lunes, 26 de enero de 2026

Vidas fotografiadas

No tengo ninguna foto de mi niñez. Las había, pero se perdieron en alguna mudanza o descuido doméstico, como si alguien hubiera ido borrando, sin mala intención, las primeras viñetas de mi historia. Aun así, recuerdo muchas de aquellas imágenes porque las vi una y otra vez hace décadas, hasta que quedaron grabadas en una especie de álbum puramente mental. Mi infancia, a diferencia de la de mis hijas, no está alojada en ninguna nube sino en esa memoria frágil y obstinada que es la del recuerdo humano.

Mis hijas, en cambio, tienen documentada su infancia desde el mismo momento en que asomaron al mundo. Les hice fotos nada más nacer, todavía en el hospital, con la torpeza emocionada de quien descubre que un clic puede sostener un instante para siempre. Luego llegaron los años en que cada día traía una pequeña escena digna de ser capturada: una risa, un disfraz, una caída en el parque, una tarta con velas mal sopladas. Han crecido en una era digital en la que casi cada día ha dejado rastro visual, hasta el punto de que cada fiesta parece tener su réplica en una especie de realidad virtual hecha de cientos de fotos y pequeños vídeos. A veces, cuando revisan esas carpetas infinitas, parece que vuelven a vivir esas escenas con más nitidez que la que conserva su propia memoria.

Se calcula que en 2025 se tomaron en el mundo casi dos billones de fotos. Nunca antes una generación había registrado con tanta minuciosidad los detalles de su vida cotidiana. Las masas sostienen sus móviles como si fueran pequeñas prótesis de la mirada, capturando comidas, paseos, salidas de noche, conciertos, reuniones familiares. Es inevitable preguntarse si este torrente de imágenes cambia la manera en que recordamos. La memoria autobiográfica, ese relato que tejemos sobre lo que hemos sido, es una pieza central del misterio del yo, y las fotografías se han convertido en uno de sus grandes aliados, pero también en un posible malentendido.

Recordar ya no es un proceso puramente interno: es una conversación constante entre la mente y los datos personales que hemos descargado en discos duros, teléfonos móviles y redes sociales. Cuando recurrimos a imágenes digitales para reconstruir un acontecimiento, esas fotos no solo apuntalan el recuerdo, sino que lo retroalimentan, se integran en él y lo modifican de formas sutiles. A veces creemos recordar con claridad una escena de infancia y, sin embargo, lo que evocamos es la foto que hemos visto mil veces, no el momento en sí. Nuestros dispositivos no solo reflejan el pasado, también deciden qué fragmentos de él se vuelven nítidos y cuáles quedan difuminados. Así, sin darnos cuenta, los teléfonos participan en la edición de nuestra historia personal.

Podría pensarse que hacer más fotos equivale a conservar recuerdos más precisos. Sin embargo, ocurre a menudo lo contrario: cuanto más delegamos en la cámara, menos se implica la mente en la experiencia. Si vas a un concierto y pasas los noventa minutos grabando, buscando el mejor ángulo, vigilando la batería y el enfoque, disfrutas menos del momento y diluyes el recuerdo que se almacenará en tu interior. Has capturado el evento, sí, pero lo has vivido a través de una pantalla mínima, como si hubieras asistido por delegación. Después tendrás pruebas de que estuviste allí, pero tu memoria se parecerá más a un archivo que a una vivencia.

En filosofía y en ciencias cognitivas se habla de la idea de la “mente ampliada”. Según esta noción, nuestra mente no termina donde acaba la piel, sino que se prolonga a través de herramientas externas: cuadernos, diarios, agendas digitales, Gmail, archivos de fotos, redes sociales. Son como tentáculos que se alargan desde el cerebro hacia el mundo, dispositivos a los que confiamos fragmentos de lo que somos. De ahí esa sensación extraña, casi física, que sentimos si nos roban el teléfono o si se borra un disco duro: no es solo un objeto lo que perdemos, es una parte de nuestra mente la que parece arrancada.

La dependencia del móvil para capturar momentos de forma inmediata, casi automática, tiene un efecto profundo: cada vez que pulsamos el botón de la cámara estamos reconfigurando el cerebro. La mente aprende que no hace falta recordar del todo porque ya habrá una imagen que haga ese trabajo en su lugar. El gesto se vuelve reflejo: vemos algo bello o raro, y antes de apenas contemplarlo, ya hemos levantado el móvil. Entre el mundo y nosotros se interpone un cristal iluminado que selecciona qué merece permanecer. Así, el recuerdo va siendo moldeado no solo por lo vivido, sino por lo fotografiado.

Otro aspecto inseparable de la memoria es el olvido. Olvidar no es un accidente, es una función esencial de la mente, una manera de aligerar el peso de la experiencia. En un mundo saturado de imágenes digitales, aquello que decidimos capturar, revisar o borrar remodela sutilmente ese proceso. Borrar una foto diluye el recuerdo de la experiencia que la originó, del mismo modo que conservarla puede mantenerla en la superficie del tiempo. A veces necesitamos olvidar y lo hacemos eliminando fotos de una expareja o de una noche de fiesta que salió mal, como si al arrastrar el archivo a la papelera pudiéramos arrastrar también el dolor.

Las fotos son como colinas dentro del paisaje de la memoria. Cada imagen se alza como una elevación nítida desde la que podemos contemplar un momento concreto de nuestra vida. Entre esas colinas se extienden valles, zonas de sombra donde se ocultan momentos que no fueron fotografiados o que hemos decidido borrar. No por carecer de imagen son menos reales, pero es más difícil llegar hasta ellos. Quizá la verdadera intimidad de una biografía se encuentre precisamente en esos valles que no han sido iluminados por ningún flash.

Pienso entonces en mi niñez sin fotos, en ese álbum perdido que solo sobrevive en mi memoria. Tal vez esa carencia me ha obligado a cultivar de otra manera el recuerdo, a sostener con palabras lo que otros sostienen con imágenes. Al final, la conclusión que se me ocurre es que documentarlo todo, incluso las comidas más anodinas, no revela lo esencial de la existencia. Solo nos regala la ilusión de que, al haberlo registrado, lo hemos comprendido. Pero la vida, como la memoria, siempre guarda algo que se escapa de la imagen y solo se deja nombrar a medias.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo malo es más fuerte que lo bueno

Nuestra arquitectura mental alberga un antiguo mecanismo, bien conocido por la psicología conductual y presentido por la sabiduría de nuestras abuelas: el ser humano no mide el mundo con una vara equilibrada. Evaluamos la existencia en términos de ganancias y pérdidas, pero en esa balanza invisible, el frío de la pérdida siempre cala más hondo que el calor del beneficio. Es la llamada «aversión a la pérdida», una herencia biológica donde la huida y el recelo prevalecen sobre el deseo y la aproximación.

El Instinto antes que la Razón

Observemos, por ejemplo, la mirada. Antes de que el intelecto logre descifrar qué le inquieta, el pulso del lector se acelera ante los ojos de la izquierda: el iris dilatado de una persona entregada al terror. Los ojos de la derecha, envueltos en la luz del contento, pasan casi desapercibidos. La ciencia confirma este desvelo: una sola expresión de ira emerge entre una multitud jubilosa como un grito en el silencio, mientras que un rostro feliz se diluye, invisible, en un océano de hostilidad.

Nuestro cerebro es un centinela diseñado para la supervivencia, programado para otorgar prioridad absoluta a la amenaza. Por ello, las palabras cargadas de ponzoña —guerra, crimen, abismo, descarrilamiento— capturan nuestra atención con una ferocidad que los vocablos dulces —paz, amor, caricia— rara vez alcanzan.

La Asimetría de la Mancha

El psicólogo Paul Rozin ilustró esta amarga asimetría con una imagen elocuente: una sola cucaracha basta para arruinar la delicia de un cuenco de cerezas, pero no existe ninguna cereza, por dulce que sea, capaz de redimir un recipiente lleno de insectos. Lo negativo no solo acompaña a lo positivo; lo anula, lo devora.


Esta premisa, Bad is stronger than good (lo malo es más fuerte que lo bueno), rige los hilos de nuestra identidad. Nos desvivimos más por extirpar nuestras sombras que por cultivar nuestras virtudes. Las impresiones amargas y los prejuicios se graban a fuego en la memoria, resistiendo al paso del tiempo y a las pruebas de la realidad con una tenacidad que la bondad no posee.

El Frágil Hilo de los Vínculos

En el delicado jardín de la convivencia, John Gottman advirtió que la supervivencia de un matrimonio no depende tanto de los gestos heroicos de amor, sino de la ausencia de espinas. La estabilidad es un ejercicio de aritmética desigual: se requieren cinco caricias emocionales para sanar la herida de un solo desplante. Bien sabemos que el edificio de una amistad, construido piedra a piedra durante años, puede desmoronarse hasta los cimientos por un único acto de traición.


Hoy, tras una semana donde las noticias negras han inaugurado el año, confirmamos con melancolía que lo atroz nos conmueve con una fuerza que el bienestar no logra igualar. Y nosotros, que aguardábamos el año nuevo como un lienzo en blanco y luminoso, descubrimos una vez más que la sombra siempre proyecta su silueta con más empeño que la luz.

Ideas extraídas del libro Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman)

domingo, 18 de enero de 2026

La epidemia de la soledad

En todos los estudios aparece que los hogares unipersonales han aumentado radicalmente en todo el mundo por causas demográficas y culturales. Se apunta al miedo al compromiso, la falta de tiempo y al impacto de las nuevas tecnologías

En China hay más de 125 millones de hogares en los que vive solo una persona, muchos ancianos que utilizan una aplicación cada día para manifestar que siguen vivos. Hay muchas mujeres viudas pero también y cada vez más adultos jóvenes sin compañía humana. 

La soledad es la norma en los países industrializados. Las familias son cada vez más pequeñas -se tienen menos hijos y eso significa menos hermanos, primos, y padres y abuelos en el futuro-. 

Se está imponiendo la individualidad y la incapacidad de conectar con las emociones de los demás. Aumenta el aislamiento social y difícilmente en esos hogares unipersonales se conoce al vecino de al lado. 

La soltería ha aumentado en todo el mundo occidental y oriental. En España hay cinco millones y medio de hogares en que vive solo una persona, un 28% del total, la misma tasa que las viviendas habitadas por una pareja sin hijos, la fórmula más habitual. Actualmente hay más mascotas -perros- que niños en España-. 

La tendencia sigue creciendo y calcula que en los próximos quince años llegarán a ser siete millones setecientos mil hogares unipersonales (un 33.5% del total). La mayoría son mujeres viudas en torno a los ochenta años pero es creciente el número de jóvenes que viven solos cuando se pueden emancipar, emancipación cada vez más tardía por problemas económicos. Pero si pudieran independizarse antes y el problema de la vivienda fuera menos pavoroso, el número sería considerablemente mayor. 

Actualmente en España, solo el 43% de las mujeres y apenas el 32% de los hombres viven en pareja, a diferencia del 85% y el 81% de los años setenta. 

La soledad alienta la independencia pero también la depresión. La salud mental de los jóvenes es peor que nunca en la historia y no es la menor causa la soledad. 

Esta tendencia al aislamiento es un proceso general a la par que aumenta la dependencia de las redes sociales que simulan la interacción con otros seres humanos. Y recientemente la Inteligencia Artificial está produciendo que algunas personas, especialmente jóvenes, establezcan una relación sentimental con un chatbot del que hacen su compañero. 

La conclusión es devastadora porque revela una epidemia de soledad y aislamiento emocional en una sociedad cada vez con menos niños, a la par que aumentan las perspectivas de vida en que los solitarios supervivientes vivirán su vejez aterradoramente solos. 

martes, 6 de enero de 2026

Contra la empatía emocional

 

¿Es la empatía emocional una buena actitud ante el dolor de los demás? Desde muchos ángulos se nos insta a sentir empatía por el sufrimiento ajeno, a sentir su dolor como si fuera el nuestro. 

A esta pregunta contesta el profesor de Psicología Paul Bloom con su polémica y brillante obra Againts Empathy. The Case for Compassion. Argumenta que la empatía lejos de ser una panacea, es a menudo una guía moral deficiente que puede hacer más mal que bien. Según él, la empatía es parcial, intolerante e irracional... es un foco que ilumina a ciertas personas en el aquí y el ahora. 

Pero para cuestionar la empatía primero tendremos que definirla:

La empatía emocional es la capacidad de sentir o simular la experiencia emocional de otra persona. ‘Siento tu dolor’ dijo el presidente Bill Clinton. La empatía emocional actúa como un foco. Ilumina intensamente un objetivo, pero deja todo lo demás en la oscuridad. Esto lo hace una moral defectuosa desde tres razones: 

-       Es limitada: Se enfoca en un individuo, ignorando las masas.

-    Es parcial: Nos atraen individuos atractivos, los que se parecen a nosotros o comparten nuestro origen.

-     Es irracional: Es insensible a las estadísticas y a las consecuencias a largo plazo. 

Cuando hay un accidente de aviación y mueren determinado número de víctimas, nos estremecemos, pero no somos conscientes de los que mueren en las carreteras que son muchos más en nuestro país y en el mundo. 

Muchas veces la empatía emocional es motivada por un seguimiento masivo de los medios informativos. Lo vimos con la guerra de Gaza que iniciaba cada día los telediarios lo que movió a una buena parte de la sociedad en contra del agresor que se señalaba en dichos medios informativos. 

Sin embargo, el conflicto en Sudán actualmente que ha provocado más de seiscientos mil muertos y doce millones de desplazados y refugiados, está fuera de foco informativo, a pesar de que existe un claro genocidio contra determinada etnia que está siendo masacrada. Silencio total. No hay medios informativos y solo las ONGs como ACNUR y Médicos sin frontera alertan de lo que está pasando ante la ignorancia generalizada. 

Quiere decirse que muchas veces la empatía es una mezcla de sentimentalismo e irracionalidad motivada por el bombardeo de los mass media. No hay a pesar de nuestra indignación un verdadero compromiso con las víctimas. Fritz Haupt habla del desencadenante atractivo del conflicto en el que elegimos un bando, y nuestra simpatía se dirige a los que sentimos como nosotros. 

Un ejemplo práctico de que la empatía no es una buena compañera es una operación quirúrgica grave. ¿Querríamos que el cirujano que nos operara sintiera nuestro dolor y se identificara con él? Podría tener un efecto paralizante. Lo que hace falta es que el cirujano sea competente y hábil para conseguir un resultado satisfactorio. Del mismo modo, ante una exposición oral que tenemos que hacer y en la que nos sentimos inseguros, ¿querríamos que el auditorio sintiera nuestro pánico y se identificara con él? ¿O querríamos que nos apoyaran en calma, que nos prestaran su apoyo y confianza?

Si la empatía emocional no es una buena compañera, ¿qué propone Paul Bloom?

Él habla de la empatía cognitiva que es la capacidad de comprender los estados emocionales de los demás. No es necesariamente benévola. Dicha empatía es una herramienta para llegar a la compasión racional que es la preocupación por el bienestar de los demás y el compromiso firme de ayudarImplica usar la razón -no el sentimiento- para determinar la mejor forma de ayudar. Reconoce el valor de las vidas ajenas, incluso si no provocan una respuesta emocional inmediata. Considera las consecuencias a largo plazo, en lugar de dejarse llevar por la urgencia del momento. Es sostenible porque evita el agotamiento emocional, ‘burnout’, que es producto de una empatía emocional intensa y constante. 

El argumento de Paul Bloom se alinea con el trabajo del Premio Nobel Daniel Kahneman que habla de dos sistemas en nuestra mente: 

-      Sistema 1 (el instinto) que proporciona respuestas emocionales, directas, intuitivas y automáticas. 

-    Sistema 2 (la Razón) que es nuestro pensamiento deliberado, racional y lento. La compasión racional opera desde aquí. 

La clave no es anular el sistema 1, sino aprovechar el esfuerzo constante del sistema 2, para anular prejuicios y sesgos, y tomar decisiones morales y efectivas. 

La empatía emocional pertenece al sistema uno, es automática, instintiva y espontánea, no requiere esfuerzo algo que sí que requiere el sistema dos que es lento y perezoso porque prefiere dejarse llevar por la facilidad y rapidez del sistema uno.

El objetivo no es sentir menos, sino hacer el bien de manera inteligente. No significa ser insensible. Significa reconocer que nuestros impulsos más profundos pueden ser guías imperfectas.

La compasión racional es más justa, más efectiva y más amplia. Y es fruto del esfuerzo cognitivo mientras que habitualmente preferimos dejarnos llevar por estímulos sentimentales efímeros y superficiales. 

La empatía emocional nos acerca, pero la razón nos permite ver el contexto. Como señala Paul Bloom, tenemos que cultivar la capacidad de alejarnos de ese foco concreto y altamente sensible para considerar las consecuencias a largo plazo. 

La pregunta no es ¿sientes lo suficiente? sino ¿tu bondad está funcionando?

lunes, 29 de diciembre de 2025

¿Hacia un colapso demográfico catalán?

Hay un grito de angustia que crece en los sectores más sensibles de la catalanidad: el número de niños catalanes, nacidos en familias de habla catalana, cada vez es más reducido por la baja natalidad de las mujeres catalanas cuya tasa de reproducción es de las más bajas de Europa mientras que la tasa de natalidad de las mujeres extranjeras es mucho más alta. 

Se lleva peligro de llegar a un colapso demográfico catalán, y por eso, asociaciones como Renaixença Demográfica (extrema derecha) o Nexe Nacional (izquierdista) alertan contra el peligro de que Cataluña crezca en habitantes pero no de auténticos catalanes. Las mujeres catalanas en un porcentaje elevado entre el 30 o 40% no quieren tener hijos bien sea por decisión propia o por no encontrar la pareja adecuada. 

Por ello, han creado una especie de agencia matrimonial para ayudar a encontrar catalanes para formar una familia auténticamente catalana. 

Los niños catalanes son minoría en las aulas por la altísima tasa de inmigración que puede llegar a ser inasimilable. Solo las mujeres catalanas pueden sostener la nación mediante la maternidad pero para ello tienen que tener motivación personal y patriótica. Se podrían crear premios a familias catalanas que tuvieran tres o más hijos para afrontar la disminución progresiva de familias catalanoparlantes. 

Sin duda es una campaña etnicista, apoyada por partidos como Aliança Catalana que pone todo el hincapié en la familia como pilar fundamental de la sociedad catalana y propone invertir en familias catalanas y no en políticas que nos condenen a la sustitución demográfica.

Sin embargo, uno de los principales demógrafos españoles, Julio Pérez Díaz, sostiene que nunca han funcionado las campañas de promoción de la natalidad sea por medios persuasivos o violentos como en la Rumanía de Ceaucescu. La tesis natalista recorre Europa ante una supuesta invasión islamista que supondrá a medio plazo un colapso demográfico en una Europa ocupada por musulmanes. Julio Pérez sostiene que la natalidad no sube por políticas de apoyo a las familias, y que, además, los mayores beneficios son para familias musulmanas en Francia. La baja natalidad es una tendencia mundial, de oriente a occidente, y solo las sociedades latinas, africanas o musulmanas mantienen un alto nivel de natalidad. Él no ve solución viable, y, aplicado al caso de Cataluña, extraemos la conclusión de que no va a mejorar la natalidad a pesar de la agencia matrimonial o por los supuestos premios para auténticas familias catalanas. 

La sociedad envejece y el decrecimiento demográfico es un hecho. Hay crecimiento negativo, y paralelamente vemos que para sustituir el número de jubilaciones masivo que hay en España, necesitamos inmigrantes como fuerza de trabajo. Se calcula que en los próximos diez años se jubilaran cinco millones ochocientas mil personas para las que las generaciones jóvenes pueden aportar cuatro millones, lo que implica que se necesitan casi dos millones de inmigrantes, según datos de la patronal. 

Mal futuro imagino para las propuestas patrióticas natalistas de las plataformas catalanas, dada la magnitud de los datos. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Si soy feliz, ¿para qué quiero ser libre?


¿Qué es la libertad en un mundo como el que vivo? ¿Soy libre? ¿Qué tendría que hacer para ser libre? Yo no anhelo nada que no tenga. Es difícil establecer un diálogo cuando uno está tan acomodado a su vida que no hay nada fuera que le estimule a ser más libre. Uno se hunde en un vector que le resulta cómodo y sabe que salir de allí es complicado. Y tal vez un desastre. Si soy feliz para qué que quiero ser libre. ¿Tiene algún sentido la idea de libertad? Es una palabra cargada de significados estimulantes en el terreno de la política y de la publicidad pero no deja de ser un mito cargado de humo. Pienso en los independentistas catalanes que sin duda valoran el término político de libertad aunque les conduzca al infierno. Si uno está acomodado a su destino, la idea de libertad está vacía. Es puro espejismo. 

 

En China hay un carné social en que el individuo es puntuado por todo lo que hace o por todas las huellas que deja. Así obtiene un número –la rebeldía está fuera de lugar si no se quiere incurrir en bajas puntuaciones- que da derechos y acceso a privilegios. La adaptación como buenos ciudadanos es un bien. ¿Para qué se quiere la libertad? Además en China no hay delincuencia. El ciudadano es controlado totalmente por el estado.

 

En las redes sociales dejamos huellas importantes sobre nuestro perfil comercial, político, social, sexual… Y lo hacemos libremente. No dejamos de ser un algoritmo, una cadena de fórmulas que son conocidas por la IA de internet y estamos localizados y somos sujetos de publicidad segmentada. Los de Vox reciben determinadas informaciones y los independentistas otras. 

 

La libertad es un concepto huero salvo que lo llenemos políticamente o como consumidores. Raramente elegimos salvo la marca de los espaguetis. Hasta el perfil de la persona amada supuestamente elegida está totalmente condicionado social, política, estéticamente… Las chicas quieren chicos altos para que les protejan. Esto no ha cambiado con el feminismo. Y que hablen la misma lengua, y que vistan de una forma determinada, y que pertenezcan a una clase equivalente, a la misma religión y a ser posible que piensen políticamente lo mismo y el club de fútbol sea el mismo. Las posibilidades de la libertad son muy reducidas. 

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Conversación con el alcalde Balmón

Hace unas semanas instauraron en Cornellà el sistema de apertura de contenedores de basura con tarjeta. Nos la distribuyeron en el domicilio. Parece que es un sistema que se está extendiendo en todos los municipios. Lo cierto es que me sentí mal por la exigencia que se somete al ciudadano para gestionar sus basuras y escribí al blog del alcalde Antonio Balmón un correo un tanto impertinente manifestando mi crítica y la falta de información al respecto. Le detallaba otras críticas referentes al barrio donde vivo, la Almeda.

Cuál fue mi sorpresa cuando recibí un correo del mismo alcalde de Cornellà, una ciudad de noventa y cinco mil habitantes, proponiéndome una cita personal para hablar del tema. Yo me sentí raro y le contesté diciéndole que sería un encuentro desigual y que prefería no realizarlo. Me había asombrado que el alcalde me propusiera un encuentro personal para hablar, pero no tenía deseos de realizarlo por diversos motivos. Sin embargo, el munícipe insistió en que deseaba hablar conmigo para aclarar la cuestión. Tuve que acceder y quedamos el lunes a las siete de la tarde para encontrarnos en el barrio, pues él y yo vivimos cerca. 

Antes pregunté en la bodega del barrio sobre problemas que la gente siente próximos para explicárselos al alcalde. Tomé nota y a las siete de la tarde acudí al encuentro. Antonio Balmón me reconoció fácilmente y me llamo por mi nombre, nos dimos la mano y nos sentamos a una mesa. Me invitó al cortado que me tomé, y luego estuvimos hora y media charlando sobre dudas acerca del reciclado de basuras, sobre mis propuestas sobre la revista municipal que yo considero demasiado oficialista sin intervenciones de los ciudadanos, y sobre mi idea de que la policía municipal patrulle a pie por los barrios. Fue una conversación fluida en que la mayor parte del tiempo habló el alcalde, pues conoce el tema infinitamente mejor que yo. No me convenció en todos los temas pero me explicó su posición. Él como alcalde tiene que tener criterios -para eso fue elegido en cinco convocatorias electorales-. Me explicó su historia desde los once años colaborando con entidades vecinales y el ayuntamiento, sus funciones de técnico, de concejal y alcalde reelegido. Ama su trabajo y ama su ciudad. No puede contentar a todos porque hay intereses contrapuestos y él tiene que tener su criterio y un modelo de ciudad que él pretende que sea híbrida, humana y solidaria. 

A lo largo de la charla, tuve ocasión de ver que bastantes vecinos lo conocían y lo saludaban y él también a ellos. Es un hombre abierto, llano y con valores humanos muy firmes que él quiere transmitir a sus hijas, y proyectar en la ciudad. Esa es la impresión que me dio, que su trabajo tiene para él un contenido ético y moral y que se toma muy en serio, se esté o no de acuerdo con él. 

Dejo constancia aquí de este encuentro porque me sorprendió gratamente. De ninguna manera me esperaba que un alcalde fuera tan accesible y que él mismo me insistiera para quedar cuando yo no lo deseaba en un principio. Pero él tiene un blog en el que recibe correos con críticas y posiciones variadas y, con frecuencia, propone encontrarse con ciudadanos para charlar sobre lo que les preocupa. 

El alcalde es socialista del PSC, pero en el ayuntamiento no se trata de hablar de Pedro Sánchez o de Santiago Abascal, sino de cómo mejorar la ciudad. 

Me habló de su familia y yo de la mía. Comentamos libros que nos gusta leer, de la influencia de los móviles en la lectura... Me contó su historia, afincado en un barrio humilde de Cornellà, sus padres de origen andaluz, su lucha por la ciudad... Un encuentro interesante en que he hecho un amigo. 

Vidas fotografiadas

No tengo ninguna foto de mi niñez. Las había, pero se perdieron en alguna mudanza o descuido doméstico, como si alguien hubiera ido borrando...