La neuroteología nace en ese umbral donde la ciencia no destruye el misterio, sino que lo vuelve más agudo. Al observar el cerebro durante la meditación, la oración o ciertas experiencias psicodélicas, los investigadores han descubierto algo desconcertante: cuando el yo se aquieta, el mundo parece ensancharse. No es una metáfora ingenua. Es, en muchos casos, una experiencia tan intensa que quienes la viven la describen como más real que la realidad de cada día.
El yo se vuelve poroso
Vivimos la mayor parte del tiempo en la arquitectura de nuestro propio nombre. Pensamos, recordamos, anticipamos, nos defendemos. La mente, como una casa encendida de noche, no deja nunca de producir luces. Pero bajo ciertos estados contemplativos, esa iluminación interior cambia de régimen. La llamada Red Neuronal por Defecto, asociada al pensamiento autorreferencial y al vagabundeo mental, disminuye su actividad en meditadores experimentados. Es como si el narrador interior bajara la voz.
Ese silencio no es una simple ausencia. Tiene densidad. Cuando la rumiación se afloja, la conciencia ya no gira en torno al pequeño planeta del ego. Aparece una sensación de apertura, de continuidad, de pertenencia. El sujeto deja de sentirse una frontera y empieza a sentirse una corriente. Por eso tantas tradiciones espirituales hablan de vaciamiento, desapego o entrega: no porque el yo se anule, sino porque deja de monopolizar el horizonte.
La química de lo inefable
Los psicodélicos y la meditación no son idénticos, pero comparten una extraña vecindad. Estudios recientes sugieren que la psilocibina puede intensificar la introspección, la percepción de significado y ciertos rasgos de insight durante la meditación, mientras altera redes cerebrales vinculadas al sentido del yo. El cerebro, bajo esas condiciones, parece aflojar las costuras con las que cose la experiencia cotidiana.
Lo notable no es solo el cambio perceptivo, sino su cualidad afectiva. Quien atraviesa una experiencia mística no suele decir “he tenido una alucinación”, sino “he visto algo verdadero”. Esa convicción tiene una fuerza elemental. El lenguaje se queda corto, la lógica titubea y, sin embargo, el acontecimiento interior se impone con la autoridad de lo indiscutible. No es extraño que tantas culturas hayan respetado ese tipo de vivencia como una forma de conocimiento.
El cerebro busca totalidad
La neuroteología propone una intuición poderosa: el cerebro humano no está hecho solo para analizar fragmentos, sino también para aspirar a totalidades. Los trabajos de Newberg y d’Aquili describieron operadores cognitivos que empujan la mente hacia la causalidad, la integración y la visión holística. Dicho de forma sencilla: una parte de nosotros quiere separar, nombrar y explicar; otra parte desea unir, fundir y contemplar.
De esa tensión nace buena parte de la experiencia religiosa. Allí donde la explicación no basta, la mente busca forma; allí donde la forma se rompe, aparece la sed de unidad. Tal vez por eso la fe adopta imágenes de luz, océano, centro, ascenso, calma, abismo. Todas apuntan a lo mismo: el anhelo de salir del islote del yo y rozar una geografía mayor.
Durante siglos, el éxtasis fue una palabra reservada a místicos, poetas y santos. Hoy la usamos con más cautela, pero la experiencia persiste. En los estados contemplativos más profundos, la separación entre observador y observado puede diluirse. Ya no parece haber alguien mirando el mundo desde fuera, sino una única presencia en la que el mundo y el que mira se entrelazan.
La ciencia no ha resuelto todavía si esa unidad corresponde a una verdad última o a una construcción neuronal altamente sofisticada. Quizá ambas cosas sean inseparables. El cerebro no es un espejo pasivo: es el órgano con el que la realidad humana se hace experiencia. De modo que toda revelación, por humilde o por luminosa que sea, pasa necesariamente por una biología concreta. Eso no la invalida. La vuelve humana.
Hay otra razón por la que estos estados importan: no se agotan en el instante. En estudios con psilocibina, las experiencias de tipo místico se han asociado a cambios duraderos en bienestar, sentido vital, comportamiento prosocial y relación con la muerte. En meditadores, la práctica sostenida se vincula con una menor divagación mental y una reorganización de la actividad cerebral relacionada con el yo. Es decir: no se trata solo de visiones, sino de transformaciones.
Y eso modifica la pregunta inicial. Quizá no debamos preguntar únicamente si estamos cableados para la divinidad, sino también para qué sirve esa disposición. Tal vez la búsqueda de lo sagrado no sea un lujo metafísico, sino una forma de ensanchar la vida, de volverla más habitable, más compasiva, menos encerrada en la jaula del miedo.
En el fondo, la neuroteología actual no hace sino dar nuevas palabras a una sospecha antigua. San Agustín decía que el corazón humano permanece inquieto hasta descansar en lo infinito. El lenguaje puede cambiar, la teología puede discutirse, la filosofía puede matizarse; pero la inquietud persiste. Somos criaturas que preguntan más de lo que saben y desean más de lo que poseen.
Quizá por eso la experiencia espiritual sigue llamándonos, incluso en una época de pantallas, datos y escáneres. Porque en el fondo no buscamos solo información, sino orientación. No solo explicaciones, sino sentido. Y cuando el cerebro se aquieta —en la plegaria, en la meditación, en ciertos estados visionarios— algo en nosotros parece recordar que vivir no es únicamente ocupar un cuerpo, sino también abrirse a una hondura.
Tal vez ahí esté la respuesta más honesta: no estamos hechos para poseer la divinidad, sino para buscarla. Y en esa búsqueda, que es también una forma de belleza, el cerebro y el alma quizá no sean enemigos, sino dos nombres para una misma ansia de infinito.
"Somos criaturas que preguntan más de lo que saben y desean más de lo que poseen". Esa es la clave. Necesitamos respuesta a muchos interrogantes. Todo nace de la necesidad, del ansia de trascencencia. No nos conformamos con que todo acabe tras la muerte. Independientemente de nuestras creencias o de nuestro agnosticismo, tenemos una dimensión espiritual -yo diría que incluso cósmica- que nos hace ensanchar nuestro horizonte concreto y físico, ir más allá... como nuestra mirada cuando, sentados en un banco de la catedral gótica, vemos cómo se pierde en las alturas y tras ascender por los baquetones de los pilares se queda a vivir unos instantes en las bóvedas, como si ese fuera el cielo.
ResponderEliminarSaludos.
Ciertamente, incluso los más agnósticos sienten -sentimos- la llamada de la trascendencia en nuestra vida cuando meditamos sobre nuestra dimensión, sobre la muerte, sobre el sentido de las cosas, sobre la importancia del amor. Querríamos trascender de alguna manera, y pienso que esa necesidad está en nuestros lóbulos cerebrales cableados para la espiritualidad, aunque toda nuestra sociedad parezca ir en dirección totalmente contraria. La búsqueda sigue. Saludos, Cayetano y gracias por tu aportación.
EliminarMe gusta el enfoque que le das a la experiencia de trascendencia, de totalidad, de búsqueda de coherencia, digamos cósmica y, al mismo tiempo subjetiva. Que el cerebro humano busque "unidad" en lo que percibe y siente, no es, necesariamente, un prueba de lo divino. Nuestra mente necesita encontrar sentido a lo que experimenta y observa . Que se produzca una experiencia reveladora, no implica (no hay pruebas que puedan replicarse de manera idéntica) que sea una expresión de lo divino. ¿Y si hubiera áreas de nuestra mente-cerebro capaces de generar experiencias de trascendencia? Sí, creo que los seres humanos estamos destinados a explorar -y obtener- una respuesta trascendente a nuestros interrogantes existenciales. Quizás es un recurso de supervivencia. Desde luego, el hecho cierto y comprobable es que todas las culturas humanas tienen cultos a lo sagrado pore
ResponderEliminarPerdón, continúa: porque los necesitamos.
ResponderEliminarSaludos
En una sociedad banal sin dimensión espiritual, hay muchos que sienten la necesidad de lo sagrado, lo que pasa es que esto se vive de modo íntimo y no se suele comunicar. Ciertamente esta predisposición hacia la totalidad no es prueba objetiva de que exista Dios o la dimensión divina, pero sí afirma nuestra orientación hacia ello. Nuestro cerebro necesita trascender para no sentirse aislado y abandonado en un mundo anodino y trivial. No solemos decirlo, pero únicamente la realidad material no satisface nuestras ansias más profundas de que haya una dimensión sagrada. Hay dialécticas espirituales que nos llevan a sentirnos parte de algo inmensamente más grande. Saludos.
EliminarNo puedo contestar en general, y dudo que mi respuesta, particular, evidentemente, sea válida.
ResponderEliminarPlanteas una cuestión que no atenta contra el dogma, de fe siempre que se entienda la exploración como una búsqueda de la verdad. ¿Y quien no desea encontrarla?
Agustín, santo según la iglesia católica, decía algo similar a esto: "Tu eres más interior que lo más íntimo de mí y más elevado que lo más sumo de mi ser".
El ser siente necesidad del "infinito", no hay nada material, ningún objeto que lo pueda saciar, ver la trascendencia como algo tan natural como la memoria, es, simplemente, antropología teológica. No veo una contraposición palpable.
Teilhard de Chardín, que fue paleontólogo y jesuita, por lo que su visión une la biología con la mística, la evolución no es solo un proceso biológico, sino un proceso de ascenso de la conciencia, y creo que ahí está el punto , el nexo a tus preguntas. Su cita: "No somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual, sino seres espirituales teniendo una experiencia humana"
Mounier, el creador del "personalismo", insistía en que no podemos separar el cerebro (lo material) del espíritu. La fe debe estar encarnada en la realidad física, social y política, y ve la trascendencia como una cualidad interna de nuestra personalidad.
Estos dos filósofos metafísicos, Joselu, convergen en ese párrafo que nos has puesto en un principio: " cuando el yo se aquieta, el mundo parece ensancharse".
Negar el absoluto simplemente porque lo desconocemos es negar una parte sustancial de lo trascendente en nosotros.
Un abrazo muy fuerte
Me has emocionado con tu comentario y tus citas de San Agustín -tengo pendiente la lectura de sus Confesiones-, de Teilhard de Chardin -mi héroe de mi adolescencia-, de Mounier... Todo confluye, Miquel, todo confluye en que nuestra individualidad es empobrecedora y que aspiramos a lo sagrado. ¿Por qué? No lo sé, pero ver en un bar a un hombre -siempre hombre- jugando a la máquina tragaperras, siento que esa alma está buscando en su juego, aunque no lo sepa, su ansia personal de infinito. Vivimos en una realidad que parece negar lo que aquí se sugiere. Vivimos en islas de soledad lo que aspira a ser universal y espiritual. No dejemos pasar cualquier experiencia que nos lleve a dicha realidad, más allá de lo simplificado de nuestras visiones cotidianas. Algunos somos más cerrados que otros para percibir la realidad sagrada, pero en nuestro fuero interno, buscamos, buscamos y no cejamos en hacerlo. Un abrazo, Miquel.
EliminarMe he dejado al autor que siempre me acompañó en teología, mi buen JOSELU: Gabriel Marcel; él podría dar alguna respuesta a tu entrada en su libro: Aproximación al misterio del ser.
EliminarOtro abrazo profundo
Muy interesante. No sabría decir si es el cerebro o el alma pero algo hay. Un beso
ResponderEliminarSin duda, hay algo que llama a nuestra vocación espiritual. Un saludo.
EliminarPara un cristiano, el alma es un concepto griego, no bíblico. En la Biblia, el hombre aparece como una totalidad, que tiene una parte que se ve y otra que no se ve, pero no se concibe una separación entre ellas.
EliminarQuizas algun diria algunos llegaremos a ser aquello para lo que fuimos creados....., energia en estado puro.
ResponderEliminarEnergía igual a espíritu y alma. He ahí la ecuación resolutiva. Saludos.
EliminarNo sé para qué estoy hecho...
ResponderEliminarY me iré sin saberlo.
No entiendo la vida, no le encuentro sentido y a la vez "entiendo" que ha de haber algo que explique "todo".
Le doy vueltas y vueltas buscando una explicación.
No sé si es mi cerebro, el alma, o mis emociones buscando una Luz.
Sé que no encontraré respuestas.
Y me jode eh...
Saludos.
Hay bastantes libros para leer y comenzar a pensar. Uno solo a veces no tiene la suficiente clarividencia para descubrir por sí mismo las claves que buscas y da vueltas en el vacío. Saludos.
EliminarMi relación con la mística es muy escasa, pues aún en mis lecturas de Santa Teresa, me detuve más en lo terrenal que en lo místico.
ResponderEliminarhttps://el-macasar.blogspot.com/2015/08/el-sur.html?m=1
He leído el post sobre Santa Teresa en Andalucía. Leí hace poco un libro sobre la santa que resumía toda su vida, sus visiones y también sus fundaciones, las relaciones con las hermanas -que no siempre fueron buenas-. Me gustó pero a mí me atrae la vertiente mística más que la terrenal. Me he interesado por el Meister Eckart, Malon de Chaide y otros místicos. Es una parte fundamental para mí de la experiencia religiosa, la unión con Dios, el ahondamiento y el éxtasis que lo acompaña. Saludos.
EliminarSiempre he pensado que el cerebro trata de "protegernos", aunque para ello tengo que distorsionar la "realidad". La neuroteología no demuestra si Dios existe o no, pero sí sugiere que la experiencia de lo trascendente es profundamente humana y tiene bases reales en el cerebro.
ResponderEliminarEn el fondo tampoco importa mucho, ¿no? Es decir no importa si esa experiencia es “solo neuronal” o “auténticamente espiritual”, porque ambas dimensiones pueden ser inseparables. El cerebro no fabrica necesariamente falsedades; también es el medio a través del cual vivimos cualquier verdad posible. Lo que importa es reconocer que esa búsqueda, esa inquietud por lo infinito forma parte de lo que somos y, el reconocerlas, puede ayudar a hacernos un poco mejores, no sé, más conectados, más compasivos. ¿Es mucho pedir?
Saludos
La existencia de Dios no es demostrable, pero, en realidad, si no se menciona a Dios, si no se le tiene en cuenta, no se podría llamar neuroteología por la propia definición de la palabra teología.
EliminarNo sé si te sigo, perdona, no creo que sea la palabra la que nos permita asumir la existencia o ausencia de algo, ¿no? tenemos la palabra dragón, pero eso no quiere decir que existan... Perdona, hoy tengo un día un poco espeso...
EliminarSaludos
Creo, Beauséant, que has resumido muy bien el sentido del post. La neuroteología no demuestra que existe Dios, pero sí que nuestra mente tiene predisposición a buscarlo, a sentir necesidad de lo infinito. Algunas sustancias como la psilocibina y la ayahuasca entre otras abren la mente a la trascendencia y nos preparan para la muerte donde las ECT -Experiencias Cercanas a la Muerte- nos hacen conectar con lo infinito. Cada vez más la ciencia se aproxima a la espiritualidad utilizando métodos científicos. Me gusta. Ser conscientes de esto seguramente nos hace más generosos y abiertos, más compasivos, hacia la humanidad y todos los seres vivos. No olvido a nuestros gatitos. Saludos.
EliminarLas personas no somos un cuerpo y un espíritu o un cerebro, unos y otros están conectados y se condicionan, como nos condicionan las experiencias naturales. ¿Piensa de igual manera una persona que no tiene que comer que uno saciado? ¿Trabaja de igual manera una persona motivada que una que siente que lo que hace no sirve de nada? ¿Si una persona no come carne piensa igual que el que si la come?
ResponderEliminar¿Si eres padre piensas igual que si no lo eres? ¿Tienes la misma visión del mundo? ¿Si tienes frio piensas lo mismo que si sufres de calor?
Si te aplicas un código de conducta en tu vida natural y lo incumples a menudo ¿te atreves a mirarte a ti mismo?.
No se, el cerebro es una parte más nuestro cuerpo, como dice Beauséant el cerebro trata de protegernos o de minimizar daños con el olvido, por ejemplo, pero también debemos saber que no siempre apunta al sitio correcto y que algunas veces debemos "forzarle" en la dirección correcta.
El misticismo desaparece con la primera muestra de hambre o necesidad pero permanece el espíritu que es lo que nos lleva a ser mejores, a trazarnos objetivos vitales. Cuando hablamos de visiones místicas o psicodélicas quizas es que vemos lo que deseamos ver, ¿ve lo mismo un indio del Amazonas sin contacto con la civilización en sus experiencias místicas que un europeo de los 90 con las mismas sustancias? yo creo que no, que dibujamos nuestros deseos en nuestra mente. Me niego a creer que solo somos impulsos eléctricos cerebrales aunque nos sirvamos de ellos, no se como explicarme.
Un saludo.
Dices que el misticismo desaparece con la primera muestra de hambre o necesidad y creo que esto merece ser matizado porque muchos místicos han llevado ayunos muy duros, y han vivido con lo mínimo desprendiéndose de los bienes que otros hombres aprecian. El desprendimiento es parte de la mística, igual que el ayuno. Es quedarse con lo mínimo y entrar en conexión con lo divino mediante las vías místicas y la ascesis. Hay personas que se dedican a la oración, a la meditación, a la iluminación yóguica, al misticismo islámico. Su forma de contribuir a la mejora del mundo es interior.
EliminarPor lo demás, estoy de acuerdo contigo. Cada uno conoce sus circunstancias y estas lo condicionan muy en profundidad. No siente y piensa un indígena no contactado que una persona occidental, ni alguien que ha sido madre o padre que alguien que no lo ha sido. Es así.
E igualmente, es muy cierto que no solo somos impulsos eléctricos que se producen en el cerebro, aunque la química es muy importante en nuestra forma de ver el mundo.
Te explicas bien, pero no es fácil dar con el comentario ajustado a cada uno de tus pensamientos. Lo he intentado. Saludos.
Joselu, me explico, cuando uno elige libremente el ayuno no hay necesidad, ni hambre forzada, sino ayuno voluntario, para mi no es lo mismo. La necesidad es cuando te las ves mal para alimentar a tu familia y te desesperas, cuando no sabes si vas a llegar a pagar la hipoteca, cuando comprar unos zapatos a tus hijos es un problema. Necesidad es cuando no te puedes desprender de cosas que no tienes y tienes que intentar llevar a casa cosas de primera necesidad. Cuando tienes hijos pequeños que dependen de ti y un salario muy bajo no puedes dedicarte "a la oración, a la meditación, a la iluminación yóguica, al misticismo islámico" pues todo tu ser esta enfocado en mantener a tu familia, a eso me refiero o, mejor dicho, asi es como lo veo. Tu cuerpo y tu mente esta en otras cosas, ¿acertado o no? pues no lo se, pero yo si me enfocaría en llevar las habichuelas a casa hasta que mis hijos fuesen independientes. A esto me refiero, cada uno ve el mundo de diferente forma, a cada uno su vida le moldea en diferente recipiente.
EliminarUn saludo y cuídate.
Tienes razón, seguramente por esto los místicos -y las místicas- no tienen pareja ni hijos, no tienen nadie que dependa de ellos y viven su vocación de modo independiente. Si eres padre o madre y la alimentación de tus hijos depende de ti, no es posible esta dedicación. Totalmente de acuerdo. Un saludo.
EliminarCreo que mucha gente ha necesitado de respuestas intimistas o ascéticas. Pero meditar y buscar la trascendencia se corresponde con un estado, va mucho más allá de la reflexión interior. Si la neuroteología intenta explicar la práctica de experiencias místicas es porque debe formar parte de nuestro ADN y de nuestra historicidad secular. Y considero que no es una cuestión dogmática tal y como se plantea en la religión, no única y exclusivamente, aunque la fe tienda a ese proceso interno por tradición y costumbre. La conexión neuronal y la espiritualidad pragmática, la que se da en la oración o la metafísica de la experiencia meditativa están íntimamente conectadas. Creo que cerebro y mente no son dicotómicos ni excluyentes, como términos y conceptos, tanto se habla de la mente para una cosa y el cerebro para otra, sin embargo, sí que creo que convergen. Estoy de acuerdo contigo en que el cerebro es moldeable y puede sufrir alteraciones de la conciencia frente a estímulos muy específicos. Cuando más se medita menos pendientes estamos del ego y más del yo como una unidad entre la naturaleza o el universo, dios, etc, junto a nuestro propia supraconciencia. Me ha parecido muy interesante. Si más personas nos proyectáramos hacia dentro en la época de la tecnología y el individualismo, más problemas de desadaptación y de salud mental afrontaríamos. Pero, desgraciadamente, existen los monopolios y la cultura de rebaño. Excelente post.
ResponderEliminarUn abrazo
Marisa, gracias por tu lectura tan atenta y por enriquecer el post con una reflexión tan sugerente. Coincido contigo en que la experiencia contemplativa no se reduce a una simple introspección: toca capas más hondas de la conciencia y, como señalas, desborda la dicotomía rígida entre cerebro y mente.
EliminarMe parece muy acertado lo que dices sobre la convergencia entre ambos términos. Justamente esa es una de las intuiciones del texto: que la vivencia espiritual no niega la biología, sino que pasa por ella y se expresa a través de ella.
También comparto tu idea de que meditar puede disminuir el peso del ego y ensanchar la percepción del yo como vínculo, pertenencia y apertura. En ese sentido, la neuroteología no pretende reducir el misterio, sino ayudarnos a comprender mejor por qué tantas tradiciones han visto en la oración, el silencio y la meditación una vía de transformación real.
Y sí, me parece muy lúcida tu observación sobre la época tecnológica y el individualismo: quizá hoy necesitamos más que nunca espacios de interioridad para no quedar atrapados en la dispersión, la sobreestimulación y la cultura de rebaño. Gracias de nuevo por aportar esta lectura, tan respetuosa como profunda.
Hay preguntas que vuelven una y otra vez porque tocan algo esencial en nosotros. Esta idea de estar “cableados para la divinidad” no pretende resolver el misterio, sino reconocer que, incluso en una época de datos y pantallas, seguimos sintiendo una llamada interior que no se apaga. La neurociencia puede describir redes, silencios del yo, aperturas de la conciencia; pero lo que late detrás es esa antigua inquietud humana por comprender qué nos sostiene cuando el mundo se queda pequeño.
ResponderEliminarMe impresiona cómo el texto muestra que la experiencia espiritual no es un lujo ni una rareza, sino una forma de ensanchar la vida. Cuando el yo se aquieta, algo en nosotros se abre, como si recordara que no basta con sobrevivir: necesitamos sentido, pertenencia, una orientación que vaya más allá de lo inmediato. Y quizá por eso tantas culturas, tan distintas entre sí, han buscado siempre un lenguaje para nombrar lo sagrado, aunque no coincidan en su forma.
Tal vez la clave no esté en demostrar nada, sino en aceptar que esta disposición a la trascendencia forma parte de lo que somos. No para poseer una verdad absoluta, sino para caminar hacia ella. En esa búsqueda —humana, frágil, luminosa— se encuentran la biología y el alma, la ciencia y la intuición, el cerebro que organiza y la conciencia que se pregunta. Y ahí, en ese cruce, es donde la vida se vuelve más honda y más habitable.
Un fuerte abrazo, Joselu
Esperaba tu comentario que necesariamente había de partir de tu visión espiritual, de tu necesidad de que toda vida es soportable si encuentra su sentido y se abre con generosidad y comprensión al mundo y a los demás, además de aprender a observarse profundamente para conocer el ser interior que habita en nosotros. Y esto es posible también en una era tecnológica y de pantallas como la que vivimos. Pienso que hay una necesidad biológica y espiritual de conectarnos con la trascendencia. Muchas culturas y desde posiciones diferentes lo han hecho, buscar un lenguaje para aludir a lo sagrado.
EliminarMe ha gustado mucho -como siempre- tu comentario lleno de sabiduría y generosidad, tal como observas la vida tú mismo. Y es en ese cruce entre biología y el alma, la ciencia y la intuición, el cerebro que organiza y la conciencia que pregunta, donde camina nuestra búsqueda. Poco puedo añadir a tus palabras.
Un fortísimo abrazo, Enrique.
Gracias, Joselu.
EliminarUn tema muy complejo. Yo solo tengo preguntas, me gustaría tanto que me explicaran¿qué somos, para qué estamos aquí, a dónde vamos, realmente el alma es lo único que no se descompone? y si es así, ¿dónde están? un abrazo
ResponderEliminarSupongo que son preguntas que nos hacemos todos. La ciencia solo ha podido establecer que hay una predisposición hacia la espiritualidad en nuestro cerebro, no que dicha vocación responda a una realidad externa. No ha demostrado que exista el alma, sino que algo hay en nosotros que propende hacia la lo divino. Un abrazo.
EliminarCreer o no. Esa es la pregunta que nos hacemos. Pero si buscamos un apoyo en algo infinito y eso nos hace sentirnos bien. Confiemos en las palabras de San Agustín , que el corazón descansará en lo infinito.
ResponderEliminarQue vuestra ruta haya sido buena y no fría. Por Béjar mucho frío de nuevo, de un día para otro un bajón de 16º.
Gracias Joselu. Buena semana.
Un abrazo.
La caminata fue muy bien. Bajó la temperatura pero el calor del andar nos hacía sudar profusamente. Iba con mi hija y su pareja -jóvenes- pero resistí como un jabato. A mediodía nos salió el sol y los paisajes refulgieron de hermosura con el mar azul puro en la lejanía. Fue un día muy bonito y al final al llegar nos comimos sendos helados de dos bolas que nos supo a gloria. Un abrazo, Laura.
EliminarUno se siente mas feliz si piensa que la Transcendencia existe... Aunque, logicamente, no tiene ninguna certeza de ello. Pero es un deseo, un, digamos, clamor...
ResponderEliminarYa se sabe que hasta el no creyente, cuando el avión se está cayendo, no puede sino rezar, o suplicar...
Un abrazo, amigo
Y sin necesidad de estar en una situación extrema, creo que hay momentos de nuestra vida que necesitamos la trascendencia y nuestra mente tiende hacia ella porque lo material no nos satisface por halagüeño que pueda parecer. Un abrazo, Ildefonso.
EliminarInteresante publicación, Joselu
ResponderEliminarYo creo en la espiritualidad del cuerpo, pero no como dos entes separados entre sí, para mí se contienen mutuamente.
Un saludo.
Nadie ha cuestionado esta idea de no separación del alma del cuerpo. Solo que en la práctica de la oración -cristiana-, meditación -budista- o la oración -musulmana- hay algo que se produce en nuestro cerebro como si estuviera programado para ello. ¿Por qué? Eso es lo que se aborda aquí, no más. Un saludo, Mercedes y gracias por tu aportación.
EliminarNos planteamos la trascendencia, quizas porque la vida no basta... En cualquier caso, la meditacion es mi materia pendiente pero no cejaré en el empeño. También debo confesar que me da miedo que en la búsqueda del paraíso, encuentro mi propio infierno...
ResponderEliminarUn abrazo, Joselu.
Pienso que no es la cuestión buscar el paraíso, sino solo ser conscientes de que en nuestro cerebro hay un espacio importante para la espiritualidad, como si viniera de base, igual que nuestra predisposición para el lenguaje o el pensamiento abstracto. Lo que quiera hacer cada uno con esto, ya es cosa suya, pero no veo que la búsqueda de la dimensión espiritual conlleve encontrar el infierno personal. Es una conexión que no se me ocurre. Un abrazo, Bertha.
EliminarPuede ser que la conciencia no busque algo exterior, no busque esa divinidad sino que en ciertos estados se reconozca como parte de ella. El cerebro, cuando por una causa o por otra desconecta con lo que nos rodea, conecta con otra circunstancia distinta a la que conocemos, incluso conecta con ciertas conciencias que no forman parte de este universo o plano. Eso la ciencia lo ha registrado con sus instrumentos cada vez más sensibles, pero no sabe analizarlo, quizás porque "una parte no puede ver el todo del que forma parte". Solo la experiencia individual lo puede dar por cierto.
ResponderEliminarHola, Manuela. Qué fascinante y certera resulta tu reflexión sobre este texto. Es la primera vez que surge este tema en nuestra conversación y me parece que has dado en el clavo con una visión que, aunque la ciencia apenas empieza a balbucear, resuena con una verdad profunda.
EliminarMe parece muy valioso cómo planteas que no estamos ante una búsqueda de algo "exterior", sino ante un reconocimiento. Como bien sugieres, puede que la conciencia no esté intentando alcanzar una divinidad lejana, sino que, en esos estados de quietud, simplemente se reconozca como una parte integrante de ella. El texto lo insinúa de forma hermosa: cuando el "narrador interior" baja la voz y el yo deja de ser una frontera, empezamos a sentirnos como una corriente dentro de un océano mayor.
Tu observación sobre la incapacidad de la ciencia para analizar esto es muy aguda:
La limitación del observador: Como bien dices, "una parte no puede ver el todo del que forma parte". La ciencia registra que algo sucede —ve cómo disminuye la actividad en la Red Neuronal por Defecto o cómo el cerebro "afloja sus costuras"— pero no puede capturar la esencia de la experiencia en sí.
Conexión con otros planos: Es muy interesante tu mención a la conexión con conciencias o circunstancias que escapan a nuestro plano ordinario.
El hecho de que quienes viven estas experiencias las describan como "más reales que la realidad de cada día" sugiere que, al desconectar de lo cotidiano, el cerebro podría estar sintonizando una frecuencia de existencia mucho más amplia y profunda.
La autoridad de la experiencia: Al final, confirmas lo que el texto sugiere: la ciencia aporta los datos, pero solo la experiencia individual posee la autoridad de lo indiscutible.
Es una perspectiva poderosa: la idea de que somos fragmentos de una totalidad que, de vez en cuando, logran recordar su origen.
Gracias por traer esta profundidad a la mesa; realmente expande la comprensión de lo que significa ser humano y nuestra "ansia de infinito"
Saludos
El mundo, la vida en general se nos escapa. Reconozco que yo soy de los que se sumerge a diario en la meditación.
ResponderEliminarYo querría hacerlo pero no tengo constancia. En tiempos practiqué zazén pero el dolor de las rodillas me impidió seguir con práctica. Es una suerte de sanación autoconsciente. Gracias por la aportación.
EliminarHe leído despacio esa profunda reflexión que compartes, tocas un tema que nos identifica a muchos de nosotros o a todos en una forma u otra pero ese enfoca cada cual se lo aplica según sus creencias sus costumbres sus conocimientos.
ResponderEliminarMe encanta.
Saludos cordiales.
Me alegro de que te haya interesado y tal vez abierto reflexiones al respecto. No se puede pedir más a un post de un blog. Saludos cordiales.
EliminarDios es aquella pieza del rompecabezas sin cuya existencia jamás está completo el paisaje... Es que simplemente es imposible llegar a la felicidad sin el...
ResponderEliminarPaz
Isaac
Pienso que sí es posible, hay personas que son felices sin la creencia en él. Pero es cierto el espacio que ocupa en el cerebro nuestra tendencia hacia alguna forma de trascendencia, en cuanto nos damos cuenta de lo lábil que es una vida sin ella. Saludos.
EliminarHola Joselu, gracias, de nuevo traes un tema con miga bien densa, para reflexionar largamente...
ResponderEliminarDoy fe de que la meditación limpia la mente y te centra, es casi físico. Pero también es verdad que ese camino espiritual tiene sus riesgos. Yo paré cuando sentí que la cosa empezaba a parecerse a una secta. Me quedo con el beneficio mental, pero preferentemente lejos de dogmas.
Al final, cada cual va encontrando su camino, la ciencia avanza y es fundamental sentirse sano mentalmente.
Un abrazo
En una ocasión yo me vi en algo parecido, el sentirme dentro de una secta, pero era una secta tan singular que les importaba un comino que siguieras con ellos o no. Lo bueno eran las sesiones de meditación y los rituales que dejé en un momento de mi vida por el dolor que me causaba la posición en mis rodillas. Por eso y por otras cosas. Efectivamente, cada uno va encontrando su camino. Cada vida es única, eso es lo más verdadero que voy descubriendo en mis divagaciones. No hay dos vidas que se puedan comparar. Somos incomparables, todos. Un abrazo.
EliminarEstamos cableados para la divinidad. Tu pregunta me la tomo como afirmación. En este plano o dimensión 3D, no estamos aquí, creo yo y tal como afirman algunos muchos divulgadores de metafísica y gnosis, para correr como desbocados detrás de la "verdad total, la que desvela todas las capas de realidad". Y en el camino formar bandos: irte por la ciencia materialista o la religión determinista. Es una falsa dicotomía; puesto que hay más vías de acceso dentro de la escala de grises. Este apuro por conocer-CONOCER a Dios (o su equivalente dentro del absoluto) en una vida media, la nuestra, de 75 a 85 años, no es suficiente (por eso, en parte, el objetivo de la reencarnación ¿?).
ResponderEliminarSi la vida, como se plantea en la Nueva Era, es un juego; entonces este nivel inicial (3D) en el que nos encontramos inmersos, no es para que nos peleemos si acaso Dios es esto o aquello: es para experimentar aquí y ahora. Para preguntar. Para aprender. Para darnos una idea vaga y si acaso el ego intelectual puede lidiar con las limitaciones de la incertidumbre y el misterio de forma sana. Para imaginar, para poetizar. Es para, recién, intuir que existe un gran arquitecto, un observador último, pero todavía incognoscible... Ya se nos irá revelando a medida que nuestra consciencia ascienda o suba un peldaño más en su viaje y pueda procesar e ir integrando más información en nuestro ser sin colapsar. Es lo que opino hoyxhoy.
Va un abrazo, Joselu.
Julio David, tomo tu argumento como una afirmación muy fértil: sí, estamos cableados para la divinidad, aunque quizá no para poseerla como una certeza cerrada, sino para 'buscarla' sin agotarla. El texto compartido sobre la neuroteología sostiene precisamente que la sed de trascendencia no es una ilusión menor, sino una disposición humana profunda, tan natural como el hambre o la memoria.
EliminarPor eso me convence tu rechazo de la falsa dicotomía entre materialismo y religiosidad determinista. Más que bandos, hay grados de experiencia, capas de sentido y modos distintos de aproximación a lo real. La vida no parece estar hecha para resolver el misterio de una vez, sino para habitarlo con atención, humildad y asombro.
Si la existencia es un aprendizaje, entonces el yo no necesita correr hacia una “verdad total”, sino afinar la escucha, ensanchar la conciencia y dejar que el misterio se revele por destellos. En ese sentido, tu idea es poderosa: no venimos a cerrar el cielo con conceptos, sino a abrirnos a él con inteligencia, poesía y silencio.
Un fuerte abrazo, desde la complicidad.