El presentismo es ese truco de feria con el que nuestra mente convierte el ahora en una lente deformante que lo tiñe todo: pasado, futuro y hasta aquello que nunca ocurrió, pero podría haber pasado por nuestra cabeza una noche de insomnio. Vivimos, nos guste o no, en el presente, y el cerebro, muy serio él, tiene una norma inapelable: primero la realidad, luego, si queda hueco, la fantasía. No podemos contemplar un avestruz y, a la vez, imaginar con convicción un pingüino; no se puede sentir lujuria mientras se experimenta asco, ni afecto mientras se está ardiendo de rabia, ni apetito feroz con el estómago recién saciado. El cerebro dirige el tráfico con mano de hierro: decide qué ver, qué oír, qué sentir y qué relegar al vertedero de lo irrelevante.
Pongamos un día cualquiera, de esos que parecen diseñados por un comité de saboteadores: el jefe te amonesta en el trabajo, la lavadora se declara en huelga y, para completar la coreografía, rozas el coche al aparcar, sin más culpable que tu propia torpeza. Llegas a casa con el ánimo en carne viva y entonces suena el teléfono: alguien propone una cena para mañana. En teoría, podría ser una buena noticia; en la práctica, tu presente cabreado se arroja sobre el futuro como un tinte negro sobre un mantel blanco. No ves una cena, ves una prolongación de tu desdicha, un simulacro social al que asistir arrastrando los pies.
La depresión lleva este mecanismo al extremo, como si el presentismo se hubiera apuntado a un gimnasio y estuviera muy en forma. Uno de sus síntomas es la incapacidad de imaginar un futuro en el que el sufrimiento ceda, aunque solo sea un poco, y se cuele una brizna de alegría. Los amigos, armados de buena voluntad y tópicos luminosos, aseguran que “todo pasará”, pero el depresivo, hundido en su niebla interior, solo oye el eco de su abatimiento. Al imaginar el mañana, no consigue verse disfrutando, porque el presente le ocupa todo el escenario, como un actor desmedido que no deja espacio a nadie más.
Hay un malentendido tenaz en todo esto: creemos que es el acontecimiento futuro el causante de nuestra infelicidad, cuando en realidad es nuestro ahora, tan real y tan insistente, el que dicta las emociones con las que coloreamos ese mañana imaginado. No podemos sentirnos bien ante un futuro hipotético si estamos ocupados sintiéndonos mal con un presente tangible que nos aprieta las tuercas. El cerebro no admite simultaneidades emotivas: si el escenario está ocupado por la angustia, la esperanza se queda en el vestuario, sin salir a escena.
Imaginemos ahora a un hombre X, que podría ser cualquiera: frustrado en su trabajo, atrapado en un matrimonio complicado, si no directamente devastador. Cuando piensa en su presente, todo se oscurece; su mirada actúa como una tinta corrosiva que mancha cuanto toca, y no solo el hoy, sino cualquier intento de futuro posible. Es incapaz de imaginar un horizonte esperanzador; el mundo, en su percepción, se acaba justo donde termina su amargura. Es como estar masticando hígado y pretender que el paladar crea que se trata de un pastel de cerezas: el cerebro, de nuevo, se niega a participar en esa farsa.
En el polo opuesto, encontramos a quien se siente relativamente en paz con su vida, con un fondo optimista que le lleva a ver el vaso al menos medio lleno. Su equilibrio afectivo y familiar actúa como una luz cálida que se proyecta hacia adelante, de modo que, cuando piensa en el futuro, lo ve con colores suaves, consoladores, como una tarde de primavera que se adivina amable. También aquí el presentismo hace de las suyas, pero con un guion más benévolo: el ahora dulce se derrama sobre el mañana imaginado, y lo perfuma.
Estamos todos, sin excepción, atrapados en un lugar, un tiempo y una circunstancia, como si habitáramos una habitación desde cuya ventana vemos apenas un fragmento de mar, creyendo que eso es todo el océano. Los intentos de la mente por saltar esas fronteras suelen ser torpes y fallidos; nuestro pensamiento, que presume de libertad, nos limita y nos encierra, incapaz de abarcar la inmensidad que intuye. La imaginación, lejos de ser un pasaporte universal, depende de engranajes que pertenecen a la percepción inmediata: lo que sentimos al imaginar el futuro suele ser, en realidad, una reacción al presente que nos aprieta, no un ensayo de lo que sentiremos cuando ese futuro llegue de verdad.
Con el pasado sucede algo similar, aunque con una pizca de nostalgia y autoengaño añadidos. Recordar no es reproducir, sino reconstruir una realidad llena de huecos que rellenamos con un material barato llamado “hoy”. Creemos que una vez pensamos, dijimos y sentimos lo que pensamos, decimos y sentimos ahora, como si fuéramos personajes coherentes en una novela cuidadosamente revisada, y no borradores sucesivos llenos de tachaduras.
No hay escapatoria: todo lo vemos desde la óptica del ahora, esa lupa caprichosa que se obstina en hacerse pasar por una cámara objetiva. En 2026 no podemos recordar cómo éramos a los veinte años sin traicionar, al menos un poco, aquella existencia que fue otra cosa, con otra cosmovisión, otros valores dominantes, otras hormonas y una realidad radicalmente distinta a la de hoy. Al intentar recordar, proyectamos nuestra perspectiva actual sobre aquellas vidas anteriores que también fuimos, y les imponemos un guion que nunca leyeron. El presentismo, discreto pero tenaz, se encarga de recordarnos que el ahora es un tirano amable: nos limita, nos falsea los recuerdos y nos pinta el futuro, pero lo hace con tanta convicción que nos hace creer que es real.
(artículo, fruto de la lectura de 'Tropezar con la felicidad' de Daniel Gilbert).
Es un artículo contundente, sin duda, JOSELU, pero negativo desde todo ángulo. Es literalmente extremo, y lo que nos define es el equilibrio, el término medio, todo lo extremo es arco de herradura, al final se toca.
ResponderEliminarCreo que el punto de la "percepción inmediata" es la clave. No hay proceso de reflexión, y ahí, me consta, radica nuestro fallo.
Reflexionar, parar, respirar hondo, contar hasta diez...Al igual nos da mejor resultado aunque no arregle la raspada del coche, ni ayude a mejorar la bronca del jefe.
Resulta, JOSELU, que todo el mundo sueña con quien no duerme, no es solo propiedad de los pesimistas, lo que sucede es que los que reflexionan sobre ese pensamiento se dan cuenta de eso, de que es un sueño.
Claro que el presentismo se encarga de falsear los recuerdos, pero pienso que a la vez nos hace ver, el estado de las cosas, el actual, y nos guste o no, nos hace pisar el suelo.
Al menos a mi me lo parece.
Un abrazo, JOSELU
Te agradezco de veras el comentario y el tono cercano. El texto, más que proponer un extremo, intenta describir un mecanismo mental: cómo el estado de ánimo del presente coloniza pasado y futuro, para bien o para mal. No niega el equilibrio, ni la reflexión, ni ese parar y contar hasta diez que tú reivindicas, sino que trata de mostrar la trampa de partida: reflexionamos desde un ahora que ya viene teñido. Me gusta que subrayes “pisar el suelo”, porque justamente el presentismo habla de ese suelo… a veces firme, a veces pantanoso.
EliminarUn abrazo grande,
Merece la pena estar
ResponderEliminaraquí? , si no somos
felices, que razón
tenemos de estar?,
me ha identificado,
sobre todo, el tercer
párrafo, un saludo.
No hay respuesta a tu pregunta si no la encuentras tú por ti mismo. En el tercer párrafo se habla de la depresión como caso extremo de presentismo, esa forma de proyección de nuestros sentimientos del presente hacia el futuro. Un saludo.
EliminarJe, je, ese hombre X me ha sonado bastante, lo tengo bastante presente diría yo. Cuesta entrar al trapo en estas entradas tan sesudas, tan abstractas. El día a día a no deja tiempo para pararme una hora a leer con detenimiento la entrada y madurar una respuesta con lo que realmente pensamos sobre ella. El esfuerzo sería equivalente al de una maratón. El presente se nos come y no da margen. Un abrazo Joselu.
ResponderEliminarEntiendo que los que estáis en la vorágine laboral del día a día es difícil tener un tiempo para comentar temas complejos. Si en algún momento, entre unas obligaciones u otras, consigues encontrar tiempo, sería especialmente interesante tu opinión. El presente siempre es un monstruo devorador, tú lo has dicho bien y conecta con el tema del post. Un abrazo, José Antonio.
EliminarEs que no hay, en la práctica, pasado ni futuro; vivimos en un presente permanente.
ResponderEliminarSaludos
Pero no dejamos de proyectarnos continuamente en el pasado y en el futuro, sea mediante la memoria o la imaginación. De hecho, para la meditación este salto continuo que huye del presente y se proyecta en el futuro -la corteza prefrontal da forma a unos seres humanos que siempre están haciendo planes- o se desplaza al pasado, es la clave... La mente del hombre es un mono loco para el zen, no deja de dar saltos, el problema es lograr detenerse en ese presente real pero esquivo.. Saludos.
EliminarEs un texto difícil de comentar. No entra rápido. Obliga a leer despacio, a parar y a releer.
ResponderEliminarVivimos en el presente, pero casi nunca somos conscientes de hasta qué punto ese ahora manda más de lo que creemos. Condiciona lo que hacemos, cómo recordamos lo que fue y cómo imaginamos lo que vendrá. Cuando el presente pesa, todo se oscurece; cuando está en calma, el futuro parece menos amenazante. No porque cambien las cosas, sino porque cambiamos nosotros.
Quizá por eso cuesta responder sin quedarse corto o sin simplificarlo demasiado. No es un texto para una reacción inmediata, sino para dejarlo reposar antes de decir algo con sentido.
Pues la idea fundamental la has sintetizado muy bien: 'cuando el presente pesa, todo se oscurece; cuando está en calma, el futuro parece menos amenazante'. Se trata de esto, Angelo. Esta reflexión viene al hilo de un libro muy sugerente que parte de la idea de que el ser humano es el único animal que hace planes y se proyecta en el futuro continuamente. Pero esos planes de futuro están teñidos por el presente que todo lo devora. Es imposible imaginar el futuro a media distancia, y ya no digamos lejano, porque ya no seremos los mismos. Habremos cambiado. Pero cuando imaginamos el futuro lo hacemos desde el presente. Es un pensamiento más complejo de lo que pudiera parecer, aunque para mí forma parte de la lectura meditada de Tropezar con la felicidad de Daniel Gilbert. Sí, hay que dejarlo reposar, tienes razón, Angelo.
EliminarNo habiendo oído nunca la palabra "presentismo", he ido a Wikipedia a ver que dice...
ResponderEliminarTeorías para todo sobre presente, pasado y futuro.
Mi punto de vista, lo que sé!
¡El pasado no existe! ¡El futuro no existe! ¡Lo único «real» es el presente! ¡Aquí y ahora! ¡Instante a instante!
Y ello y en el día a día, si nos paramos a pensar sobre el tema.
Por lo demás, la vida de la mayoría, y como un juego, va del ayer "añorado" al mañana "deseado".
Del aquí y ahora pocos quieren saber algo...
Ahora bien, en un cierto sentido «real» y profundo, cabe que el tiempo, lo que entendemos como tal, "no sea". Más allá de la cita de las seis de la tarde, o el dentista pasado mañana.
Joselu, el texto que planteas es complejo.
Saludo.
Gracias, Ernesto, por tu aportación. La corteza prefrontal es una parte del cerebro involucrada en la planificación. Si alguien tiene una lesión en esta zona del cerebro, vive en un angustioso aquí y ahora incapaz de pensar cinco minutos más adelante. Nuestro cerebro está diseñado para la planificación, por eso nuestra tendencia a desplazarnos continuamente hacia el futuro más o menos inmediato. La idea de vivir el presente, el aquí y el ahora, contradice seriamente nuestro funcionamiento cerebral, de ahí su dificultad. Vivimos proyectándonos en el futuro, sea cercano o más lejano, y lo hacemos desde la perspectiva del presente. Cuando imaginamos el mundo de aquí a cincuenta años, lo hacemos con lo que somos hoy día, nuestra forma de vestir, con nuestros artefactos habituales, como en los años cincuenta se imaginaban el año dos mil. El presente es el tiempo que más pesa, aunque no dejamos de huir de él. Saludos.
EliminarCreo que el pasado existe,
ResponderEliminartodo lo que hemos dejado
atrás, y de cuando en cuando
lo contamos ,aunque soy de
los que creen , que algo no
va bien cuando tiras de
rememorar buenos momentos,
el futuro no existe , y desde luego,
desde que llega, deja de ser futuro,
sencillamente,será un momento,
acorde con actitudes de atrás ,
como dice el dicho ," De aquellos
barros , estos lodos" disculpa el
colazo Joselu .
No hay nada que disculpar, es una reflexión tuya y es bienvenida. Vivimos dando saltos temporales aunque el presente es el tiempo de referencia para el pasado y el futuro. Tu comentario queda en el pasado siendo futuro para tí, esperando que yo lo lea. Ya lo he leído, y es el pasado. Ahora mi respuesta es futuro para ti y presente para mí. Pero ahora mismo será pasado en cuanto dé a enviar. Saludos.
EliminarSí que es cierto y nunca antes me había parado a pensarlo, el presente es el más importante de todos los tiempos, según estemos hoy actuaremos en hecho venideros, como por ejemplo rechazar la invitación a cenar con amigos por haber pasado un mal día. Yo soy mucho de tomar decisiones en base a cómo me siento ahora y luego, mañana, me arrepiento de la mayoría de ellas. El presente pesa tanto que también nos hace olvidar lo que fuimos, yo cuando quiero pensar en mí hace 20 años...le pongo mi cara actual incapaz de recordarme o recordar la gente que me rodeaba. Qué cabrón.
ResponderEliminarCuando avanzaba en la lectura del libro de referencia, me iba dando cuenta de lo inspirador que era. No son ideas demasiado complejas pero sorprenden cuando se comprenden. El presente tiñe todo, como bien razonas. El presente pesa para bien y para mal. En la depresión es fundamental, como ha quedado reflejado. La idea de que no podemos masticar hígado pensando que es tarta de cerezas está clara. El cerebro no puede procesar dos ideas o emociones contrarias o diferentes. No podemos imaginar el futuro alegre si nuestra realidad es triste por más que pensemos que el futuro es independiente. No podemos concebir el pasado si no es desde la perspectiva del presente, como escribes. Te imaginas hace veinte años y te ves igual que ahora, cuando eras una persona totalmente distinta por ti y por todo lo que re envolvía. Es así de cabrón, exactamente.
EliminarNo me lo había planteado de esa manera. Un beso
ResponderEliminarUn cordial saludo.
EliminarGracias a Dios que tenemos una mente que puede registrar pasado e imaginar futuro, porque de otra manera no tendríamos hacia dónde salir corriendo cuando el presente no está tan lindo. Pienso que para alienarnos metieron el rollo del ahora y aquí, de esa forma borran historia y cometen las mismas atrocidades, ya ves hoy van muchas sociedades hacia el fascismo de nuevo, no lo recuerdan.
ResponderEliminarYo vivo en tres tiempos. Intensamente el presente para poder recordarlo después, el pasado porque lo tuve muy feliz y el futuro porque es la esperanza de que lo que hago me lleve al mañana que visualizo.
Un abrazo en presente que recuerdes mañana como alguno muy lindo que te hayan dado en el pasado :)
Gracias por tu comentario, tan vital y tan tuyo. Creo que hablamos de cosas cercanas, pero desde ángulos distintos. El texto no pretendía negar la importancia de la memoria histórica ni la necesidad de imaginar futuros mejores, sino mostrar cómo el estado emocional del presente tiñe, a menudo sin que lo notemos, tanto lo que recordamos como lo que proyectamos. Tú reivindicas con fuerza los tres tiempos, y me gusta esa imagen de vivirlos conscientemente. Yo, en ese texto, solo intentaba señalar la trampa delicada de cómo el ánimo de hoy se cuela en todo.
EliminarUn abrazo agradecido,
Disculpa que regrese...
ResponderEliminarAhora que si el pasado hubiese sido muy malo, no lo recordaría ni loca. Y si siguen con sus bombazos y misiles tampoco procuro mucho imaginar el futuro, estado minado y mundo devastado, sin humanos. Pero es muy útil vivir en los tres tiempos. Elegimos el que sea más favorable y fortalecedor.
Ciao.
Dices que el presente marca las emociones y yo no lo tengo tan claro que sea el único. Lo hace pero en determinadas conductas el pasado juega un importante papel. Y no es el que creamos que ese pasado fue sino el que realmente aconteció. Un abrazo
ResponderEliminarMe gusta mucho lo que apuntas, y creo que tocas un matiz esencial. Es cierto: no es solo el presente el que moldea lo que sentimos; el pasado real, lo que de verdad nos ocurrió, deja huellas hondas que condicionan nuestras respuestas de hoy. Sin embargo, incluso esas huellas solo podemos mirarlas desde quien somos ahora: el pasado actúa, pero lo interpretamos siempre desde el presente, que selecciona, reorganiza, enfatiza o atenúa. Tu idea invita justamente a eso: pensar juntos cómo dialogan ese pasado que fue y este presente que lo mira, lo reescribe y a veces lo redime.
EliminarUn abrazo grande,
Tu reflexión sobre el presentismo me ha hecho pensar en esa paradoja tan humana: creemos movernos entre pasado y futuro, pero en realidad es el ahora (con su luz o su sombra), quien dicta el color de todo lo demás. Lo que más me ha resonado es esa idea de que no imaginamos el mañana tal como será, sino tal como estamos hoy, atrapados en un ánimo que se expande más allá de su territorio legítimo. Y, sin embargo, también ahí hay un punto de lucidez: reconocer la trampa ya es empezar a aflojarla.
ResponderEliminarQuizá no podamos escapar del presente, pero sí aprender a mirarlo sin que lo ocupe todo.
Un abrazo.
El presente -el aquí y el ahora- es el centro de todas las filosofías orientales. Hay un libro luminoso que se titula El poder del ahora de Eckart Tolle. Se cree que si vivimos en el presente, sin la nostalgia o el pesar del pasado ni la angustia o incertidumbre del futuro, nuestra vida discurrirá en su totalidad y su luz más intensa. Esta es una idea, pero por otro lado, está lo que decimos, el presente ya naturalmente proyecta su fuerza sobre nuestra visión del pasado y de nuestras perspectivas y planes para el futuro. Nuestro estado de ánimo condiciona nuestra visión del mañana y de nuestro recuerdo del ayer. Tienes mucha razón en que saberlo es una clave para aprender a mirar sin que lo ocupe todo. El presente, con su poder inmenso, es misterioso, es una reflexión que surge poderosa siguiendo este pensamiento. Un abrazo.
Eliminar
ResponderEliminarAl hilo de lo que dices:
Yo no soy pesimista. Soy un optimista bien informado.
Quien inventó la frase tiene una gran parte de razón. No de toda. Es cierto. Pero sí de una buena porción.
Hay personas cuya cabeza no les da para ver los problemas que nos acechan a todos, ya sean económicos, medioambientales, políticos, humanitarios... Viven felices en su ignorancia. Y en el fondo les tenemos envidia. Yo, al menos, les tengo envidia. Nos gustaría no martirizarnos pensando en lo mal que está todo mientras el alma cándida no ve problema alguno en ninguna parte: no hay cambio climático ( esto de la Dana famosa y la lluvia torrencial en Grazalema pasa siempre), la democracia no está en peligro, Trump, Putin y Netanyahu son buena gente que aspiran a la concordia mundial, etc.
Su cerebro no sale tan dañado como el de los que lo machacamos en tiempo presente con visiones apocalípticas de un futuro que tal vez no lleguemos a ver nunca. El presente no nos deja ver el futuro. No vemos más que nubarrones en el cielo.
Cayetano, comparto muy bien eso de ser “un optimista bien informado”: uno mira alrededor y la información no ayuda precisamente a dormir mejor. Esa sensación de presente angustioso –crisis política, colapso ecológico, guerras, retrocesos democráticos– tiñe inevitablemente el futuro que imaginamos: lo vemos como una extensión oscura del ahora, un horizonte de nubarrones sin claros. Nuestro cerebro, bombardeado por datos y catástrofes, trabaja en modo alarma y proyecta esa alarma hacia adelante.
EliminarPero quizá también ocurre otra cosa: así como algunos viven felices en su ignorancia, otros, aun viendo el desastre, desarrollan una especie de “esperanza trágica”: saben que todo puede ir muy mal y, sin embargo, siguen actuando, cuidando, votando, educando, plantando árboles o escribiendo. Tal vez el presentismo no solo nos condena a la angustia, sino que, bien mirado, puede empujarnos a no delegar en un futuro abstracto lo que solo puede hacerse ahora, con las manos sucias de miedo… y de responsabilidad.
Un abrazo lúcido y, pese a todo, un poco esperanzado,
Joselu:
ResponderEliminarCuando te visitamos por móvil, aparece la configuración de escritorio para leerte y resulta muy complicado leer.
Te paso cómo permitas a móviles leerte, por ti te animas a programarlo:
1. Configurar la plataforma para dispositivos móviles (Responsividad)
Si usas Blogger: Ve al panel de control, entra en Tema, haz clic en el icono de configuración junto a "Personalizar" y selecciona "No mostrar el tema de escritorio en dispositivos móviles".
Tal vez por ello, pobre ahí alguien comenta que tus entradas son muy largas.
Yo leo los blogs a través del móvil y me resulta complicado en los blogs que no tienen habilitado para lectura en móviles.
Ojalá te sirva.
Saludos.
Creo que lo he hecho. No estoy seguro pero he seguido los pasos que me has dado. A ver. Saludos.
Eliminar