por tu visita, lichazul. Te sigo.

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  21. Buenos días Joselu:
    Me gusta este tema que has sacado a colación, en casa de mis padres, sí que hay fotos pero de fechas señaladas y sobre todo de bodas, bautizos, comuniones, porque eran las de cuando las familias se reunían , todas en color sepia... yo al residir en otro lugar he sacado copias de las que me retrotraen a esos momentos. Esos recuerdos que se suelen atrapar desde los dos hasta los diez años ,esa memoria fotográfica que con los años se va perdiendo un poco pero se quedan ahí los retazos que más te marcaron.
    Sucumbir a la tentación de capturarlo todo como coleccionistas es muy de ser humano...y descuidar el momento, también. Ojalá estuviéramos más presentes en lo que vivimos y hacemos de forma que la marca que quede no sean píxeles ni papel sino el recuerdo imborrable en la memoria y el impacto que esto genera.
    Me ha encantado esta charleta virtual.
    Un abrazo Joselu

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    1. En mi caso, hay un vacío total. Simplemente, no hay imágenes de ningún tip. Sí que las hubo, pero se desvanecieron en la vorágine de unas relaciones familiares complicadas. Pienso que lo normal es que existan fotos de esas celebraciones que mencionas. En la familia de mi mujer, sí que existen, pocas, pero existen.

      Hemos pasado de unas generaciones de fotos contadas y escasas a la hiperabundancia de imágenes que registran cualquier encuentro entre amigos, fotos de bebés y de niños publicadas en Instagram, fotos de chicas-modelo que exhiben su palmito en las redes, fotos de comidas, selfies, fotos de todo tipo de eventos sociales, deportivos, musicales y culturales en general, fotos de cualquier circunstancia... El móvil se ha convertido en un testigo omnípresente de la vida. No hay cosa que más me desazone más que esas selvas de móviles grabando sin parar...

      Muchas gracias, Bertha, también me ha gustado tu texto que acompaña esta charleta virtual.

      Un abrazo, Bertha.

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  22. Hola, Joselu.
    Magnífico como siempre, toques el tema que toques, pues lo llenas de una prestancia literaria nada fácil de encontrar, lo que se agradece enormemente. Te adentras en el mundo de la fotografía, de los recuerdos que provoca, de la facilidad que tienen para trasladarnos a mundos idos que siguen perteneciéndonos pues somos hijos de ellos. Y tratas las diferencias producidas de unas épocas a otras, como puentes terapéuticos, prendiéndote de la presente tan difícil por su infinidad de canalizar.
    Siempre es un acierto encontrarte pese a la falta de tiempo.
    Un abrazo enorme desde esta Barcelona, soleada hoy por fin.

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    1. Gracias por tu presencia y tu comentario tan ajustado al tema tratado que iba, efectivamente, sobre el mundo de la fotografía y las diferencias entre distintas épocas. Abrazo.

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  23. Lo que posiblemente suceda en nuestros tiempos es que lo que no se fotografía no llega a existir... Solo gracias a la fotografía el presente, que inmediatamente es pasado, vuelve a la vida. Y sí, hacemos miles de fotos, sabiendo que la inmensa mayoría de ellas ni siquiera volveremos a verlas jamás.
    Un saludo, amigo

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    1. Una reflexión atinada, Ildefonso. Con las fotos damos existencia a la realidad, ya que fuera de ellas, no acaba de existir plenamente. Tal vez dudemos de la textura real de la realidad y acudamos a reflejarla metódicamente para asegurarnos de que sí que es real, aunque luego olvidemos las imágenes que hemos tomado.

      Cuando salgo de caminata, suelo llevar la cámara para tomar imágenes del paisaje, y algún retrato con mi amigo de andadura. Pienso que es un ejercicio de transcripción de algo que no existiría sin esas imágenes que sí que vuelvo a mirar una y otra vez. Cada foto es un ensalmo. Un saludo, Ildefonso.

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  24. Tus evocaciones tienen varias texturas, Joselu, y me han ayudado a transportarme a esa infancia, que no requiere de instantáneas o solo de unas pocas. Remota, y repleta seguramente de olores y sabores, como la magdalena de Proust. En mi caso, recuerdo el sabor de los panqueques de mi nona, las paredes empapeladas de vivos colores. Me quedan una o dos cartulinas recortadas, fotos añejas. Avanzo con lentitud en esta historia porque la herida es profunda y el dolor brota incluso de los detalles más banales. En este juego cuyas reglas desconoces y en el que no sabes separar lo esencial de lo que es más trivial, recuerdo los rostros abotagados, ojeras y la radio.. Me bastan para intuir aquellas miradas contritas y una tarde que se alarga. El miedo a salir, porque ha habido un golpe de estado, mi padre que me recogía y mi nona que dijo que era mejor que nos quedáramos en su casa a dormir. . Era un niño de cinco años que atesoraba los primeros recuerdos. Y conservo esas dos fotografías, Joselu, que me sumergen en un mar de honduras insospechadas.
    Ahora, se multiplican como rayos incesantes. Mis hijas, en el museo Pompidou me dicen que es momento de volver a posar. Mientras mi hijo rezonga y mi mujer protesta, que han perdido la cuenta. No sé si es el mito del eterno retorno, pero no soy capaz de evocar ninguna atmósfera, pese a que los recuerdos e instantáneas sean más recientes, como las del Pompidou en la que me ametrallaron mis dos hermosas hijas( qué va a decir su padre). Por supuesto, no son tan densas como aquella de febrero del año ochentaiuno, en la que me bastan dos fotografías, para erigir toda esa orgía de remembranzas. Tal vez tenga que ver con esos veleidosos procesos de la memoria, que nos señalas, gran Joselu, con tu capacidad de análisis.
    Somos nuevos narcisos que nos ahogamos en la vanidad de nuestra propia imagen. Espejos que reflejan esa dictadura, que pasa por desbrozarnos de nuestra personalidad en las redes sociales. Ectoplasmas indecisos, que posan con hilaridad. Modernos espejos que son una continuación que más que de nosotros, de lo que pretendemos ser. Si los judíos tapan en sus shivas, o tiempos de duelos los espejos, porque en algunos casos, fetichismo hebreo también lo hay, temen perder sus almas, no es un poco eso lo que hacemos cuando nos fotografíamos sin parar. Sin juzgar a nadie, porque como decía Alfredo de Cinema Paradiso:"La vita non è come l’hai vista al cinematografo: la vita è più difficile."

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    1. Sergio, tu comentario dialoga con una hondura conmovedora con lo que yo intentaba pensar en esa entrada: cómo unas pocas imágenes, o incluso su ausencia, pueden condensar una atmósfera entera de vida y de época, mientras el presente nos arroja a una saturación de fotos que casi no dejan respirar a la memoria.

      Cuando evocas a tu nona, los panqueques, las paredes empapeladas, el golpe de Estado, estás levantando, como dices, una orgía de remembranzas a partir de apenas dos fotografías; eso se enlaza con lo que contaba de mi niñez sin álbum, sostenida solo por el álbum mental, hecho de repeticiones y palabras más que de instantáneas. Me impresiona cómo sitúas el miedo, las miradas contritas y la radio como núcleo emocional de una época, frente a ese Pompidou reciente, ametrallado de disparos de cámara, pero casi sin atmósfera. Esa asimetría es uno de los grandes enigmas de la memoria: no recordamos proporcionalmente a lo documentado, sino proporcionalmente a lo vivido y a lo herido.

      Coincido contigo en que esta proliferación de imágenes nos empuja hacia un narcisismo difuso: queremos asegurarnos de haber existido en todas partes, en todos los ángulos, como si temiésemos que sin prueba visual la vida no hubiera ocurrido. Somos, como dices, nuevos narcisos que se miran en pantallas que ya no reflejan quienes somos, sino lo que intentamos proyectar: un yo editado, filtrado, optimizado para las redes. Frente a esto, me interesa pensar, como sugieres, en la tradición de cubrir los espejos en el duelo: quizá fotografiarnos sin pausa sea una huida del vacío, del dolor y de la finitud que se transparentan cuando el espejo se queda en silencio.

      Me gusta tu intuición de que esas dos fotos de 1981 valen más que un carrete infinito del Pompidou: ahí se revela que la verdadera densidad de la memoria no está en el número de disparos, sino en el espesor interior de aquello que guardamos. Tal vez nuestra tarea ahora sea recuperar, dentro del ruido visual, ese espacio de silencio en que una sola imagen –o incluso ninguna– nos obliga a recordar desde dentro, no desde la pantalla.

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  25. Si tengo algunas fotos de pequeña Joselu. Pero los recuerdos más presentes son los que no hay ni una de ellos. Cuando lo hablo con mi hermana, recordamos los detalles más pequeños de esos años al detalle. Tuvimos una buena niñez, eran tiempos de jugar en la calle. El cerebro ha sabido guardarlos.
    Que cierto es que vamos pegados a una cámara, yo no salgo sin ella .Y además hay una masificación de redes para soltarlas. Y también hartazgo de publicaciones a diario. Solo tengo el blog, lo encuentro más personal, en él me parece a mí, no solo entran a picar un me gusta. Un tiempo estuve en Facebook y lo deje.
    Buen fin de semana.
    Un abrazo.

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    1. Dicen que una infancia desdichada permanece mucho más en la memoria que una infancia dichosa, especialmente, en dicha niñez hay sentimiento de culpa. Lo leí una vez y me sorprendió por lo acertado que me pareció. En todo caso, tuviste una buena niñez en tiempos de jugar en la calle, algo que ahora ya no existe. Y tu cerebro ha sabido guardar esos recuerdos sin necesidad de imágenes que los retengan. A esos 'valles' me refería cuando hablo de esos recuerdos que quedan impresos en nuestra mente sin necesidad de móviles, algo que ahora es imposible porque todo el mundo está continuamente sacando fotos en cualquier circunstancia. Un abrazo, Laura, tu pueblo es precioso. Me encantan tus fotos. Y sí, un blog es mucho más personal, y en él hay que dialogar y conversar.

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  26. Buena y certera reflexión, Joselu. Un saludo

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