Nuestras abuelas nunca oyeron hablar de "lucidez terminal", pero su sabiduría cotidiana, tejida en el hilo invisible de la experiencia compartida, les permitía reconocerla con una precisión instintiva. Iban a visitar al moribundo con el paso quedo del respeto, callando en la penumbra de la casa mientras el aire se cargaba de ese silencio denso que precede al adiós. Pero una vez fuera, en el umbral de la calle, entre susurros cómplices y miradas que lo decían todo, soltaban la profecía: "Hoy lo he visto muy animado, volvía a acordarse de todo... Ay, no creo que pase de mañana". Y así era, puntual como el ocaso que devora la luz, confirmando una vez más esa verdad ancestral que no precisaba de nombres científicos.
El Susurro del Umbral
La lucidez terminal emerge como un fenómeno esquivo, un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia, que la ciencia ortodoxa relega al margen de sus protocolos, pero que palpita en el corazón de nuestra herencia cultural y en el testimonio diario de enfermeras y cuidadores. Estos guardianes silenciosos del final narran, una y otra vez, cómo seres atrapados en las garras de demencias profundas —Alzheimer voraz, cáncer implacable— o lesiones cerebrales supuestamente irreversibles, experimentan un "retorno milagroso del yo". Durante unas horas, a veces menos, recuperan por completo la claridad cognitiva: la memoria despierta como un río dormido que fluye de nuevo, la energía brota renovada, y las palabras, mudas por años, tejen diálogos lúcidos con familiares atónitos. No es un balbuceo confuso, sino una presencia plena, consciente de la inminencia de la muerte, envuelta en una calma serena que roza lo sobrenatural. Parecen aceptar el tránsito con una sabiduría que trasciende el dolor, como si, en ese instante, el velo entre lo visible y lo invisible se entreabriera apenas.
El Enigma de la Esencia
Pero ¿cómo explicarlo? La neurociencia nos enseña que el tejido cerebral, devorado por el Alzheimer o erosionado por tumores, no se regenera a gran escala. Las neuronas muertas no resucitan; el daño es irreversible, un laberinto de silencio donde el yo parecía haberse extraviado para siempre. Aquellos que languidecieron años "desaparecidos", reducidos a sombras de sí mismos, ¿dónde preservaban su identidad? ¿En qué recodo del cosmos o del ser se guardaba esa mente intacta, esos recuerdos vívidos, esa capacidad de reconocerse en el espejo del alma? Si el ser humano es, en esencia, la materialidad de su cuerpo —átomos danzando en sinapsis frágiles—, ¿de dónde surge esa lucidez postrera? La pregunta no es mera curiosidad académica; perfora el corazón del reduccionismo materialista, invitándonos a cuestionar si el "yo" es un epifenómeno cerebral o algo más vasto, un hilo que trasciende la carne herida y se ancla en dimensiones que la ciencia aún no osa mapear.
Imaginemos a una anciana, postrada en su lecho tras décadas de olvido, que de pronto llama por su nombre al nieto perdido en el tiempo, evoca anécdotas de juventudes lejanas con precisión fotográfica y, con voz templada, se despide: "Ya es hora, hijo; cuida de los tuyos". Horas después, el silencio definitivo. Testimonios como este, acumulados en hospitales y hogares, forman un tapiz colectivo que desafía los paradigmas. No es anécdota aislada, sino patrón recurrente, ignorado por la ortodoxia porque no encaja en el modelo mecanicista del cerebro como único sede de la conciencia.
Ecos de lo Cercano a la Muerte
Este prodigio no orbita en soledad; se entrelaza con las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), esos relatos que, desde 1971, se cuentan por cientos de miles —quizá millones— y que la ciencia comienza a escrutar con rigor. Personas al borde del abismo cardíaco o cerebral refieren visiones de luz cegadora, revisiones panorámicas de vidas enteras, encuentros con presencias queridas. La lucidez terminal parece un preludio, un umbral compartido donde el yo se despoja de lo superfluo y brilla en su núcleo. No es casual que ambos fenómenos converjan en el instante supremo: sugieren que la conciencia, lejos de extinguirse con el cerebro, podría persistir, desatada, en un continuum más allá de lo físico.
En este cruce, Alexander Batthyány emerge como faro. Director del Instituto Viktor Frankl en Viena y del Instituto de Investigación en Psicología de la Universidad Pázmány Péter en Budapest, su libro El umbral disecciona la lucidez terminal con bisturí científico. No es panfleto esotérico, sino indagación neurobiológica que explora implicaciones existenciales y trascendentes. Batthyány recopila casos, analiza patrones y cuestiona: ¿es esto un último fogonazo neuronal, o evidencia de que el yo habita estratos no materiales? Su obra invita a un diálogo humilde entre ciencia y misterio, recordándonos que Frankl, sobreviviente de Auschwitz, halló sentido en el sinsentido precisamente en el límite de la vida.
El Réquiem del Cinismo
Frente a esta maravilla, surge el contrapunto sombrío: la voz de David Lindley en USA Today, un lamento cósmico despojado de ceremonia. "Los seres humanos no somos más que una migaja de materia orgánica que se aferra a la superficie de una pequeña roca. Desde el punto de vista cósmico, no somos más importantes que el moho de una cortina de ducha". Palabras que destilan alienación radical, un nihilismo que reduce la sinfonía de la existencia a ruido entrópico. En ellas resuena el vacío posmoderno: si somos moho cósmico, ¿por qué tratarnos con dignidad? ¿Por qué reverenciar al prójimo, mimar la naturaleza, honrar el mundo que nos mece? Lindley pinta un universo indiferente donde la vida es accidente fortuito, desprovisto de telos o valor intrínseco.
Pero este canto fúnebre ignora las sutilezas que nuestras indagaciones desvelan. La naturaleza inviste en nosotros con prodigio: el milagro de la lucidez terminal, la complejidad de la conciencia, la resiliencia del espíritu humano. Nada acontece en el vacío; cada retorno fugaz del yo grita que somos más que polvo estelar aferrado a una roca.
La Esperanza como Antídoto
Reflexionemos, pues. Si erradicamos el alma —ese núcleo inefable que las abuelas intuían—, si equiparamos al humano con hongos inertes, la esperanza no perece por decreto cósmico, sino por nuestra profecía autocumplida. El nihilismo no es verdad absoluta, sino trampa seductora: nos incita a tratar la vida como desecho, acelerando su degradación. Mas la lucidez terminal susurra otra narrativa. En ese breve resplandor, el yo regresa no para luchar, sino para afirmar: "He sido, soy, trasciendo". Es un recordatorio de que cada vida, por humilde o confinada —como la de Emily Dickinson en su jardín—, porta dignidad irreductible.
Honremos, entonces, ese misterio. Visitemos al moribundo con el silencio de las abuelas, escuchemos sus palabras postreras como oráculos. En ellas, la vida se despide no en derrota, sino en plenitud, invitándonos a vivir con la misma claridad serena. Somos portadores de un enigma cósmico, no moho casual. Y en esa certeza, el umbral se abre no al vacío, sino a la posibilidad infinita.

Tengo una anécdota personal muy inquietante: Mi padre murió en casa y en la cama como creo que debe ser, De hecho un viernes se fue a dormir y ya no despertó. La doctora de Urgencias confirmó que habia muerto a las 11 de la mañana, mientras venian a recogerlomlos sanitarios, fui al Cap a hacer una gestión. Al volver al cabo de unos diez minutos, n o haia venido a´ñun los de la ambulancia para llevárselo, y entonces me pareció que se movia. Pare, com està? le dije, y él me contestó MORT! y no dijo nada más. uando vinieron a llevárselo les insití en que se aseguraran de que estaba muerto, y dijeron que si, que ya hacia un buen rato.
ResponderEliminar¡Qué inquietante! Te habló tras un tiempo en que se supone que ya estaba muerto... En los hospitales -donde muere la mayoría de moribundos- hay muchas historias. Mi hija es enfermera y ha trabajado en el oncológico de Bellvitge. Ahora estudia para comadrona. Cuando le dicen que qué cambio porque ahora tendrá relación con los que nacen en lugar de los que mueren, ella contesta que también asistir a una buena muerte es estimulante. Le regalé el libro de Elizabeth Kübler Ross sobre la muerte y los moribundos. En la muerte, como bien explicas, hay un gran misterio, el mayor posible, junto con el nacimiento. Nacer-Morir y quién sabe si algo más.
EliminarLa verdad es que el difícil encontrar una explicación racional a este tema de la lucidez cercana a la muerte, pero hay muchos testimonios. También es verdad que hay mucha gente que fallece sin decir ni pío. En fin, un tema complicado. Y lo de reducir la existencia humana al moho de la cortina de baño, ese reduccionismo nihilista es peligrosísimo, significa que no valemos nada y que cualquiera nos puede borrar del mapa de un manotazo. Me recuerda mucho a la política nazi cuando calificaban a los judíos de infrahumanos, de modo que cualquiera puede pisotearlos, reducirlos a nivel de cucaracha para poder después eliminarlos.
ResponderEliminarLa opinión de David Lindley está muy extendida entre ciertos sectores de la comunidad científica en que se ve la vida como un producto del azar sin mayor dimensión. Tal como existimos podríamos no haberlo hecho. El universo es producto del azar y el caos ciego de las leyes de la física. Estoy de acuerdo que reducirnos a nosotros y al conjunto de la vida al moho de una cortina de baño revela eso de que no somos nada y que podemos ser aplastados como dicho moho que somos. Claro que somos. Hay quien diría que somos eternos, y que la muerte es un trance de transformación hacia no sabemos qué.
EliminarSaludos.
Pienso que todo tiene un nexo, que de una forma u otra está todo enlazado, y que sin llegar a ser Emily Dickinson, me refiero a una vida hermética, uno puede darse una idea de que hay situaciones que nos sobrepasan por lo inexplicable de ellas.
ResponderEliminarUn abrazo, JOSELU
En las filosofías orientales, es la interdependencia la ley básica del universo, todo está conectado. El apretar unas teclas en un ordenador conecta con un montón de lectores que pueden transformarse no por las palabras sino por el debate que llevan implícitas. Y sí, la lucidez terminal es algo inexplicable si no es por interpretaciones holísticas. Un abrazo, Miquel
EliminarLe ocurre lo mismo a las velas de cera, que cuando ya el cabo esta por terminarse, se ilumina de tal manera que esa energia consume por fin la cera y acto seguido se apaga.
ResponderEliminara lo mejor la memoria no se guarda en un solo lugar del cerebro sino en muchos, como copias de seguridad.
Pero eso si esa energia gastada en comer y lucir lucido puede ser ese resplandor que consume el ultimo aliento.
Buena metáfora la de la vela que brilla más intensamente a punto de consumirse. Y la idea de que la memoria puede conservarse en otros sitios diferentes al cerebro como copias de seguridad es plausible. Pero me parece que apunta a la idea de que una cosa es el cerebro y otra la conciencia suprapersonal e inmaterial, tal vez eso que llamamos alma, espíritu, aunque eso no satisface a los científicos materialistas. Ese resplandor nos dice mucho.
EliminarGracias por este artículo tan interesante. Un beso
ResponderEliminarGracias a ti por leerlo. Tan importante es el hecho de escribir un post como el hecho de ser leido y asimilado. Saludos.
EliminarTus textos no son para leerlos deprisa. Al menos yo no puedo. Siempre necesito volver sobre ellos, releer párrafos, detenerme en ciertas frases, porque concentras mucha reflexión en poco espacio. Este lo he leído más de una vez antes de escribirte. No es un tema que admita ligereza.
ResponderEliminarEl asunto me toca personalmente. Acompañé a mi padre en el hospital hace seis años y, hace apenas uno, a mi madre. Fui yo quien pidió quedarse con ellos en ese momento. Las trayectorias médicas fueron muy distintas. Mi padre estuvo mentalmente lúcido hasta el final. Mi madre atravesó primero una demencia de cuerpos de Lewy y después un Alzheimer devastador. Y, aun así, en el tramo final presencié escenas que, si alguien las hubiera documentado con rigor clínico, darían para algo más que una nota a pie de página.
Por eso entiendo tu incomodidad ante el reduccionismo. Hay fenómenos que no encajan bien en explicaciones cerradas. Coincido contigo en que despacharlos como simple descarga neuronal tardía es demasiado rápido. La biología explica mucho, pero no siempre agota la experiencia. Y negar esa tensión empobrece el debate.
Ahora bien, estando allí, junto a la cama, hubo un pensamiento que no pude evitar: ese cerebro complejo, ese entramado de neuronas del que tanto hablamos, en poco tiempo sería polvo como el resto del cuerpo. Esa realidad física es incontestable. Todo termina en polvo. Desde ahí cada uno traza su camino interior. En mi caso no lo vivo como nihilismo. Tampoco me siento capaz de afirmarlo como demostración de una trascendencia explícita. Me quedo en el límite, en esa frontera en la que la experiencia es más fuerte que la teoría, pero no se deja convertir fácilmente en conclusión cerrada.
Quizá ahí esté la riqueza de tu planteamiento. No porque resuelva el enigma, sino porque lo toma en serio. Porque obliga a pensar sin caricaturas ni soluciones fáciles.
Gracias por compartirlo así. Muy interesante
Un abrazo.
Gracias por tu lectura atenta y dedicar tiempo para la digestión de este post que aborda,como tú bien dices, un tema que no admite ligereza. Tu estuviste con tus padres hasta el final. Tu madre que padecía enfermedades degenerativas cerebrales -comentas que habría escenas que si alguien las hubiera documentado con rigor clínico, darían más que para una nota a pie de página- murió a tu lado. Son momentos dolorosos, Angelo, pero también únicos. Estar con nuestros padres en el momento que mueren es una experiencia extraordinaria que nos abre la mente a la reflexión y al misterio. Tú, que eres cristiano, observas que todo se va a convertir en polvo, tras la muerte, y a pesar de tu fe, no te atreves a afirmar la idea de trascendencia explícita, y que te quedas en el límite, sin que se convierta en conclusión cerrada. Morimos, ¿qué pasa después? ¿Hay algo que permanezca de esa llama que alumbraba la vida?Las convicciones espirituales nos ayudan a pensar que sí, que sí lo hay, que somos eternos, y que la muerte es un trance, un bardo, en una cadena continua de transformación. No afirmamos, pero no pensamos lo mismo que el científico norteamericano, que somos simplemente un detalle como el moho de una cortina de baño. No se resuelve el enigma, pero, como bien dices, lo tomamos en serio. Gracias por estar. Un abrazo.
EliminarCurioso texto. Un abrazo
ResponderEliminarUn abrazo.
EliminarPasan las épocas y el ser humano continúa investigando sobre eso tan común y a la vez tan desconocido que es lo que sigue después de la muerte. Científicos se esmeran en estudiar a fondo sobre el gran misterio. No es agradable aceptar que vivimos, nos morimos y hasta allí. Quisiéramos que después del último suspiro haya más vida, no nos conformamos con vivir y morir. Quienes hemos acompañado a personas en su proceso de agonía y muerte, podríamos narrar situaciones que nadie puede creer hasta que lo llegué a experimentar por si mismo. Si la materia y la energía, no se destruyen y solo se transforman, si es verdad que tenemos alma, existe un gran abanico de posibilidades. El cuerpo se descompone y sirve de abono y da vida a otros organismos. El alma tiene posibilidades infinitas de buscarse más vida, cuando sale de algún cuerpo. Esa energía que produce el organismo tiene la capacidad de lograr lo que todavía nadie podemos imaginar.
ResponderEliminarO que sí imaginamos pero sin certeza. Este tema es tal vez el más recurrente e interminable.
Pero las ancianas y los ancianos de antes son quienes sin estudiar el fenómeno, con solo acompañar, callar, observar y sentir, son quienes más saben de la muerte.
Nunca lo sabremos y en eso radica lo fascinante de morir. Hasta que morimos sabemos que sigue.
Un abrazo muy vivo, de alma a alma, por lo tanto, puedes sentirlo.
La muerte es un tema tabú. Hace algunas generaciones las muertes se producían en casa y se asistía al tránsito -qué bella palabra- por parte de la familia. El moribundo moría acompañado. Y los niños asistían al proceso sin ser apartados por los adultos. Hoy la muerte es un hecho casi impúdico que se produce en los hospitales y el velatorio es en un tanatorio aséptico en que el fallecido está separado del mundo de los vivos por un cristal. Hemos puesto barreras a la muerte. No hay duelo sino en la intimidad de las personas cercanas que no lo exteriorizan. No es extraño que no hablemos de la muerte ni de lo que puede haber después. Se quiere pasar página rápidamente y olvidar -salvo en la íntima conciencia de sus seres queridos- la situación. En realidad tenemos interiorizada la idea de que no somos sino un poco de moho en una cortina de baño. Y no creemos en que algo de nosotros subsista más allá del velo de la muerte. Sin embargo, esa lucidez terminal que viven algunos moribundos y que está siendo estudiada por los tanatólogos, nos abre a preguntas nuevas que habían dejado de hacerse, y que los ancianas de antes tenían claro. La vida es mucho más estimulante si pensamos que la muerte es una transformación, no sabemos cómo ni a qué, pero pensar que el alma existe le da una dimensión fascinante a la vida , algo que la visión descarnada y nihilista no puede proporcionar.
EliminarTambién un abrazo profundo, Sara, muchas gracias por tus reflexiones de alma a alma.
Es todo muy interesante.
ResponderEliminarMe ha hecho escribir algunas cosas.
Por más experiencias que uno cuente, o que incluso viva en persona, hay como una especie de tendencia de algunos a creer que hay "algo más" y de otros a que no lo hay.
Es lindo buscar en la biología destellos de algo que creemos que hay más allá.
Es lindo y válido.
Pues lo biológico y lo que no lo sea de alguna forma deben estar unidos.
A veces buscar en lo biológico, o material, o mejor dicho: en "lo perceptible por nuestros sentidos o máquinas", buscar allí señales de cosas que estén más allá de ellos es buscar un consuelo como el que nos da la fe.
Y es válido.
Pero no es lo mismo, creo.
Puedo ver el más maravilloso milagro y pensar "ya lo explicará la ciencia alguna vez". Es todo material. Todo biológico y no hay nada más.
Es un camino sin fin.
Es una declaración de principios.
Todo lo que sea será lo que es, ya lo "entenderemos" y Dios no existe.
("De alguna forma se explicará" esa lucidez terminal).
La fe está más allá de eso y no puede reemplazarse del todo por experiencias de la razón.
Aunque se apoye en ellas, en las posibilidades y por ende sea "razonable".
La fe es justamente otra declaración de principios.
(Aunque no va desvinculada del todo de la razón. Se cree en algo en cierta forma posible).
Los científicos han descubierto cosas como la ondas electromagnéticas, que no tienen materia (a diferencia de las ondas mecanicas, la del sonido por ejemplo).
El que cree puede imaginar que nuestra alma puede estar en ese plano energético y en una especie de frecuencia imperceptible por nuestros sentidos o por las máquinas. Como un plusultravioleta o un minusinfrarrojo.
Pero eso no agota la discusión y aquella postura anterior.
La fe no se opone la ciencia.
Aunque de hecho tantas veces se haya hecho algo así.
Pero eso es porque la fe hablaba en terminos que la ciencia derribaba por falsos.
Pero la fe luego se adapta a los nuevos terminos.
Y si quiere dialogar con la razón dice "pues será que el alma anda por ahí por donde andan los campos energéticos, hombre".
Muchos cientificos piensan que solo somos la parte del universo que se desarrolló hasta tener conciencia de si mismo. Y que antes del Big Bang no hubo sino otros bigbangs en sucesión infinita. Y empiezan a hablar de la nada, y que no existe la nada y la aparición de algo y bla y bla y sin querer mezclan ahí sus declaraciones de principios porque simplemente es inevitable llegar al punto en que nos preguntamos eso.
Es inevitable por más que muchas espiritualidades nos digan "na, tranqui, calma, dejate llevar cuál polvo que eres y no te inquietes".
Que tiene gran parte de verdad. Abandonarse, confiar.
En el universo, dice el ateo.
En Dios, dice el creyente.
Pero el solo abandonarse no agota todas las inquietudes.
Si alguno se conforma con eso, allá el.
Es lógico que uno esté cansado de preguntarse por lo trascendental.
Pero creo que de la pregunta solo se puede descansar, nunca extirparla por completo, al menos si uno no quiere limitarse como persona.
Perdón si esto se ha ido un pelín del tema central jaja
Juan Ignacio, tu comentario es de una lucidez asombrosa; se nota una mente que se toma muy en serio tanto la biología como las preguntas últimas, sin caricaturizar ni a la ciencia ni a la fe. Has conseguido formular, con palabras muy sencillas, algo que muchos sienten confusamente: que la cuestión no se decide solo por experiencias, sino por una declaración de principios previa, casi un temperamento metafísico.
EliminarMe gusta mucho cómo distingues entre la búsqueda de “destellos” en lo biológico y la fe. Esa intuición de que a veces buscamos en la materia un consuelo equivalente al de la religión me parece finísima: hay un materialismo que se vuelve espiritualismo camuflado, y tú lo señalas sin descalificarlo. Al contrario, lo reconoces como “lindo y válido”, lo que revela respeto hacia las distintas maneras de sostenerse en el abismo.
También es muy sugerente esa imagen del científico que afirma: “todo será explicado algún día, y Dios no existe”. Ahí marcas bien que eso también es fe: fe en la autosuficiencia de la razón, fe en que el camino de las explicaciones no tiene fin y no necesita nada fuera de sí. Es otro credo, otra apuesta radical, tan indemostrable en el fondo como la del creyente que confía en un sentido último.
Cuando hablas de ondas electromagnéticas, de planos energéticos, de un “plusultravioleta o minusinfrarrojo” para imaginar el alma, muestras algo importante: la necesidad casi inevitable de metáforas para hablar de lo que nos excede. Tal vez esas imágenes no resuelvan nada, pero dicen bien que ni la ciencia cierra la cuestión ni la fe puede ir ya por el camino de negar lo que la ciencia muestra. Me parece muy valioso que subrayes esa capacidad de adaptación: la fe obligada a aprender nuevos lenguajes para no quedar atrapada en cosmologías que el conocimiento ha dejado atrás.
Coincido también en tu crítica al nihilismo que convierte al ser humano en “moho de cortina de ducha”. Esa forma de materialismo despojado de toda dignidad acaba generando exactamente el vacío que predica. Frente a eso, tu texto reivindica esa inquietud que no se deja extirpar: incluso cuando nos “abandonamos” —al universo o a Dios— sigue ahí la pregunta, como una respiración de fondo.
Tal vez lo más hermoso de lo que dices es esa defensa de la pregunta como signo de no haberse limitado del todo como persona. Podemos descansar de ella, fatigados, pero no suprimirla sin pagar un precio. En ese punto, creyentes y no creyentes nos encontramos: todos, de un modo u otro, convivimos con un misterio que ni los big bang infinitos ni las doctrinas cerradas logran clausurar.
Gracias por empujar la conversación a este nivel y obligarnos a pensar más hondo. Tus palabras, lo confieso, me han hecho escribir también unas cuantas cosas que quizá no habría escrito sin tu comentario.
Un abrazo grande,
Joselu
Joselu, qué texto tan hondo has tejido sobre esa lucidez terminal que nuestras abuelas conocían sin nombrarla.
ResponderEliminarLeyéndote, uno siente que has logrado algo difícil: hablar de la muerte sin frialdad y sin consuelo fácil, sosteniendo el misterio sin domesticarlo.
Tu recorrido —de la sabiduría popular al desconcierto clínico, de Batthyány al nihilismo de Lindley— abre un espacio donde la pregunta vuelve a respirar. Y ahí está lo más valioso: recordar que, en el umbral, la vida a veces se ilumina con una claridad que desborda cualquier explicación cerrada.
Me ha impresionado especialmente cómo devuelves dignidad a ese instante final, no como un residuo biológico, sino como un gesto último del yo, un “he sido” que se afirma antes de apagarse. Esa mirada, tan humana y tan serena, es un antídoto contra la reducción que nos convierte en simple materia sin sentido.
Gracias por este texto que invita a pensar sin miedo y sin dogmas, y que nos reconcilia con la idea de que hay zonas de la existencia que no se dejan clausurar
A fuer de ser sincero, me inspiráis y estimuláis lectores tan extraordinarios como los que os concitáis en el blog. Creo que un blog es un intercambio de energías. Cuando te leo en tu blog o cuando te leo en comentarios en el mío, me alimentas espiritualmente y me hace dar vueltas y plantearme temas que pueda comentar con vosotros, contigo...
EliminarCuando era profesor, yo proyectaba en el aula mis últimos descubrimientos literarios que me habían maravillado, y esa sensación de maravilla era la que vivían mis alumnos. Era una suerte de pedagogía viva que nunca se repetía y que restallaba en inspiración. Así el blog es el escenario teatral de mis inquietudes y mis reflexiones que en los dos últimos post tienen como eje la muerte, ese tabú innombrable que a mí me polariza poderosamente. Lo importante es reflexionar sin dogmas, como haces tú en tu blog y en tus comentarios. Te agradezco una lectura tan atenta como cuidadosa de un texto que invita a pensar en esos últimos momentos que de forma tan prodigiosa brillan con luz propia. Morir es una putada, probablemente, pero también es el espacio para el misterio mayor de la vida. Y cada uno piense lo que quiera, claro está, los que crean que no somos sino moho y los que crean que somos polvo de estrellas. Todos son bienvenidos al debate.
Complejo asunto que nos desafía y estimula intelectualmente.
ResponderEliminarSe plantea en tu más que interesante texto, en el surgimiento de esa “lucidez postrera” previa a la muerte, si el “yo”, más que un epifénomeno cerebral, es un ente que trasciende la propia materia orgánica que es el cerebro.
Bien, pero la cuestión se embrolla en este punto; la neurobiología nos dice que la fascinante mente humana es un constructo originado por las redes neuronales que operan en nuestro cerebro; unos cien mil millones de neuronas conectadas en “una maraña indescifrable”, como refiere el prestigioso neurocientífico Rafael Yuste en; “El cerebro, el teatro del mundo”, ensayo que estoy leyendo. No obstante reconocen los neurocientíficos que ignoran un amplio territorio de esas redes neuronales y sus sinergias en el cerebro… así que por ahí hay aspectos que se escapan la ciencia, a la filosofía y al conocimiento en general.
Digo esto porque la mente es una entidad que tiene origen en nuestro cerebro y, a su vez, la conciencia capitaneada por el “yo”, que es el epicentro de la mente, de nuestra actividad mental, debe su existencia al cerebro, ese enigmático órgano y, sin embargo, materia física, orgánica finita.
Entonces, la pregunta que me planteo es; si el cerebro es el que crea la posibilidad de que exista un “yo” (que a su vez es un constructo mental), ¿si el cerebro muere (el órgano físico), si la materia orgánica se desintegra, es decir, ese cerebro que origina la mente y el yo… tiene posibilidad ese yo, esa conciencia, de desprenderse, de “ser”, una vez muerto el cerebro que las origina?
Ahí conectamos con la idea sombría que expone David Lindsey, pero es un nihilismo reducionista que no comparto.
Sin embargo, los científicos reconocen que hay aspectos que se les escapan, y tal vez las preguntas haya que reformularlas, o sustituirlas (incluidas las que he planteado yo, por ejemplo).
Porque si todo se reduce a la finitud de la materia orgánica, a su desintegración final, estamos también atrapados en un nihilismo radical, cuyo reduccionismo es un sinsentido para entender una realidad sumamente compleja, enigmática y desconcertante, cuyas fronteras (si las tiene) desconocemos.
Y de nuevo nos encontramos algo sumamente enigmático, uno está en el umbral de la muerte, encadena los recuerdos relevantes de toda una vida, se va despidiendo del mundo. de la realidad que transitaba, de su vida, y sin embargo su vida… no deja de ser la gran construcción mental del cerebro (piénsese en ello un momento), pero no es la Realidad, sino que “nuestra vida es lo que nosotros pensamos que es la Realidad” (como señala Rafael Yuste), incapaces como somos de abarcarla en términos absolutos (nuestro lenguaje, nuestra inteligencia, son insuficientes actualmente para acotarla).
Dicho esto, si todo está tan abierto, si hay tanto terreno inexplorado; ¿Cómo vamos a descartar un “yo” que trascienda la finitud del cerebro que lo originó? ¿Si ni siquiera sospechamos la verdadera dimensión de la Realidad que nos contempla que, de algún modo, no parece ser la que nosotros contemplamos dadas nuestras limitaciones?
Sí, habrá un saber inmanente en esas abuelas que se despiden silenciosamente del moribundo, un saber que ellas no pueden explicar, quizás porque no sea necesario explicar, sino experimentarlo con una clarividencia interior que no es transferible a los demás, y ni falta que hace.
Cuídate, Joselu.
Paco Castillo, complejo asunto que nos desafía y estimula intelectualmente, como bien dices, y tu comentario lo ilustra con una profundidad que admiro. Has tejido un análisis impecable, apoyándote en Rafael Yuste y su *El cerebro, el teatro del mundo*, para poner el dedo en la llaga: ¿es el "yo" mero epifenómeno de esas "cien mil millones de neuronas en una maraña indescifrable", o trasciende la materia orgánica que lo sustenta? Esa pregunta, que embrolla neurobiología, filosofía y experiencia vital, la formulas con una lucidez que invita a seguirte paso a paso.
EliminarValoro enormemente cómo reconoces las lagunas confesadas por los neurocientíficos —ese "amplio territorio" de redes y sinergias aún ignoto— sin caer en dogmatismos. Yuste, en efecto, describe el cerebro como un teatro enigmático donde la mente emerge de conexiones físicas, pero finita y orgánica. Si el "yo" es su constructo estrella, ¿qué pasa cuando el telón cae con la muerte? ¿Se apaga la conciencia o se desprende hacia un más allá que escapa a nuestros instrumentos? Tu rechazo al nihilismo reduccionista de David Lindley —ese "moho de cortina de ducha"— resuena con fuerza: reducirlo todo a desintegración material ignora la complejidad enigmática de la realidad, que nuestras limitaciones lingüísticas e intelectuales no abarcan.
Me fascina tu giro final: "nuestra vida es lo que nosotros pensamos que es la Realidad". Ahí Yuste nos recuerda que construimos un mundo mental, no la Realidad absoluta. La lucidez terminal, ese destello postrero donde el moribundo recupera el "yo" perdido —memoria, calma, despedida—, desafía precisamente esa finitud. ¿Cómo brota de un cerebro dañado, si las neuronas no se regeneran a gran escala? Tus abuelas lo sabían en silencio: un saber inmanente, clarividente, que no necesita palabras ni explicaciones científicas. No es transferible, pero es real, como la experiencia cercana a la muerte que miles reportan.
Coincido en que, con tanto terreno inexplorado, descartar un "yo" trascendente sería prematuro. Ni la ciencia clausura el misterio ni el nihilismo agota la inquietud humana. Quizás el cerebro no es solo materia, sino interfaz con algo mayor —energía, conciencia cósmica, alma—. La lucidez terminal nos susurra que el "yo" podría persistir, no como ilusión, sino como hilo que une lo finito con lo infinito.
Gracias por este estímulo intelectual; me has hecho considerar a Yuste con ojos nuevos y repensar esas despedidas ancestrales. Sigamos explorando este umbral.
Un abrazo pensativo,
Un tema muy interesante :en cuidados paliativos este evento se considera un regalo para las familias: yo tuve la suerte de poder despedirme de mi padre que llegaba de Canarias a Hospital del Mar(donde ejerció hasta su último día) , estaba en paliativos y me pidió sin abrir los ojos que su hermano lo esperara, es un enigma fascinante sobre el funcionamiento cerebral en los momentos finales...Y como bien dices antes casi siempre estos decesos eran en el habitad, como los nacimientos.Por eso estas madres,abuelas después de tantos momentos vividos ya intuían el desenlace.
ResponderEliminarUn abrazo Joselu
Como dices, es un enigma fascinante el funcionamiento cerebral en momentos extremos y finales. ¿Resplandor final de una vela que da su último estallido de luz? ¿Tránsito a otra dimensión? ¿Despedida del alma que inicia su viaje? Tú viviste los últimos momentos de tu padre por lo que fuiste afortunada. Sin duda es un regalo para las familias esta lucidez terminal que antes era intuición del deselance. Un fuerte abrazo, Bertha.
EliminarDurante años he leído y leído teorías diversas sobre la muerte.
ResponderEliminarA medida que me hago mayor ya no estoy seguro de nada.
Qué pruebas tenemos de si hay algo más en el Más Allá... ninguna, ni religiones, ni sectas, ni nada por el estilo.
Transformación?, sí, orgánica seguro, sólo hay que mirar los restos humanos... y con la incineración, pues lo mismo.
Me gustaría creer que "el alma" o "el espíritu" nos lleva a otro lugar donde renacemos... pero ahí ya es cuestión de fe.
Antes era más tajante en lo relativo a estos temas... ahora, y debido a alguna experiencia extraña, ya no sé qué pensar.
Saludos.
Es esa nave estamos todos, Toro, podemos intuir, sospechar, pensar, pero no hay ninguna seguridad de nada. Ahora estoy leyendo un libro muy interesante tituladoLas neuronas de Dios en que se expresa que por primera vez la ciencia puede dialogar con la religión sin burlarse de ella. Y la religión se ha desembarado de tabúes antiguos anticientíficos. El libro investiga el estado cerebral de monjas cristianas, monjes budistas, de personas que han consumido ayahuasca o peyote o sustancias psicodélicas que predisponen a la expansión de la conciencia. Una sugerencia interesante sería que participaras en algún rito en que se probara la ayahuasca o la psilocibina -ahora son legales- porque en esos estados la conciencia se abre a realidades trascendentes. Otra posibilidad es la oración. Los escáneres cerebrales dicen que actúa como un fuerte ansiolítico. La religión, sea por lo que sea, resiste en el mundo. La visión trascendente no ha desaparecido en un mundo tecnológico como el que vivimos. Y todos tenemos experiencias extrañas que nos hacen pensar. Muchas gracias, Toro, por tus dudas. Saludos.
EliminarInteresante publicación, Joselu.
ResponderEliminarMucho le queda aún a la neurociencia por descubrir sobre la complejidad del cerebro humano.
La neurociencia me fascina. Suelo leer ensayos con frecuencia. Sabemos poco, pero lo que se intuye es excitante.
EliminarQue así sea.
EliminarJoselu, abordas de nuevo un tema complejo -la muerte y la posible lucidez terminal que en muchos casos le acompaña-, aprecio especialmente la dignidad que a esta le confieres.
ResponderEliminarDediqué un tiempo -hace tiempo- a estudiar profundamente la filosofía del Yoga -y muchos textos sobre este tema-, y creo que viene al caso... Resumo -el tema desde luego es apasionante-, según el Yoga tenemos tres cuerpos: el cuerpo físico, el cuerpo mental y el cuerpo causal o sutil que es el que perdura y almacena impresiones de vidas pasadas pero alberga la ignorancia (Avidya) de la identidad real hasta alcanzar la liberación... la muerte desde esta perspectiva no se ve como final de la existencia sino como una transición, un aprendizaje o una transformación... el cuerpo físico es temporal mientras el Atman (el alma) es inmortal, y es lo que verdaderamente existe... es decir, somos consciencia pura que persiste y la muerte sería una especie de sueño prolongado donde el Atman se prepara para regresar con otra envoltura, otro cuerpo y así poder seguir liberándose de culpas, de miedos, de apegos... Y aquí entiendo que ceñirse a una sola explicación, sea religiosa o científica, es estrechar miras, sin duda, por eso me gusta la exposición que has hecho, Joselu.
Por mi parte también creo que la consciencia va más allá del cuerpo, de la mente y creo que deberíamos ir preparándonos para la muerte, ya es un paso grande hablar de ello sin tabúes... Te diré que mi madre cumple en mayo 104 años y está como una rosa, no tanto físicamente, las piernas le fallan un poco, pero su memoria es envidiable, el otro día me recordó una cita mía que ya se me había olvidado... no sabe porqué le toca vivir tanto, y está ya cansada... pero aquí anda resistiendo con gran fortaleza y grandes capacidades mentales... No sólo la muerte es misterio, también lo es la vida.
Gracias de nuevo, Joselu, un abrazo
Sin duda el hecho de escribir largos posts con temas como la muerte, podría parecer fuera de rango, pero observo que muchos tenemos deseos de hablar de cosas que son tabú en las conversaciones habituales -no voy a decir triviales-. Creo que tendríamos que dedicar más espacio a pensar en el sentido de la vida y la realidad de la muerte, no por ser siniestros sino realistas. Me han interesado mucho tus reflexiones sobre los tres cuerpos de que hablaba el yoga. Más o menos es lo que pienso yo. Un cuerpo fisico, la mente y el cuerpo que va más allá de lo mental y que no es accesible mediante el pensamiento, el cuerpo causal o sutil que mencionas. Y la concepción de la muerte como un bardo o transformación. Todo así adquiere sentido y valor. La mente humana está diseñada para la trascendencia por más que los materialistas expresen que todo esto son paparruchas idealistas. Me gusta, Milena, porque coincidimos en lo esencial. En cuanto a tu madre, qué dicha poderla acompañar, ella con buen estado de salud. Sí, deberiamos irnos preparando para la muerte y hablar de ello sin tabúes. Veo reflexiones muy hondas al respecto. Un abrazo, Milena. Gracias a ti.
EliminarEl año pasado murió un amigo. Ojalá que a la hora de mi muerte tenga yo la dignidad que él manifestó cuando el oncólogo le dijo que si le daban la quimio lo mataban de tan debil que estaba. "Ok. Que no duela más" pidió guiñándole un ojo al profesional. Tres minutos después el enfermero llegó para aplicarle vaya a saber qué. Sonriente -y sin ningún dolor- Julito fue entrando en la muerte y cuatro horas más tarde ya no despertó. Eso sí, tenía una sonrisa de oreja a oreja.
ResponderEliminarAbrazo agradecido.
Ya lo creo, Carlos, me gustaría tener la dignidad que tuvo Julito a la hora de afrontar su muerte, con esa sonrisa de oreja a oreja. Es la mejor forma de recibirla, con una sonrisa. Yo no suelo sonreír demasiado, tengo un temperamento dramático por mi origen familiar, pero me gustaría reservar una gran sonrisa para ese momento. Muchas gracias, Carlos por tu comentario tan adecuado. Un abrazo.
EliminarCuando yo era niño escuchaba a veces la conversación de mi abuela y mi madre, que habían ido a visitar a algún enfermo del barrio y venían comentando que lo habían encontrado mejor. Y ellas mismas se replicaban: es la mejoría de la muerte, decían. Seguro que mañana o pasado se nos va el pobre...
ResponderEliminarEso de "mejoría de la muerte" se me ha quedado gravado para siempre...
Un abrazo, amigo
Yo también lo había oído, pero ahora está siendo investigado seriamente por la ciencia. Lo que era una idea de las abuelas y las madres se está siguiendo con estudios en que se recogen experiencias cercanas a la muerte y la lucidez terminal es una de estas casuísticas. El problema es que muchas veces los moribundos mueren en el hospital o en residencias de ancianos y puede que no tengan testigos familiares que estén presentes si se produce dicha lucidez. Cuando uno se acerca a la muerte, más fascinante es el proceso que lleva a la desconexión. Lástima que nuestra sociedad orille y margine las reflexiones que antes eran naturales en las conversaciones. Ahora morir es un rito que queda solo en el plano íntimo y se vive como un trance en que se quiere que pase rápido. Un abrazo, Ildefonso.
EliminarEsta vista he comprobado que no hace falta tener una carrera en neurociencia para que comprender que aquellas abuelas eran todos sabiduría.
ResponderEliminarY en otro orden de cosas, ya más científicas, yo que soy un poco curiosa y leo casi todo lo que cae en mis manos, en mi humilde opinión creo que pocos sabemos aún de lo que es nuestro maravilloso cerebro....
Y lo poquito que lo usan algunas personas 😉😝
Sí, MARI€, sabemos muy poco de nuestro cerebro. El presidente Obama dedicó miles de millones de dólares para el estudio del cerebro como un nuevo proyecto equivalente a la llegada del hombre a la luna, pero no sé cómo habrá quedado la cuestión con las presidencias de Trump o Biden. Seguramente, se habrá olvidado. No lo sé. Saludos.
EliminarBufff, menudo tema de nuevo Joselu, la lucidez terminal!!!, es algo de lo que apenas tenía consciencia o conocimiento, ni siquiera se si conocía el término. No he tenido apenas trato con la muerte, si que han muerto abuelos muy queridos, pero no he estado en los momentos finales y en el día a día estos temas no se tratan, y menos con la inmensa mayoría de gente en la que yo me muevo en el quehacer diario. Más bien hablan de emojis y magic, con suerte de niños y parejas.
ResponderEliminarDe estos temas supongo que se lee si tienes el suficiente empaque cultural y la curiosidad necesaria. Y no nos engañemos, cierta edad, nadie que no sea profesional del tema y tenga que leer de ello por trabajo, lee de esto a los 20 años. No interesa.
Lucidez terminal!!! te imaginas? En estos tiempos de ausencia completa de lucidez en vida, con toda una serie de bobos llevándonos al holocausto continuo por todo el planeta, nosotros hablando de lucidez terminal. Ya se que la lucidez va en otro sentido pero, te imaginas al bueno de Trump en su lecho de muerte diciendo frases del rollo: “Cuanto me he equivocado en esta vida y cuanto daño he hecho”.
Por ese lado ya me cuesta creer en cualquier tipo de lucidez. Ni la terminal ni ninguna. Por otro lado, y sin tener ni idea del tema, no se cuanto de esa lucidez debe de ser un deseo de la misma persona que la recibe de la persona que va a fallecer. Es decir, queremos quedarnos con la idea de un último reconocimiento lúcido, de una última frase dulce, de un perdón, o un te quiero, no lo se.
Y por otro lado lo que te comentan algunos, el tema del funcionamiento del cerebro tiene lagunas enormes y cosas que aun no se saben. Vete a saber que mecanismo final se desata al final del camino, no lo se.
Por otro lado, y ya lo sabes, quizás sea de los comentaristas que pasan por aquí a los que menos le chirría lo del tal Lindley. De hecho me ha hecho bastante gracia, moho de cortina, porque no!!!.
Tampoco sabemos tanto del moho de cortina, no se porque se le desprecia. De los árboles también se pensaba hace siglos que eran poco más que madera que crece y hoy se habla y escribe de árboles madre. No se que se sabrá dentro de tres siglos, si es que seguimos existiendo como especie, que espero que no.
Quiero decir, no he leído al tipo este, pero lo del moho es anecdótico, la esencia de lo que defiende él supongo que es que no trasciende nada de nosotros y lo único que quiere resaltar es la pequeñez del ser humano y la intrascendencia cósmica del mismo. Y lo de que no transciende nada de nosotros es algo bastante extendido creo yo.
Ayer mi mujer me comentaba que había leído que las últimas tendencias de las investigaciones realizadas apuntan a que todo el universo que conocemos es solo el interior de un agujero negro (me lo comentó de pasada, tampoco me hagas mucho caso). Imagínate donde nos dejaría a nosotros los humanos individuales de nuestro pequeño y podrido planeta. Un abrazo Joselu.
Hacía falta tu intervención a contracorriente, José Antonio. La he leído en un receso para almorzar mientras hacía una caminata por las montañas del Baix. Sabía que si intervenías aprobarías la frase de Lindley, la de nuestra irreversible irrelevancia y nuestro papel oscuro y prescindible en el universo. Son formas diferentes de verlo y no te voy a contradecir. Pero si imaginas un universo de dimensiones casi infinitas, y en él aparece la vida -no solo la humana- capaz de pensar y autoanalizarse, y de contemplar la grandeza del cosmos, podría pensarse que el propósito del universo es el de ser contemplado por mentes pensantes. El universo no existiría si no hubiera testigos que lo observaran. Somos una excepción frente al vacío del cosmos, pero una excepción tan estúpida como genial. Admito que Trump no es un buen ejemplo de la especie humana y que tampoco los Therians son muy significativos y que tus compañeros de trabajo que utilizan emojis y demás no son los más lúcido de la humanidad. Pero observa la naturaleza humana que se ha constituido en millones de años de evolución, que pintó las cavernas de más difícil acceso con pinturas rupestres que revelan una percepción trascendente de la vida, que construyó las pirámides, las catedrales góticas, que se ha erigido como especie dominadora respecto a la naturaleza -esto es un error-, no creo que como realidad pobladora del planeta seamos equivalentes a un poco de moho en una cortina. Tienes una visión muy negativa sobre los seres humanos, pero al lado de los Trump, los Putin, los Xi Xinping, los Kim Jong-un, los Sánchez, los Abascal y los Feijóos, hay una naturaleza humana, que tal vez no conoces por tu trabajo, que se esfuerza y lucha por la vida y por los demás. En los seres humanos -y los animales, y los árboles, y las montañas- hay mucho más de elogiable. Imagino a un José Antonio trabajando de guardia forestal o viviendo en una montaña haciendo lo que más estima en el mundo, y tus ideas serían sensiblemente diferentes. Te domina el presentismo del que hablábabamos hace unas semanas. Tu perspectiva no ayuda. En el mundo hay más cosas buenas que malas, pero domina lo malo como decía otro post. Parecería que anhelaras que ese agujero negro que mencionas nos absorbiera y desapareciéramos sin más importancia que ser un fragmento de moho en una cortina. Un abrazo, José Antonio.
EliminarTodo lo que me cuentas creo que se llama antropocentrismo. Ese es el concepto abstracto que lo define. Y luego me cuentas que seguramente mi visión se basa en que no soy feliz con lo que hago en mi triste trabajo de informático amargado rodeado de jóvenes precarios y aburridos y que seguramente si fuese guarda bosques en mi querido Parc Natural de Sant Llorenç del Munt y l’Obac vería las cosas de otra manera.
EliminarClaro que si, eso cambiaría mucho, pondría cualquier noticiario y las noticias serían diferentes, no serían solo guerras geopolíticas y fanáticas encabezadas por cuatro millonetis y cuatro líderes religiosos fanáticos. Las noticias no serían de especies animales y vegetales que desaparecen cada día. No serían de inundaciones y desastres naturales desproporcionados por el planeta.
¿Y nosotros somos la mentes pensantes para las que se ha creado el universo?, ¿el propósito del universo es ser contemplado por el ser humano?, más bien parecería que nosotros lo que hacemos es cargarnos todo lo que alcanzamos, afortunadamente nuestra tecnología actual solo nos ha permitido de momento empezar a cargarnos este planeta, pero vaya, todo se andará.
Hablas de Therians que fue un tema que saqué yo en la entrada anterior sin apenas conocer de que iba y resulta que hace dos semanas fui con mi mujer a visitar una genial exposición fotográfica en Fotocolectania de Sergio Larraín (personaje increíble que abandono la agencia Magnun para llevar una vida espiritual y casi ermitaña supongo que asqueado de lo que vio en el mundo). Al salir de la exposición empecemos a escuchar un tremendo rumor de jóvenes corriendo gritando para aquí para allá. La famosa concentración de Therians inicial en arco de triunfo. Cuatro personajes de estos a los que les gusta disfrazarse de animalitos, y cuatro mil jóvenes de peor calaña que se acercan a la concentración para gritarles, para pegarles, para humillarles porque ya se han erigido en odiadores oficiales de los Therians. Y estos son nuestro futuro, infantilismo y odiadores profesionales. Y luego hablamos de lucidez.
Donde están los grandes pensadores de nuestro tiempo que salgan abiertamente a hablar sin miedo de la mierda que están liando actualmente los cuatro “viciosillos” de la isla de Epstein (que a día de se especula sin demasiada duda de que trabajaba para el Mossad). Que son los 4 actores que en las galas de premios dan su discursito leve y edulcorado, ¿son esos la lucidez?.
Desde luego el moho de las cortinas para el universo es mucho más inofensivo que nosotros.
Rosa Mari realiza un trabajo con sus alumnos discapacitados cognitivamente, y no se entera de las noticias para nada. En casa no vemos la televisión y ella queda en un oscurecimiento casi absoluto. Creo que se ha enterado que hay guerra y lo lamenta profundamente, pero no sabe nada. Eso no le impide luchar, sin vocación política de luchadora, por sus alumnos con problemas. Los ayuda a todos, dedica parte de su horario a enseñar a leer a un alumno pakistaní sordo de diecinueve años cuya vida cuando llegó a España a los cuatro años no duraría más allá de unos meses. Quiero decir que se entrega sin esperar nada a cambio por unos alumnos -síndrome de down, sordera, limitaciones cognitivas, autismo, etc, etc- que no están en la cúspide de las perspectivas sociales. Mi pregunta es ¿qué te aporta enterarte de las noticias si eso te hace ser infeliz? Toda época ha tenido sus tragedias, y muchas, mayores que las actuales. Si los seres humanos hubieran vivido pensando solo lo negro y lo terrible que había en el mundo, la civilización no habría podido subsistir y nos habríamos suicidado como en los más de novecientos de una secta que se suicidaron en Guyana en los años ochenta porque el mundo iba a acabar. Y me has provocado una desilusión porque yo te hubiera imaginado feliz como guarda forestal en el parque de l'Obac. El problema no está en el mundo, ni en tus circunstancias, el problema está en ti. Si ahora tuvieras un cáncer de páncreas irreversible probablemente valorarías más la vida y la realidad que lo que haces ahora. O no, claro. Aunque ayer un comentarista refirió un caso de un amigo, Julito, que murió en una situación semejante con una sonrisa en los labios. ¿Morirías con esa sonrisa o moririas rabiando contra el mundo, contra tu trabajo, contra todo y contra ti mismo?
EliminarJe, je, recuerdo que fuiste tú quien me descubrió a Cioran!!!. Lo mio no es nuevo.
EliminarUna buena dosis de Cioran es estimulante. Leer a Cioran ayuda a pensar en el destino humano desde una perspectiva desoladora, pero a mí me hace reír. Pocos autores me han hecho reír a carcajadas como Cioran con su pesimismo radical sobre el género humano y la existencia. No sé por qué me divierte, pero el pesimismo ingenioso me despierta más mi sentido del humor que el optimismo inane.
EliminarSin embargo, Cioran murió aquejado de alzhéimer en 1995, acompañado de su pareja sentimental -no se casó nunca- desde los años cuarenta, Simone Boué. Esa mente poderosa que había reflexionado sobre la existencia con tintes terribles, se disolvió, sufrió la humillación de perder sus neuronas geniales. Mi pregunta es si en el Hospital Broca donde pasó sus últimos días, tuvo algún episodio de 'lucidez terminal' y su compañera pudo asistir a este. No sabemos nada ni se tenía categorizada la lucidez terminal aunque las ancianas y las mujeres solían atribuir una mejora sorprendente antes de morir. ¿Qué diría Emil Cioran a Simone Boué si hubiera tenido un final con lucidez terminal? Tal vez que la vida era tan mierda como siempre había pensado o tal vez le diría que siempre la había querido, y que la seguiría amando... Una buena pregunta, je, je...
Muy bueno y perfectamente explicado, cuantas veces hemos escuchado eso que un enfermo ha tenido una mejoría de repente pero es la mejoría de la muerte, es un misterio perfectamente abordado amigo.
ResponderEliminarSaludos.
Muchas gracias por tu intervención, José Antonio. Pones en valor el conjunto del post. Saludos.
EliminarEste texto me recuerda a accidentes, cuando tienes un accidente ya sea en coche, en moto, en bici o esquiando (yo los he tenido de todos) justo antes ves pasar todo como en cámara lenta, ves que te vas y no puedes hacer nada. Las circunstancias ocurren despacio pero inexorables y te das cuenta que no hay marcha atrás y te preparas para lo inevitable, lo ves todo lento y claro pero sabes que ya no puedes hacer nada. Supongo que esto será algo parecido. Sabes que tu vida se acaba y te vas y recuerdas todo con claridad pero sin poder intervenir.
ResponderEliminarUn saludo
Yo he vivido alguna circunstancia parecida, el de perder la vida en la montaña, y no me ha dado tiempo a pensar, ni siquiera a que pasara toda mi vida por la mente, porque cuando iba a caer en el precipicio, una mano de alguien me afianzó en la roca y pude tomar de nuevo punto de apoyo. Si no hubiera sucedido esto, tal vez en esas décimas de segundo de mi caída, toda mi vida hubiera pasado por mí. Bien traída la idea, Daniel. El cerebro es una máquina prodigiosa que se expande en situaciones de crisis y de peligro de muerte. Un saludo.
EliminarEn los accidentes, por lo que he visto, he leído y he sentido, el cerebro se acelera y eso hace que lo veas todo como ralentizado. Una vez tuve un accidente en el que di vueltas de campana con el coche, vi como se iba cayendo las cosas del suelo al techo, como despacio; como se abollaba el mismo y yo sujetándome con las manos al volante, agachando la cabeza y afianzándome con los pies al suelo. Todo transcurrió en segundos pero lo vi en cámara lenta. Otra vez, el día de mi cumpleaños en el 93 me reventó un neumático en un coche recién estrenado ese día, en una autopista de Portugal, corregí a la derecha, luego a la izquierda y luego otra vez a la derecha hasta que pare, iba a 160 kms/hora y todas esas correcciones me pareció que las hacia a cámara lenta, ni un roce al final. Ahí, supongo, que me salvaron las enseñanzas en una escuela de conducción que hice y que cuando nieva en Burgos solía irme al parking del Plantío que esta vacío, allí hacia "trompos" en la nieve y eso me enseñó a corregir la trayectoria de forma natural, no se. Pero si se que en esos momentos todo transcurre lento. Por lo menos a mi me ha pasado.
EliminarUn saludo
Supongo que esto se debe a la relatividad del tiempo. Un segundo es una fracción de tiempo irreconocible en la vida común, pero un segundo al borde de la eternidad es una magnitus de una dimensión inmensa, tanto que da tiempo a revisar toda tu vida con lentitud. El tiempo se expande, es elástico en nuestra conciencia. Las experiencias con sustancias psicodélicas así lo hacen sentir. Un saludo.
EliminarDesde siempre he escuchado aquello de "La mejoría de la muerte". Muy bien tratado el tema. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias, Antorelo, por tu aportación. Saludos.
EliminarUn enfoque muy sugerente sobre la lucidez terminal. Recordar que no todo está completamente explicado también es parte del conocimiento.
ResponderEliminarEn nuestro universo hay infinidad de cosas sin explicar. La lucidez terminal es una de ellas, la vida en su conjunto es otro misterio aunque como la experimentamos día a día nos parece normal, pero la vida es una excepción en el universo.
EliminarPese a mi pesimismo y descreimiento general, las palabras de David Lindley me parecen, no sé, ¿excesivas? Aunque en el fondo pueda tener razón, el ser poca cosa no nos hace menos valiosos. Algunas de mis posesiones más preciadas no tienen ningún valor... En el orden general puede que seamos una gotita, pero en nuestra pequeña roca, esa gotita es importante.
ResponderEliminar¿Llegará algún día en que podamos guardar nuestros cerebros en una especie de nube? Hay gran cantidad de libros de ciencia ficción que abordan ese tema y casi ninguno acaba bien.
Me ha gustado mucho el tema y los comentarios, se nota que es algo que hemos pensado a menudo.
Un abrazo
Es difícil saber si somos minúsculos como el moho de una cortina de baño o enormes como única especie que contempla la inmensidad del universo en un azar -o diseño inteligente- del cosmos. Hace siglos nos considerábamos los reyes de la creación, pero las aportaciones de Galileo que demostró que no éramos el centro del universo, de Darwin que propuso las Evolución en que el hombre sería una especie de mono, y de Freud que mostró que el ego estaba escindido y que la unidad de la psique era una leyenda, nos hemos quedado muy pequeños porque no parece que seamos el objetivo único de la creación si es que esta existió como cuenta la Biblia. Esa gotita de moho puede ser importante, como dices, puede ser la clave de algunas cosas o tal vez de muchas. En un texto inspirado en los vedas leí que no teníamos que sentirnos corderos dispuestos para el degüello sino leones. No sé si la época contemporánea ha subrayado nuestra pequeñez, sentirnos nada en la inmensidad del cosmos, ahondando en la insignificancia, pero la historia de los seres humanos entre otras especies animales es prodigiosa. Somos parte de la naturaleza, eso es cierto, cuando nosotros -el hombre occidental- se ha escindido de ella. Necesitamos recuperar esa interdependencia de todo lo que existe. No sé si he contestado a tu comentario. Estoy confuso. Un abrazo.
EliminarSomos mucho más que ese hongo del baño, pero somos también uno con él y con todo lo que existe... Somos tremendamente dignos, como hijos de Dios y es justamente esa naturaleza lo que nada nos podrá arrebatar
ResponderEliminarPaz
Isaac
Paz e Isaac, veo que subrayáis la interdependencia de todo lo que existe, de ese moho minúsculo con el resto del universo. En cuanto a la idea de Dios, es cuestión de fe. Como escribió Kierkegaard, la fe es un salto en el vacío. No hay sino dicho salto, que se da o no se da. No encuentro más explicación porque todo es dual y en el fondo solo está la fe.
EliminarLós últimos segundos hasta el suspiro final, donde se transita a la eternidad o una realidad desconocida, pensaba en Horatio Nelson en Trafalgar "Gracias a Dios he cumplido con mi deber" Solo queda lo vivido , nada más ...
ResponderEliminarSolo queda lo vivido: a veces hay vidas de una sola pieza, y otras veces, las piezas son bastardas y se componen de dudas, contradicciones, conflictos que no sé si permiten esa observación final de un hombre que dedicó la vida a la guerra en la que se decía a sí mismo exculpándose que había cumplido con su deber. Nada más...
EliminarComo siempre excepcional, gran Joselu, y algunas reflexiones de tus lectores, son perlas. Ese misterio y esa lucidez, que rayana la muerte surge, como un sereno campo de amapolas. El arcano de cómo ese conjunto sustancias recrea una consciencia, y unos instantes después, se esfuma, está rodeado de misterios, que cabe honrar, como muy bien dices. Sin embargo, me lleva a lugares inefables, mientras leo toda esa suerte de esgrima expositiva con la que nos deleitas, pero que sumerge en el vaivén del metro, cuando el traqueteo me invitaba a la molicie, en pleno lunes, y me dirigía a la universidad. Se habían puesto de moda y era cool entre los estudiantes, tanto Edgar Allan Poe como H.P. Lovecraft. Yo tampoco desdeñaba alguna columna de Umbral, que decía con su finura abrupta de palabras, desde su quinta columna del Mundo, que solamente los feos madrugábamos. Sonreía al ver a los pasajeros del coche del metro. No éramos feos a esas alturas, sino mal encarados. Abotagados de sueño, lo que resultaba como mecerte en el deliquio del eterno descanso.
ResponderEliminarY leía, la forma de Lovecraft de intrigarnos con ese Harlen Warren, que aparecía como testimonio de otro tal Randolph Carter. Esa fascinación de lo concreto en historias de absurda ciencia ficción. Seguidamente, el hedor de las catacumbas, horribles mausoleos, derruidos, así como los cenotafios imposibles, mientras ese personaje nos intrigaba. Quién se supone que era en realidad Harlen Warren, que se desprendía “de esa carga”, pero que nos hacía preguntarnos por el significado en realidad la muerte. Esa carga desposeída de vida, el muerto, pero que con experimentos podía volver a la vida, como aquel Prometeo de Shelley. En aquellos años, férvidos en imaginación, por qué no un electroshock, nos devolvería de ese desencuentro con Thanatos.
También esa lucidez, se le debió presentar a don Pío, Joselu, que deliraba, tenía fiebre en sus últimos días. Con quién hablaba su hermano. A veces retornaba a pasajes de la infancia. Y no tan infancia, como cuando estuvo a punto de ser fusilado. De pronto, apareció esa montaña, que en la hondonada de sus hombros, también de gran factura, tenía las trazas de un boxeador. Sería San Pedro, quién sabe. Pero no, cuentan que Ernest Hemingway admiraba tanto la prosa de Pío Baroja, que cuando le contaron que expiraba, nunca mejor dicho, el gringo se moría de ganas por visitarlo. Su contertulio le advirtió de su mal café, aun así, imaginemos a Ernest, un chambón que se mete en esa pieza; en la cama se encuentra Don Pío Baroja, que creía ver una aparición. No hubo lucidez, Joselu, pero ese encuentro entre dos grandes hombres, quizá tuviera la solemnidad que supone la muerte de cualquier ser humano.
Te agradezco hondamente tu lectura y esa deriva tuya, tan tuya, que convierte un comentario en pequeño ensayo narrativo. Me gusta cómo pasas, casi sin costura, de la lucidez terminal a aquel vagón de metro donde un joven estudiante se dejaba mecer por el traqueteo, con Poe, Lovecraft y Umbral como compañeros de viaje; es como si la consciencia misma, esa que interrogamos en el umbral de la muerte, viajara en ese convoy subterráneo que cruza los lunes de nuestra biografía.
EliminarHas captado bien lo que me impresiona de la lucidez terminal: ese “sereno campo de amapolas” que brota precisamente cuando el organismo declina, como si el yo se recogiera en un último gesto de presencia antes de retirarse. Lo que cuentas de Pío Baroja, febril y desdoblado entre la infancia, el paredón y la visita improbable de Hemingway, añade un matiz que me importa: no siempre hay claridad, pero incluso el delirio de los grandes —y de los anónimos— merece ser mirado con respeto, como una forma límite de narrarse a sí mismos.
Tu alusión al electroshock juvenil frente a Thanatos me ha hecho sonreír: todos, en esa edad férvida, creemos que habrá un dispositivo técnico que espante la noche. Luego, con los años, uno aprende a aceptar que el misterio no es un problema a resolver sino un espacio a habitar; ahí es donde la lucidez terminal, los relatos de Baroja, Poe o Lovecraft y las historias que nos contamos unos a otros se entrelazan.
Gracias, Sergio, por traer tus recuerdos de metro, tus lecturas y tu humor a este tema tan frágil. Leer tu comentario ha sido como acompañar a un viajero que, entre estaciones, mira por la ventanilla y se pregunta, con curiosidad y sin cinismo, qué hay más allá del túnel.
Y perdona la extensión, y no haberme presentado en el anterior mensaje, soy Sergio Munari. Pero casualmente después de releer tu artículo lúcido, dio la casualidad que leía la resurrección de René Cassin en un libro. Herido en el estómago por una bala en la Gran Guerra, un escrupuloso funcionario médico decidió que debía ser tratado por el servicio de colegas de su regimiento, que se encontraba a la razonable distancia de 650 kilómetros. Lo primero que se nos viene a la mente es la deshumanización de la burocracia. Le daban por muerto, la fetidez de sus heridas, el gas de los jugos gástricos, el delirio, creía que moría, y la ambulancia que serpenteaba por caminos impracticables, repletos de barro. Los responsables de su traslado, que duró diez días, hablaban creyéndole inconsciente, firmaban su sentencia, estaba desahuciado y se extrañaba de que sobreviviera. Estuvo, qué sabio es el cuerpo, en ese lúcido duermevela, en el que creía soñar, más que ser testigo de su propio calvario. Cuando llegó sin ahorrarse ningún sufrimiento, le operaron sin anestesia. Por supuesto, que existía el purgatorio, él lo había comprobado al borde de la muerte.
ResponderEliminarNo obstante, como moraleja, fue tal su tránsito por el dolor y la desesperanza, que esa lucidez de aquellos días le acompañó el resto de su vida, porque sobrevivió y la dedicó como brillante diplomático a defender las causas de los heridos y de los derechos humanos, siendo uno de sus valedores más importantes. Fueron tales sus fogonazos neuronales, pero en otro sentido al que proponía Alexander Batthyány, que le dieron fuerza para sobrevivir y en ese ardid, magia de las estructuras que realmente nos gobiernan, cuántos son infinidad, darle un sentido a lo que Will Storr decía que es el final de cualquier historia. sabemos como acaba la cosa. Un abrazo, y gracias por invitarnos a tantas reflexiones.
No hay nada que perdonar, más bien que agradecer: te presentas con nombre propio y, de propina, nos regalas la resurrección de René Cassin como una parábola encarnada de lo que intento pensar en el texto sobre la lucidez terminal. Tu relato es de una crudeza iluminadora: el cuerpo herido, el hedor, el trayecto interminable, la burocracia desalmada… y, sin embargo, en medio de ese purgatorio terrenal, ese “lúcido duermevela” en el que Cassin oscila entre el sueño y el testimonio de su propio calvario. Ahí aparece, de otra forma, ese retorno del yo del que hablo: no como antesala de la muerte inmediata, sino como umbral que reorienta una biografía entera.
EliminarSi en el post presento la lucidez terminal como “un destello fugaz en el crepúsculo de la existencia” —esa presencia serena que asoma cuando todo parece perdido—, tu ejemplo muestra que a veces ese destello no se consume, sino que queda grabado como una cicatriz luminosa que acompaña al sobreviviente. Cassin pasa por ese infierno físico y moral, y de ahí extrae una brújula ética que lo lleva a defender, ya en la vida civil, a los heridos y a los vulnerables, como si hubiera jurado no dejar a nadie abandonado en aquella ambulancia de barro.
Me gusta que llames “fogonazos neuronales” a lo que Batthyány interroga desde la frontera entre ciencia y misterio: sean chispas cerebrales o algo que las trasciende, lo decisivo es que, como en tu historia, pueden encender sentido allí donde todo parecía pura agonía. Quizá esa sea la gran herejía frente al nihilismo del “moho en la cortina de ducha”: que incluso al borde del final, o regresando de él, el yo es capaz de decir “esto importa” y de consagrar una vida a que también los demás importen.
Gracias, Sergio, por añadir a estas reflexiones tu propia “estación Cassin” en este viaje por el umbral. Tu comentario es, en sí mismo, un pequeño acto de lucidez compartida.
Fíjate que 4 de las mujeres que más he amado: mi madre, una amiga y dos tías me tuvieron allí, esperando a la muerte.
ResponderEliminarCuriosamente las 4 totalmente lúcidas hasta el último suspiro. Han sido las experiencias más hermosas que he tenido.
Las cuatro murieron cómodas, confiadas, en sus casas.
En México la muerte es algo muy entrañable, natural, incluso deseado cuando la persona ya debe irse. Yo sentí demasiada tristeza de no volver a verlas, pero a la vez un inmenso gozo de saber que iban a descansar y la satisfacción de haber estado acompañando cada uno de sus pasos en el camino hacia la muerte. Entregarlas con sus padres, sus esposos, sus seres queridos que las esperaban felices. Y decirles cuando las amaba y que estaría bien sin ellas, procurando seguir su ejemplo y siempre dispuesta a sentirlas cuando quisieran venir.
Es curioso, solo a la amiga la llegué a sentir. A las otras tres no. A mí padre lo sueño cada vez que tengo una duda en decisiones. Es una visita tal como si estuviera presente. Y recuerdo todo al despertar. Es grandioso, muy emocionante y bello.
Un abrazo.
Me ha emocionado tu comentario porque en mi caso todo ha sido totalmente diferente. No vi morir a mis padres -con los que tenía una relación difícil- y no tenido esa relación con la muerte tan directa y entrañable como la que relatas tú. Por aquí, la gente muere en hospitales y raramente en casa. Es un hecho muy importante. Creo que a las personas les gustaría morir en su casa, pero la comodidad y el deseo de que estén atendidos médicamente lleva a que la muerte siempre ocurra en clínicas y hospitales. Me gustaría haber vivido, como has vivido tú, esa relación con la muerte y el poder estar con tus personas queridas acompañándolas hasta ese momento de frontera con el otro lado, en el que siento que crees. Aquí en los funerales da la impresión de que nadie cree que existe un más allá, ni siquiera el sacerdote que oficia la ceremonia. El descreimiento es muy generalizado. Me alegro de que tengas esa relación con tu padre en sueños. Yo nunca he soñado con mi padre -o casi nunca-. Y que lo recuerdes vivamente al despertar. Todo lo que has contado es muy hermoso, Sara. Te envidio por esa intensidad y esa emoción que sientes. Un abrazo, y gracias.
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